lunes, 31 de marzo de 2014

Los Ojos Que Nunca Pedí

Los Ojos Que Nunca Pedí
cuando todo mundo me ve

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi que me ven. Esta vez mis ojos cayeron en la cuenta de que muchos otros, todo este tiempo, se han fijado en mí. Y reacciono arrojando mis franquezas al respecto en los conductos de las palabras: verdaderamente me siento invadido por miedos y valentías. Miedos, porque desde Génesis capítulo tres se ha vuelto tan humano temer; personal y especialmente cuando las miradas se asientan sobre mi peregrinaje, donde son tan inmediatamente obvios mis defectos (¡eso es para temblar del susto!); pero como se trata de miradas fijas, con el resto del tiempo irrumpen lentamente virtudes que provocan leves y frágiles embelesos en los ojos que me ven. Entonces empiezo a comprenderme valiente.

La mirada humana tiene en sí misma un abanico extenso de lenguaje. Con una mirada juzgamos, enamoramos, perdonamos, afirmamos, desconfiamos, mentimos y, sin pretensiones de haber agotado todo lo que comunicamos con la mirada, con ella definimos. Basta con mirar atentamente a alguien para hacernos a una idea de quién es él o ella. No menospreciemos entonces el inmenso valor de una mirada.

Cuando disfrutamos de una experiencia genuina de Dios, nuestras vidas inmediatamente quedan expuestas a las miradas. Empezamos a ser antorchas, lumbreras en la sociedad, cuyas vidas no se ocultan bajo mesas ni se esconden dentro de cajones. Todo lo contrario, así como en los tiempos antiguos las antorchas se ubicaron en las partes altas de la ciudad o de la casa para que alumbre a todos, así la luz de vida debe exponerse a todas las miradas para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a Dios Padre que está en los cielos. Sin los despreciables ánimos de caer en la hipocresía de exhibir obras que produzcan elogios de otros al frágil ego; más bien, en la virtud de ofrecerse al otro transparentemente para la gloria de Dios.

No es ajeno a ninguno de nuestros saberes de multitudinarias miradas hechizadas por referentes faranduleros cuyas vidas están en deconstrucción. Es decir, no arrojan luz sobre otros, porque tampoco tienen para sí mismos; sino que sumergidos en la oscuridad del pecado y siendo enceguecidos, pretenden ser guías de otros ciegos; deconstruyendo sus propias vidas y las de otros.

Si miras bien a tu alrededor, muchas son las miradas que también se estacionan sobre ti. Todas ellas esperan ver en ti luz, vida, Dios. Todos los cristianos somos cartas abiertas que todas las personas a nuestro alrededor pueden leer. Nos guste o no, somos un anuncio vivo del evangelio de Jesucristo. Eso es para temblar del susto, porque nos trepa sobre responsabilidades para con el mundo que quizá quisiéramos esquivar. Como también nos empuja a la valentía. Es decir, al atrevimiento de ser justos, honestos, verdaderos, humildes, pacificadores, sobrios, generosos, serviciales, misericordiosos, veraces,... de manera genuina y expuesta como Jesús. Apostarle a una vida como la de Jesús, siempre traerá construcción personal y colectiva.

Recuerda: Dios nos mira, el mundo nos mira.


©2014 Ed. Ramírez Suaza  

lunes, 17 de marzo de 2014

Atrevidos Con Éxito III

Atrevidos Con Éxito III
no apto para  menores de edad ni casados

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un amor exótico, exquisito, extraordinario y poco común en esta extraña modernidad. Vi un armadillo seguro de lo que quiere, disfrutando día a día su soltería a plenitud, ensanchando su círculo de amigos, asesorándose en su búsqueda del verdadero amor con buenos consejeros y, ¡quién lo creyera!, mejorando su apariencia. Así, con paso firme, seguro y creyente; este enamorado de todavía no sabe quién, se prepara para uno de los mejores momentos de la vida.

