miércoles, 12 de febrero de 2014

Atrevidos Con Éxito

Atrevidos Con Éxito
no apto para menores de edad ni casados

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un armadillo afanado por encontrar lo que muchos llamarían “su media naranja”. Él, carecía de todos los bienes necesarios para conquistar esa armadilla, según él, su alma gemela. En su afán, ni tiene idea de la hembra a quien daría su vida sin reservas; sólo tiene un libro sagrado en su guarida y una lupa empolvada reposando encima del texto, que si no fuera por su fama de buen lector, uno creería que se trata de un adorno particular.

Abrió su texto sagrado en el capítulo octavo una noche de verano, y se topó con una historia extraordinaria de amor, casi celeste, que le dotó de bellos insumos en la búsqueda del verdadero amor.

Desde el principio me pregunté, ¿de qué trata el capítulo octavo del sagrado libro de los armadillos? Fue una curiosidad casi maligna, porque ni me permitía conciliar el sueño. Tomé la decisión entonces de buscar hasta descubrir su contenido. A  los seis meses adquiero una copia del manuscrito original de ese texto, traducirlo fue fácil, claro, no para mí, sino para los especialistas en lengua y caligrafía zoológica, que “en par patadas” me hicieron el favor. ¡Vaya sorpresa! al comprender que el octavo capítulo del texto sagrado es casi exacto, en su contenido, a lo que corresponde al octavo libro de nuestras biblias, precisamente su tercer capítulo. Recuerda, de allí el armadillo recogió insumos en la búsqueda del verdadero amor.

En su guarida, el armadillo se prepara unos gusanos al ajillo y al lado una lata de gaseosa negra que había encontrado tirada a orilla del camino humano. Limpia con maña su empañada lupa y mientras mastica lee. De repente su interior grita: tengo que asegurarme de qué es lo que quiero. La lectura reflexiva lo invitó a pensar seriamente en lo que realmente desea: -¿quiero contraer nupcias de verdad? ¿me gusta la soltería?- Pensó por largos minutos si era un armadillo que disfruta las libertades, el relacionarse fascinante y profundamente con sus amigos. Se tomó en serio el ponerse de acuerdo consigo mismo si deseaba conservar su estilo de vida, porque hacer vida conyugal le implica renunciar a muchas libertades para expresar su libertad de en otro lenguaje, en el lenguaje del amor comprometido con el otro.

Así que con cierta demencia se le escapan las primeras apreciaciones previas al matrimonio por el susurro de sus labios: -primero, que experimento una soledad profunda y necesito una conexión vital con alguien del sexo opuesto. Segundo, que no tengo el don de continencia. Como diría un santo sabio, “siente que se está quemando”. Aunque para el texto sagrado es una razón legítima, no debe ser la principal. Tercero, debo estar seguro que ya es el tiempo oportuno para tal compromiso casi eterno-.

Retomó con ánimo alegre la lectura, y se le zafó jubilosamente el segundo insumo: Debo disfrutar mi soltería. Casi se atora el pescuezo tratando de tragarse un trozo de carne mal porcionado y pretender hablar sólo al mismo tiempo. Estira sus patas, acomoda su caparazón y frente al espejo se sentencia: -aprovecharé mejor el estar soltero: usaré parte de mi tiempo en ayudar necesitados, acompañar desamparados, brindar agua a enfermos, respaldar las causas justas, en otras palabras, viviré también para los demás-. Giró como actor de Hollywood ciento cincuenta grados y recordó que olvidó su “cierre con broche de oro”, se devuelve con agresividad hasta encontrar su imagen en el cristal y remata: -y ofrendaré más tiempo en las cosas sagradas- Guiñó su ojo derecho como si estuviese practicando para su primer cita, y con la lentitud de una oruga fue en busca de otro bocado de comida, si es que la sonrisa lo dejaba atarugarse otra vez.
Es que la soltería solo es aburrida si se cruza de brazos.

Por ahora, este armadillo se atrevió a definir lo que quiere y a disfrutar su soltería.


continuará...

