miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Pasarela

La Pasarela
una misión en vía de extinción


Tengo la fortuna de vivir en “Cielo Roto”, apropiado apodo a mi pueblo, ya que llover aquí es apenas cotidiano. Y sí, mientras las gotas de lluvia golpean el cristal de mi ventana me asomo a mirar. La claridad no es la ideal, el vidrio intenta empañarse por ambos lados pero no es impedimento para ver bien. Con una taza de chocolate caliente en mis manos recuesto mi torso sobre la pared que linda con el marco de la ventana y alcanzo a ver una mujer. Ella es joven, de cabellos a la cintura abrigando su espalda arrojada al viento. Su silueta pareciera tupida con terciopelo, su sonrisa brilla como el puro marfil y sus ojos danzan al vals de un cuerpo semi-desnudo. Ella camina altiva y creyéndose bella sobre la pasarela de la moda. Aunque no está segura a cuál moda desfila.

Shurfff!! (intente pronunciarlo hacia adentro). Así más o menos suenan mis sorbos de chocolate mientras encuentro la forma de digerir la idea de una mujer modelo quien afirma ser cristiana. Ah, y cree mucho en el horóscopo. En un muy limitado recurso de opiniones percibí en personas cristianas tolerancia, aceptación y hasta admiración por mujeres cristianas con esta profesión. Claro está, con algunas salvedades. 

Indiscutiblemente, para abrirnos panorama en este aparente tabú[1] evangélico, tenemos que definir qué es ser cristiano. Bueno, hay quienes dicen ser cristianos y no lo son. Otros se creen cristianos por ir a una Iglesia, cantar los coros de Hillsong, no matar, no beber, no bailar ni fumar. Pero tampoco lo son. Algunos son algo “bipolares”: cristianos el domingo de 10:00 am a 12:00 m y el resto de la semana viven contradiciendo estas dos pobres horitas. Habrán quienes entiendan su cristiandad en términos de religión: soy católico, bautista, presbiteriano, anglicano, pentecostal, asambleísta, cuadrangular… en fin. Pero eso tampoco hace cristiano a un ser humano. ¿Qué hace de una persona un cristiano? Haciendo un esfuerzo por no ser reduccionista, sí pretendo recoger las tres evidencias de la identidad cristiana: Creer, amar y obedecer (la fe, el amor y la esperanza).

Un cristiano es una persona creyente. No en la simpleza de “creer” en que dios existe o en las cosas improbables que afirma la religión, no. Es creer ‘que el Dios verdadero, el Creador del mundo, lo ha amado tanto en su totalidad, usted y yo incluidos, que ha venido en la persona de su Hijo, y ha muerto y resucitado para acabar con el poder del mal y crear un mundo nuevo en el que todo sea como debe ser, y donde el gozo sustituya al lamento”.[2]

Un cristiano es una persona amada y amorosa. No en las vagas y superficiales comprensiones actuales del amor; sino en el amor palpable de la cruz de Cristo. Es éste amor la coherencia de la humanidad renovada. Es el amor en la Iglesia, latente entre quienes adoran a Dios en Cristo Jesús, siendo una familia donde todos son aceptados en forma igual, sin discriminar por el trasfondo social, cultural o moral. Es el amor desde la Iglesia que muestra a todos los poderes diabólicos que el Dios vivo ya tiene la victoria y ha fundado una comunidad de amor verdadero, real y presente donde antes había sospecha y desconfianza mutua; prueba clave que hace patente la acción del Espíritu de Dios.[3] Simplemente el cristiano es la persona amada en la comunidad de Dios, amando a ellos y entre ellos.

Un cristiano es una persona obediente. Entiendo si lo puesto sobre el tapete hasta ahora es chocante, como es mucho más chocante mencionar la obediencia en estos tiempos. Pero no es posible ser cristiano viviendo una anarquía moral o bajo las premisas de apreciaciones personales desvinculadas de las Sagradas Escrituras. Mientras algunos intentan vivir la fe desde el “a mí me parece”; otros procuramos vivir desde “la Biblia dice”. No podemos obedecer desde la ignorancia, esa que no tiene la remota idea de la mente de Dios revelada en la Biblia.

