miércoles, 27 de enero de 2016

Un Rostro Del Alma Mía Al Desnudo


De todo lo viviente, el hombre es el único que sabe su finitud.
Karl Jaspers


Desnudar el alma es un atrevimiento que me inunda de incertidumbres y temores, quizá por los miedos que me arropan al desconocer cómo se comprendan mis confesiones. No es común la confesión de un cristiano protestante, pero resulta necesario, a veces, para hacer liviana la vida y con esta confidencia, la de otros también.

El rostro de mi alma a desnudar en estos humildes párrafos, es una dificultad para perdonarme. Sinceramente, el sujeto quien más precisa de mis perdones, ¡vaya sorpresa! soy yo. Que yo sepa, no me odio; pero sí me culpo con intensidad cada que hago consciente -reconozco- mis errores, mis pecados. No sé cómo aprendí a pretender con vulgar y vergonzosa presunción que es posible llegar a ser infalible. No sé cómo llegué a mal interpretar y mal creer que ser perdonado por Dios es sinónimo de “obligado a ser perfecto”.

No sé si le pasa a usted, pero yo pido perdón hasta una semana por el mismo pecado que el lunes a primera hora ya Dios perdonó. Cada que pido perdón, mi alma es sorprendida una y otra vez al recibir tan anhelado milagro. Mis padres, mis hijos, mi esposa, mi iglesia, mis amigos, ¡hasta mis enemigos! Y cómo no, Dios; todos ellos, y otros, perdieron la cuenta de las muchas veces que me bendijeron la existencia con el perdón, pero marchito una parte de la maravilla al negarme a mí mismo ese privilegio. Me cuesta aceptar la gratuidad del perdón divino y del humano. Consciente de esta sospecha: que mis torpes intentos por perdonar, a veces suelen crear más problemas de lo que puedo resolver.[1] Sé que sólo Dios perdona. Sólo Dios da la aptitud de perdonarnos. Es decir, el perdón de Dios nos alivia la vida y nos capacita la vida.

En el mundo de las psicologías, el perdón a uno mismo es “novedoso”,[2]  y se exploran las posibles razones por la cual a algunos nos cuesta regalarnos perdón: falta de autoestima, quebrantos de salud mental, mal-estar psicológico, insatisfacción con la vida; por mencionar algunos. Entre éstas, sugiero lo que además en mí encuentro, “aquí entre nos”: quienes nos negamos el auto-perdón, lo hacemos por ausencias de fe, esperanza y amor.

En el auto-perdón precisamos de fe para creer profundamente en lo que Dios hizo y dijo por medio de su Hijo Cristo. Una victoria día a día sobre las dudas, nos abren día a día las hermosas puertas al auto-perdón.

En el auto-perdón necesitamos de esperanza. Porque con ella vemos al pasado, al presente y a los mañanas con la cruz de Dios. Si miramos con la lupa de la cruz, nuestros pasados son perdonados, nuestro presente privilegiado y nuestros mañanas asegurados. Cuando comprendo la mirada de la cruz, el perdón es una realidad como lluvia sobre tierras áridas.

En el auto-perdón urgimos de amor. El auto-amor es otra de las grandes necesidades del hoy. No sé cómo aprendidos a des-amarnos. Y perdone Ud. que sea tan incluyente en esta afirmación; las evidencias del des-amor en nuestra humanidad son innegables.
“Amar no es nuestro deber; es nuestro destino”.[3] Vamos hacia el amor, amando. Amar, es una decisión liberadora para perdonar.

