domingo, 9 de junio de 2013

Sexo Con Ángeles III

Sexo Con Ángeles III
y vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas

Faltándolo todo por decir respecto a los ángeles en este escrito, ofrezco dos apreciaciones canónicas a este asunto. La primera es jesuana. En el evangelio de Mateo, Jesús revela que los ángeles no contraen nupcias en el cielo (22.30), pero no niega que sean seres sexualmente potenciales. La segunda es epistolar. Tanto Pedro como Judas en sus cartas universales hacen mención a unos ángeles condenados a prisiones profundas y oscuras, con un juicio ya sentenciado y en parte ejecutado (1 Pd. 2.4). Pedro aparentemente no arroja pistas sobre cuál fue el pecado de los ángeles, sencillamente pone en orden cronológico tres juicios divinos: los ángeles, el diluvio y la lluvia de fuego sobre Sodoma y Gomorra. Esto permite intuir que se trata de los ángeles del Génesis 6. Judas por otra parte, sí es un poco más diciente al abordar el tema de unos ángeles caídos (v. 6): «Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propio hogar,…» ¿Cómo entender estas palabras? …¿Será que el hecho de no guardar su dignidad tiene relación alguna con Génesis 6? Parece que no es mucho lo que podemos decir, simplemente que, éstos “ángeles caídos no guardaron el lugar originario que correspondía a su naturaleza y que Dios les había confiado” (Deiros, 1992, p. 328).

Los paralelos verbales entre 1 Enoc y la Epístola de Judas demuestran que Judas conocía el contenido de este libro apócrifo (Kistemaker, 1994, p. 434). Observemos:

1 Henoc
Judas
[Los ángeles] han abandonado el alto cielo, el santo y eterno lugar. (12:4) ¡Ata a Azazel de pies y manos (y) arrójalo a la oscuridad! (10:4) bajo oscuridad (v. 6b) para que sea enviado al fuego en el gran día del juicio (10:6)
Y a los ángeles que no mantuvieron su puesto de autoridad sino que abandonaron su propio hogar (v. 6a) los tiene guardados con cadenas eternas para el juicio del gran Día. (v. 6c)

Aunque el lenguaje de la Epístola de Judas se parece en lo verbal a los pasajes seleccionados de 1 Enoc, Judas no presenta ninguna evidencia que su intención es decir que los ángeles caídos son los “hijos de Dios” que se unieron a “las hijas de los hombres” (Gn. 6:2). Judas conoce esta interpretación, pero notamos que no endosa esta idea en su epístola (Kistemaker).

Tanto Pedro como Judas no están interesados en ofrecer detalles del pecado de los ángeles, su pluma sólo se interesa mostrar contundentemente que Dios también hace justicia, que castiga la maldad de sus criaturas.

El texto de 1 Henoc surge, igual que otros textos apocalípticos, de unos autores con profunda sensibilidad espiritual, además dotados para producir obras literarias en las que expresaron una esperanza para Israel (Aranda, García y Pérez, 1996, p. 272), como también alertaron a su pueblo de todos aquellos pecados que empañaban la fidelidad al Dios de la esperanza.


Es probable que el autor del libro de los vigilantes, incluido en el 1 Henoc, albergara en su intención que el relato, al parecer surgido de un ejercicio hermenéutico a Génesis 6, exhortara a sus contemporáneos a no practicar, entre otros pecados, la inmoralidad sexual. Igual que Judas y Pedro, expone los juicios divinos ejecutados a los hombres y ángeles que desobedecieron a Dios, advirtiendo que ellos no serán ajenos a esa experiencia si no ajustan sus vidas en una vida moral coherente con la esperanza que alberga el pueblo de la alianza.