Creo que logramos aproximarnos a lo que es ser cristiano, le invito a un chocolatico por estos días a fin de acercarnos a lo que significa e implica ser modelo y reflexionar en si éstos (cristiandad y modelaje) pueden co-habitar en una persona.


Continuará…





[1] Entiéndase conductas o acciones prohibidas, censuradas o silenciadas por un grupo humano debido a cuestiones culturales, sociales o religiosas.
[2] N.T. Wright. Simplemente Cristiano, p. 234
[3] N.T. Wright. El Verdadero Pensamiento de Pablo, p. 155

lunes, 27 de agosto de 2012

La Huída


La Huída
el fracaso humano, un éxito divino

Mirando yo por entre la celosía de la casa de mi ventana, vi centenares de personas huyendo sin que nadie les persiga. Corren como alma que lleva el diablo sin saber hacia dónde, pretendiendo escapar de sí mismos: niños queriendo ser adultos, adolescentes quieren ser de todo y nada, jóvenes desean ser lo que no son, adultos aspiran ser lo que hubiesen podido ser, ancianos anhelan ser lo que nunca fueron; con algunas excepciones por su puesto.

Vi mujeres temiendo a la femineidad. Según las pisadas transitadas hasta hoy en el proyecto de liberación femenina, pareciera más bien un proyecto de aniquilación femenina. El feminismo se ha dado cuenta que al hombre le han “faltado pantalones” para ser hombre, ahora se pretende ser mujer imitando todos los fracasos del machismo. Vi hombres sin querer asumir la masculinidad, vi muchos de ellos “explorando” su femineidad: ahora se nos dio por maquillarnos, depilarnos las cejas, ponernos silicona en las nalgas, matricularnos a un “yanbal”, entre otras. Insisto en las maravillosas excepciones. Vi esposas tratando escapar del matrimonio, esposos tirar su hogar por la borda; vi hijos siendo los mejores amigos de los padres porque estos últimos parecieran preferir la crianza de amigos en lugar de hacer lo correcto: criar hijos. Vi hermanos huyendo del afecto filial y muchos se tratan como enemigos. En otras palabras, vi personas huyendo sin que nadie los persiga.

Por la ventana de mi casa, alcancé ver cristianos pretendiendo huir de su identidad. No queremos ser reconocidos como lo que somos. Una frase delatadora de mi acierto es ésta, “hagamos algo evangelístico que no sea muy evangélico”. Ahora se nos dio por hablar de Cristo sin mencionarlo. ¿Cómo? ¡No tengo la menor idea!

La peor de todas las huidas es esa ridícula pretensión de escapar de Dios. Las personas transitan caminos en la dirección opuesta a los brazos extendidos de la infinita gracia divina. Pareciera que una parte significativa de la humanidad se volvió “teo-fóbica”. Dios está vetado en el periódico, en las revistas más populares, en las vallas de la ciudad, en universidades, en otras instituciones “educativas”. No se puede hablar de Dios, explícitamente, en medios de entretenimiento como radio y televisión. Hablar de Dios en la comunidad LGBTI, resulta ser una expresión homofóbica. Es como si una cantidad de índices atravesaran verticalmente centenares de labios en dirección al cielo para silenciar a Dios; para huir de Dios.

Toda persona embarcada en la huida, huye tanto hasta perderse; ya ni se encuentran así mismos. Pero hay un Dios que busca, sí. Él es el incansable buscador. Él encontró a Adán y Eva cuando huyeron tras los arbustos. Él encontró a Moisés huyendo como fugitivo. Encontró a Elías solitario en una cueva, justo cuando huía de la malvada Jezabel. Dios encontró a David apacentando las ovejas de su padre. Encontró a Isaías con labios impuros. Encontró al hijo pródigo que había huido de casa. Dios encontró a Pedro desesperanzado y desnudo en el mar. Me encontró a mí habitando un tugurio entre los escombros de una familia en ruinas. Dios busca, persigue, encuentra. Deja las 99 ovejas en el corral para ir en busca de tan solo una perdida sin descansar hasta hallarla.