©2014 Ed. Ramírez Suaza


lunes, 27 de enero de 2014

EL EVANGELIO QUE ME AVERGÜENZA







Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi el evangelio que me avergüenza. Y qué vergüenza cuando al correr con maña de abuela esa cortina curtida de tiempo que mi doña tanto prefiere, contemplo un pedacito de la realidad cristiana. 
Aquí entre nos, a grosso modo, a esto me refiero: un evangelio vacío de amor.  Al decir "amor", no estoy hablando de esos ósculos santos que babean o le colorean a uno las mejillas entre un saludo fraterno ni a esos abrazos de adolescente evangélico que con maña disimulada oculta su avivamiento hormonal, mucho menos a las repeticiones que el director del culto nos hace decirle al del lado: -te amo, ¡como estás de lindo!- Me refiero a esas miradas que discriminan más que la Piraquive esa, a quienes la billetera no le alcanza para su amistad. La arrogancia de otros por logros económicos, laborales, académicos, cualquiera sea, que obstaculiza a la iglesia para una expresión libre de la caridad. Esa indiferencia de comunidades prósperas para con aquellas menos favorecidas, donde la preocupación está en la estética de sus templos y no en la maravilla de compartir con quien le hace falta. Denominaciones cuyas sedes centrales acaparan significativas sumas de dinero, olvidándose de las sedes en los pueblos y veredas que llevan del arrume. Este evangelio me avergüenza.

Me avergüenza el evangelio que viene haciendo de la fe un comercio espectacular. Susodichos líderes con habilidad mamónica[1] para exprimirle a una piedra el agua que no tiene; capaces de venderle al ignorante cuanta sanidad, conversión, liberación, prosperidad y otras cosas se les ocurra. Y me avergüenza aún más el uso descarado de términos bíblicos como “pacto”, “siembra” en sus aberrantes avaricias.

Me avergüenzo del evangelio farandulero, exaltador de hombres y mujeres minister star, que entran a la iglesia como dioses de la congregación entre bombos y platillos; intocables, inalcanzables hasta para sus propios feligreses. Agotan los adjetivos que los miembros de la iglesia debemos atribuirles: profeta, apóstol, patriarca y de ahí pa’ arriba cuanto delirio les venga en gana. Y si va y son músicos infectados de la misma vaina… ¡deje así mejor! 

Prefiero silenciar esa moda perversa de pastores que hacen firmar exclusividad al cantante famoso del año, para hacerlo su salmista estrella y congregar masas en lujosos auditorios donde se confunde la gente: ¿esto es un culto cristiano o un show?

Me avergüenzan los ministros que se suben al púlpito con una galería de ignorancias e improvisaciones absurdas, sin sentido y sin relevancia para la salvación, llamando sus bobadas “palabra de Dios”. Más aún, esa esquizofrenia hermenéutica que ve en el texto bíblico lo que el texto bíblico no muestra, y dicen lo que la Biblia no dice.

Me avergüenza el evangelio jumper, sí, consiste en saltar de iglesia en iglesia buscando un dios a la carta, uno que satisfaga mediocridades, sea alcahuete con el pecado y brinde un confort de tibieza extraordinario.

Espero no sea tarde para hacer mención de las extraordinarias excepciones reales: no todos los pastores somos así, todavía existen hombres y mujeres íntegros en el ministerio eclesial y que tampoco todas las iglesias ofrecen un diagnóstico tan pusilánime. Existen remanentes de Dios en todo el mundo al que vale la pena subrayar, valorar, elogiar, emular y asistir.

Hay un evangelio sin igual, el evangelio de Jesucristo. Popularmente decimos que evangelio son “buenas nuevas”, con un panorama completo de la biblia, evangelio también es, a veces, “malas nuevas”. De todo esto hay una extensa teología de la cual recojo una minúscula parte: evangelio significa anunciar a Jesús como el Señor del mundo, quienes anuncian este evangelio se comprometen a hacer evidente ese señorío en cada aspecto de su vida. No sólo anuncian, se enfrentan a las potestades de este mundo diciéndoles que se les acaba el tiempo y que le deben lealtad a Jesús resucitado, que hay una manera diferente de vivir la vida, caracterizada por el amor entregado, la justicia, la honestidad y la trasgresión de los obstáculos tradicionales que reforzaban las divisiones entre los seres humanos.[2]

Y francamente, de este evangelio no me avergüenzo porque es poder de Dios para salvar a quienes creen.



©2014 Ed. Ramírez Suaza




[1] Mammon: palabra griega para referirse a la ostentación, a endiosar el dinero.
[2] N.T. Wright. El Verdadero Pensamiento de Pablo, p.164-165

viernes, 17 de enero de 2014

Palopientes

PALOPIENTES
rostros olvidados en la vivencia de la fe

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una especie en vía de extinción: el “palopiente”. Mitad paloma, mitad serpiente. Por favor evite imaginarse un ser extrañamente mitológico con cuerpo de víbora, alas de paloma, ojos de reptil y pico de ave; aunque confieso la curiosidad de imaginar uno. Se trata de una especie humana con unas características extraordinarias. Inclusive el cielo quiere preservar la especie, que ha de sólo notarse en el carácter: sencillo y astuto a la vez.