Ud. que ha leído mi confesión, por favor, ¡es confidencial! No lo olvide.
Me dejo ver un poco el alma con el fin de encontrar compañeros para el camino, que juntos demos pasos de perdón. Puede ser uno a la vez.
Me dejo ver un poco el alma, por si acaso, alguno se identifica con estas lidias del corazón y se anime a perdonarse. Se anime, al no saberse solo por por este sendero hermoso, aunque estrecho.
Me dejo ver un poco el alma, porque es universal -supongo- la aspiración de vivir en paz consigo mismo. Y esta paz no es utópica, es plausible en Dios.
Me dejo ver un poco el alma porque en la vulnerabilidad Dios se glorifica. Hablar de las debilidades es grandeza. Atreverse a una confesión es un triunfo sobre la duda y ocasión de encuentro con el amor divino.
Me dejo ver un poco el alma, porque estoy en el peregrinaje del perdón. Paso a paso voy por estos senderos donde construyo paz conmigo mismo, con el otro y encuentro la paz de - y con- Dios.

Jamás olvide: Dios nos ha perdonado y nos perdona; también nos da la capacidad de perdonar.

©2016 Ed. Ramírez Suaza




[1] Brennan Manning. El Evangelio de los Andrajosos, p.189
[2] María Prieto-Ursúa e Ignacio Echegoyen en su artículo ¿Perdón a uno mismo, autoaceptación o restauración intrapersonal? Papeles del Psicólogo, 2015. Vol. 36(3), pp. 230-237
[3] N.T. Wright. Sorprendidos por la esperanza, p. 367

miércoles, 13 de enero de 2016

El Amor Que Nunca Hicimos


El amor no tiene cura, pero es la única medicina para todos los males.
Leonard Norman Cohen


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al amor que poco hacemos.
¡Claro que no! No me estoy refiriendo al sexo; me refiero a discapacidades escogidas y preferidas por nosotros mismos que nos hace indolentes frente a quien sufre, al que necesita. Como por ejemplo, el hecho de no compartir una prenda de vestir con el desnudo, dar un poco de pan a quien tiene hambre, algo de beber a quien tiene sed, una visita al preso, hacer presencia en las salas de un sanatorio para llevar consolación, evangelización, entre otras.

Nos hemos discapacitado para amar. Por favor, no me refiero al amor como afectos sino al amor como actitud de benevolencia, empatía y compasión.
En este sentido olvidamos amar. 
El amor como actitud de bondad nos es una responsabilidad inexorable. 
Una decisión en espera. 
Un mandato divino por obedecer. 
Una mano por extender.

Cuando hablamos de amor, abusamos del término, inclusive cada quien le da el significado que le parezca. Esta es una de las pobrezas con las que lidiamos actualmente: el desastre de relativizar lo absoluto. Para nuestros infortunios, relativizamos al amor. 
El amor ya es. 
El amor ya está definido. 
Nuestra tarea no es re-definirlo a subjetivos caprichos; es re-descubrirlo, comprenderlo, disfrutarlo y vivirlo.

¿Qué es amor entonces?
Amor es la decisión irrevocable de ser paciente, bondadoso con los demás. Es despojarse de envidias, presunciones, orgullos, altanerías, egoísmos, enojos y rencores. Es no alegrarse de injusticias; más bien, celebrar la verdad. Amar es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo. El amor jamás se agota (1 Corintios 13. 4-8).

Estoy intuyendo que son muchas las gentes que sufren miedo a este amor (agapofobia): evadimos el privilegio de ocuparnos de otros, prefiriendo la exageración de ocuparnos de nosotros mismos. Nuestros egos nos han derrotado la generosidad. Nuestros orgullos nos han enceguecido. Nuestras avaricias nos paralizaron el corazón. Nuestros embelesos nos robaron la maravilla de la intercesión. Y a la hora de intentar tomar conciencia, hacemos relucir nuestra destreza de culpar a otros, excepto responsabilizarnos a nosotros mismos. 
¡Agapofóbicos!

La necesidad primera de nuestro mundo es el amor. Aunque todos hablamos de amor, pocos hacemos el amor. 
Y, ¿cómo se hace éste amor? 
Contemple estas hermosas palabras de Jesús: “...Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recibieron; estuve desnudo, y me cubrieron; estuve enfermo, y me visitaron; estuve en la cárcel, y vinieron a visitarme” (Mateo 25.35-36).