Dios me buscó, me halló; y mucho más: me amó y se entregó por mí.
Y cómo no, también a ti.

lunes, 23 de julio de 2012

El Amargo Sabor De La Dulce Caída III

El Amargo Sabor De La Dulce Caída III
el bálsamo liberador del perdón

Hay silencios que resultan fascinantes: en una pieza musical, en una mirada de enamorados, en un beso bajo la lluvia, en una caricia de mejillas y en una profunda oración; pero cuando se trata de relegar una confesión es fatal.

En el ojo de la fatalidad se encuentra un hombre quien, a cambio de amoríos de una mujer casada entre las sábanas de su cama, ha dado engaños, asesinatos, hipocresías, lujurias, y un inmenso silencio. Silencio de casi un año. Hasta que en una tarde primaveral llega un anciano sabio, prudente, astuto, creativo; con la capacidad de señalar con su índice los pecados de un rey. Sí. Su nombre fue Natán, el profeta.

Resalto de éste último su creatividad, quien al enterarse de las patrañas de su rey vino, en el momento propicio, a socializarle un cuento: «En cierta ciudad vivían dos hombres. Uno de ellos era rico, y el otro era pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas, pero el pobre sólo tenía una corderita que había comprado y criado, y que era como su propia hija, pues comía de su mesa, bebía de su vaso y dormía en su regazo; era como de la familia, pues había crecido con él y con sus hijos. Un día, el hombre rico recibió a un visitante y, como no quiso matar a ninguna de sus ovejas o vacas para ofrecerle de comer al visitante, fue y tomó la oveja del hombre pobre, y la preparó para su visitante.»[1] Cuando el rey escucha esta fascinante historia, se emociona y con justo fervor ordena: “ese hombre debe morir”. Sin titubeos el profeta apunta al pecho de su majestad mientras con ronca voz dice, “ese hombre eres tú”. El dedo señalador del profeta se sostiene sentenciando al rey a escuchar las consecuencias de sus desaciertos. Quizá el rey palidece, hasta que por fin escucha y ve una puerta llamada perdón. Puerta que, sin lugar a dudas, el rey aceptó. Para cruzarla debe confesarse.

La confesión últimamente ha encontrado desacreditación, especialmente en las nuevas generaciones; peor aún en los círculos evangélicos. Pero nada tan liberador como abrir el corazón ante un ministro de Dios, vaciar todas las culpas sin compasión y escuchar de sus labios decir: en el nombre de Jesucristo tus pecados son perdonados. No que el ministro perdone mis pecados. Así como un enfermo es sanado en el nombre de Jesucristo por la oración de un ministro, un pecador también puede hallar la paz tan anhelada al ser perdonado por el cielo por la oración del mismo. Sé que el ministro no sana, pero Jesús sí por la oración de éste. Así, el pecador es perdonado, no por el ministro, sino por Jesucristo.

El perdón es un regalo recibido, aunque inmerecido, resulta para la humanidad liberador, transformador, vivificante, sublime y digno de gratitud. Nunca he hallado tanta paz como cuando soy perdonado. Decía Karl Barth: «Dios es el primero y realmente presente, no estamos abandonados por él ni entregados a nosotros mismos, ni en nuestra imbecilidad y apatía ni en nuestro descuido y mal uso de lo que él nos ofrece; por el contrario, en cada ahora podemos contar también con que perdona los pecados, ampara a los hijos descarriados, deja que los cansados peregrinos, pese a todo, den sus pasos cortos y vacilantes; que su sabiduría está por encima de nuestra necedad, y su bondad por encima de nuestra maldad;…»[2] y, ¿qué tal que no fuera así?

Cada que necesite hallar la paz, rompa los silencios encargados de atarle las culpas, de encadenarle la sinceridad y la oportunidad de confesarse sinceramente ante Dios (si es de ayuda, también ante un ministro del evangelio o un herman@ maduro en la fe), para que pueda experimentar el refrescante bálsamo del perdón.


