domingo, 31 de julio de 2016

Monólogos De La Iglesia


En la oración es mejor tener un corazón sin palabras 
que tener palabras sin un corazón.
John Bunyan.



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un muy extenso abanico de soliloquios que emergen de corazones muy bien intencionados, muy sinceros también; quienes intentando dialogar con Dios terminan haciendo un monólogo para Él. Su mayor desgracia es ignorar la diferencia.

Las Sagradas Escrituras no tratan mucho acerca de la oración, en lugar de esto contiene oraciones. El hecho de que contenga oraciones en lugar de tratados sobre la oración resulta muy diciente para nosotros: es más importante orar que hablar acerca de la oración. 
Sin embargo, las disciplinas espirituales han de ser comprendidas en la virtud de su totalidad bíblica por sus practicantes, a fin de disfrutar a Dios genuinamente.

Si nos preguntamos ¿qué es orar?, pues regularmente respondemos más o menos así: -orar es hablar con Dios-. 
Pensándolo bien, ¿no será a la inversa? 
-Dios hablando con nosotros-.

En un esfuerzo por sugerir una intuición más profunda al respecto, podríamos afirmar que la oración es el misterio por medio del cual Dios se aproxima al ser humano como Padre, para dialogar coherentemente con él sobre un tapete de afectos, lealtades, sinceridades, familiaridades, entre otras, con la intención de saciar a plenitud el alma del orante. Inmerso en este misterio, quien ora puede abrir su corazón delante de Dios a fin de expresarle todo su existir -como el de otros- y recibir del Señor manifestaciones sorprendentes de su gracia y bondad.

En la práctica de tradición evangélica, es común ver que la oración resulta siendo un monólogo, es decir, un discurso improvisado en dirección a Dios, que al agotarse se cierra con el broche de oro tradicional: "en el nombre de Jesús ¡amén!"
En este monólogo, además de ser improvisado, el orante así no se permite un silencio, un esfuerzo al corazón para estar atento a lo hermoso: el privilegio de discernir la voz divina en la vida y práctica de la oración.
Cuando en esta tradición se ora, Dios es condenado al silencio.

¿Por qué hacemos esto? 
-Bueno, no todos- 
Creo que quienes así “oramos”, obedece a la consideración del poder persuasivo del discurso. Es decir, suponemos que entre más hablemos al orar crece la posibilidad de ser escuchados por el Señor. Con este comportamiento olvidamos las palabras de Jesús: “...cuando ustedes oren no sean repetitivos, como los paganos, que piensan que por hablar mucho serán escuchados…” (Mateo 6.7).
Considere estas palabras por favor:
No se precisan largas oraciones, porque Dios sabe lo que los hombres necesitan antes de que se lo pidan. No se trata simplemente de evitar las manipulaciones, ni de que Dios lo sabe todo y por eso la oración no es, en rigor, necesaria, sino de que Dios, en su amor, asiste al hombre antes de que éste se lo pida, y le libra así de la necesidad de la larga oración.[1]

Las palabras de Jesús, coloquialmente hablando, quedarían más o menos así: “Dios no come carreta”. 
La oración se hace abominable cuando la verborrea suplanta la sinceridad, la humildad, la fe, la obediencia… entre otras. 
Las pocas palabras con la actitud correcta resultan más eficaces, bien lo dijo el predicador:
No permitas que tu boca ni tu corazón se apresuren a decir nada delante de Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra. Por lo tanto, habla lo menos que puedas... (Eclesiastés 5.2).

Por eso tú cuando ores, despójate de cualquier intento de persuadir a Dios hablando mucho; mejor permítase el milagro de la oración que con prudencia en los labios, con humildad de corazón disfruta -en dirección a plenitud- el hecho de que Dios se aproxima a nosotros, dejándose intuir en el silencio humano, en la contemplación de las Escrituras para hablarnos al corazón y luego, escucharlo.

Menos monólogos; más oración.