Cuando los discípulos de Jesús escucharon estas palabras del Maestro, preguntaron: -¿cuándo te vimos así?- La respuesta del Carpintero de Nazaret fue sorprendente: -cuando proceden con amor ante quien lo precisa, lo hacen a Dios. 
¡Asombroso! 
Dios se deja ver en las necesidades humanas. 
¿Lo puedes ver?

Muchas personas preguntan, ¿qué hace Dios por las gentes más sufridas? Yo les respondo, Él hace y ha hecho mucho, como por ejemplo: te hizo a ti.
Ya Dios ha hecho más que suficiente. 
Ahora es nuestro turno de hacer, por lo menos, lo suficiente.

©2016 Ed. Ramírez Suaza

lunes, 14 de diciembre de 2015

EL PEOR CONSEJERO

Escuchad el consejo del que mucho sabe;
pero sobre todo escuchad el consejo de quien mucho os ama.
                                                                                                   Arturo Graf



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al peor de los consejeros: el corazón humano. Éste es escuchado frecuentemente. Recomendado a menudo. Una y otra vez se nos dice: -escucha a tu corazón-. 
Y ¡eh avemaría! lo escuchamos.

Por escuchar nuestro propio corazón nos llegamos a involucrar con la persona equivocada. 
Nos llegamos a endeudar hasta el alma. 
Cometimos errores vergonzosos, tanto, que ni los mencionamos. 
Por escuchar a nuestro corazón herimos seres amados, abandonamos buenos amigos, nos extraviamos del camino. 
Por escuchar el corazón humano nos peleamos irracionalmente, pervertimos los placeres divinos, nos embriagamos de avaricias, abortamos sueños y nos extinguimos la vida, cada quien a su manera.

A decir verdad, la Biblia hace un diagnóstico del corazón humano muy preocupante. 
Esta es una parte del diagnóstico:

  ...desde su juventud las intenciones del corazón del hombre son malas (Gén. 8.21).
  El corazón es engañoso y perverso, más que todas las cosas… (Jer. 17.9).
Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias (Mt. 5.19).
 ...en su corazón sólo hay perversidad, y todo el tiempo anda pensando en el mal (Prov. 6.14).
  No hay nadie que pueda afirmar que su corazón está limpio de pecado (Prov. 20.9).

Con éste diagnóstico en mente, respondamos con sinceridad estas preguntas: 
¿cómo se nos ha ocurrido confiar en él? 
¿Cómo se nos ha ocurrido escucharlo? 
Inspirado por el Espíritu Santo el proverbista dijo, -Es de necios confiar en el propio corazón;...- (Prov. 28.26).

Muchos nos agotamos de vivir sin vida. De amar sin amor. Pusilánimes en las ganas de nada, en las derrotas vestidas de triunfos, en el vacío del corazón, sin norte de felicidad ni sentidos en la existencia. 
Necesitamos escuchar un consejo. 
Precisamos de alguien que nos diga cómo salir de nuestros propios laberintos y abrirnos al milagro de Jesús para llenar de belleza y dicha el privilegio de existir.

Siempre necesitamos de buenos consejos y de extraordinarios consejeros. La Biblia dice, -...en la multitud de consejeros hay seguridad- (Prov. 11.14).
Todo buen consejero se distingue por estas dos riquezas en sus expresiones: amor en la actitud y verdad en el contenido. Por eso, quien mejor aconseja es quien más te ama y, quien más te ama no te ocultará la verdad.

Muchas personas te aman, y quien más te ama de entre todas ellas es Dios. Todo el consejo divino es bueno, agradable y perfecto. Isaías dijo, -...Señor… tus consejos siempre han sido verdaderos y firmes- (Is. 25.1). Escucha consejos, busca buenos consejeros; pero sobre todos ellos escucha a Dios a través de las Escrituras. Ellas te guiarán a toda verdad, consuelo y paz.

