miércoles, 4 de diciembre de 2013

Diciembre Huele Mal

Diciembre Huele Mal
cuando gastamos el dinero en lo que no es pan

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi gentes gastando su dinero en lo que no alimenta y su sueldo en lo que no sacia (Isaías 55.2). Lo más lamentable: en su mayoría de escasos recursos.

El libro del profeta Isaías se organiza en tres secciones principales: 1). 1-39, donde el profeta marca la exigencia de justicia y lealtad al Señor, “el santo de Israel”. 2). 40-55, La teología del profeta es más profunda  y relata los oráculos con más recursos poéticos. Concibe su obra como un segundo éxodo, como una experiencia divina de liberación. Y 3). 56-66, es un pasaje donde irrumpen paradojas proféticas: la preocupación del presente y la esperanza futura. La denuncia de pecado y las profecías de aliento. El desencanto presente y la expectación escatológica. La apertura a los extranjeros y la condena sin matices.[1] Es un libro fascinante.

Isaías 55.2 se ubica al final de la segunda sección, donde la justicia brillaba por su ausencia dentro del pueblo de Dios, las lealtades a él se evaporan en la realidad. Israel empieza a experimentar, luego de un exilio doloroso en Babilonia, un retorno a casa, a su tierra, a su fe, a sus costumbres, al hogar. Pero persisten algunas incoherencias, entre ellas, la de gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no sacia. Peor aún, son personas que no tienen, y cuando tienen carecen de inteligencia financiera. Así dice Isaías 55.1: «¡Vengan a comprar y a comer  los que no tengan dinero!» La invitación a comprar gratis es para quienes no tienen ni un centavo, y a ellos mismos les reclama en el verso 2 «¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface?»

Esa pregunta profética tiene resonancia hoy: ¿Por qué derrochan sus finanzas? Los colombianos somos testigos de los dinerales que se despilfarran en nuestros pueblos en la rumba, licor, drogas, festejos extravagantes e inmorales por encima de las necesidades básicas de la vida humana: alimento, salud, vestido, vivienda, recreación, en fin.

La pregunta de Isaías nos sacude fuerte cuando las gentes se desembocan en compras compulsivas, donde el adquirir satisface el ego vacío de una identidad ficticia o simplemente consigue “bienes-pantalla”, meras fachadas que lo descalifican para relacionarse humanamente.[2] La insensatez brilla cuando a esto ajustamos que es a crédito: llévelo hoy, pague mañana. Al terminar de pagar, el producto ya es obsoleto, y el descontento en el corazón se hace más profundo.

Otra cara de la misma realidad la tienen muchos que sobreviven con el injusto salario mínimo o quizá con menos, al darle prioridad en sus finanzas a “rumbiarse” hasta la caída de un traste, ¡lo cual es más injusto! ¿Y qué de la vida?

No pretendo trasquilar felicidad de la existencia, ¡de ninguna manera!  La Biblia dice: «no hay nada mejor que comer y beber y gozar, cada día de nuestra vida, del fruto del trabajo con que nos agobiamos bajo el sol. Ésa es la herencia que de Dios hemos recibido» (Eclesiastés 5.18). Disfrutar la vida con el fruto honesto de nuestro trabajo es un regalo divino (Ecl. 5.19b), manteniendo presente la abismal diferencia que hay entre disfrutar y malgastar. No es lo mismo.

La necedad se delata en el derroche, en darle prioridad a la banalidad y vanidad; la sabiduría en el disfrute de la vida como regalo divino.

Que estas fiestas de fin de año se nos vuelvan el pretexto perfecto para salir al encuentro de Dios hecho humano (Isaías 55.6); y no en la perversa justificación para el derroche y festejos vacíos de Dios y mundanales.

¡Felices fiestas!