©2016 Ed. Ramírez Suaza





[1] Ulrich Luz. El evangelio Según S. Mateo. Tomo I, p.463

martes, 5 de abril de 2016

¿Es Pecado Masturbarme?


El no y el sí son breves de decir, pero piden pensar mucho.
Baltasar Gracián


“Parando oreja” yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, escuché la pregunta silenciosa que quisieran hacer algunas personas, sobre todo jóvenes, a su pastor y que a veces no se atreven: -¿es pecado masturbarme?-

Entre los pasillos del alma algunas personas hacen preguntas que por vergüenza, temor y/o culpa no se arriesgan a verbalizar con su líder espiritual. No ignoremos que en la construcción de una moral religiosa, suplantadora muchas veces de la santidad bíblica, se nos domesticó a silenciarnos muchas cosas hermosas del placer sexual a casados y más aún a solteros.

La moral, a muchos, se les enseñó como doctrinas anti-hedonistas y luego éstos así enseñaron a otros. El punto pareció ser este: todo lo que sea placentero es pecado. Cuando a decir verdad, los verdaderos placeres provistos por Dios son aquellos que evidencian, en el disfrute, que en realidad somos santos.

La sexualidad cristiana no es un privilegio exclusivo de las personas unidas en sagrado matrimonio; es también un don divino a quienes están solteros. El soltero no es un ser asexual ni está privado de vivir una sexualidad que honre a Dios. Y por favor, no confundamos sexualidad con adulterios o fornicaciones, que estas últimas sí son pecado. En esto nos queda pendiente mucha tela pa’ cortar.

Empecemos por recordar lo que es pecado. Hasta ahora sé de cuatro términos griegos que el Nuevo Testamento en español traduce como “pecado”. El primero de ellos es, agnóema que significa delito cometido por ignorancia. Es decir, aplica cuando se quebranta una ley por desconocimiento (Hebreos 9.7). La segunda palabra griega que el NT traduce al español como pecado es (j)amártema - (j)amartía. Este término se ha de entender como, no dar en el blanco, no alcanzar la medida, fracaso (1 Corintios 6.18, Santiago 4.17). Tercero, anomía. Es un término que describe una vida en desacuerdo con la norma. Alguien que vive como si no hubiese legislación (Mateo 7.23, Hebreos 1.9). Finalmente, el término paráptoma: dar un paso en falso, conocer la norma y adrede transgredirla, delito (Romanos 4.25).

Sobre este tapete de comprensión respecto a lo que es pecado en las Escrituras, consideremos lo que es masturbación. “El término masturbación tiene una etimología latina, aunque no hay un acuerdo entre los filólogos si procede de manus stuprare (violar con la mano) o manus turbare (excitar con la mano)... En esta oportunidad, entendamos masturbación como manus turbare, que se refiere a la estimulación de los órganos genitales con el objeto de obtener placer sexual y usualmente está dirigida a desencadenar el orgasmo. Puede implicar también la estimulación de otras áreas erógenas para aumentar la excitación. Se trata de una práctica sexual hacia uno mismo.”[1]

Aunque la Biblia guarda silencio absoluto respecto a esta práctica, en los primeros amaneceres de la Iglesia cristiana fue condenada por algunos pensadores sin fundamento bíblico, o en su defecto, usando textos escriturales que no tienen relación directa con la masturbación.[2] Finalizando el siglo XVIII, la masturbación fue condenada con mayor contundencia, además se le acusó de causar enfermedades somáticas, emocionales,[3] y otras. Inclusive, en el siglo XX fue asociada con demonización.

La culpa, vergüenza, entre otros sentimientos negativos en las personas que practican el autoplacer sexual,[4] les jorobó el alma, les hizo dudar de su amor por el Señor y del Señor, les des-ajustó la fe e incitó, a otros, a la hipocresía de una “pureza sexual” casi utópica. Esa hipocresía, diría yo, les hizo ser crueles con quienes fueron sinceros en confesar sus masturbaciones como pecados, ataduras, demonizaciones o qué sé yo.