Fin




domingo, 2 de junio de 2013

Sexo Con Ángeles II

Sexo Con Ángeles II
y vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas


En el extraordinario libro del Génesis existe un relato con una fascinación única (cap. 6), porque levanta la inquietud de tratar de entender si "los hijos de Dios" en el pasaje se han de entender como ángeles o humanos. En la primera parte, arrojo sobre el tapete cómo lo entendían en la apocalíptica del siglo II a.C al siglo II d.C. En el Apocalipsis de Henoc (texto judío, para nosotros apócrifo) "los Hijos de Dios" fueron ángeles con apetitos sexuales, ellos eran llamados los vigilantes. Disfrute esta segunda parte:

Estos vigilantes (doscientos ángeles), tenían jefes quienes planearon, acordaron y materializaron el plan de conquistar mujeres y engendrar con ellas hijos. Estos doscientos ángeles con incontrolables apetitos sexuales, bajaron a la cima del monte Hermón y prometieron, bajo anatema, hacer realidad sus anhelos sensuales. Estos eran los nombres de sus jefes: Semyaza, que era su jefe supremo; Urakiva, Rameel, Kokabiel, Tamiel, Ramiel, Daniel, Ezequiel, Baraquiel, Asael, Armaros, Batriel, Ananel, Zaquiel, Samsiel, Sartael, Turiel, Yomiel y Araziel (1 Hen. 6.7).

Y como ha de esperarse, los ángeles tomaron mujeres hermosas y se unieron a ellas hasta fecundarlas. Según el texto griego de 1 Henoc, dice que «les alumbraron tres razas. La primera, la de los enormes gigantes. 2Estos engendraron a los Nefalim, y a éstos les nacieron los Eliud. Aumentaron en número, manteniendo el mismo tamaño y aprendieron ellos mismos y enseñaron a sus mujeres hechizos y encantamientos» (1 He. 7. 1, 2).  Y continúa su grave falta: Asael enseñó a los humanos la fabricación de armas, la explotación minera de oro y plata, además la forma de trabajar estos elementos para hacer adornos que estimulen la vanidad humana. A las mujeres les enseñó todo lo relacionado con los cosméticos, fomentaron las prácticas sexuales sin límites algunos,  entre otras maneras de corromperse (1 He. 8.1, 2). «Amezarak adiestró a los encantadores y a los que arrancan raíces; Armaros, cómo anular los encantamientos; Baraquiel, a los astrólogos; Kokabiel, los signos; Tamiel enseñó astrología; Asradel, el ciclo lunar» (1 He. 8.3).     
                        
Este relato apreciado en la literatura apocalíptica que data del siglo II a.e.c. (Piñero, 2007, p. 27), denuncia en su riqueza literaria varios pecados, no solo la inmoralidad sexual: el ocultismo, la guerra, la vanidad, la avaricia, la brujería y astrología; quizá como los principales en los capítulos 6-8. En esta oportunidad el foco reposa sobre los pecados sexuales que cometieron los vigilantes.

Los vigilantes son ángeles con algunas responsabilidades: forman parte del ejército celeste, intermediarios entre Dios, los humanos y el mundo. Les corresponde escribir en libros de la vida, los premios y castigos las acciones de los humanos. Ejecutan los castigos de Dios y guían las estrellas (Diez, p. 27). Así era hasta que se fijaron, precisamente cuando los seres humanos se multiplicaban en la tierra, en las hijas de los hombres que eran muy bellas. Ellos codiciaron en sus corazones a esas mujeres experimentando todo el proceso de pecado en la humanidad descrito por Santiago en su carta canónica capítulo 1.14, 15; cuando explica que cada uno es tentado por sus propios deseos, es decir, la tentación viene de adentro de la persona, luego seducido por ellos gestiona en su interior todo un proceso de “embarazo” hasta “dar a luz” al pecado, y como consecuencia de ello la muerte (St. 1.14, 15).

En el interior de los vigilantes irrumpe una atracción sensual por las hijas de los hombres, el texto de 1 Henoc no evidencia cómo se enteraron de su deseo en común, sencillamente los muestra compartiendo sus intenciones y planeando en colectividad la forma de materializar su fantasías sexuales. Esto presupone que los ángeles, a pesar de sus abismales diferencias en la configuración del cuerpo y la composición del mismo en comparación con el de los humanos, son de sexo masculino. Aunque la apocalíptica judía atribuye esencia y composición espiritual a estos seres celestes, de alguna manera lograron cierta compactibilidad física con las hijas de los hombres, haciendo posible prácticas sexuales. No sólo tradujeron en realidad sus lascivias, fecundaron a las hijas de los hombres. Presupone también que los ángeles son potencialmente reproductivos, con compactibilidades a las hijas de los hombres. 