[1] 2 Samuel 12.1-4
[2] Karl Barth. Instantes, p. 94

lunes, 16 de julio de 2012

El Amargo Sabor De La Dulce Caída II


El Amargo Sabor De La Dulce Caída II
una cita con el silencio

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi a un poderoso hombre en una cita con el silencio. Él acaba de matar uno de sus más fieles peones para seguir de amante con Betsabé, su esposa. Luego de ser capaz de vestirse con hipocresía, saludar de abrazo, quizá también de beso, al dueño legítimo de su amante y darse cuenta que este hombre no da doblez a sus lealtades, no queda más remedio que sentenciarlo a muerte. No desde un juzgado legítimo, sino desde las sombras de las negras confidencias entre un rey y su general. David, el gran rey, aparte de ser adúltero, ahora también es un vil homicida. Su conciencia se lo grita cada amanecer, cada atardecer e inevitablemente cada anochecer; inclusive en los sueños que atormentan sus noches. Como si fuera poco, luego de matar a Urías se casa con la viuda, Betsabé, para “legitimizar” sus concupiscencias.[1]

Todos estos actos aún no asoman a la opinión pública. David se esfuerza por prevenir escándalos que irremediablemente comprometerán su imagen. Por un año el rey David se dio cita con el silencio. Por 365 días, aproximadamente, este hombre amordazó su sinceridad, su franqueza, su corazón para permitir dentro de sí mismo un festín de acusaciones de lujuria, adulterio, hipocresía, asesinato. El silencio a demás de ser un indicativo de alguna resistencia,[2] era quien se encargaba de succionarle poco a poco la vida. Él mismo  llegó a describir su experiencia silenciosa: Mientras callé, mis huesos envejecieron, pues todo el día me quejaba. De día y de noche me hiciste padecer; mi lozanía se volvió aridez de verano.[3] El silencio mata, especialmente a aquellas personas que han gustado de los deleites de la integridad. Si Ud. ha sido íntegr@ le será fácil comprender lo que digo.

En estos casos, ¿por qué callamos? Callamos porque la vergüenza supera nuestra valentía. Callamos porque la culpa avasalla la voluntad. Callamos porque la fría soledad así lo propone. Callamos por temores al rechazo, al señalamiento, a las acusaciones. Callamos porque nos gusta ser aceptados. Callamos por una y mil razones más. Pero callar enferma. «No hay nada tan atormentador y devastador para la vida como los pecados ocultos de la carne»[4] Bien dijo Hans Joachim Kraus, «La culpa retenida en el hombre, guardada en silencio, tiene efectos destructores y consumidores sobre la condición física del individuo.»[5]

Esa culpa retenida con silencio a David lo estaba eliminando: perdió equilibrio interior, la tranquilidad de sus pensamientos. La queja comenzó a ser el escondite favorito de sus culpas, mientras la fiebre agrede su salud y el insomnio su paz. A pesar de estar rodeado de centenares de personas y de casarse con la viuda de su víctima, la soledad no le abandona. Entre David y Dios hay un abismo que los separa. Ese abismo tiene nombre propio: silencio.

El silencio ha sido por siglos cómplice de nuestras dañinas culpas. Esas, las encargadas de hacernos sentir, a veces con justa razón, sucios, pordioseros, viles, miserables. El silencio es el abrevadero donde al escondido alimentamos pecados ocultos, donde en la oscuridad irrumpen otros males que nos recluyen la sinceridad, el anhelo de confesarnos, arrepentirnos y experimentar el remanso del perdón.