Luego de hacer mejoras en su apariencia, se da cuenta que ya es hora de identificar el objetivo. Si está considerando identificar el objetivo, es porque Ud. ya se ha identificado a sí mismo, le dijo un sabio qué día. El Dr. Neil Warren, sicoterapeuta por más de 30 años afirma: “Estoy convencido de que el modo en que nos vemos tiene un impacto muy grande en la elección que hacemos de la persona con quien pasaremos el resto de nuestra vida”. Ese objetivo tiene que ser estrictamente de la misma especie, no puede ser que se fije en una vaca. Además de ser de la misma especie, deben coincidir en la misma fe, valores, ética e integridad.

Una vez identificado el objetivo, el enamorado debe considerar las probabilidades. Antes de arriesgarse a una relación seria, comenzó asegurarse de que va a la fija. Sabía muy bien que no vale la pena lanzarse a una relación en proyecto conyugal si su intuición le hace sentir que las probabilidades son nulas.

En la historia del libro sagrado, aquel que viene leyendo el armadillo desde el principio, es muy atrevido, porque la suegra de la dama protagonista de la historia, acierta sin el más mínimo margen de error al escoger para su nuera el esposo. La anciana consideró las probabilidades de la dama en conquistar al príncipe azul aquel, o bueno, de cualquier color. Ella no lanzó su amiga al infortunio, a la vergüenza, a quedar mal. La anciana se entera de todo y diseña un plan para que estos dos lleguen a algo.
Es que en el amor, las cosas salen mejor si no se improvisan.

Paso seguido, atrévase. Todos los seres sexuados, han recibido el regalo del erotismo, sensualidad. La erótica al principio se entendía como la inteligencia, las capacidades, la vitalidad para desarrollar los talentos; pero poco a poco fue tomando connotaciones sexuales. Ya que fuimos creados sexuados, no hay nada de malo en ser íntegramente  sensual en el plan de conquista. Es decir, apelar a cierta mirada, a ciertos gestos de boca, de manos y pies.

Por ejemplo, el tacto humano con la mano derecha al lado derecho de la otra persona revela sentimientos inocentes, sin plan de conquista. Pero si en una cita, en una salida de sólo dos personas de sexo opuesto, quien toma la iniciativa de interés se hace al lado izquierdo, habla suave, hace tacto humano, además de respetuoso, en zonas del lado izquierdo del cuerpo del objetivo, obtendrá mejores respuestas que si lo hiciera al lado derecho.
Cositas para tener en cuenta.

Finalmente, decida. A punto seguido de algunos eructos, el armadillo reflexiona: Decidir es cosa seria, porque se decide para toda la vida. Pero en oración, acompañado de sabios consejos y en la paz de Dios se pueden tomar decisiones enriquecedoras para toda la vida.

Nota del autor:
Pienso que, para quienes esperan casarse, Dios es quien les ha puesto ese querer en sus corazones. De Dios es la idea de que Ud. se case. Ese deseo es bello, admirable. Descanse en Dios, no invada su corazón de dudas, más bien invádalo de esperanza y de expectativa para lo que Dios tiene delante de ti. Si no tienes afán, celebra la vida a plenitud; eso sí, en el temor de Dios. No te desesperes, como tampoco cruces los brazos.

©2014 Ed. Ramírez Suaza  

lunes, 3 de marzo de 2014

Atrevidos Con Éxito II

Atrevidos Con Éxito II
no apto para menores de edad ni casados

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi algo muy poco común entre los seres mortales de nuestro planeta: un armadillo decidido a exterminar por completo su soltería. Sus pisadas hacia esta meta, firmes. Su mente, concentrada. Sus emociones, controladas y sus oraciones, creyentes. En coherencia con esa actitud, optó por asegurarse de qué es lo que quiere, en primer lugar. Luego disfrutar a plenitud su soltería.

Popularmente no es muy común la historia amorosa de un armadillo, pero ésta es valiosa por la riqueza celestial que se aprehende en ella.