continuará...



jueves, 23 de mayo de 2013

Sexo Con Ángeles


Sexo Con Ángeles
y vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas


La fascinación por alcanzar una comprensión de seres celestes o de otra realidad a la humana con la implicación de persona, nos persigue desde los amaneceres de la humanidad hasta hoy, y quizá mientras existamos habrá quienes se hagan preguntas al respecto, y claro está, también quienes den respuestas, seguramente, unas más especulativas y más místicas que otras.

La angeleología no sólo es de interés judeo-cristiano, también ha sido fascinación y motivo de especulación en otras culturas milenarias con una riqueza imaginaria, un sin número de hipótesis con respecto a su esencia, composición, función, participación entre los humanos, entre otros. Por mencionar algunos, los babilonios los comprendían como mensajeros divinos a los hombres. Los romanos y griegos los imaginaron como genios, semidioses, faunos, ninfas, etc., quienes visitaban la tierra. Egipto entre otros, afirmaron la existencias de criaturas sobrehumanas, además incorpóreas. Era como si los pueblos estuviesen de acuerdo en aceptar, afirmar la compañía de incontables seres espirituales, para bien o para mal, entre los mortales (Bancroft, 1986, p. 384).

La Biblia también participa, de la quizá afirmación universal, existencia de los ángeles. Aunque ella contiene una revelación de ciertos detalles de la creación, omite mención alguna de ellos. Sólo podemos afirmar como creyentes que, “Dios, al principio del tiempo, creó de la nada unas sustancias espirituales que son llamadas ángeles (de fe)” (Ott, 1966, p.192).  Pero la apocalíptica atribuida a Henoc afirma una cualidad divina en ellos, eternalidad: «Este es el libro de las palabras de la verdad y de la reprensión de los Vigilantes que existen desde siempre según lo ordenó el Gran Santo en el sueño que tuve» (1 He. 14.1).

Leyendo el Génesis ordenadamente en su redacción final, algún ser con cualidad de persona, además de Dios y el ser humano, aparece por primera vez en el tercer capítulo en la figura de serpiente, como un ser astuto que seduce al pecado. El relato continúa su curso hasta llegar al sexto capítulo, sorprendiendo al lector con un evento inesperado: «Cuando los hombres comenzaron a poblar la tierra y tuvieron hijas, los hijos de Dios[1] vieron que estas mujeres eran hermosas. Entonces escogieron entre todas ellas, y se casaron con las que quisieron… Los gigantes aparecieron en la tierra cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres para tener hijos con ellas,…» (Gn. 6.1-2, 4). La palabra hebrea para esos hijos mitad humanos y mitad ángeles es ~yliypin>  (nephilim) que traduce comúnmente gigantes, como también puede significar héroes o guerreros feroces. Pero poco se ha dicho que el término también puede entenderse como monstruos.[2] En todo caso, esta unión trajo consecuencias nefastas, tanto en el relato canónico como en el apócrifo 1 Henoc, texto fundamental para este escrito.

En el libro de los vigilantes del 1 Henoc, específicamente los capítulos 6 al 8, la narración responde con algunos detalles a qué sucedió entre los ángeles y las hijas de los hombres. Se despliega entre las páginas del texto una atracción intensa por parte de los vigilantes, esos doscientos ángeles que dieron rienda suelta a sus apetitos sexuales con un género femenino de otra especie. De ellos es necesario tener en cuenta que,
Se dividen en dos clases: fieles y caídos. Los primeros, que reciben diversos nombres (santos: 47,2; espíritus: 69-12, etc.), son los que forman el ejército celeste (60,1; 61,10). Entre otras funciones sirven de intermediarios entre Dios y los malos ángeles, el mundo y el hombre. Son los encargados de escribir en los diferentes libros («de la vida»; «de premios y castigos») las acciones de los hombres (104,1) y ejecutan los castigos de Dios contra sus perversos colegas (10,4-5). Con una concepción un tanto parecida al animismo babilónico, son los ángeles los encargados de guiar las estrellas (82,10), hasta casi confundirse con ellas (d. 18,13-16; 21,3-6). Entre estos espíritus destacan los arcángeles (cuatro en caps. 9-10; siete en cap. 20), que en 12,2-3; 39,12; 40,2; 61,12 Y 71,7 son llamados «vigilantes» (Diez, 1984, p. 27).