Continuará…






[1] La historia completa la encuentra en 2 Samuel 11
[2] Timothy J. Trull, & E. Jerry Phares. Psicología Clínica: Conceptos, Métodos Y Aspectos Prácticos De La Profesión, p.153
[3] Salmo 32.3, 4
[4] Charles Swindoll. David, p. 214
[5] Hans Joachim Kraus. Los Salmos Vol. I, p. 524 [e-book]

martes, 3 de julio de 2012

El Amargo Sabor de la Dulce Caída


El Amargo Sabor de la Dulce Caída

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi el poder de la seducción. Ella, toda una dama casada con un hombre que comprende a plenitud el poder de lealtad en las diferentes esferas de la vida. Ella vive en el sector más exquisito de la ciudad, al lado, vive el hombre más rico y poderoso de su país. Ella es consciente de sus atributos físicos: de la sensualidad de sus labios, de la dulzura de su voz y lo atractiva que es su piel de durazno, de la fascinación de sus cabellos, del encanto de su mirada. Ella viene notando que su vecino tiene una rutina de sol por las mañanas en el balcón de su penthouse; quizá por eso una mañana de cielo azul, de melodiosos trinares, se toma un baño al desnudo en el patio de su casa, precisamente el patio que linda con el balcón del penthouse aquel.[1] Y claro, acertó con la rutina de sol de su vecino magnate. El viejo pasea por su balcón, se admira de sus riquezas, suspira antes de quemarse la lengua con el primer trago de café y de repente su mirada queda cautivada con ese cuerpo desnudo sumergido en la bañera de su vecino. En ese momento Dios se hizo irreal. Pierde toda realidad, sólo el deseo por esa mujer es real.

Abusando de su poder la manda llamar inmediatamente. Ella, abusando de sus atributos y de la ausencia de su esposo atiende sin reparos. “Para qué describir lo que hicieron en la alfombra, si basta con resumir que se besaron hasta la sombra. Y un poco más”. Cuerpos agitados y sudorosos se entrelazan mientras reposan lo que ya no es placentero. Algunos pensamientos comienzan a acusar los susodichos: -¿qué has hecho?- Una vez el instinto animal queda satisfecho, la hipocresía de ambos se alista para la función. En ella, para cuando llegue su esposo sonreírle como si nada hubiera pasado. En él, para cuando llegue uno de sus más fieles escoltas, si no el más, estrecharle la mano como si nunca se hubiera dormido su mujer. Fueron al mismo culto, levantaron “manos santas” mientras cantaban el salmo 23 entre danzas y palmas. Pero sus conciencias jamás fueron engañadas.

Por más que intentaron recordar su “canita al aire” como el instante más grato de sus vidas, no lograron evadir la voz de sus conciencias. Al mes, ella le envía un e-mail con contenido de telegrama: -nada que me viene- No se les ocurrió interrumpir el embarazo, como tampoco lograron conciliar el sueño varias noches. Inesperadamente, al magnate se le ocurre mandar a matar su soldado más leal. Y eso que este hombre poderoso era reconocido por vivir, además, como buen religioso; inclusive algunos lo conocían como “el hombre conforme al corazón de Dios”. ¡Qué tal que no! La breve dulzura de aquella tarde se transformó en el trago más amargo de toda la vida para ambos. Ahora a sus pecados, se les adhiere uno peor: homicidio. Y la vida los obligó a reconocer que, no todos los placeres deben ser complacidos irracionalmente. Algunos deleitan al instante pero arruinan de por vida. 

Continuará…


[1] Es una libre redacción de la apasionada historia entre David y Betsabé, que de hecho, algunos como Raymond Brown creen que Betsabé fue seductora en su proceder. Ver más: Charles R. Swindoll. David, un hombre de pasión y destino. Casa Bautista de Publicaciones, p. 204

miércoles, 20 de junio de 2012

JUMPERS



JUMPER
en la búsqueda de un dios a la carta

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi unos jumpers, sí, una especie de evangélicos que saltan impulsados con grandes ancas emocionalistas de iglesia en iglesia irracionalmente, en la búsqueda de un “factor X”, un factor desconocido, por una considerable cantidad de “cristianos” descontentos, sin la menor idea de dónde están parados ni hacia dónde van. Su destino es encontrar un dios a la carta, un dios amañado, moldeado a sus perversos caprichos disfrazados con religiosidad, espiritualidad barata y una santidad desconfigurada.