©2013 Ed. Ramírez Suaza





[1] Luis Alonso Shökel. Biblia del Peregrino. Tomo II.
[2] Massimo Desiato Rugai. Más Allá del Consumismo. 2001, p.153

viernes, 22 de noviembre de 2013

El Personaje del Año II

El Personaje Del Año II
un siervo de Dios y de los hombres

¡Como es de bueno cuando me llaman por mi nombre! Cuando niño, recuerdo que no logré salvarme de los apodos que mis compañeritos me daban (no los voy a mencionar para no hacerlos pecar después). Últimamente recibo otros “apodos”: pastor, profesor, señor, ¡hasta me han dicho doctor! Y otros más que no vale la pena mencionar. La verdad prefiero mi nombre criollo: ¡Edison!
¡Pastor! Así me apodan más actualmente.

Cuando Ud. escucha ese título, ¿qué se le viene a la mente? Porque algunos cuando escuchan la palabra “pastor” imaginan una persona muy digna, de una consagración sincera y de un ministerio ejercido con legitimidad; para otros la imagen no es tan favorable: autoritarios, intocables, avaros, embaucadores, entre otros. Otro colectivo los entiende como alguien super-espiritual con la unción de Elías, la chequera de Bill Gates, la pinta de Jorge Varón, la limosina de Obama,  la escolta de Santos, la inteligencia de Nicolás Maduro, la voz de William Vinasco Ch y la tarima de Michael Jackson.

Si las apreciaciones de un colectivo sobre  algo son diversas, la alternativa es arrojar sobre el tapete definiciones claras que permitan dialogar comprensivamente. Hagámoslo: en las Sagradas Escrituras, el pastor es una persona que encuentra el origen de su vocación en una derrota personal por un llamado al santo ministerio que intuye en lo más profundo de su ser y de su sinceridad por una intervención divina. Su papel en el mundo es cuidar una comunidad, rebaño si se quiere, que pertenece a Dios y por él tendrá que dar cuentas.

El pastor es puesto por Dios mismo en la Iglesia a fin de que pueda, junto a los demás ministros (apóstoles: misioneros, enviados; profetas, evangelistas, maestros), llevar la Iglesia a un nivel de perfección para el servicio, donde en la entrega, en el estar a disposición del otro, del tú, se construya cuerpo de Cristo. Está el pastor en la Iglesia para darnos a conocer de Jesús resucitado, y en esa comprensión de Dios seamos unidos en la fe, maduros en la verdad amorosa, crecientes en Jesús (Ef. 4.11-16).

Si desempacamos a grosso modo este “para qué” los pastores en la Iglesia y el mundo, podemos decir en primer lugar que, el pastor es uno que en su comprensión de Dios por la Escritura, fe, esperanza, verdad, amor, vida tiene autoridad espiritual y moral para poner orden en la comunidad de los creyentes, es decir, “remendar”, instruir, perfeccionar para el desempeño plural del servicio. En segundo lugar, canalizar el servicio eclesial en construcción del cuerpo de Cristo. Por un lado, esa construcción de cuerpo se da en la medida que los creyentes van creciendo en el conocimiento de Dios y en la práctica cristiana en conjunto con la familia espiritual. Por otro lado, se construye cuerpo con evangelismo. En tercer lugar, el pastor es un hombre que conoce a Dios y lo da a conocer con el fin de fundamentar al creyente en la verdad sin que le afecten las doctrinas engañosas, quizá también atractivas, que constantemente antagonizan el evangelio de Jesucristo. Y finalmente, el pastor es una persona que abre los espacios, crea las oportunidades, prepara el ambiente de un crecimiento integral de los creyentes como individuos y como Iglesia.

Frente al pastor, regularmente se ha creído que su responsabilidad es muy grande, ¡y lo es!, como también lo es de la Iglesia. En Efesios 4.11 la Biblia dice, …y él mismo constituyó… esa palabra (constituyó) en griego es édoken, que traduce: dio, confió, entregó, permitió. Si lo comprendemos mejor podríamos decir, él mismo confió, entregó, dio… pastores… Si los pastores son dádiva de Dios, confianza de él a la Iglesia, no está de menos reconocer que ella tiene una responsabilidad con ellos delante de Aquel quien les entregó semejante paquete ministerial.

¡Piénsalo!