Dando zoom específicamente a la sensualidad de los ángeles, vemos que todo comienza, según el capítulo 6 de 1 Henoc, con la multiplicación vertiginosa de la población humana en la tierra,  y sucedió que las hijas de los hombres nacían muy bellas. Viendo esto los ángeles las desearon, y entre ellos hicieron acuerdos para conquistarlas. 

continuará...



[1] “Hijos de Dios” de Gn 6, es una frase que los académicos han interpretado de diferentes formas en la historia: 1. Los hijos de Dios representan a la «línea de Set», 2. La segunda hipótesis identifica a los «hijos de Dios» con reyes de dinastías orientales. 3. los «hijos de Dios» pueden ser tanto reyes de antaño como seres divinos. 4. La última hipótesis que consideraremos propone que los «hijos de Dios» son ángeles (Voth, 1992).  Claro está que en el 1 Henoc, los “hijos de Dios” son los ángeles, los vigilantes.
[2] El término nephilim  no es fácil de traducir ya que su campo semántico es amplio, al parecer los traductores han optado por “gigantes” porque la LXX usó el término “gigantes”, sin embargo resulta provechoso tener sobre el tapete la visión más amplia del término. La posibilidad de entender  nephilim como “monstruos” la encontré en TWOT. Hebrew Lexicon. 3597 (1393a). BibleWorks 7

martes, 16 de abril de 2013

Walkers

Walkers
en busca del camino

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi huellas de centenares de pisadas humanas, tantas como las estrellas de un cielo anochecido en pleno verano. Eran huellas de todos los tamaños, en todas las direcciones, en todos los desórdenes desde todas las perspectivas y pregunté, -¿a dónde van?- y todas respondieron a la vez, sólo mirarlas ya era una respuesta, -vamos pa’ todas partes sin llegar a ninguna-.

Todas las direcciones están congestionadas: norte, sur, este, oeste, igual a todas sus variantes. Se les ocurrió por hacer de la vida el divagar más espectacular de toda nuestra historia, porque además de no tener la remota idea hacia dónde van, pues no importa. El culto más estridente es al derroche de la vida caminando sin camino. Sin camino se camina de cualquier manera, se siguen las huellas de todos y de nadie, se experimenta el más profundo agotamiento junto al más vergonzoso fracaso.

Ah vida loca de los animados caminantes del vano placer, tú que dejas al final los hombres sin vida, sin destino, sin pies. Para que al final, cuando las fuerzas despilfarradas por el espiral del sin sentido y los sueños drogados de tanto amable engaño, intenten un camino, un norte, un sentido, cuando ya para qué.

En plena ausencias de sentido y motivación para los caminantes, las miserias humanas pueden cachetearnos los párpados con crudeza indolente y hacernos un poco más videntes. Sí, por lo menos a identificar un camino. Tan sólo uno, uno que pueda brindarnos el retorno a la vida, al sentido, a la alegría, a la celebración, al calor del hogar, al abrazo de Dios. Esta conciencia de camino no tiene que esperar hasta limitar con el demasiado tarde, se puede disfrutar desde ya, desde el ahora, desde el aquí.

Desde el cieno profundo de nuestros fracasos como caminantes, en donde saciamos los apetitos de la existencia con algarrobas, podemos levantar la mirada en busca del camino del retorno. ¡Es tan fácil hallarlo! Porque es el camino más obvio, el más hermoso, el más simple, el más fácil, el más sencillo, el más plano. Quizá por sus cualidades es que no resulta apetecido a nuestros pies. Regularmente nos resulta preferente el camino espinado, maltratado, carente de genuina belleza y canción. Es un camino angosto pero cabemos. Angosto porque para andar por él necesitamos recurrir al despojo. Su estrecha entrada sólo da paso a la persona, no al costalao de fracasos que traemos a cuestas todo el peregrinaje de la vida y que se robustece con los tropiezos de nuestro andar. El despojo de ese pasado nos deja livianos, a penas con lo suficiente para vivir: vida. Ese despojo se hace experiencia real cuando en el Creador encontramos la maravilla del perdón.