Jesús dijo, -...sean astutos como serpientes y sencillos como palomas- (Mateo 10.16). Jesús de Nazaret fue un palopiente: su sencillez fue innegable. Sencillez evidente en todas sus relaciones interpersonales, en su actitud para abordar a los relegados por la sociedad, en su diligencia para acercarse a Dios, en la forma de explicar el reino de Dios, en lo desprendido de lo que pudiese ser posesión, en la practicidad de vivir la propuesta original de ser humano. Al mismo tiempo, Jesús fue una persona astuta, prudentemente sagaz. Nunca reflejó ni la más mínima insinuación de ser tonto; siempre fue más listo que sus enemigos: cuando le preguntaron sobre el tributo al César, la respuesta les cayó como “la gota fría”: -den al César lo que el del César y a Dios lo que es de Dios- (Mateo 22.15-22). Un ejemplo más. Cuando le preguntaron con qué autoridad expulsaba los cambistas y vendedores del templo, les dio una respuesta envuelta en una pregunta que los hizo preferir que en ese momento se los tragara la tierra: -¿El bautismo de Juan procedía del cielo o de la tierra?- Y cualquiera fuera la respuesta de ellos, no les convenía y mejor callaron (Mateo 21.23-27). ¡Astucia!

El más genuino palopiente nos exhorta a ser de la misma especie -...sean astutos como serpientes y sencillos como palomas-. Este es un mandamiento jesuano algo olvidado. En mi peregrinar de fe he sido testigo del énfasis en otras exhortaciones: seamos personas de ayuno y oración. Hay que ser misioneros. Comparta lo que tienes con quien necesita. Diezme. Memorice la Biblia. Pague el precio por la unción. Busque su presencia en la madrugada. En fin. Por favor no me malinterprete, no estoy negando la legitimidad de estas cosas, sencillamente señalo el olvido a ser palopientes: sencillos y astutos a la vez.

Jesús usa una figura impresionante: los envío como ovejas en medio de lobos (Mateo 10.16). Tenga en cuenta que Jesús está comisionando sus discípulos a predicar y demostrar el reino de Dios en medio de lamentables realidades en Israel. Ellos parecían ovejas, irían a predicarles a personas que parecían lobos; la manera en que esos discípulos lograrían sobrevivir era siendo palopientes.

A decir verdad, las cosas no han cambiado mucho que digamos, todavía parecemos ovejas en el planeta de los lobos, y necesitamos reforzar en nuestra devoción, en nuestra espiritualidad, la virtud de la astucia y la sencillez; combinación perfecta para vivir el evangelio en medio de los peligros humanos.



©2014 Ed. Ramírez Suaza


viernes, 3 de enero de 2014

Pelea de Tigre con Burro Amarrao


El tejido de la existencia humana se compone además de peleas que vamos dando en el devenir de la vida. Peleamos porque sí o porque no; siempre tendremos o encontraremos motivos para pelear. No solo motivos, también con quienes. Seamos francos: peleamos con nuestros padres, con nuestros hermanos, con nuestros amigos, los que somos casados con nuestros cónyuges; con los vecinos, con el que se atraviese. Y algunos más estúpidos o más santos (no lo sé) peleamos con Dios. El hecho de que peleamos con algunas personas no hace de ellas nuestros enemigos; sencillamente nos hace algo humanos. Pero pelear con Dios, definitivamente es pelea de tigre con burro amarrao”.

En una maravillosa experiencia de Dios nos vemos obligados a reconocer todo nuestro desacierto, toda nuestra errancia, todo nuestro fracaso e invitados a comprender, aceptar y a echar a rodar un nuevo proyecto de vida a la luz de la verdad y el amor. Sin perder de vista que, andar a la luz de una acertada comprensión de la verdad y el amor nos incomoda por completo la vida. Y ahí es cuando nos atrevemos a disentir de Dios, en algunos casos más agresivos que otros, pero en todos los casos provechosos. Bien dijo Luis Alonso Schökel: Ir a Dios en profundidad es luchar con Dios; el ser humano se abre a la trascendencia escuchando, mirando, peleando con Dios.[1]