Jamás olvide esto: El necio piensa que va por buen camino, pero el sabio presta atención al consejo (Prov. 12.15).
Por favor, no escuche tu corazón –no es buen consejero-; más bien, que sea tu corazón quien escuche los buenos consejos.



©2015 Ed. Ramírez Suaza

lunes, 12 de octubre de 2015

Los 50 cm Más Largos



Y yo oro no porque o cuando tengo necesidad de algo, sino
únicamente porque... necesito orar. O sea, necesito amar y sentirme amado.
A. Pronzato


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi los 50 centímetros más largos del siglo XXI. No sé cómo lo logramos: acercamos a quienes están lejos con todas las tecnologías de comunicación; paradójicamente también, alejamos con las mismas tecnologías a quienes están cerca. ¡Qué ironía!

Más irónico aún que los 50 centímetros de distancia habidos para poner nuestras rodillas sobre el suelo, se nos hayan hecho millas y nuestra comunión más preciada termina siendo la más relegada entre los escombros arrumados en los sótanos del corazón humano, entre los chécheres arrinconados de la existencia. Lamentando más aún, que sea una realidad en un número significativo de cristianos.

Dios se nos acercó, y muchos nos distanciamos. ¡Qué ironía!
El hermoso y poderoso acto de poner nuestras rodillas sobre el suelo en el momento de hacer oración, precisa de un regreso a nuestros hábitos más tenidos en cuenta.
Sé que para orar, la posición corporal no es lo más relevante, aunque las Escrituras sí nos dejan intuir que algunas son más apropiadas. Por ejemplo, orar de pie -con un lenguaje corporal de reverencia- o de rodillas, con las manos alzadas, arrojados boca abajo en el piso, sentados en las sillas de un templo, entre otras. Oramos de rodillas, si la condición física lo permite, porque consideramos que esta postura es la que mejor expresa humildad, reverencia y sumisión con que debemos acercamos al Dios santo y soberano.[1] Porque así nos dieron ejemplo Jesús, san Pablo y otros santos de Dios en la historia de salvación.

Los 50 centímetros de distancia para poner nuestras rodillas sobre el suelo, deben ser para nosotros la distancia más corta, el “peregrinaje” más sublime, el momento más placentero, el privilegio más hermoso, la prioridad más libre y liberadora.
Cuando oramos de verdad, las palabras nuestras deben ser pocas y nuestros oídos muchos. Porque la oración es oración cuando al fin puedo escuchar la dulce voz de Dios y embelesar la mía en la Suya. Bien dijo E. M. Bounds: “La meta de la oración es ser el oído de Dios”.[2]

No crea que orar consiste en hablar mucho, Jesús dijo, Y al orar, no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras (Mateo 6.7 NVI); que sean pocas tus palabras como lo recomienda el sabio Predicador de Israel: No permitas que tu boca ni tu corazón se apresuren a decir nada delante de Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra. Por lo tanto, habla lo menos que puedas,... (Eclesiastés 5.2 RVC).

Cuando ore, y por favor ore, arroja tus rodillas 50 centímetros hacia el piso, que sea más la sinceridad que la habladuría, más el silencio que la bulla y permítase envolver su vida en el amor, la voluntad, la maravilla, el placer y lo sorprendente de la presencia de Dios. Y cuando esto ocurra, Dios hará que desde nuestros más profundos afectos, sinceridades y anhelos irrumpa oración, porque “El Espíritu de Dios ora en nosotros. Éste es el más santo consuelo de nuestra oración.”[3]

Logramos distanciar lo cercano, un logro que nos derrota la vida. Pero Dios logró acercar a los que estamos lejos, muy lejos. En la cruz de Cristo quedamos a la distancia de 50 centímetros, si es que no es más cerca. 