Con la existencia liviana, con los pies abrigados de perdón y con las manos limpias nos volvemos caminantes del Camino. Para ser sincero contigo, apenas hay un Camino con diseño de vida. Sólo hay un Camino con verdad en esencia; ese Camino se llama Jesús.

Quienes por el Camino transitan hallan el más profundo, natural, puro, bello placer. Los apetitos existenciales son saciados a plenitud, la felicidad no es simulada ni idiotizada por fármacos o licores; es real, extraordinariamente real. El descanso no es imaginario, es asequible a sus transeúntes. Es un camino claro, con total ausencia de confusiones. Puede que en nuestras debilidades dejemos colar en el alma algunas dudas y temores o se nos atraviesen con agilidad tentaciones, sí, eso es posible. Pero los caminantes encuentran en el Camino la verdad que los hace libres, fuertes, determinantes e irreversibles en la fe.

Ese camino tiene un destino final que desde ya y ahora se nos permite palpar, y lo más lindo: no caminamos para llegar al cielo, caminamos para que el cielo llegue a nosotros.

¿Caminamos?

sábado, 23 de marzo de 2013

La Locura de Dios

La Locura de Dios

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi la locura de Dios, ¡y qué locura!

La locura goza de ricas reacciones y apreciaciones en la humanidad. Desde la perspectiva clínica quizá no nos parezca atractiva la locura, porque es definida como la “incapacidad de interpretar la realidad adecuadamente y obrar en consecuencia con los estímulos que llegan del medio ambiente”.[1] Por otro lado, nos inventamos cuanta locura, no clínica, se nos ocurre relativamente atractivas, necesarias para la vida. Como diría Rafael Gómez en su libro Memoria Del Futuro al comentar la gran obra El Quijote, “Sólo un loco puede ser capaz de vivir en este mundo, con todas sus injusticias, trampas y crueldades. Y sólo desde la locura se puede dar con las fibras más íntimas de la cordura”.[2] Pero hay una locura que sólo se aplica a Dios, nos es humanamente clínica ni idealista, sin duda es una locura necesaria, indispensable, única, bendita; es una locura de otro estilo.

Bien decía Paul Samuelson, “Cuando todo el mundo está loco, ser cuerdo es una locura”.[3] Estas palabras nos ayudan a comprender el por qué la cordura, por no decir la sabiduría de Dios, nos resulta la más absurda de las locuras, y creo que es así por su contenido. Es decir, el ingrediente principal de la locura de Dios es la cruz de Cristo, único mensaje por medio del cual las personas pueden recibir el regalo del perdón y de la salvación, así a intelectuales y a religiosos les parezca absurdo (1 Cor. 1.18-25). Éste absurdo es en realidad la más sublime de las sabidurías existentes, porque  en la cruz de Cristo Dios combinó perfectamente Su justicia juzgando el pecado y Su amor al cargar con el juicio en nuestro lugar. Alguien lo explicó así: «Dios no condona el pecado ni transige con sus normas. No pasa por alto nuestras rebeliones ni suaviza sus demandas. En vez de echar a un lado nuestro pecado lo asume y –¡en qué cabeza cabe!- se autosentencia. Dios sigue siendo santo. El pecado sigue siendo pecado. Y nosotros quedamos redimidos.»[4]
¡Es una locura!

Dios tiene que estar muy loco para complacerse en su locura, porque le plugó salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Esta extraña complacencia de Dios me resulta ahora la causa por la cual consagro mi vida,  por la que despierto cada mañana y digo, -hoy seré un portavoz de la Palabra de Dios, y no me canso de anunciarle a la Iglesia y al mundo que Dios nos amó desde la cruz para salvarnos de condenación eterna, que debemos vivir a su sombra-. Mi placer es predicar la cruz, la complacencia de Dios es salvar a los que oyen con fe.