©2013 Ed. Ramírez Suaza


martes, 29 de octubre de 2013

El Personaje del Año

El Personaje del Año
un siervo de Dios y de los hombres

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, alcancé ver un personaje que despierta todo tipo de reacciones sociales en su entorno, partiendo de los odios hasta llegar al amor; sin haber logrado escapar de todas las reacciones habidas en el intermedio de estos dos puntos referenciados. Él mismo se ha hecho entender en su entorno de manera plural, por lo tanto no es encasillable, y por ende interesante. Pocos comprenden del origen de su vocación, su papel en el mundo y el propósito de su llamado. Ese personaje es el Pastor.

El Pastor es una figura pública que cada vez va siendo más relevante en las comunidades latinoamericanas, y sus desempeños muy observados por quienes le rodean. Reconozco el tropiezo provocado por algunos de ellos: desaciertos morales, vergonzosos desconocimientos, notables avaricias y la desfachatez lujuriosa de otros cuántos, entre otros señalamientos. Pero la desgracia causada por éstos no debería empañar la bondad, la sincera y genuina vocación de los muchos otros.

La vocación pastoral es provista por Dios mismo, junto a otras con fines extraordinarios, siendo jamás iniciativa humana (Efesios 4.11). Parecido a los profetas del Antiguo Testamento, quien recibe la vocación a ser “cuidador” de la Iglesia, en algún momento lucha en su interior con aceptar ese llamado que arde profundamente en amor a Dios y a la comunidad, temblando ante la santidad que requiere caminar en el ministerio y delante de quien le ha llamado. Dios llama personas para consagrarlas al santo ministerio, no en el marco de un misticismo posmoderno donde la relatividad y subjetividad irresponsables se ponen de ruana el evangelio; sino desde una virtud cristiana que cabe en la cotidianidad, en el existir de un día a la vez, en el peregrinaje de este don de vivir, depurado de toda espiritualidad barata para imitar genuina y auténticamente a Jesús. Y estoy convencido que es la misma Iglesia el instrumento de Cristo para confirmar esa vocación, abriendo los espacios necesarios para su realización.

Cuando Cristo establece un pastor en una congregación, sencillamente lo hace para apacentar una grey que le es ajena. Es decir, esa comunidad no le pertenece; pertenece a quien dio la vida por ellos en la cruz del Calvario.
El papel del pastor es cuidar una congregación que pertenece a Dios (1 Pedro 5.2-4). No se trata de remontarse a una figura paternalista donde el pastor provee y soluciona todo. Mas bien, partiendo de su experiencia de Dios y la manera en que la refleja en su día a día, sabe orientar el rebaño al abrevadero de la verdad, del amor, la esperanza, la fe, la dependencia de Dios, la oración, entre otras, con voluntariedad sincera, ejemplo, servicio incondicional, amor genuino por la persona, consciente de su dependencia de Dios para ser provisto a todas sus necesidades más allá de su comprensión y de su petición.

Quizá parezca simple, si lo miramos de las gradas de la vida, cumplir con este ministerio. La verdad sea dicha: cumplir con esta simple vocación exige preparación, integridad, sacrificio, entrega, renuncia, desvelos, sufrimientos, disciplina, trabajo, oración y más oración. Y la más grande necesidad de todo pastor: ser oveja.

Continuará…


©2013 Ed. Ramírez Suaza



lunes, 14 de octubre de 2013

Un Cafesito Con Dios III



Un Cafesito Con Dios III
la práctica

Juan Valdéz o no, Dios siempre está interesado en tomarse un cafesito con el ser humano a quien ha dotado de existencia y a quien le brinda sentido de vida. Pero no todos valoran este deseo divino, prefiriendo el peligro del ser vacío. Parecieran incontables las gentes con vida vacía de Dios, lo más lamentable es que en muchos de estos casos es un vacío adrede. Más lamentable aún es el vacío de muchos otros que se rotulan de piadosos con un sin número de tintes denominacionales, cuyas vidas están desposeídas de la virtud que implica su fe. Como han manifestado varios analistas de esta realidad: “en América Latina el cristianismo tiene un kilómetro de ancho pero un centímetro de profundidad”. Y otra observación la hizo en una clase teológica el Dr. Fernando Mosquera: “la Iglesia en los últimos veinte años ha venido perdiendo poco a poco la piedad”. 