Actualmente, algunos sectores cristianos son más comprensivos con el tema, sin dejar de señalar que es pecado. Es más, se está considerando que la masturbación puede brindar alivio a la tensión sexual, ayudando a no caer en adulterios o fornicaciones. 
Entre otros hermanos en la fe, la masturbación sigue siendo un pecado funesto.

Tres observaciones personales:
1.      La Palabra de Dios (Biblia) guarda silencio, por lo tanto, yo también: no la condeno, tampoco la apruebo.
2.     Resulta un poco extraño hoy, que ninguno de los profetas ni los apóstoles hicieran mención alguna contra la masturbación. Confieso que en el corto abanico de mis lecturas, no he encontrado en grandes teólogos interpretar algún término bíblico que insinúa algún vínculo con la masturbación. Lo único que podemos decir es que, si la práctica de auto-placer sexual es la desembocadura de un corazón lujurioso, entonces sí es pecado. Tampoco me atrevo atribuirle una posesión demoníaca a una persona que practique el autoplacer sexual.
3.     La vida cristiana es para vivirla con libertad, sin la culpa -o falsa culpa- que a veces nos provoca el pecado o lo que nosotros creemos que es pecado. Hay personas que viven en las sombras de la vergüenza, el temor, la condenación, en fin, y precisan de un manto de gracia que les envuelva en la pureza e integridad que provee la cruz de Cristo. La auto-condenación no es saludable ni aprobada por Dios, Él es quien nos juzga, no nosotros a nosotros mismos.
Hay que vivir en la gracia del Señor Jesús. No como “licencia” para pecar; más bien con la fortaleza para continuar en la fe sabiéndonos perdonados.

Ud. mismo debe elaborar un criterio al respecto, y para ello le invito a considerar las palabras del Dr. Neil Anderson:

       ¿Está cometiendo el adulterio mental que Jesús condena mientras se masturba?
       ¿Está metiendo imágenes pornográficas en su mente mientras se auto-complace?
      ¿Está reemplazando la intimidad sexual dentro del matrimonio por la masturbación?
     ¿Puede dejar de masturbarse? (Si no puede ha perdido el dominio propio. La falta de dominio propio sí es pecado ((j)amártema - (j)amartía). Nota mía).
       ¿Siente la convicción del Espíritu Santo al masturbarse?[5]


Faltando todo por decir,

©2016 Ed. Ramírez Suaza




[1] José Moral de la Rubia. Revista Interamericana de Psicología/Interamerican Journal of Psychology - 2011, Vol. 45, Num. 1, pp. 77-86
[2] Iglesias-Benavides, José Luis. 2009. "Onanismo. El funesto placer solitario." Medicina Universitaria 11, no. 42: 74-83.
[3] José Moral de la Rubia. Predicción de los afectos asociados con la masturbación en estudiantes universitarios.Revista Intercontinental de Psicología y Educación.  vol. 13, núm. 2, julio-diciembre, 2011, pp. 31-50. Universidad Intercontinental México.
[4] Un criterio para considerar: En las encuestas sexuales, las mujeres mienten reduciendo su frecuencia autoerótica y los hombres mienten aumentándola.
Jesús Antonio Ramos Brieva (Psiquiatra Español), 2005.  Mujeres a Solas. edición electrónica: Ediciones PROPSIQUIS - c/ Lorca,6 - 28230 Las Rozas de Madrid (Madrid)
[5] ANDERSON , Neil. Libertad en un mundo obsesionado por el sexo. Unilit, p. 34

miércoles, 27 de enero de 2016

Un Rostro Del Alma Mía Al Desnudo


De todo lo viviente, el hombre es el único que sabe su finitud.
Karl Jaspers


Desnudar el alma es un atrevimiento que me inunda de incertidumbres y temores, quizá por los miedos que me arropan al desconocer cómo se comprendan mis confesiones. No es común la confesión de un cristiano protestante, pero resulta necesario, a veces, para hacer liviana la vida y con esta confidencia, la de otros también.

