martes, 15 de marzo de 2022

EL ECLIPSE DE DIOS



¡Oh noche que guiaste!

¡oh noche más amable que el alborada!

¡oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

S. Juan de la Cruz






Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un eclipse fenomenal, uno que no puede observarse con los instrumentos avanzados de un centro astronómico, sino con la experiencia misma de existir teniendo fe en Aquel que hizo los cielos y la tierra: el eclipse de Dios.

Ofrezco entender “eclipse de Dios” como la descripción de una situación que nos nubla la presencia divina en momentos de intenso dolor, sufrimiento, luto o sensación de abandono.

A todos los creyentes nos llega la hora oscura en la que sufrimos una ausencia de Dios tan terrible que la vida llega a sentirse insoportable. 

No pareciendo suficiente con tan abrumadora ausencia, la lejanía de los prójimos también se siente de manera profunda y dolorosa, así, como dijo una vez la Madre Teresa de Calcuta: –Ni dentro ni fuera tengo a nadie a quien pueda dirigirme. Él se llevó mi ayuda no sólo la espiritual, sino hasta la humana.–


¿Te has llegado a sentir así?


En una era cuando lo que se siente se interpreta como lo realmente real, la fe ha comenzado a experimentar el ser relegada, casi exorcizada de nuestras vivencias religiosas. 

Hemos migrado hacia lo peligroso: confiamos en lo que sentimos. Pareciera no importarnos si nuestra fe se basa en lo visible o invisible; pretendemos ser espirituales en base a lo sensorial.

Si el escritor bíblico pudiera exhortarnos hoy a creer, no nos diría: “¡no es por vista, es por fe!” Más bien nos diría: “¡No es por lo que sientes, es por fe!”


No podemos ignorar lo que sentimos, Dios nos creó como seres sintientes que comprendemos además lo que estamos sintiendo, inclusive podemos identificar cada uno de nuestros sentimientos con un nombre y un significado. 

¡Está bien sentir! 

Lo que sí debemos revisar es la sobrevaloración existencial que le damos al sentimiento, al punto tal que somos capaces de tomar decisiones financieras dependiendo de lo que sentimos. 

Decisiones familiares dependiendo de lo que sentimos. 

Decisiones laborales en base a lo que sentimos. 

Decisiones de iglesia dependiendo de lo que sentimos, mandando al carajo lo que sabemos; lo que creemos; lo que la Biblia dice; lo que la razón conoce; el sentido común, entre otras. 


La vida nos concede experiencias tan tenaces que sentimos la ausencia de Dios. Así, Dios nos queda eclipsado. Las dificultades, el dolor, las tristezas y demás se conjugan en una nube oscura que se interpone entre Dios y mis emociones, entonces el alma se siente sola, abandonada en una oscuridad que no soporta, que le desgarra el aliento violentamente hasta desfallecer.

La Biblia sabe de qué les estoy hablando. 

El libros de los Salmos, un libro que reconoce y expone ante Dios lo que los poetas sienten, dice:

  • Angustiada está mi alma; ¿hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? (6.3)

  • Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (22.1)

  • Y le digo a Dios, a mi Roca: ¿Por qué me has olvidado? (42.9)


El libro de Job es otro manantial de emociones a flor de piel ante los eclipses de Dios:

  • Diré a Dios: No me condenes; Hazme entender por qué contiendes conmigo (10.2).

  • ¿Por qué no me das la cara? ¿Por qué me tienes por enemigo? (13.24).


Los libros proféticos también contienen una riqueza invaluable de preguntas hechas al Dios eclipsado:

  • Jer. 20.17: ¿Por qué Dios no me dejó morir en el seno de mi madre?

  • Hab. 1.3: ¿Por qué me haces presenciar calamidades? ¿Por qué debo contemplar el sufrimiento?


Dios, en Cristo, también sintió el eclipse de Dios Padre. Citando el Salmo 22 dijo en la cruz: –Padre, ¿por qué me desamparas?-- 

Valga la pena mencionar que cuando Jesús elevó con un grito este reclamo al cielo, el cielo eclipsó. 

Literal.


Un pastor luterano, Mauri Nieminen, confesó por escrito una vez:

–No podía trabajar porque Dios había desaparecido…

Miro la oscura pared de la habitación y digo lo que nunca antes había dicho; a media voz en mis labios y en la profundidad de mi alma: “Dios, no existes”. Ya está dicho. No me ha golpeado un rayo desde el cielo. No se me ha aparecido el ángel Gabriel. Me invade un “estado extraño”, “otra realidad”...  

Renglones adelante, el pastor luterano da cuenta de cómo se siente buscando a Dios en medio de los eclipses de Dios:

–La lectura de la Biblia se transforma en la lectura del directorio telefónico y la oración, en palabras huecas al aire…

Mi devoción matinal pregunta a Dios: “¿Por qué para muchos la fe es tan fácil y segura, por qué no para mí? 


Duda.

Dudas.

El eclipse de Dios nos eleva a la duda. A la pregunta. A cuestionar. A la soledad.

–Dios, ¿dónde estás?, ¿eres real?

–Dios, ¿por qué callas?, ¿por qué te distancias de mí?

–¿Por qué a mí?