Fundamental en la oración la virtud, si entendemos nuestras oraciones como respuestas al Dios que ha hablado, haciéndolo asistidos por el Espíritu Santo coherentemente a Dios con vida y palabras a lo que Él es, dice y hace en favor de la humanidad.

Por esas cosas religiosas que hacemos en el devenir de la experiencia de fe, mutilamos nuestra comprensión de oración desposeyéndola de su riqueza y quedándonos con el monólogo. Y así nuestras oraciones quedaron empobrecidas, o en su defecto presumidas por esos movimientos emergentes de esta segunda modernidad, donde orar no es ni siquiera hablar con Dios, sino manipularle, ordenarle, reclamarle, decretarle, exigirle; donde los valores se invierten: nosotros quedamos como dioses y Dios como el sujeto obediente.

Cuando de orar se trata, el orante reconoce su papel en esta gracia de poder contactar el cielo personalmente. Él es humano necesitado de responder al amor de Dios, no sólo desde la humildad verbalizada, también desde la santidad cotidiana y presente. Nuestra mejor oración debería ser lo que vivimos día a día. De nada nos sirve “pelarnos las rodillas” sino nos “pelamos los pies” en el camino de santidad. Absolutamente inútil es hablar a Dios sin vivir para él. No podemos andar diciendo –Señor, Señor…– si nuestro corazón está lejano de él. Bien decía A. A. Hodge: -Cualquiera que cree ser cristiano y haber aceptado a Cristo para su justificación sin, al mismo tiempo, haberle también aceptado para su santificación, ha sido vilmente engañado en su experiencia-.[1]

Los orantes sinceros no disfrutan una moralidad hipócrita emergente de un corazón vaciado de integridad cristiana, mas bien comprenden la magnitud de la cruz de Cristo en sus vidas, y experimentan una cristianización día a día, porque “el Espíritu Santo nos capacita para apropiarnos de Cristo de un modo cada vez más completo y consciente”,[2] así vamos siendo más libres del pecado y más semejantes a él.

Sin dicha semejanza en proceso, orar es imposible.
Las más grandes oraciones cristianas tienen menos palabrerías y más congruencia con una experiencia de fe genuina.

Oremos.
¡La oración del justo puede mucho!




[1] Hodge en Dallas Willard. Renueva Tu Corazón. CLIE. 2004, p.287
[2] Strong en Ibid

jueves, 3 de octubre de 2013

Un Cafesito Con Dios II

Un Cafesito Con Dios II
la comprensión

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi gentes queriendo tomarse un cafesito con Dios. Lo digo porque nada más grato que poder dialogar con alguien entre aromas de café, obviamente colombiano. ¡Ese es el preferido de Dios! Orar entre sorbos de café es una maravilla. A pesar de que mucha gente quiere el cafesito con Dios, no todos lo logran.

En el peregrinaje de la vida, los seres humanos experimentamos la necesidad de acudir a una persona para ser escuchados, ayudados, consolados, en fin. Pero albergamos la esperanza de que esa persona no sea humana; idealizamos a alguien supremo, supra-real, divino, eterno, infinito, inmutable; mejor dicho, Dios. En una mirada de “re-ojo” a las huellas históricas del hombre, es evidente que, si no conocen a Dios se inventan uno, o en su defecto le atribuyen divinidad a algo o a alguien. Somos conscientes, para muchos de manera inexplicable, de una realidad divina creadora de la nuestra, quien además de señorearla la sustenta y la direcciona a su propósito perfecto.

No resulta vanamente ilusorio que los seres racionales de este mundo necesiten relacionarse con su creador, porque es realmente posible por medio de la oración. Muchos son quienes pretendan o presuman de orar, mas no todos oran.