Muchas veces es necesario que Dios venga a nosotros como luchador, y preciso en ese instante nos encontramos en el cuadrilátero frente a él. Algunos pensamos que igual a Jacob podemos pelear con Dios y salir triunfantes (Génesis 32.22-32), pero la llave que Jacob le aplicó a Dios para derrotarlo es única: oración intensa con ruegos y llantos (Oseas 12.4). Fue una pelea extraña: con puños de lágrimas y vociferaciones de ruegos; pero eficiente. Jacob sale del cuadrilátero herido pero bendecido. Si leemos el pasaje de Génesis sin atención y sin el resto del relato, podemos pensar que Jacob obtuvo algo especial de Dios al vencerlo; pero si prestamos atención a los detalles y al contexto veremos con claridad que fue Dios quien obtuvo todo lo que quería de Jacob.

Cuando Jesús lucha igual que Jacob, con ruegos y llantos en un cuadrilátero frente al Padre, sale con un triunfo de otro color: derrotado. Jesús ruega, llora, suda gotas de sangre pidiendo que pase de él ese cáliz; pero sale de allí dispuesto a beberlo. No logró derrotar al Padre (Lucas 22.39-46). Pero sí salió triunfante, así lo confirma la resurrección.

Si optamos pelear como Jacob y Jesús con Dios, fijo que salimos vencidos, bendecidos, transformados, dispuestos a cumplir la agenda de Dios. En palabras más sencillas: entramos a la lona contemplando la posibilidad que Dios bendiga nuestra voluntad, planes, proyectos; y salimos de allí con nuestro parecer totalmente sumiso al de Dios. ¡Esa es nuestra victoria!

He peleado decenas de veces con Dios, y he llegado a pensar lo que dijo Job: -¡Cómo quisiera saber dónde hallar a Dios! ¡Iría a verlo hasta donde él se encontrara! En su presencia le expondría mi caso, pues mi boca está llena de argumentos- (Job. 23.3-4). Creo que se refiere a la presencia de Dios de manera perceptible a los sentidos. Y no me da miedo pelear con él, Job también dijo: -Ante Dios, el justo puede razonar con él,...- (Job. 23.7). Aún así, siempre salgo derrotado de la lona, pero consciente de esta verdad: nuestra mejor victoria es salir derrotados de Su presencia.


©2014 Ed. Ramírez Suaza





[1] Juan del Río Martín, ed. La Cultura del Diálogo. 1994. Universidad de Sevilla, p.179

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Milagro de Navidad

El Milagro de Navidad
la humanización de lo divino y humano

Erase una vez muchas veces que el mundo estuvo caótico, la naturaleza harta de maldad, la esperanza en oscuridad, la vida con “una pata” en el borde abismal de la muerte, el corazón humano gangrenado por el pecado, provocando que, lo llamado por Dios bueno en gran manera al principio, girara 180º al desastre existencial; y aparentemente para esa realidad no había remedio.

De repente, irrumpe desde el cielo la magnificencia de una promesa divina en la que devolvería a la creación universal su propósito, su encanto y sentido de ser. Esa promesa divina (Is. 9.2, 6-7) se tradujo a cumplimiento aquella inolvidable noche de navidad. Noche para nosotros muy mágica, fantasiosa, de película; pero ella fue fría, solitaria, ignorada, desapercibida por los terrestres. Tan cierto como que brilla el sol: en todo Belén no hubo lugar para ella, sus protagonistas se vieron obligados ir a un pesebre y allí una joven, que acaba de superar su acné de adolescente, da a luz la Luz (Lc. 2.7). Y así comienza la etapa más importante de la historia de salvación.

La realidad caótica de una humanidad des-humanizada por el pecado comienza a experimentar su fin. Aquel bebé, aunque nadie lo creyera, y aunque muchos persisten en esa duda; pondría cada aspecto del ser humano en su lugar, a fin de devolvernos lo que fuimos al principio: imagen y semejanza de Dios. Y vaya osadía: Dios se hizo semejante a nosotros para salir a nuestro encuentro. En Belén se halla el punto de partida cuando Dios humanizado empieza a gritar  nuestros nombres por los escombros de esta existencia, trepa en descenso hasta nuestra bajeza para llevarnos de vuelta a sí mismo. Cometió las ocurrencias más impredecibles: nació como cualquier bebé. Usó pañales, y realmente los necesitó. Se atrevió a vivir en Nazaret con una familia pobre. Y este fue apenas el principio de una bendita “demencia divina” (1 Cor. 1.18). A decir verdad, esa ocurrencia del pesebre no es para congelar ahí la historia. Jesús no se quedó “divino niño”. Su meta es clara: ir a la cruz.