Masticar hace bien a la mente, así que acompañando sus determinaciones con las complacencias a su paladar agrega: en tercer lugar, debo ensanchar mi círculo de amigos. “Pocos perciben la medida en que las amistades pueden contribuir a suplir profundas necesidades que antes se asociaban al matrimonio. Las personas solteras muchas veces pueden entablar y cimentar amistades profundas con gente de ambos sexos en una cantidad y de un tipo que raramente se encuentra en las personas casadas”.[1]

Ser amigo es una relación voluntaria y personal. Soy amigo de quien quiero ser amigo. Dice el armadillo tragando a cuestas. La amistad florece sin esforzarla, fluye como lo hace un riachuelo y se va cediendo los espacios de intimar a medida que se permiten los involucrados el arte de confiar. Además, la amistad se da entre personas que están en pie de igualdad. En muchas especies, la amistad se da sobre tapetes del interés, de la instrumentalidad. Es decir, deseos de sacar provechos personales. Ciertamente, dentro de la amistad no existen jerarquías ni autoridades. Esto supone que los implicados son recíprocos, se pagan bien con el bien emocional, de compañero, dedicación de tiempo, favores, entre otras.

Luego de pensar en unos candidatos a la amistad, el armadillo acompaña su búsqueda de buenos consejeros. Muchas veces el peor consejero que uno tiene es uno mismo. Dice el armadillo a sí mismo.

Así como los amigos, los consejeros deben ser personas que no estropean mi voluntad de escogerles y escucharles. En su libro sagrado, encontró estas palabras: -Fieles son las heridas del amigo, pero engañosos los besos del enemigo-. Es muy difícil encontrarse con la verdad y no salir herido. Un amigo sincero tiene “luz verde” para decirnos la verdad, aunque esa verdad nos lastime un poco. Un consejero es aquel que nos ayuda a ver lo que no vemos frente a una realidad específica, y nos dice lo que no queremos oír. Nos muestra el otro rostro de  la realidad que no hemos considerado. En la búsqueda de un cónyuge, son valiosos los consejos de quienes nos aman.

En quinto lugar, debo mejorar mi apariencia. En el mundo de los armadillos, no es que hayan feos sino mal arreglados. Tres carcajadas y media se le zafan adrede mientras asiente con la cabeza y al vaivén de las olas imaginarias, toma una revista de amores y lee sin borrar de su boca una sonrisa: -Algunos estudios revelan que sólo contamos entre 30 segundos a 4 minutos para dejar una buena impresión, una buena opinión, además duradera ante los demás; basada en nuestro aspecto, cómo hablamos y cómo nos movemos así lo que tengamos que decir. Domina nuestra percepción de un extraño lo que vemos, por lo que nos centramos en su vestimenta, su aseo, sus gestos y expresiones faciales-.

Así que fijándose en sus insumos de belleza cae en la cuenta de que, Hay ropas que dicen: soy chévere. Otras dicen: soy espiritual. Otras dirán: ¿me invitas a salir? En cuanto a la ropa sólo tengo algo por mencionar: a la hora de vestirnos mantenemos presente el principio sagrado: pudor, modestia, decoro. Con el pudor evito la vulgaridad, con la modestia el orgullo y con el decoro la simpleza. Cuando alguien viste con pudor, es decir prudentemente; la otra persona reconoce que quien así viste es una persona seria, que dignifica su cuerpo y no lo dispone a la concupiscencia. Esto brinda seguridad. Al vestir con modestia, lo cual no significa ordinario o de mal gusto, proyecta una imagen justa de sí mismo. Y al vestir con decoro, resalta la belleza confiada por Dios.

continuará...