El punto de partida para ese cafesito con Dios es la escucha. Para que una oración sea realmente posible, el potencialmente orante necesita escuchar acerca del Dios verdadero que se dio a conocer en la maravillosa persona de Jesús Nazareno. Sí, necesita que se le presente a Jesucristo en el poder del Espíritu Santo, de manera que llegue a poner su confianza en Dios por medio de él, a aceptarle como su Salvador y a servirle como a su Rey en la comunión de la Iglesia.[1]  Esa persona necesita escuchar la historia de salvación y cómo puede ser beneficiado de ella por la gracia que ofrece Dios en su Hijo Cristo. Todos los pecadores necesitamos escuchar esa historia para creer, y creyendo ser salvos del poder, las consecuencias y la presencia del pecado en nuestras vidas.

Escuchar esa historia para permitir que desde el centro de la existencia personal germine la fe en Jesucristo, se convierte en el primer acercamiento de oración, para luego responder a Dios, asistido por el Espíritu Santo, coherentemente con vida y palabras a lo que Él es, dice y hace en favor personal y de la humanidad.

Sin este punto de partida, orar no es orar. Puede ser una verborrea harta, rezos vacíos, palabras huecas, ruido religioso; pero jamás oración. Sin la cruz de Cristo pendiendo entre Dios y tú, orar será el eufemismo para referirnos a la hipocresía, la vana repetición, la incongruencia devocional, la espiritualidad barata y falsa. Mencionando la cruz de Cristo no hago referencia a un trozo de madera con un travesaño; sino a un evento histórico en la persona de Jesús quien a través de su muerte y resurrección nos abrió las puertas del cielo de par en par a fin de hacer posible el acercarnos ante el trono de la gracia confiadamente. Digo hasta el trono celestial, porque la oración realiza una intercesión entre el cielo y la tierra, los conecta, los acerca.

Siendo el punto de partida a la oración la escucha, el siguiente es creer.
¿Cómo despierta Ud.? Pocos tienen el gusto de despertar en plácida calma. El despertar se les da gradualmente, sin afanes ni agendas que cumplir. Simplemente la dicha de despertar. Pero muchos otros despiertan cada mañana asustados, sobresaltados por el ruido de la alarma, con sus ojos aún agotados, soñolientos; con un “costalao” de responsabilidades a cuestas, no tan alegres ni agradecidos con el nuevo amanecer.

Despertar es una de las descripciones usadas por la Biblia para describir el suceso de la intervención de Dios en la vida de alguien.[2] “El despertar es, de hecho, una de las imágenes regulares de los primeros cristianos para expresar lo que pasa cuando el evangelio de Jesús afecta la conciencia de alguien”.[3] Con la resurrección de Cristo, la humanidad entera está invitada a despertar, y con ese despertar las puertas abiertas a la fe, a creer. No se trata de una fe sin fundamento sólido, por el contrario, se basa en la resurrección de Jesús, creyendo que fue Dios quien lo levantó de entre los muertos, quiso hacer algo así y lo hizo; creer es una confianza en ese Dios con amor y gratitud.[4]

Sin el ingrediente de la fe, orar es imposible.


Continuará…







[1] Temple en Green, Michael. La Iglesia Local, Agente de Evangelización. Buenos Aires: Nueva Creación. 1996, p.21
[2] N.T. Wright. 2012. Simplemente Cristiano. Miami: Vida, p.232
[3] Ibid
[4] Ibid, p.234

lunes, 23 de septiembre de 2013

Un Cafesito Con Dios

Un Cafesito Con Dios
la definición

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi gentes haciendo extensas cadenas de monólogos, muchos de ellos algo aburridos (aquí entre nos), algunos vacíos, otros tan mecánicos que la superficialidad se los “ponía de ruana”. La mayoría de ellos, sin duda alguna, son sinceros, bien intencionados, irrumpen de corazones transparentes, en fin. Estas pobres observaciones no agotan la realidad, sencillamente nos invitan a re-considerar el seudónimo que damos a estos monólogos: oración. No afirmo que hayamos perdido siglos pretendiendo hacer oraciones sin lograrlo, sencillamente subrayo que entre teoría y práctica hace falta, en muchos casos, coherencia. Me explico. Si orar, según la sabiduría popular, es hablar con Dios, ¿por qué en nuestras oraciones Dios no habla? Pareciera que en la oración él está sentenciado a silenciarse, a escuchar; nosotros a hablar “hasta por los codos”, y entre más extensas nuestras palabras, se considera mejor oración. En este caso, Dios sólo tiene derecho a dar oídos y la obligación de actuar según lo que pedimos. ¿Es esto orar?