La teología de la navidad es esta: El verbo que estaba en Dios, y era Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros y vimos su gloria (K. Rahner.2002, p.42). ¿Qué gloria? “Que él nos acoge en la existencia de Jesucristo: en su libertad, no quiere estar en contra del ser humano, sino a su favor -de hecho, quiere ser interlocutor compasivo y salvador todopoderoso del ser humano-.” (K. Barth. 2001, p.34).

Dios se hizo bebé y fue a la cruz por una divina razón: no consciente un segundo en la eternidad futura sin ti. Esto delata el profundo e inmenso amor de Dios por los humanos. Y no pierda de vista esto: Estos días de navidad han de volverse para nosotros los mejores pretextos para celebrar que Dios se hizo humano y así de nuevo humanizarnos.


¡Feliz navidad! Ah no, ¡feliz humanización!


©2013 Ed. Ramírez Suaza





miércoles, 4 de diciembre de 2013

Diciembre Huele Mal

Diciembre Huele Mal
cuando gastamos el dinero en lo que no es pan

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi gentes gastando su dinero en lo que no alimenta y su sueldo en lo que no sacia (Isaías 55.2). Lo más lamentable: en su mayoría de escasos recursos.

El libro del profeta Isaías se organiza en tres secciones principales: 1). 1-39, donde el profeta marca la exigencia de justicia y lealtad al Señor, “el santo de Israel”. 2). 40-55, La teología del profeta es más profunda  y relata los oráculos con más recursos poéticos. Concibe su obra como un segundo éxodo, como una experiencia divina de liberación. Y 3). 56-66, es un pasaje donde irrumpen paradojas proféticas: la preocupación del presente y la esperanza futura. La denuncia de pecado y las profecías de aliento. El desencanto presente y la expectación escatológica. La apertura a los extranjeros y la condena sin matices.[1] Es un libro fascinante.

Isaías 55.2 se ubica al final de la segunda sección, donde la justicia brillaba por su ausencia dentro del pueblo de Dios, las lealtades a él se evaporan en la realidad. Israel empieza a experimentar, luego de un exilio doloroso en Babilonia, un retorno a casa, a su tierra, a su fe, a sus costumbres, al hogar. Pero persisten algunas incoherencias, entre ellas, la de gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no sacia. Peor aún, son personas que no tienen, y cuando tienen carecen de inteligencia financiera. Así dice Isaías 55.1: «¡Vengan a comprar y a comer  los que no tengan dinero!» La invitación a comprar gratis es para quienes no tienen ni un centavo, y a ellos mismos les reclama en el verso 2 «¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface?»

Esa pregunta profética tiene resonancia hoy: ¿Por qué derrochan sus finanzas? Los colombianos somos testigos de los dinerales que se despilfarran en nuestros pueblos en la rumba, licor, drogas, festejos extravagantes e inmorales por encima de las necesidades básicas de la vida humana: alimento, salud, vestido, vivienda, recreación, en fin.

La pregunta de Isaías nos sacude fuerte cuando las gentes se desembocan en compras compulsivas, donde el adquirir satisface el ego vacío de una identidad ficticia o simplemente consigue “bienes-pantalla”, meras fachadas que lo descalifican para relacionarse humanamente.[2] La insensatez brilla cuando a esto ajustamos que es a crédito: llévelo hoy, pague mañana. Al terminar de pagar, el producto ya es obsoleto, y el descontento en el corazón se hace más profundo.

Otra cara de la misma realidad la tienen muchos que sobreviven con el injusto salario mínimo o quizá con menos, al darle prioridad en sus finanzas a “rumbiarse” hasta la caída de un traste, ¡lo cual es más injusto! ¿Y qué de la vida?

No pretendo trasquilar felicidad de la existencia, ¡de ninguna manera!  La Biblia dice: «no hay nada mejor que comer y beber y gozar, cada día de nuestra vida, del fruto del trabajo con que nos agobiamos bajo el sol. Ésa es la herencia que de Dios hemos recibido» (Eclesiastés 5.18). Disfrutar la vida con el fruto honesto de nuestro trabajo es un regalo divino (Ecl. 5.19b), manteniendo presente la abismal diferencia que hay entre disfrutar y malgastar. No es lo mismo.

La necedad se delata en el derroche, en darle prioridad a la banalidad y vanidad; la sabiduría en el disfrute de la vida como regalo divino.