Dios derrotó el abismo que nos distanció de Él, derrotemos 50 cm que nos distancian de él.
Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes.
Santiago 4.8


©2015 Ed. Ramírez Suaza




[1] José M. Martínez & Pablo Martínez Vila. Abba, Padre, teología y psicología de la oración. (Barcelona: CLIE, 1990): 107
[2] E. M. Bounds, Purpose in Prayer (Chicago: Moody, s.f.): 53,54.
[3] K. Rahner. De la necesidad y don de la oración. (Bilbao: Mensajero. 2004): 38

miércoles, 19 de agosto de 2015

Espejos Del Alma


El ser humano no sabe quién es, hasta encontrarse en la mirada de Dios.


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi personas mirándose a los espejos que recicla en el mundo. Los veo con carretas de madera y ganas de vida, recogiendo cristales en donde pueda apreciarse y sentirse aprobado por la sociedad, la familia, la religión, los egos, entre otros. Así la vida nos hace recolectores de estereotipos, ideas ajenas -muchas de ellas inútiles-, modas pendejas, complacencias a otros a cambio de aceptaciones, falsos afectos -quizá otros no-, des-orientaciones de identidad y un sin número más de categorías con las que fabrican un mosaico de espejos y se ven tan fragmentados en él, que se pierden a sí mismos en una existencia sin sentido, sin norte, sin Dios, sin ellos mismos.

En la Biblia, se nos narra el retrato de un hombre a quien la vida se le convirtió en un laberinto de espejos. Su nombre es Jacob, su historia aparece en Génesis capítulo 25.19 hasta el capítulo 35.[1] Al nacer, sus padres lo llamaron Jacob, que significa usurpador, no en vano: Jacob le arrebata a su hermano Esaú la primogenitura y luego la bendición, esta última con unas trampas y mentiras sin precedentes alguno en complicidad con su madre. Su hermano Esaú se indigna hasta querer matarlo, entonces Jacob se ve obligado a huir a tierras de Jarán, donde habita su tío. Este tiene dos hijas, y Jacob ama la menor y la pide en casamiento, pero su suegro lo engaña dándole por esposa a su hija mayor a cambio de siete años de servidumbre. Obligado por su amor y lo tramposo de su suegro, trabaja otros siete años para poder casarse también con la mujer que realmente ama, sin descansar hasta lograrlo. Pero Jacob, de alguna manera también engaña a su suegro, quedándose con muchas riquezas de él, haciendo trucos para que el ganado criara a su conveniencia. Y el relato bíblico afirma que le salió bien el truco. Jacob no sabe quién es, se está definiendo así mismo en un espejo empañado como un tramposo con éxito.

Este es su laberinto de espejos: su madre lo ve como un usurpador, y lo apoya para que así sea. Su hermano lo ve como un tramposo, mentiroso que le ha arrebatado su primogenitura y su bendición patriarcal. Su suegro lo ve como un engañador que puede ser engañado también, y le da “dos tazas de su propio caldo”. Jacob se ve así mismo perdido en sus retratos, confundido en esos espejos con los que es mirado, estigmatizado. Él ha venido siendo lo que los demás ven en él, ha caminado en este laberinto apoyado en sí  mismo.

Pero un día se encuentra en la mirada de Dios. Los ojos de Dios le resultaron ser el espejo donde necesitaba mirarse y darse cuenta en realidad quién es él. Allí, en los ojos de Dios, se quiebra el mosaico de espejos a través de los cuales ha sido fragmentariamente identificado, y en alta definición, en esa mirada divina, puede identificarse para ser la persona que Dios ve en él. En los ojos de Dios él no se ve como Jacob -usurpador-, se ve como Israel -luchador-. Así, hallado por el Dios que tercamente lo ha buscado, Jacob re-significa su existencia para vivir los designios de Dios.