Para infortunio de la Iglesia actual, desde antes de los comienzos de esta segunda modernidad, muchas gentes no se están convirtiendo a Cristo; se están convirtiendo a ciertas emociones, a la compra y venta de milagros, a los espectáculos que han suplantado la adoración genuina y al pastor complaciente de esas gentes y no de Dios, simpatizante de las mismas avaricias, emocionalismos y amaños a la fe de estos jumpers.

Saltadores, sí. Saltan con ágiles zancas de iglesia en iglesia sin el carácter cristiano como para entender que somos ovejas, las cuáles no cambian de rebaño a su antojo sino que dependen absolutamente de su Buen Pastor aún para ir a otro rebaño si es necesario. Las ovejas no son saltarinas, son caminantes. No son turistas, son anfitrionas. No buscan un Pastor a la carta, son halladas por el Buen Pastor quien las establece en un rebaño para moldear su vida conforme al Unigénito Hijo del Padre. Ellas no se van al primer inconveniente ni a la primera diferencia de opinión, mucho menos se van cuando no alcanzan el protagonismo que les exige su ego. No. Las ovejas del Buen Pastor se humillan bajo la poderosa mano de Dios para ser exaltadas a Su tiempo. Las ovejas de Dios no se ocupan de lo alto y visible de su fe y servicio; se encargan de lo profundo que Dios se encarga de lo alto y ancho en sus vocaciones. Las ovejas, esas descritas por Jesús como las “que oyen mi voz”, son capaces de ser leales a Dios a través de un servicio fiel en una congregación local, en unidad con el resto del cuerpo de Cristo.

Los jumpers buscan un rebaño en el que Dios sea, haga y diga como ellos quieren. Mejor dicho: un dios a la carta. Los jumpers no dicen: -habla que tu siervo escucha-; sino que dicen: -habla lo que me gusta, como me gusta; de lo contrario ni escucho ni vuelvo a ese rebaño-. 

Es que el mundo se volvió tan complaciente que quisiéramos a Dios de la misma manera. Estos jumpers no permiten ser moldeados a la imagen de Cristo, por el contrario, pretenden moldear a Cristo a su antojo.
No se sujetan a Dios ni a los pastores que velan por sus almas, además, sus lenguas también practican este pecado extremo: saltar de chisme en chisme para poder justificar ese turismo evangélico. 

Vivir saltando de iglesia en iglesia solo trae cansancios, decepciones, pecado a más pecado. Lo mejor es rendir nuestros orgullos a los pies del Buen Pastor y permitir que él mismo nos establezca en un "redil" en el que podamos crecer junto con los santos, hasta llegar a la estatura de un varón perfecto: Cristo.


©2012 Ed. Ramírez Suaza 


lunes, 4 de junio de 2012

¿Dónde Carajos Está Umaña? II


¿Dónde Carajos Está Umaña? II
el doloroso cruce del divorcio

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi una familia abandonada por Umaña. Sí, don Umaña dijo no poder más, sin despedirse abandonó sus hij@s, su esposa y se largó. ¿A dónde? Pues lejos, lo suficiente como para enviar la cuota alimenticia y saludarlos de vez en domingo. Ah, y para discutir los términos del divorcio, a ver si por fin “se libra de ese calvario”, digo, de ese matrimonio. Esta escena es el pan de cada día en mi bella Colombia. Mientras revolotea la discusión, desde diferentes escenarios, sobre el tema divorcio, preguntamos a Jesús -oye, ¿qué opinas del divorcio?-

La respuesta de Jesús es maravillosa. De hecho, la pregunta concreta a él es más capciosa: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?[1] En la época de Jesús había dos escuelas farisaicas, la Shammaita y los de Hillel. Los shammaitas eran más celosos y sólo permitían el divorcio por “cosas indecentes”, en cambio los de Hillel permitían el divorcio por “cualquier motivo”. [2] Inclusive los de Hillel llegaron a considerar que, encontrar otra mujer más bella era un pretexto “legítimo” para repudiar su esposa. Pero Jesús no caza pelea con estas escuelas teológicas de su tiempo, sencillamente se remonta al principio:  -Dios nos creó varón y mujer, luego los unió y de los dos hizo una sola carne. Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.- -Pero Moisés permitió el divorcio- replican los interlocutores de Jesús. Claro, Moisés es el máximo legislador de la ley hebrea. Pero Jesús les sorprende: -por la dureza de corazón, Moisés permitió el divorcio- ¡Eso es un “baldao” de agua fría! Y lleve más: -pero al principio no fue así-