Francamente, ante la cruz de Cristo los locos son otros: Frente a ésta sabiduría insondable de Dios, ¿dónde están los sabios del mundo? ¡Dios los ha enloquecido! Bien dijo N.T. Wright: “Dios ha puesto el mundo patas arriba, trastocando las expectativas, haciendo que los sabios parezcan necios, y los fuertes, débiles, por medio de su propia "necedad" y "flaqueza", que quedaron materializadas en la cruz del Mesías.”[5]

Te voy a contar por qué elogio la locura de Dios, porque en la cruz de Cristo Dios hizo posible lo imposible: nuestra salvación. Esta es la razón por la cual, cuando me fijo en la cruz de Cristo, se estremece todo mi ser. Allí, logro escuchar con gran intensidad el eco de palabras como: –Ed. hice esto porque te amo– Y tiemblan mis rodillas hasta caer al piso y grito desde mi mente y corazón: –¿¡Quién soy yo para que me ames así!? ¿A caso estás loco?–  No me puedo resistir a la mirada de mi Salvador quien me extiende sus manos perforadas mientras me dice, –¡Lo hice por ti!– Puedo ver con mis ojos de la fe el documento que legalmente me condenaba manchado con sangre de Dios, clavado en aquella cruz dándome libertad para entrar al reino de Dios y grito, –¡Dios, no lo merezco!– No ceso de asombrarme de su amor, sabiduría y poder hacia un vil pecador como yo. Y confirmo definitivamente, como diría un predicador del siglo pasado, “Jamás podría creer en Dios, si no fuera por la cruz de Cristo” (John Stott).

  





[1] Torres-Ruiz, A. (2002). Locura, Esquizofrenia Y Sociedad. Reflexiones. (Spanish). Revista Neurologia, Neurocirugia Y Psiquiatria, 35(3), 162-168.
[2] Rafael Gómez. Memoria Del Futuro, 2000, p.119
[3] Miguel J. Jordá. Diccionario Práctico de Gastronomía y Salud. 2007, p.1372
[4] Max Lucado. En Manos de la Gracia. 1997. Contraportada.
[5] N.T. Wright. La Resurrección Del Hijo de Dios.2003, p.355

jueves, 14 de marzo de 2013

666 El Sello Bestialmente Humano III



666
El Sello Bestialmente Humano III

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una joven tatuarse en su mano derecha las iniciales del nombre completo de su novio. Aunque tatuarse le resultaba doloroso, ella consideraba ese sacrificio como una expresión de amor que el chico valoraría por el resto de su vida. Entre letras góticas y como azules matizados en oscuros violetas quedó marcada de por vida. Pero hay marcas con mayores trascendencias y quizá con mayores implicaciones para la vida, no solo presente, también en la eternalidad. Por mencionar una: la marca de la bestia, el 666.

Juan de Patmos escribió el Apocalipsis, entre otras cosas, para advertir en contra de la idolatría y participación directa de un sistema social, cultural, militar y políticamente corrompido, con un agravante: anti-cristo. Así que, cuando su pluma llegó al capítulo 13, el episodio de las dos bestias, específicamente a la escena en que la bestia pequeña infunde aliento sobre la imagen de la bestia más poderosa, describe el control que ésta tiene sobre pueblos sin discriminar rangos sociales, como también el control sobre el mercado, por ende sobre las finanzas, con sólo poner una marca en la frente o mano derecha: el 666.

Nos debemos preguntar, ¿cómo lo entendieron los primeros lectores del Apocalipsis?
Como ya lo vimos en el capítulo anterior, el 666 identifica una persona con un sistema socio-cultural-político corrompido: Nerón Qaiser, emperador de Roma (siglo I d.C).

La marca bestial 666 también se entendió como la imposición de un imperio y su rey a todos los pueblos, a todas las creencias, a las tierras dispuestas a su alcance. Era la marca o morir.

El 666 no sólo indicaba un personaje y una imposición, también era una marca idólatra. Dejarse marcar era una manera de rendir adoración a ese emperador, quien se imponía como dios entre los pueblos avasallados.