©2014 Ed. Ramírez Suaza  






[1] J. McDowell & H. Hostetler. Manual Para Consejeros Jóvenes, p. 152

miércoles, 12 de febrero de 2014

Atrevidos Con Éxito

Atrevidos Con Éxito
no apto para menores de edad ni casados

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un armadillo afanado por encontrar lo que muchos llamarían “su media naranja”. Él, carecía de todos los bienes necesarios para conquistar esa armadilla, según él, su alma gemela. En su afán, ni tiene idea de la hembra a quien daría su vida sin reservas; sólo tiene un libro sagrado en su guarida y una lupa empolvada reposando encima del texto, que si no fuera por su fama de buen lector, uno creería que se trata de un adorno particular.

Abrió su texto sagrado en el capítulo octavo una noche de verano, y se topó con una historia extraordinaria de amor, casi celeste, que le dotó de bellos insumos en la búsqueda del verdadero amor.

Desde el principio me pregunté, ¿de qué trata el capítulo octavo del sagrado libro de los armadillos? Fue una curiosidad casi maligna, porque ni me permitía conciliar el sueño. Tomé la decisión entonces de buscar hasta descubrir su contenido. A  los seis meses adquiero una copia del manuscrito original de ese texto, traducirlo fue fácil, claro, no para mí, sino para los especialistas en lengua y caligrafía zoológica, que “en par patadas” me hicieron el favor. ¡Vaya sorpresa! al comprender que el octavo capítulo del texto sagrado es casi exacto, en su contenido, a lo que corresponde al octavo libro de nuestras biblias, precisamente su tercer capítulo. Recuerda, de allí el armadillo recogió insumos en la búsqueda del verdadero amor.

En su guarida, el armadillo se prepara unos gusanos al ajillo y al lado una lata de gaseosa negra que había encontrado tirada a orilla del camino humano. Limpia con maña su empañada lupa y mientras mastica lee. De repente su interior grita: tengo que asegurarme de qué es lo que quiero. La lectura reflexiva lo invitó a pensar seriamente en lo que realmente desea: -¿quiero contraer nupcias de verdad? ¿me gusta la soltería?- Pensó por largos minutos si era un armadillo que disfruta las libertades, el relacionarse fascinante y profundamente con sus amigos. Se tomó en serio el ponerse de acuerdo consigo mismo si deseaba conservar su estilo de vida, porque hacer vida conyugal le implica renunciar a muchas libertades para expresar su libertad de en otro lenguaje, en el lenguaje del amor comprometido con el otro.

Así que con cierta demencia se le escapan las primeras apreciaciones previas al matrimonio por el susurro de sus labios: -primero, que experimento una soledad profunda y necesito una conexión vital con alguien del sexo opuesto. Segundo, que no tengo el don de continencia. Como diría un santo sabio, “siente que se está quemando”. Aunque para el texto sagrado es una razón legítima, no debe ser la principal. Tercero, debo estar seguro que ya es el tiempo oportuno para tal compromiso casi eterno-.

Retomó con ánimo alegre la lectura, y se le zafó jubilosamente el segundo insumo: Debo disfrutar mi soltería. Casi se atora el pescuezo tratando de tragarse un trozo de carne mal porcionado y pretender hablar sólo al mismo tiempo. Estira sus patas, acomoda su caparazón y frente al espejo se sentencia: -aprovecharé mejor el estar soltero: usaré parte de mi tiempo en ayudar necesitados, acompañar desamparados, brindar agua a enfermos, respaldar las causas justas, en otras palabras, viviré también para los demás-. Giró como actor de Hollywood ciento cincuenta grados y recordó que olvidó su “cierre con broche de oro”, se devuelve con agresividad hasta encontrar su imagen en el cristal y remata: -y ofrendaré más tiempo en las cosas sagradas- Guiñó su ojo derecho como si estuviese practicando para su primer cita, y con la lentitud de una oruga fue en busca de otro bocado de comida, si es que la sonrisa lo dejaba atarugarse otra vez.
Es que la soltería solo es aburrida si se cruza de brazos.

Por ahora, este armadillo se atrevió a definir lo que quiere y a disfrutar su soltería.


continuará...