Hay dos cosas claras en las palabras del Maestro. 1ro. En el divorcio, quien repudia es una persona de corazón endurecido. 2do. El proyecto de matrimonio tiene su imagen pura en el principio: Dios los creó varón y mujer, los unió y el ser humano no puede separarlos. 
“Por cualquier motivo” no es legítimo repudiar al cónyuge; sólo hay un motivo legítimo para el divorcio: la infidelidad sexual. Para Jesús, el matrimonio es un pacto ante Dios de amor fiel.[3] Cuando uno de los contrayentes falla a ese pacto de amor fiel, quebranta, socaba, arruina por completo el pacto de unión matrimonial. Ante esta realidad de infidelidades, es legítimo separarse y contraer nuevas nupcias, si así lo desea.

Y ¿si alguien se separa por otras razones? Jesús dice, si no hay infidelidad de por medio, casarse de nuevo y con otra persona es adulterio. Le propongo a que hagamos la misma pregunta a S. Pablo, ¿si alguien se separa por otras razones? El viejo pasa su fuerte mano sobre la barba que ya le cubre el cuello, sonríe y dice: -pues sepárese.-[4] ¡Quién creyera que S. Pablo diría semejante cosa! -Sí, sepárese pero no se vuelva a casar. Si no puede con eso, entonces reconcíliese con su cónyuge-. El viejo levanta la mirada, con toda su autoridad apóstolica manda: -la mujer no abandone su marido ni el marido abandone su mujer-.

Aprovechemos que S. Pablo está respondiendo a estas preguntas casi tabú en la Iglesia. -Oiga S. Pablo, si una persona llega a Cristo y su cónyuge le repudia por eso, ¿qué?- El viejo, con la tranquilidad que le inspiran estos temas, dice: -bueno, pues sepárese y puede de nuevo “re-hacer su vida”; porque a paz nos llamó Dios, no a la esclavitud de un cónyuge menospreciante.-[5] Que quede claro: si es repudiad@ con divorcio por causa de Cristo. 

El mejor camino a recorrer cuando se arroja la opción divorcio sobre el tapete, sin duda alguna, es la reconciliación. Siempre hay puertas abiertas para sostener la familia: perdón, gracia, misericordia, comprensión, amor, afectos, abrazos; por mencionar algunas. Cuando haya una infidelidad sexual, es mejor contemplar esa puerta llamada perdón antes de pensar en divorcio. En caso de no ser posible, entonces proceder bajo la paz de Dios. El divorcio no es una solución, es otro problema, decía un profesor de teología patrística en el seminario donde estudié. Eso es cierto, “otro problema”, sólo que a veces más llevadero que el problema “X” dentro del matrimonio que empuja hacia el divorcio.

Ojalá no tengamos que recurrir a esta opción divorcio. Y en caso de vernos sin más salida, entonces proceder en paz y en la dirección de Dios.

Este es un tema de mucha "tela pa' cortar". Estas son algunas verdades generales, pero cada caso es único y debe ser abordado con mucha sabiduría a la luz de la Palabra de Dios. Oro para que las iglesias cristianas seamos una comunidad restaurativa, acompañante, "paraklética" (consoladora) de estas personas que vienen tan lastimadas por un divorcio a nuestras congregaciones. Que podamos acompañarles hasta la cruz de Cristo a fin de recibir el perdón, la gracia y la nueva vida que ofrece Dios en su hijo Jesucristo.


[1] Mateo 19
[2] LUZ, Ulrich. El Evangelio Según San Mateo. Vol III. Sígueme, p. 122, 123 [e-book], SCHMID, Josef. El Evangelio Según San Mateo. HERDER, p. 401, 402
[3] Proverbios 2.17
[4] 1 Corintios 7.10-11
[5] 1 Corintios 7.15

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...