Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi
que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios
tiene cachos!
¿Tuviste también un parcito alguna vez?
Debo reconocer con vergüenza —y hoy con cierta capacidad de
reírme de mí mismo—, que fui pastor con cachos por un tiempo. ¡Y qué tiempo!
Portar cuernos es una de las humillaciones más inhumanas que existen: es una
burla pública, un desprecio descarado a la confianza y un escupitajo vulgar al
pacto de lealtad que algún día se prometió. Cuando alguien que ha amado (bien o
mal, pero amado) descubre que le fueron infiel, algo dentro de él se rompe en
mil pedazos. Queda invadido por el dolor, inseguridades, culpas, miedos y un
par de desgracias más. Pero nada ni nadie se compara con quien más ha portado
cachos en la historia: ¡Dios!
Me explico. Dios asumió el riesgo más grande del universo: amar. Y, como si eso fuera poco, asumió uno todavía mayor: amar con vulnerabilidad. Eligió hacerlo porque el amor es la experiencia más bella y sublime; graciosa y viviente; mágica y feliz que alguien pueda disfrutar; como también puede ser la más traumática, dolorosa e insoportable. Para Dios, amar tuvo un costo altísimo. Traumático. Doloroso. Basta con fijar la mirada en la cruz para comprender el precio de un amor verdadero.
Venga te pongo un poquito en contexto: resulta y acontece que Dios buscó construir una relación en la tierra con un pueblo al que amó intensamente, como un esposo enamorado ama a su esposa. Lo hizo con los valores leales del cielo, anhelando un vínculo que expresara la inmensidad de su amor divino, uno perfecto donde sus amados aprendieran a amar como Él ama. Dios amó a su pueblo con un amor capaz de sanar su incapacidad para amar y convertirlo en un pueblo capaz de amar en la tierra como se ama en el cielo. Pero ese pueblo, Israel, prefirió ser infiel.
De las muchas referencias bíblicas que denuncian la infidelidad de Israel hacia su Dios, Yahvé, rescato una de las más estremecedoras: la que encontramos en el libro del profeta Oseas. Su libro empieza con un relato dramático: Oseas tomó por esposa a una joven prostituida, y ese fue su modo escandaloso, particular y, al mismo tiempo, maravilloso de ser profeta en Israel. Como era de esperarse, tomar por esposa a una mujer adúltera anticipaba el caos matrimonial que la infidelidad provoca. Oseas quiso amarla con insistencia, procuraba cuidarla, protegerla y hacerla exclusivamente suya, pero ella correspondía siendo desvergonzadamente infiel. Un día, desesperado por el dolor, dijo: —Cerraré con espinos su camino y pondré una cerca a su alrededor para que no encuentre sus senderos. Seguirá a sus amantes, pero no los alcanzará; los buscará, pero no los encontrará. Entonces dirá: «Volveré a mi primer marido, pues con él me iba mejor que ahora» (Os. 2:6-7).
Cuando los israelitas vieron al profeta casado con una prostituta —y amándola con firmeza—, se escandalizaron. Les costaba asimilar que el drama conyugal de Oseas era la realidad padecida por Dios mismo. No entendían, o tal vez sí pero se hacían los bobos, que ese matrimonio no era simplemente el de un hombre herido por las infidelidades de su esposa. Era una parábola viviente del corazón de Dios frente a un pueblo que, una y otra vez, le había sido infiel. Sépalo bien: la infidelidad de Israel fue la idolatría. Ellos sabían perfectamente que Dios considera la idolatría como una forma de prostitución. En el Antiguo Testamento, la prostitución es la metáfora por excelencia para la idolatría, pues rompe un pacto de lealtad exclusivo. Fue exactamente así como Israel le puso los cuernos a Dios.
¿Sabes? La infidelidad es un acto cruel, inhumano, perverso, luciferino. Y lo es aún más cuando se convierte en la respuesta a un amor como el de Dios: un amor que no depende de nuestras acciones. Como dijo Pablo: «Si somos infieles, él sigue siendo fiel» (2 Timoteo 2:13).
Y aquí está lo escandaloso del Evangelio: el Dios
traicionado no deja de amar al traidor. Aún así, eso no nos da derecho a
fallarle. Fuimos amados con el amor más grande para responder con esa misma
entrega, en primer lugar, hacia Él: «Nosotros amamos a Dios porque él nos amó
primero» (1 Juan 4:19).
Es tiempo de normalizar el responder al amor con amor. Amar
a quien nos ama incansablemente. Y, con el mismo amor con que hemos sido
amados, amarnos unos a otros: «Así como yo los he amado, también ustedes deben
amarse los unos a los otros» (Juan 13:34).
No más cachos.
Sí al amor.
©2026 Ed. Ramírez Suaza