El rostro de mi alma a desnudar en estos humildes párrafos, es una dificultad para perdonarme. Sinceramente, el sujeto quien más precisa de mis perdones, ¡vaya sorpresa! soy yo. Que yo sepa, no me odio; pero sí me culpo con intensidad cada que hago consciente -reconozco- mis errores, mis pecados. No sé cómo aprendí a pretender con vulgar y vergonzosa presunción que es posible llegar a ser infalible. No sé cómo llegué a mal interpretar y mal creer que ser perdonado por Dios es sinónimo de “obligado a ser perfecto”.

No sé si le pasa a usted, pero yo pido perdón hasta una semana por el mismo pecado que el lunes a primera hora ya Dios perdonó. Cada que pido perdón, mi alma es sorprendida una y otra vez al recibir tan anhelado milagro. Mis padres, mis hijos, mi esposa, mi iglesia, mis amigos, ¡hasta mis enemigos! Y cómo no, Dios; todos ellos, y otros, perdieron la cuenta de las muchas veces que me bendijeron la existencia con el perdón, pero marchito una parte de la maravilla al negarme a mí mismo ese privilegio. Me cuesta aceptar la gratuidad del perdón divino y del humano. Consciente de esta sospecha: que mis torpes intentos por perdonar, a veces suelen crear más problemas de lo que puedo resolver.[1] Sé que sólo Dios perdona. Sólo Dios da la aptitud de perdonarnos. Es decir, el perdón de Dios nos alivia la vida y nos capacita la vida.

En el mundo de las psicologías, el perdón a uno mismo es “novedoso”,[2]  y se exploran las posibles razones por la cual a algunos nos cuesta regalarnos perdón: falta de autoestima, quebrantos de salud mental, mal-estar psicológico, insatisfacción con la vida; por mencionar algunos. Entre éstas, sugiero lo que además en mí encuentro, “aquí entre nos”: quienes nos negamos el auto-perdón, lo hacemos por ausencias de fe, esperanza y amor.

En el auto-perdón precisamos de fe para creer profundamente en lo que Dios hizo y dijo por medio de su Hijo Cristo. Una victoria día a día sobre las dudas, nos abren día a día las hermosas puertas al auto-perdón.

En el auto-perdón necesitamos de esperanza. Porque con ella vemos al pasado, al presente y a los mañanas con la cruz de Dios. Si miramos con la lupa de la cruz, nuestros pasados son perdonados, nuestro presente privilegiado y nuestros mañanas asegurados. Cuando comprendo la mirada de la cruz, el perdón es una realidad como lluvia sobre tierras áridas.

En el auto-perdón urgimos de amor. El auto-amor es otra de las grandes necesidades del hoy. No sé cómo aprendidos a des-amarnos. Y perdone Ud. que sea tan incluyente en esta afirmación; las evidencias del des-amor en nuestra humanidad son innegables.
“Amar no es nuestro deber; es nuestro destino”.[3] Vamos hacia el amor, amando. Amar, es una decisión liberadora para perdonar.

Ud. que ha leído mi confesión, por favor, ¡es confidencial! No lo olvide.
Me dejo ver un poco el alma con el fin de encontrar compañeros para el camino, que juntos demos pasos de perdón. Puede ser uno a la vez.
Me dejo ver un poco el alma, por si acaso, alguno se identifica con estas lidias del corazón y se anime a perdonarse. Se anime, al no saberse solo por por este sendero hermoso, aunque estrecho.
Me dejo ver un poco el alma, porque es universal -supongo- la aspiración de vivir en paz consigo mismo. Y esta paz no es utópica, es plausible en Dios.
Me dejo ver un poco el alma porque en la vulnerabilidad Dios se glorifica. Hablar de las debilidades es grandeza. Atreverse a una confesión es un triunfo sobre la duda y ocasión de encuentro con el amor divino.
Me dejo ver un poco el alma, porque estoy en el peregrinaje del perdón. Paso a paso voy por estos senderos donde construyo paz conmigo mismo, con el otro y encuentro la paz de - y con- Dios.