©2014 Ed. Ramírez Suaza


lunes, 27 de enero de 2014

EL EVANGELIO QUE ME AVERGÜENZA







Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi el evangelio que me avergüenza. Y qué vergüenza cuando al correr con maña de abuela esa cortina curtida de tiempo que mi doña tanto prefiere, contemplo un pedacito de la realidad cristiana. 
Aquí entre nos, a grosso modo, a esto me refiero: un evangelio vacío de amor.  Al decir "amor", no estoy hablando de esos ósculos santos que babean o le colorean a uno las mejillas entre un saludo fraterno ni a esos abrazos de adolescente evangélico que con maña disimulada oculta su avivamiento hormonal, mucho menos a las repeticiones que el director del culto nos hace decirle al del lado: -te amo, ¡como estás de lindo!- Me refiero a esas miradas que discriminan más que la Piraquive esa, a quienes la billetera no le alcanza para su amistad. La arrogancia de otros por logros económicos, laborales, académicos, cualquiera sea, que obstaculiza a la iglesia para una expresión libre de la caridad. Esa indiferencia de comunidades prósperas para con aquellas menos favorecidas, donde la preocupación está en la estética de sus templos y no en la maravilla de compartir con quien le hace falta. Denominaciones cuyas sedes centrales acaparan significativas sumas de dinero, olvidándose de las sedes en los pueblos y veredas que llevan del arrume. Este evangelio me avergüenza.

Me avergüenza el evangelio que viene haciendo de la fe un comercio espectacular. Susodichos líderes con habilidad mamónica[1] para exprimirle a una piedra el agua que no tiene; capaces de venderle al ignorante cuanta sanidad, conversión, liberación, prosperidad y otras cosas se les ocurra. Y me avergüenza aún más el uso descarado de términos bíblicos como “pacto”, “siembra” en sus aberrantes avaricias.

Me avergüenzo del evangelio farandulero, exaltador de hombres y mujeres minister star, que entran a la iglesia como dioses de la congregación entre bombos y platillos; intocables, inalcanzables hasta para sus propios feligreses. Agotan los adjetivos que los miembros de la iglesia debemos atribuirles: profeta, apóstol, patriarca y de ahí pa’ arriba cuanto delirio les venga en gana. Y si va y son músicos infectados de la misma vaina… ¡deje así mejor! 

Prefiero silenciar esa moda perversa de pastores que hacen firmar exclusividad al cantante famoso del año, para hacerlo su salmista estrella y congregar masas en lujosos auditorios donde se confunde la gente: ¿esto es un culto cristiano o un show?

Me avergüenzan los ministros que se suben al púlpito con una galería de ignorancias e improvisaciones absurdas, sin sentido y sin relevancia para la salvación, llamando sus bobadas “palabra de Dios”. Más aún, esa esquizofrenia hermenéutica que ve en el texto bíblico lo que el texto bíblico no muestra, y dicen lo que la Biblia no dice.

Me avergüenza el evangelio jumper, sí, consiste en saltar de iglesia en iglesia buscando un dios a la carta, uno que satisfaga mediocridades, sea alcahuete con el pecado y brinde un confort de tibieza extraordinario.

Espero no sea tarde para hacer mención de las extraordinarias excepciones reales: no todos los pastores somos así, todavía existen hombres y mujeres íntegros en el ministerio eclesial y que tampoco todas las iglesias ofrecen un diagnóstico tan pusilánime. Existen remanentes de Dios en todo el mundo al que vale la pena subrayar, valorar, elogiar, emular y asistir.