Que estas fiestas de fin de año se nos vuelvan el pretexto perfecto para salir al encuentro de Dios hecho humano (Isaías 55.6); y no en la perversa justificación para el derroche y festejos vacíos de Dios y mundanales.

¡Felices fiestas!

©2013 Ed. Ramírez Suaza





[1] Luis Alonso Shökel. Biblia del Peregrino. Tomo II.
[2] Massimo Desiato Rugai. Más Allá del Consumismo. 2001, p.153

viernes, 22 de noviembre de 2013

El Personaje del Año II

El Personaje Del Año II
un siervo de Dios y de los hombres

¡Como es de bueno cuando me llaman por mi nombre! Cuando niño, recuerdo que no logré salvarme de los apodos que mis compañeritos me daban (no los voy a mencionar para no hacerlos pecar después). Últimamente recibo otros “apodos”: pastor, profesor, señor, ¡hasta me han dicho doctor! Y otros más que no vale la pena mencionar. La verdad prefiero mi nombre criollo: ¡Edison!
¡Pastor! Así me apodan más actualmente.

Cuando Ud. escucha ese título, ¿qué se le viene a la mente? Porque algunos cuando escuchan la palabra “pastor” imaginan una persona muy digna, de una consagración sincera y de un ministerio ejercido con legitimidad; para otros la imagen no es tan favorable: autoritarios, intocables, avaros, embaucadores, entre otros. Otro colectivo los entiende como alguien super-espiritual con la unción de Elías, la chequera de Bill Gates, la pinta de Jorge Varón, la limosina de Obama,  la escolta de Santos, la inteligencia de Nicolás Maduro, la voz de William Vinasco Ch y la tarima de Michael Jackson.

Si las apreciaciones de un colectivo sobre  algo son diversas, la alternativa es arrojar sobre el tapete definiciones claras que permitan dialogar comprensivamente. Hagámoslo: en las Sagradas Escrituras, el pastor es una persona que encuentra el origen de su vocación en una derrota personal por un llamado al santo ministerio que intuye en lo más profundo de su ser y de su sinceridad por una intervención divina. Su papel en el mundo es cuidar una comunidad, rebaño si se quiere, que pertenece a Dios y por él tendrá que dar cuentas.

El pastor es puesto por Dios mismo en la Iglesia a fin de que pueda, junto a los demás ministros (apóstoles: misioneros, enviados; profetas, evangelistas, maestros), llevar la Iglesia a un nivel de perfección para el servicio, donde en la entrega, en el estar a disposición del otro, del tú, se construya cuerpo de Cristo. Está el pastor en la Iglesia para darnos a conocer de Jesús resucitado, y en esa comprensión de Dios seamos unidos en la fe, maduros en la verdad amorosa, crecientes en Jesús (Ef. 4.11-16).

Si desempacamos a grosso modo este “para qué” los pastores en la Iglesia y el mundo, podemos decir en primer lugar que, el pastor es uno que en su comprensión de Dios por la Escritura, fe, esperanza, verdad, amor, vida tiene autoridad espiritual y moral para poner orden en la comunidad de los creyentes, es decir, “remendar”, instruir, perfeccionar para el desempeño plural del servicio. En segundo lugar, canalizar el servicio eclesial en construcción del cuerpo de Cristo. Por un lado, esa construcción de cuerpo se da en la medida que los creyentes van creciendo en el conocimiento de Dios y en la práctica cristiana en conjunto con la familia espiritual. Por otro lado, se construye cuerpo con evangelismo. En tercer lugar, el pastor es un hombre que conoce a Dios y lo da a conocer con el fin de fundamentar al creyente en la verdad sin que le afecten las doctrinas engañosas, quizá también atractivas, que constantemente antagonizan el evangelio de Jesucristo. Y finalmente, el pastor es una persona que abre los espacios, crea las oportunidades, prepara el ambiente de un crecimiento integral de los creyentes como individuos y como Iglesia.

Frente al pastor, regularmente se ha creído que su responsabilidad es muy grande, ¡y lo es!, como también lo es de la Iglesia. En Efesios 4.11 la Biblia dice, …y él mismo constituyó… esa palabra (constituyó) en griego es édoken, que traduce: dio, confió, entregó, permitió. Si lo comprendemos mejor podríamos decir, él mismo confió, entregó, dio… pastores… Si los pastores son dádiva de Dios, confianza de él a la Iglesia, no está de menos reconocer que ella tiene una responsabilidad con ellos delante de Aquel quien les entregó semejante paquete ministerial.

¡Piénsalo!

©2013 Ed. Ramírez Suaza


EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...