Jamás olvide: Dios nos ha perdonado y nos perdona; también nos da la capacidad de perdonar.

©2016 Ed. Ramírez Suaza




[1] Brennan Manning. El Evangelio de los Andrajosos, p.189
[2] María Prieto-Ursúa e Ignacio Echegoyen en su artículo ¿Perdón a uno mismo, autoaceptación o restauración intrapersonal? Papeles del Psicólogo, 2015. Vol. 36(3), pp. 230-237
[3] N.T. Wright. Sorprendidos por la esperanza, p. 367

miércoles, 13 de enero de 2016

El Amor Que Nunca Hicimos


El amor no tiene cura, pero es la única medicina para todos los males.
Leonard Norman Cohen


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al amor que poco hacemos.
¡Claro que no! No me estoy refiriendo al sexo; me refiero a discapacidades escogidas y preferidas por nosotros mismos que nos hace indolentes frente a quien sufre, al que necesita. Como por ejemplo, el hecho de no compartir una prenda de vestir con el desnudo, dar un poco de pan a quien tiene hambre, algo de beber a quien tiene sed, una visita al preso, hacer presencia en las salas de un sanatorio para llevar consolación, evangelización, entre otras.

Nos hemos discapacitado para amar. Por favor, no me refiero al amor como afectos sino al amor como actitud de benevolencia, empatía y compasión.
En este sentido olvidamos amar. 
El amor como actitud de bondad nos es una responsabilidad inexorable. 
Una decisión en espera. 
Un mandato divino por obedecer. 
Una mano por extender.

Cuando hablamos de amor, abusamos del término, inclusive cada quien le da el significado que le parezca. Esta es una de las pobrezas con las que lidiamos actualmente: el desastre de relativizar lo absoluto. Para nuestros infortunios, relativizamos al amor. 
El amor ya es. 
El amor ya está definido. 
Nuestra tarea no es re-definirlo a subjetivos caprichos; es re-descubrirlo, comprenderlo, disfrutarlo y vivirlo.

¿Qué es amor entonces?
Amor es la decisión irrevocable de ser paciente, bondadoso con los demás. Es despojarse de envidias, presunciones, orgullos, altanerías, egoísmos, enojos y rencores. Es no alegrarse de injusticias; más bien, celebrar la verdad. Amar es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo. El amor jamás se agota (1 Corintios 13. 4-8).

Estoy intuyendo que son muchas las gentes que sufren miedo a este amor (agapofobia): evadimos el privilegio de ocuparnos de otros, prefiriendo la exageración de ocuparnos de nosotros mismos. Nuestros egos nos han derrotado la generosidad. Nuestros orgullos nos han enceguecido. Nuestras avaricias nos paralizaron el corazón. Nuestros embelesos nos robaron la maravilla de la intercesión. Y a la hora de intentar tomar conciencia, hacemos relucir nuestra destreza de culpar a otros, excepto responsabilizarnos a nosotros mismos. 
¡Agapofóbicos!

La necesidad primera de nuestro mundo es el amor. Aunque todos hablamos de amor, pocos hacemos el amor. 
Y, ¿cómo se hace éste amor? 
Contemple estas hermosas palabras de Jesús: “...Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recibieron; estuve desnudo, y me cubrieron; estuve enfermo, y me visitaron; estuve en la cárcel, y vinieron a visitarme” (Mateo 25.35-36).

Cuando los discípulos de Jesús escucharon estas palabras del Maestro, preguntaron: -¿cuándo te vimos así?- La respuesta del Carpintero de Nazaret fue sorprendente: -cuando proceden con amor ante quien lo precisa, lo hacen a Dios. 
¡Asombroso! 
Dios se deja ver en las necesidades humanas. 
¿Lo puedes ver?

Muchas personas preguntan, ¿qué hace Dios por las gentes más sufridas? Yo les respondo, Él hace y ha hecho mucho, como por ejemplo: te hizo a ti.
Ya Dios ha hecho más que suficiente. 
Ahora es nuestro turno de hacer, por lo menos, lo suficiente.