Abrámonos paso en la comprensión de lo que no es oración, para luego entendernos en lo que sí es y así disfrutarla extraordinariamente. En primer lugar, la oración no es un monólogo. Es decir, demasiada palabrería en la oración con ausencias de silencio y escucha.  No falta, desde siglos atrás, quienes “…imaginan que cuanto más hablen más caso les hará Dios” (Mt 6.7). «¿Qué tipo de Dios es aquel que se impresiona principalmente por la mecánica y la estadística de la oración, y cuya respuesta está determinada por el volumen de las palabras que usamos y el número de horas que pasamos en oración?»[1] O peor aún, la recitación mecánica de vanas oraciones. El problema con estas oraciones no es la repetición, sino lo vano. La palabra griega usada por Jesús cuando dijo “vanas palabras” (Mt. 6.7), es battalogéo, que significa: parlotear, hablar sin mesura, verborrea.[2] Mejor dicho, Dios no atiende rezos sin sentido ni oraciones “carretudas”. Mire, «Cuando se recita, la oración se caracteriza por la velocidad. Oyendo a los componentes de ciertas asambleas que «dicen las oraciones», da la impresión de oír piedras que se precipitan ruidosamente, con movimiento acelerado, cuesta abajo por la pendiente de una montaña. Voces que se persiguen afanosamente, se atropellan, se adelantan, hasta la zambullida final y suspirada del «amén».»[3]

En segundo lugar, orar no es darle órdenes a Dios. He venido escuchando a personas orar en un tono imponente usando palabras como: “ahora mismo”, “exijo”, “decreto”,  “reclamo”, “ordeno”, “mando”; contrastando abismalmente con las palabras de Jesús: «Pidan, y se les dará;  busquen,  y encontrarán;  llamen,  y se les abrirá (Mt. 7.7).»

En tercer lugar, la oración no es la ventanilla por donde pagamos "un precio". Una “muletilla” dentro de cierta parte significativa del evangelicalismo latinoamericano es esta: -¡hay que pagar el precio!-. ¿Pagar el precio? ¿Hay algo que Dios esté vendiendo? Me sorprendo al intuir que con esa “muletilla” se refieren a la oración. No puedo negar que orando suceden cosas extraordinarias, pero ni siquiera la oración alcanza a pagarle a Dios su gracia, sus dones, su misericordia y su providencia en cada ser humano. La oración no paga: ¡pide y agradece! ¡Dios no vende ni está a la venta! ¡Él da y se da!

En cuarto lugar, la oración no es una tarea para hacer en casa por las noches, o en su defecto por las mañanas, o en la congregación. No es ajeno a nuestra experiencia cotidiana el ser testigos de algunos, quizá nosotros mismos, que sólo oramos en los cultos, en los devocionales también. Se ora en esos momentos creyendo haber cumplido. Uno no habla con un amigo por cumplir, se hace simplemente por lo que él es. No hablamos con Dios por cumplir, lo hacemos porque él es nuestro Padre, además amigo.

Faltando todo por decir respecto a lo que no es oración, digamos lo que sí es: La oración cristiana en una persona irrumpe cuando el evangelio de Cristo penetra hasta su corazón, transformando convicciones, voluntad, conductas, a fin de hacerle un creyente que agradece y disfruta la salvación por gracia, además responde asistido por el Espíritu Santo coherentemente a Dios con vida y palabras a lo que Él es, dice y hace en favor de la humanidad. En esa respuesta haya espacios para alabar, adorar, exaltar, agradecer, pedir, llamar, buscar, interceder a favor propio y de otros, de acuerdo a lo que está escrito en la Biblia, sujetándose a la voluntad divina, en el nombre de Jesucristo, para la gloria de Dios y bendición personal, como por quienes se ora.