Además, era una marca incluyente en el mercado, las finanzas. El control del imperio romano tenía un alcance territorial extraordinariamente amplio, así que prosperar implicaba participar inevitablemente del sistema imperial romano del primer siglo.

Finalmente, la marca señalaba un destino: la perdición eterna. En el capítulo 14.9-11, Juan de Patmos adviertió: los sellados por la bestia, quienes le adoran directamente o a través de la imagen, beberán del vino de la ira de Dios, sentenciados al fuego eterno. Recuerda que cuando algo o alguien era marcado con un número o nombre, como en el caso del 666 (más que número es un nombre “codificado” de un ser humano), indicaba así que su vida adoraba y pertenecía a la bestia. Pero vaya sorpresa, el destino final de la bestia será compartido con quienes portan su sello: la condenación eterna.

Consideremos:
1.   Los cristianos del siglo XXI estamos tan acomodados a los sistemas políticos, sociales, culturales, militares, económicos de nuestro tiempo que ni caemos en la cuenta de cómo participamos complacidos de las “bestias” posmodernas y sus respectivos sellos.
2.   Mientras Juan de Patmos propuso un estilo de vida y fe extremadamente fiel, jamás permitió que ningún sistema pecaminosos se impusiera en su ética, en su vivencia, en su adoración; les exhortaba a primero morir en lugar de negociar los valores cristianos. El evangelicalismo comercial, farandulero y televisivo de nuestra actualidad, sorprendentemente hacen lo contrario: ofrecen un camino de fe sin santidad o en su defecto sin gracia. Reconocemos las excepciones. 
3.   Para Juan de Patmos sólo hay un Dios, sólo él es digno de adoración. Litúrgicamente no niego que los cristianos sean “monoteístas”, es decir, rinden culto a un solo dios; pero en la práctica, innumerables son los cristianos politeístas (rinden culto a varios dioses). Las imágenes de las bestias del siglo XXI son levantadas como rascacielos y los hombres se postran sin el mínimo esfuerzo de discernimiento. Bestias, entiéndase como esos sistemas culturales, sociales, políticos, militares, financieros en disonancia con los valores del Reino de Dios ante los cuales se postra éste mundo globalizado, lamentablemente parte de la Iglesia también.

Cierro con "brochazo de oro": Juan con este magistral relato nos invita a ser fieles a Jesucristo así nos cueste morir, al final él nos dará la corona de la vida.

lunes, 18 de febrero de 2013

666 El Sello Bestialmente Humano II

666 
El Sello Bestialmente Humano II

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una comunidad religiosa, orgullosa de marcar sus feligreses con el número 666 (Creciendo En Gracia)[1], engañados portan este tatuaje afirmando con esa marca, cual delirante esquizofrénico, su pertenencia a Dios. También sabemos de unos cuantos “feligreses” de algunos géneros musicales y sectas satánicas marcando sus cuerpos con el 666, queriendo comunicar con eso cuán faltos de atención viven o cuán comprometidos están con su causa musical o satánica.

No sé si para vergüenza o infortunio, quienes así se tatúan están extraordinariamente engañados, porque el 666 no es el número con el que Dios sella sus hijos, como tampoco es el número de Satán como suponen otros. Para comprenderlo mejor, necesitamos entender “sello” apocalípticamente.

San Juan de Patmos usó en el Apocalipsis bíblico dos palabras que, en nuestro español se entienden como sello, marca. La primera palabra es sfragízo, usada únicamente para referirse a los sellados en la frente como signo de propiedad y protección de Dios y por Dios, como aparece en el capítulo 7.

En la Palestina antigua era común tallar piedras con un símbolo, letra, signo, a fin de marcar, sellar objetos, cartas, animales, gente a título personal. La carta, el animal, la cosa, la persona selladas, pertenecían al dueño del sello.