©2016 Ed. Ramírez Suaza

lunes, 14 de diciembre de 2015

EL PEOR CONSEJERO

Escuchad el consejo del que mucho sabe;
pero sobre todo escuchad el consejo de quien mucho os ama.
                                                                                                   Arturo Graf



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al peor de los consejeros: el corazón humano. Éste es escuchado frecuentemente. Recomendado a menudo. Una y otra vez se nos dice: -escucha a tu corazón-. 
Y ¡eh avemaría! lo escuchamos.

Por escuchar nuestro propio corazón nos llegamos a involucrar con la persona equivocada. 
Nos llegamos a endeudar hasta el alma. 
Cometimos errores vergonzosos, tanto, que ni los mencionamos. 
Por escuchar a nuestro corazón herimos seres amados, abandonamos buenos amigos, nos extraviamos del camino. 
Por escuchar el corazón humano nos peleamos irracionalmente, pervertimos los placeres divinos, nos embriagamos de avaricias, abortamos sueños y nos extinguimos la vida, cada quien a su manera.

A decir verdad, la Biblia hace un diagnóstico del corazón humano muy preocupante. 
Esta es una parte del diagnóstico:

  ...desde su juventud las intenciones del corazón del hombre son malas (Gén. 8.21).
  El corazón es engañoso y perverso, más que todas las cosas… (Jer. 17.9).
Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias (Mt. 5.19).
 ...en su corazón sólo hay perversidad, y todo el tiempo anda pensando en el mal (Prov. 6.14).
  No hay nadie que pueda afirmar que su corazón está limpio de pecado (Prov. 20.9).

Con éste diagnóstico en mente, respondamos con sinceridad estas preguntas: 
¿cómo se nos ha ocurrido confiar en él? 
¿Cómo se nos ha ocurrido escucharlo? 
Inspirado por el Espíritu Santo el proverbista dijo, -Es de necios confiar en el propio corazón;...- (Prov. 28.26).

Muchos nos agotamos de vivir sin vida. De amar sin amor. Pusilánimes en las ganas de nada, en las derrotas vestidas de triunfos, en el vacío del corazón, sin norte de felicidad ni sentidos en la existencia. 
Necesitamos escuchar un consejo. 
Precisamos de alguien que nos diga cómo salir de nuestros propios laberintos y abrirnos al milagro de Jesús para llenar de belleza y dicha el privilegio de existir.

Siempre necesitamos de buenos consejos y de extraordinarios consejeros. La Biblia dice, -...en la multitud de consejeros hay seguridad- (Prov. 11.14).
Todo buen consejero se distingue por estas dos riquezas en sus expresiones: amor en la actitud y verdad en el contenido. Por eso, quien mejor aconseja es quien más te ama y, quien más te ama no te ocultará la verdad.

Muchas personas te aman, y quien más te ama de entre todas ellas es Dios. Todo el consejo divino es bueno, agradable y perfecto. Isaías dijo, -...Señor… tus consejos siempre han sido verdaderos y firmes- (Is. 25.1). Escucha consejos, busca buenos consejeros; pero sobre todos ellos escucha a Dios a través de las Escrituras. Ellas te guiarán a toda verdad, consuelo y paz.

Jamás olvide esto: El necio piensa que va por buen camino, pero el sabio presta atención al consejo (Prov. 12.15).
Por favor, no escuche tu corazón –no es buen consejero-; más bien, que sea tu corazón quien escuche los buenos consejos.



©2015 Ed. Ramírez Suaza

lunes, 12 de octubre de 2015

Los 50 cm Más Largos



Y yo oro no porque o cuando tengo necesidad de algo, sino
únicamente porque... necesito orar. O sea, necesito amar y sentirme amado.
A. Pronzato


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi los 50 centímetros más largos del siglo XXI. No sé cómo lo logramos: acercamos a quienes están lejos con todas las tecnologías de comunicación; paradójicamente también, alejamos con las mismas tecnologías a quienes están cerca. ¡Qué ironía!