Sospecho que usted, amig@ lector también necesita mirarse, encontrarse en los ojos de Dios. Ese es el mejor espejo donde el ser humano puede recuperar, re-significar la vida. Igual que Jacob, buscamos nuestros propios escapes, nuestros lugares de huida. Huimos de nuestros pasados, de nuestras familias, de nosotros mismos, de Dios… Y somos interpretados por los espejos fisurados a través de los cuales somos mirados y nos miramos a sí mismos. Pero vivir huyendo no es vivir. Dios nos busca con insistencia, sus ojos son nuestro espejo. Mírate ahí, en la mirada de Dios. Ella, Su mirada, nos humaniza, re-orienta y re-significa el privilegio de vivir.


©2015 Ed. Ramírez Suaza







[1] Este es el fragmento bíblico sobre el que se sustenta la tesis de esta reflexión, mas no agota el contenido bíblico del personaje en cuestión. 

viernes, 31 de julio de 2015

Cómo Viven Los Muertos


No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y aún viven todavía!
Julio Florez (poeta colombiano)


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi cómo viven los muertos.
No los muertos que ya sepultamos o en su defecto cremamos, sino aquellos que aún viven, que deambulan en los caminos de la existencia con signos vitales pero sin vida. Parece una contradicción, pero no. Ciertamente hay muertos, a causa de sus delitos y pecados, habitando este planeta (Efesios 2.1-3).

Muchos llegamos a experimentar esa muerte en vida; otros aún en esa lamentable realidad, que se caracteriza por ir en dirección de la corriente del mundo, por actuar en conformidad con Satán y por un desenfreno impulsivo en los apetitos de una naturaleza atrofiada por el pecado.
Quizá esta verdad provoque alguna risa suelta en alguien que des-comprende la fe relacionándola con mitos y leyendas religiosas que sólo sirven como “opio al pueblo”. Pero no,  es una lamentable realidad.

Uno se sentiría tentado a pensar que S. Pablo al publicar en la carta a los Efesios el diagnóstico humano, recurre a términos metafóricos, mas no es así; es un dictamen muy literal a una humanidad descompuesta por la fatalidad del pecado, Satán y las corrientes del mundo: ¡están muertos!

Ya un filósofo francés, Foucault, lo había intuido de otro modo, pero la forma en que lo expresa es para prestarle atención especial: “El hombre ha muerto”.[1] Aunque Foucault estaba considerando la posibilidad de un fin para la humanidad, la frase en sí dice algo más profundo, en mi opinión, una realidad que le permite predecir otra mayor: la muerte humana. No comparto la idea del fin para la humanidad que plantea Foucault, pero sí aprecio la verdad que su frase comunica: “El hombre ha muerto”.

Las evidencias reales de ese juicio son innegables: los muertos “viven” en delitos y pecados. Dos palabras que, juntas enfatizan la causa de la fatalidad y lo severas que son en su realidad. Los delitos y pecados, construyen los abismos existenciales que distancian la humanidad de Dios, fuente de toda vida que podamos llamar objetivamente vida.  En la ausencia de Dios, existir equivale a estar muerto: “No tienen vida y se puede ver… están ciegos para la gloria de Jesucristo y sordos a la voz del Espíritu Santo. No tienen amor a Dios ni conciencia sensible de su realidad personal; su espíritu no se eleva hacia él con el clamor “Abba Padre”, ni añoran la comunión con su pueblo. No le responden, son como cadáveres.”[2]

Esa experiencia de muerte puede ser transformada por la Vida, por el dador de vida: Dios. Su amor por esta humanidad, a pesar de, no declina, no renuncia; es extraordinariamente terco, persistente, perseverante: ¡todavía nos ama! Es Su amor lo que le impulsa a seguir vivificando la humanidad, aunque muchos se anclen en la terquedad de seguir en delitos y pecados.

“Escoge pues la vida....” Es la invitación vigente a esta tétrica humanidad. A Ud., a mí.
No fuimos creados para vivir como muertos; Dios nos creó para la vida, vida abundante, vida eterna. Quizá por eso la exhortación: «Despiértate, tú que duermes. Levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo.» (Efesios 5.14).