Tenga en cuenta también que, el sello a los hijos de Dios en la frente es una imagen tomada por Juan de Patmos del profeta Ezequiel (Ez. 9.4-6). En el vs. 4, Ezequiel en una experiencia divina vio y oyó a Dios, quien mandó poner una cruz en la frente de los hombres piadosos de Jerusalén, de manera que al pasar el ángel de la muerte, cuando viera a alguno portando la señal, no le haría daño. La palabra señal en hebreo de Ezequiel 9.4 es “wühitwîºtä Täw”, que literalmente al español traduce “marca la frente con la letra tau”, letra que en el antiguo hebreo era en forma de cruz.[2] Así, Juan de Patmos puso en evidencia lo siguiente, la idea de sellar personas es de Dios, quien lo hizo, no con el número 666, sino con una señal: la cruz;[3] a fin de diferenciar sus protegidos, su pertenencia de quienes no lo son.

En Apocalipsis 13.16 Juan usó otra palabra para hablar de sello, de marca: cháragma, que traduce marca, imagen. Además de Apocalipsis, sólo Hechos 17.29 usa ésta palabra y lo hace en un sentido idólatra. Nunca en Apocalipsis se usa cháragma para los siervos de Dios, sólo se usa como el sello del emperador o para referirse a la imagen del poder económico, militar, social y cultural del imperio romano impregnado en las gentes sin Cristo. La verdad es que no hay evidencia histórica de que las gentes fueron selladas con el 666 en el primer o segundo siglo, simplemente es una figura usada por Juan de Patmos para referirse a quienes pertenecen y respaldan el imperio romano, anticristo e idólatra además del primer siglo.

El 666 no eran números como los nuestros, los números en el griego koiné eran letras con valor numérico, como los números romanos para nosotros hoy. Las letras griegas del 666 son: JXS (J= 600, X= 60, S= 6).[4] Éste número encerraba un enigma que sus primeros lectores comprendían perfectamente. JXS, o si lo prefiere 666, fue un método para cifrar un nombre en letras con valores numéricos: Nerón Qaisar[5] (emperador romano, anticristo, en el primer siglo). El enigma estaba en las letras hebreas de éste nombre. Valga la pena aclarar que en el antiguo hebreo no se usaban vocales, la gente entendía y sabía pronunciar los símbolos consonantes de su idioma. El nombre de Nerón se escribía así: NRWN QSR (obviamente estoy transliterando las letras hebreas al español). Esas letras hebreas tenían un valor numérico:

N = 50
R = 200
W = 6
N = 50

Q = 100
S = 60
R = 200

La suma del equivalente numérico de esas letras da 666.[6]

Portar el 666 no señala que pertenece a Dios, como lo afirman los amigos de Creciendo En Gracia, tampoco es un número que tenga poder satánico en sí mismo. Sí es un número vinculado de alguna manera a Satán, porque encierra el enigma de un hombre que contó con su respaldo, pero ese número no tiene relación directa con el diablo. Tatuarse el 666 expresó realmente aprobación, participación y promulgación de un sistema socio-político pagano, pervertido, idólatra y anticristo del primer siglo, y quizá con eso lo invocó en su propia realidad.

666: Aquí hay sabiduría: El que tiene entendimiento calcule el número de la bestia, porque es número de un hombre; y su número es 666 (Ap. 13.18).

Continuará…





[1] http://www.youtube.com/watch?v=poiqPoQmMvQ
[2]La Nueva Biblia de Jerusalén es más literal que otras en español cuando traduce Ezequiel 9.4: y Yahvé le dijo: -recorre la ciudad, Jerusalén, y marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se comenten en ella-.
[3]  Horst Balzger & Hard Schneider. Diccionario Exegético Del NT. Tomo II.1998, p.1625
[4] JXS es una transliteración al español de las letras griegas ji, xi, digama.
S, era una letra arcaica del griego koiné, identificada como “digama”, que se desvaneció del alfabeto con la evolución del idioma.
Ver también: Juan Stam. ¡Sorpresa! ¡El 666 no es 666! [en línea] http://juanstam.com/dnn/Blogs/tabid/110/EntryId/111/Default.aspx
[5]Traduce: César Nerón.
[6] Tarsicio Gaitán. P.ThM. Curso de Maestría Teológica: Apocalipsis y Textos Selectos, dictado en la UPB Medellín, Colombia. 2012
Ver también: Hank Hanegraaff. El Código Del Apocalipsis. 2008, p.140-144

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...