Más irónico aún que los 50 centímetros de distancia habidos para poner nuestras rodillas sobre el suelo, se nos hayan hecho millas y nuestra comunión más preciada termina siendo la más relegada entre los escombros arrumados en los sótanos del corazón humano, entre los chécheres arrinconados de la existencia. Lamentando más aún, que sea una realidad en un número significativo de cristianos.

Dios se nos acercó, y muchos nos distanciamos. ¡Qué ironía!
El hermoso y poderoso acto de poner nuestras rodillas sobre el suelo en el momento de hacer oración, precisa de un regreso a nuestros hábitos más tenidos en cuenta.
Sé que para orar, la posición corporal no es lo más relevante, aunque las Escrituras sí nos dejan intuir que algunas son más apropiadas. Por ejemplo, orar de pie -con un lenguaje corporal de reverencia- o de rodillas, con las manos alzadas, arrojados boca abajo en el piso, sentados en las sillas de un templo, entre otras. Oramos de rodillas, si la condición física lo permite, porque consideramos que esta postura es la que mejor expresa humildad, reverencia y sumisión con que debemos acercamos al Dios santo y soberano.[1] Porque así nos dieron ejemplo Jesús, san Pablo y otros santos de Dios en la historia de salvación.

Los 50 centímetros de distancia para poner nuestras rodillas sobre el suelo, deben ser para nosotros la distancia más corta, el “peregrinaje” más sublime, el momento más placentero, el privilegio más hermoso, la prioridad más libre y liberadora.
Cuando oramos de verdad, las palabras nuestras deben ser pocas y nuestros oídos muchos. Porque la oración es oración cuando al fin puedo escuchar la dulce voz de Dios y embelesar la mía en la Suya. Bien dijo E. M. Bounds: “La meta de la oración es ser el oído de Dios”.[2]

No crea que orar consiste en hablar mucho, Jesús dijo, Y al orar, no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras (Mateo 6.7 NVI); que sean pocas tus palabras como lo recomienda el sabio Predicador de Israel: No permitas que tu boca ni tu corazón se apresuren a decir nada delante de Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra. Por lo tanto, habla lo menos que puedas,... (Eclesiastés 5.2 RVC).

Cuando ore, y por favor ore, arroja tus rodillas 50 centímetros hacia el piso, que sea más la sinceridad que la habladuría, más el silencio que la bulla y permítase envolver su vida en el amor, la voluntad, la maravilla, el placer y lo sorprendente de la presencia de Dios. Y cuando esto ocurra, Dios hará que desde nuestros más profundos afectos, sinceridades y anhelos irrumpa oración, porque “El Espíritu de Dios ora en nosotros. Éste es el más santo consuelo de nuestra oración.”[3]

Logramos distanciar lo cercano, un logro que nos derrota la vida. Pero Dios logró acercar a los que estamos lejos, muy lejos. En la cruz de Cristo quedamos a la distancia de 50 centímetros, si es que no es más cerca. 

Dios derrotó el abismo que nos distanció de Él, derrotemos 50 cm que nos distancian de él.
Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes.
Santiago 4.8


©2015 Ed. Ramírez Suaza




[1] José M. Martínez & Pablo Martínez Vila. Abba, Padre, teología y psicología de la oración. (Barcelona: CLIE, 1990): 107
[2] E. M. Bounds, Purpose in Prayer (Chicago: Moody, s.f.): 53,54.
[3] K. Rahner. De la necesidad y don de la oración. (Bilbao: Mensajero. 2004): 38

miércoles, 19 de agosto de 2015

Espejos Del Alma


El ser humano no sabe quién es, hasta encontrarse en la mirada de Dios.