No basta con existir; hay que vivir.


©2015 Ed. Ramírez Suaza






[1] Orellana, Rodrigo Castro. 2005. "LA FRASE DE FOUCAULT: "EL HOMBRE HA MUERTO.". (Spanish)." Alpha: Revista De Artes, Letras Y Filosofía no. 21: 225-233.
[2] Stott, John. 1987. La Nueva Humanidad: El Mensaje de Efesios. Ediciones Certeza: EEUU, p.70

lunes, 6 de julio de 2015

Mañanas Paradójicos

Todos tenemos que preocuparnos del futuro porque es allí donde tenemos que pasar el resto de nuestra vida.
Charles Franklin Kettering


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi unos niños jugar al fútbol. La mayoría de ellos emulando las mejores jugadas de aquellos héroes del balón pié: Messi, James Rodríguez, CR7, Falcao, entre otros. Sus sonrisas diáfanas, sus ilusiones honestas, sus ganas inquebrantables, sus persistencias indomables. De repente, ese sagrado espacio es invadido por jóvenes que marchitaron a punta de marihuana, entre otros psicodélicos y la violencia urbana, esos mismos sueños de unos añitos atrás en sus propios corazones. Éstos, con la vida jorobada, ahora se imponen como meta ante aquellos ingenuos de la vida. Obligan a estos pequeños la contemplación de unos ejemplos que no corresponden a ningún ser que podamos llamar humano.


Entonces comprendí que vivimos en un país donde a las personas desde muy temprana edad se les induce al mal. Sí, nuestros hijos son inducidos a las drogas, con el fin de mantener la rentabilidad del narcotráfico (sospecho). Nuestros hijos son inducidos a la adicción tecnológica, con el fin de justificar las ausencias fatales de paternidad/maternidad, viviendo la orfandad más terrible de todos los tiempos. Otros, inducidos a todo tipo de desorientación sexual, engañándoles la vida al hacerles creer que el sexo es amor y que cualquier sexo se vale, así eso represente autodestrucción. Inducidos al alcohol, para robarles dignidad, sobriedad, capacidad, lucidez, inteligencia… felicidad.
¡Ah!... Ni hablar de todos los abusos a los que son sometidos día tras día.


Entonces, ¿qué mañana nos espera? Si la política nacional optó por arrodillarse ante el narcoterrorismo, si la religión parece una vulgar farándula, la moral una bandera rota, la cultura un náufrago, los ideales cenizas, el amor un des-amor y la erótica una vulgarización: ¿qué nos espera mañana? Si la Palabra es silencio y las palabras ruidos sin eco; el derecho una negación, la vida una muerte, la alegría una traba y el placer un tamo que arrebata el viento: ¿qué nos espera mañana?


¿Qué nos espera mañana? ¡Hastío! El ser humano es incapaz, eso espero, de soportar este disparate hiperbólico, y cuando se acerque a la gota que rebosará el vaso tendrá que reaccionar. Nos espera fracaso si nuestros fundamentos de humanidad siguen siendo socavados. Nos espera confusión si seguimos invirtiendo valores, sexualidad, moral, ética, fe… Nos espera ruina si insistimos en exorcizar a Dios de su propia creación.


¿Qué nos espera mañana? ¡Dios! ¡Dios nos espera! Sus brazos no se fatigan de invitarnos a él, a su maravilla, a su sorprendente futuro. El futuro en el que él mismo pondrá cada cosa en su lugar. Ese futuro que le espera a nuestros hijos, a nosotros, lo podemos describir en la sublime palabra “belleza”. Es paradójico, porque mientras la realidad nos permite intuir un mañana caótico, la fe nos permite atisbar la belleza de Dios que restaurará este mundo.
Hoy el mundo está roto, pero será sano.

La sanidad de toda la creación es lo que nos espera mañana.
En esta esperanza vivimos. En dirección a esta esperanza peregrinamos.

©2015 Ed. Ramírez Suaza

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...