Continuará…

©2013 Ed. Ramírez Suaza





[1] J. Stott. 1998. El Sermón del Monte. Certeza, p.166
[2] H. Balz & G. Schneider (Eds). 1998. Diccionario Exegético del NT. Tomo I. Salamanca, p.627
[3] A. Pronzato. 1995. Orar. Sígueme, p.18

sábado, 14 de septiembre de 2013

Una Vida Afortunada

Una Vida Afortunada

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi pasar por mis recuerdos un hermoso desfile de quienes han sido y son mis amigos. Me di el privilegio de ver aquellos que me brindaron amistad en las diferentes etapas de la vida. No logro olvidar a ninguno de ellos en la infancia, en especial a uno con dificultades serias para el habla. Su limitación nunca fue obstáculo para nuestra amistad, por el contrario, la superamos: nos inventamos nuestro propio lenguaje de señas, uno que solamente él y yo comprendimos abriéndonos las puertas del lenguaje, de la comunicación y de la comunión (“infortunadamente” aprendió lenguaje profesional de señas y ahora no le entiendo ni jota). Jamás olvidaré mis amigos en la adolescencia. Ah, esos que me hicieron “cuarto” con las niñas bonitas del barrio, esas que ni les saludaban (mucho menos a mí) y luego me hacían creer lo bien correspondido que eran mis sentimientos de parte de ellas. Ni hablar de los amigos de juventud. Ángeles en la tierra con toda la capacidad universal para perdonarme una y otra vez torpezas. Torpezas que ni menciono para evadirme vergüenzas. Y qué decir de mis amigos hoy, trocitos de Dios alrededor mío capaces de sonreírme sinceramente a pesar de mí mismo. 

Se me ocurrió darme el placer de verlos desde mis recuerdos y realidades, sintiéndome tentado a delatarles con nombres y apellidos, pero prefiero en esta oportunidad sentenciarlos al anonimato, sabrán ellos perdonarme de nuevo.

Ellos, mis amigos, fueron y son tesoros, belleza, arte viva, canción encarnada, verdad atrevida, sinceridad arriesgada, transparencia aventurada por el transitar de la vida. De las fortunas concedidas por el cielo a mi favor, la amistad es una de las que más valoro, agradezco y disfruto a plenitud. Aunque no puedo negarle la eterna deuda por sus lealtades, incondicionalidades, afectos, expresiones de amor. Ojalá pudiera pagarles sus perdones, sonrisas, compañía, oraciones, silencios, palabras… ¡Ojalá!

Dios me bendice con amigos de todos los colores, tamaños y demencias. Seguirle la corriente a cada uno es mi placer, aunque a veces no tenga ni la más remota idea de sus comprensiones, ideales, intelectualidades. Por ejemplo, cuando me hablan de política, fútbol, economía,  amores, novelas y cierto tipo de canciones. Pero hipnotizados con el aroma del café, ese que se bebe despacito pa’ que rinda el tiempo, no importa si nos comprendemos o no los desvaríos; importa que somos amigos. Así le hacemos cosquillas a la felicidad a ver si se ríe con nosotros otro ratito.

Y sí que se ríe, a estridentes carcajadas, no sólo con nosotros, también con Dios. Porque saben que de todos mis amigos, el más grande y a quien más amo es a él. Nunca lo busqué, él me halló. En la vida lo amé, él me amó. Jamás lo llamé, él me llamó. Nunca le pedí, el me dio. El amor más grande de un amigo Dios lo expresó en la maravillosa persona de Jesús. Él, el Hijo de Dios, dijo e hizo esto: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos (Jn. 15.13).» Y mucho antes de responderle a su invitación de amistad, ya me había tratado como amigo: me amó y se entregó por mí.

Ud. también puede ser amig@ de Dios, es cuestión de girar el corazón 1800 hasta estar cara a cara con él por la fe, recibir la gracia ofrecida en Cristo y comenzar a vivir en coherencia con esa amistad. Unos amigos de Job qué día le dijeron: -Vuelve ahora en amistad con Dios, y tendrás paz; Y por ello te vendrá bien- (Job 22.21). Este bonito consejo no aplica a la vida de Job, pero sí a la suya y a la mía.

©2013 Ed. Ramírez Suaza

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...