Hay un evangelio sin igual, el evangelio de Jesucristo. Popularmente decimos que evangelio son “buenas nuevas”, con un panorama completo de la biblia, evangelio también es, a veces, “malas nuevas”. De todo esto hay una extensa teología de la cual recojo una minúscula parte: evangelio significa anunciar a Jesús como el Señor del mundo, quienes anuncian este evangelio se comprometen a hacer evidente ese señorío en cada aspecto de su vida. No sólo anuncian, se enfrentan a las potestades de este mundo diciéndoles que se les acaba el tiempo y que le deben lealtad a Jesús resucitado, que hay una manera diferente de vivir la vida, caracterizada por el amor entregado, la justicia, la honestidad y la trasgresión de los obstáculos tradicionales que reforzaban las divisiones entre los seres humanos.[2]

Y francamente, de este evangelio no me avergüenzo porque es poder de Dios para salvar a quienes creen.



©2014 Ed. Ramírez Suaza




[1] Mammon: palabra griega para referirse a la ostentación, a endiosar el dinero.
[2] N.T. Wright. El Verdadero Pensamiento de Pablo, p.164-165

viernes, 17 de enero de 2014

Palopientes

PALOPIENTES
rostros olvidados en la vivencia de la fe

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una especie en vía de extinción: el “palopiente”. Mitad paloma, mitad serpiente. Por favor evite imaginarse un ser extrañamente mitológico con cuerpo de víbora, alas de paloma, ojos de reptil y pico de ave; aunque confieso la curiosidad de imaginar uno. Se trata de una especie humana con unas características extraordinarias. Inclusive el cielo quiere preservar la especie, que ha de sólo notarse en el carácter: sencillo y astuto a la vez.

Jesús dijo, -...sean astutos como serpientes y sencillos como palomas- (Mateo 10.16). Jesús de Nazaret fue un palopiente: su sencillez fue innegable. Sencillez evidente en todas sus relaciones interpersonales, en su actitud para abordar a los relegados por la sociedad, en su diligencia para acercarse a Dios, en la forma de explicar el reino de Dios, en lo desprendido de lo que pudiese ser posesión, en la practicidad de vivir la propuesta original de ser humano. Al mismo tiempo, Jesús fue una persona astuta, prudentemente sagaz. Nunca reflejó ni la más mínima insinuación de ser tonto; siempre fue más listo que sus enemigos: cuando le preguntaron sobre el tributo al César, la respuesta les cayó como “la gota fría”: -den al César lo que el del César y a Dios lo que es de Dios- (Mateo 22.15-22). Un ejemplo más. Cuando le preguntaron con qué autoridad expulsaba los cambistas y vendedores del templo, les dio una respuesta envuelta en una pregunta que los hizo preferir que en ese momento se los tragara la tierra: -¿El bautismo de Juan procedía del cielo o de la tierra?- Y cualquiera fuera la respuesta de ellos, no les convenía y mejor callaron (Mateo 21.23-27). ¡Astucia!

El más genuino palopiente nos exhorta a ser de la misma especie -...sean astutos como serpientes y sencillos como palomas-. Este es un mandamiento jesuano algo olvidado. En mi peregrinar de fe he sido testigo del énfasis en otras exhortaciones: seamos personas de ayuno y oración. Hay que ser misioneros. Comparta lo que tienes con quien necesita. Diezme. Memorice la Biblia. Pague el precio por la unción. Busque su presencia en la madrugada. En fin. Por favor no me malinterprete, no estoy negando la legitimidad de estas cosas, sencillamente señalo el olvido a ser palopientes: sencillos y astutos a la vez.

Jesús usa una figura impresionante: los envío como ovejas en medio de lobos (Mateo 10.16). Tenga en cuenta que Jesús está comisionando sus discípulos a predicar y demostrar el reino de Dios en medio de lamentables realidades en Israel. Ellos parecían ovejas, irían a predicarles a personas que parecían lobos; la manera en que esos discípulos lograrían sobrevivir era siendo palopientes.

A decir verdad, las cosas no han cambiado mucho que digamos, todavía parecemos ovejas en el planeta de los lobos, y necesitamos reforzar en nuestra devoción, en nuestra espiritualidad, la virtud de la astucia y la sencillez; combinación perfecta para vivir el evangelio en medio de los peligros humanos.