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi personas mirándose a los espejos que recicla en el mundo. Los veo con carretas de madera y ganas de vida, recogiendo cristales en donde pueda apreciarse y sentirse aprobado por la sociedad, la familia, la religión, los egos, entre otros. Así la vida nos hace recolectores de estereotipos, ideas ajenas -muchas de ellas inútiles-, modas pendejas, complacencias a otros a cambio de aceptaciones, falsos afectos -quizá otros no-, des-orientaciones de identidad y un sin número más de categorías con las que fabrican un mosaico de espejos y se ven tan fragmentados en él, que se pierden a sí mismos en una existencia sin sentido, sin norte, sin Dios, sin ellos mismos.

En la Biblia, se nos narra el retrato de un hombre a quien la vida se le convirtió en un laberinto de espejos. Su nombre es Jacob, su historia aparece en Génesis capítulo 25.19 hasta el capítulo 35.[1] Al nacer, sus padres lo llamaron Jacob, que significa usurpador, no en vano: Jacob le arrebata a su hermano Esaú la primogenitura y luego la bendición, esta última con unas trampas y mentiras sin precedentes alguno en complicidad con su madre. Su hermano Esaú se indigna hasta querer matarlo, entonces Jacob se ve obligado a huir a tierras de Jarán, donde habita su tío. Este tiene dos hijas, y Jacob ama la menor y la pide en casamiento, pero su suegro lo engaña dándole por esposa a su hija mayor a cambio de siete años de servidumbre. Obligado por su amor y lo tramposo de su suegro, trabaja otros siete años para poder casarse también con la mujer que realmente ama, sin descansar hasta lograrlo. Pero Jacob, de alguna manera también engaña a su suegro, quedándose con muchas riquezas de él, haciendo trucos para que el ganado criara a su conveniencia. Y el relato bíblico afirma que le salió bien el truco. Jacob no sabe quién es, se está definiendo así mismo en un espejo empañado como un tramposo con éxito.

Este es su laberinto de espejos: su madre lo ve como un usurpador, y lo apoya para que así sea. Su hermano lo ve como un tramposo, mentiroso que le ha arrebatado su primogenitura y su bendición patriarcal. Su suegro lo ve como un engañador que puede ser engañado también, y le da “dos tazas de su propio caldo”. Jacob se ve así mismo perdido en sus retratos, confundido en esos espejos con los que es mirado, estigmatizado. Él ha venido siendo lo que los demás ven en él, ha caminado en este laberinto apoyado en sí  mismo.

Pero un día se encuentra en la mirada de Dios. Los ojos de Dios le resultaron ser el espejo donde necesitaba mirarse y darse cuenta en realidad quién es él. Allí, en los ojos de Dios, se quiebra el mosaico de espejos a través de los cuales ha sido fragmentariamente identificado, y en alta definición, en esa mirada divina, puede identificarse para ser la persona que Dios ve en él. En los ojos de Dios él no se ve como Jacob -usurpador-, se ve como Israel -luchador-. Así, hallado por el Dios que tercamente lo ha buscado, Jacob re-significa su existencia para vivir los designios de Dios.

Sospecho que usted, amig@ lector también necesita mirarse, encontrarse en los ojos de Dios. Ese es el mejor espejo donde el ser humano puede recuperar, re-significar la vida. Igual que Jacob, buscamos nuestros propios escapes, nuestros lugares de huida. Huimos de nuestros pasados, de nuestras familias, de nosotros mismos, de Dios… Y somos interpretados por los espejos fisurados a través de los cuales somos mirados y nos miramos a sí mismos. Pero vivir huyendo no es vivir. Dios nos busca con insistencia, sus ojos son nuestro espejo. Mírate ahí, en la mirada de Dios. Ella, Su mirada, nos humaniza, re-orienta y re-significa el privilegio de vivir.


©2015 Ed. Ramírez Suaza







[1] Este es el fragmento bíblico sobre el que se sustenta la tesis de esta reflexión, mas no agota el contenido bíblico del personaje en cuestión. 

LA SOCIEDAD DE LOS CRUELES II

Está llegando la época en que la honorabilidad es la excepción y la traición es la norma. Mario Vargas Llosa Mirando yo por entre la celosía...