©2014 Ed. Ramírez Suaza


viernes, 3 de enero de 2014

Pelea de Tigre con Burro Amarrao


El tejido de la existencia humana se compone además de peleas que vamos dando en el devenir de la vida. Peleamos porque sí o porque no; siempre tendremos o encontraremos motivos para pelear. No solo motivos, también con quienes. Seamos francos: peleamos con nuestros padres, con nuestros hermanos, con nuestros amigos, los que somos casados con nuestros cónyuges; con los vecinos, con el que se atraviese. Y algunos más estúpidos o más santos (no lo sé) peleamos con Dios. El hecho de que peleamos con algunas personas no hace de ellas nuestros enemigos; sencillamente nos hace algo humanos. Pero pelear con Dios, definitivamente es “pelea de tigre con burro amarrao”.

En una maravillosa experiencia de Dios nos vemos obligados a reconocer todo nuestro desacierto, toda nuestra errancia, todo nuestro fracaso e invitados a comprender, aceptar y a echar a rodar un nuevo proyecto de vida a la luz de la verdad y el amor. Sin perder de vista que, andar a la luz de una acertada comprensión de la verdad y el amor nos incomoda por completo la vida. Y ahí es cuando nos atrevemos a disentir de Dios, en algunos casos más agresivos que otros, pero en todos los casos provechosos. Bien dijo Luis Alonso Schökel: Ir a Dios en profundidad es luchar con Dios; el ser humano se abre a la trascendencia escuchando, mirando, peleando con Dios.[1]

Muchas veces es necesario que Dios venga a nosotros como luchador, y preciso en ese instante nos encontramos en el cuadrilátero frente a él. Algunos pensamos que igual a Jacob podemos pelear con Dios y salir triunfantes (Génesis 32.22-32), pero la llave que Jacob le aplicó a Dios para derrotarlo es única: oración intensa con ruegos y llantos (Oseas 12.4). Fue una pelea extraña: con puños de lágrimas y vociferaciones de ruegos; pero eficiente. Jacob sale del cuadrilátero herido pero bendecido. Si leemos el pasaje de Génesis sin atención y sin el resto del relato, podemos pensar que Jacob obtuvo algo especial de Dios al vencerlo; pero si prestamos atención a los detalles y al contexto veremos con claridad que fue Dios quien obtuvo todo lo que quería de Jacob.

Cuando Jesús lucha igual que Jacob, con ruegos y llantos en un cuadrilátero frente al Padre, sale con un triunfo de otro color: derrotado. Jesús ruega, llora, suda gotas de sangre pidiendo que pase de él ese cáliz; pero sale de allí dispuesto a beberlo. No logró derrotar al Padre (Lucas 22.39-46). Pero sí salió triunfante, así lo confirma la resurrección.

Si optamos pelear como Jacob y Jesús con Dios, fijo que salimos vencidos, bendecidos, transformados, dispuestos a cumplir la agenda de Dios. En palabras más sencillas: entramos a la lona contemplando la posibilidad que Dios bendiga nuestra voluntad, planes, proyectos; y salimos de allí con nuestro parecer totalmente sumiso al de Dios. ¡Esa es nuestra victoria!

He peleado decenas de veces con Dios, y he llegado a pensar lo que dijo Job: -¡Cómo quisiera saber dónde hallar a Dios! ¡Iría a verlo hasta donde él se encontrara! En su presencia le expondría mi caso, pues mi boca está llena de argumentos- (Job. 23.3-4). Creo que se refiere a la presencia de Dios de manera perceptible a los sentidos. Y no me da miedo pelear con él, Job también dijo: -Ante Dios, el justo puede razonar con él,...- (Job. 23.7). Aún así, siempre salgo derrotado de la lona, pero consciente de esta verdad: nuestra mejor victoria es salir derrotados de Su presencia.


©2014 Ed. Ramírez Suaza





[1] Juan del Río Martín, ed. La Cultura del Diálogo. 1994. Universidad de Sevilla, p.179

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...