Nosotros también gritamos, -¡Padre, ¿por qué me has desamparado?!-

Que nadie nos juzgue por esto.

Que nadie nos condene por sentirnos tan bíblicamente.

Confesó una vez la madre Teresa de Calcuta: “No crea que mi vida espiritual está colmada de rosas, son flores que casi nunca encuentro en mi camino. Al contrario, con frecuencia me acompaña "la oscuridad.”

 

Sumergidos en el eclipse, nos queda orar, así nuestras oraciones sean ateas.

¡Dios también oye a los incrédulos que creen y quieren creer!

¡Qué tal que no!

Estaríamos jodidos.

 

Los eclipses no duran para siempre: pasan.

El eclipse de Dios tampoco es para siempre: pasa.

Él siempre hace resplandecer su rostro sobre nosotros dándonos paz.

Benditas también las alboradas de la fe.

Bienvenida la luz cuando a mi alma grita el Creador: –¡sea la luz! 

Y es la luz.


©2022  Ed. Ramírez Suaza

miércoles, 2 de febrero de 2022

DIOS TAMBIÉN ES MUNDANO

 Lo que nos viene a la mente cuando pensamos en Dios es lo más importante de nosotros.

A.W. Tozer





Al mirar por la celosía de la ventana de mi casa, percibí a Dios de una manera muy singular: ¡lo vi mundano! 

No me refiero a "mundano" en el sentido moralista: pecador, descarriado del evangelio, o algo por el estilo. No, en absoluto. Me refiero a mundano en el sentido de que a este mundo lo crea y lo recrea, lo escucha, lo visita, y lo incluye en la agenda de su amor. En los días primigenios, al crear nuestro mundo, solía decir: "¡Esto es bueno en gran manera!". De hecho, siempre me basta una simple mirada a todo lo que mis ojos pueden contemplar para ser consciente de que este universo fue hecho en él, por él y para él.

Él ama a su creación desmedidamente.
Le duele su deterioro.

Soy y estoy consciente de que él ha sido, es y seguirá siendo el dador de todas las vidas que habitamos esta inmensa casa llamada Tierra. Desde la eternidad, señorea toda la creación: lo visible y lo invisible. Él es el Dios de las aguas y del viento, el Amo del fuego volcánico y de la lluvia. Gobierna el sol y todas las estrellas, disfruta contemplar la vida silvestre y atiende a su clamor.

Tan mundano es en medio de sus perfecciones, que no estimó el ser Dios como algo a lo que aferrarse. ¡Quién lo creyera! Decidió vaciarse a sí mismo para humanizarse. ¡Qué manera tan sorprendente y hermosa de hacerse existencialmente mundano!

La religión, desde algún momento, nos enseñó a dicotomizar la vida, a ver lo terrenal como algo esencialmente malo o pecaminoso. En consecuencia, preferimos utopías que son exclusivas de una espiritualidad ajena, distante e indiferente con la realidad terrestre, a veces ilusas ante expectativas imaginarias.

Una dicotomía es un dilema que presenta dos aspectos que deberían ser complementarios o íntegros como si fueran opuestos. Por ejemplo: El cristiano y las buenas obras. El Espíritu Santo y el quehacer académico de la teología. Jesús y su alegría. El cuerpo y el alma. Dios y su creación, por mencionar algunas.

Entre Dios y la vida terrestre no hay opuestos, antagonismos ni separación alguna. Esta creación le pertenece y habita en su plenitud. Entre Dios y la alegría no hay distancias. Entre Dios y los placeres no hay contradicción; de hecho, la vida cristiana es placentera o no es cristiana. Entre Dios y su creación no hay enemistad. Por el contrario, existe un vínculo indestructible entre Dios, que es Espíritu, y su creación tangible.

Jesús es el rostro perfecto y extraordinariamente mundano de Dios. Note las evidencias:
Nació en un pesebre de Belén.
Fue migrante en Egipto.
Se crio en Nazaret, y su primer trabajo fue la carpintería.
Sus caminos predilectos fueron los senderos polvorientos de Galilea.
Sus amistades se destacaron entre pecadores, prostitutas y cobradores de impuestos (¡Qué mundano!).
Ofreció su abrazo cálido y sin escrúpulos al leproso.
Su compasión genuina fue innegable con las adúlteras.
Su afecto por sus amigos fue leal y puro.
Entre sus títulos preferidos: el Hijo del Hombre (no de Dios, ¡del hombre!).
Estuvo cómodo en las fiestas. Fue comilón y bebedor de vino; hacedor de vino, ¡y del mejor! El objeto de su amor siempre fue evidente por el mundo y sus habitantes. Su transporte: de vez en cuando un burro, pero era más común verlo sobre una barca artesana de humilde pescador. Fue alegre, a veces triste, confiado. En el ocaso de su vida terrenal, estuvo asustado, hambriento, cansado, amado, odiado. Fue religiosamente subversivo. Rió, lloró, huyó, enfrentó, sufrió… Él es el mundano perfecto y la persona de referencia por excelencia para que nosotros existamos así, mundanos como él.


©2022  Ed. Ramírez Suaza


martes, 18 de enero de 2022

EL CHISME: sabroso pero fatal

 


Cuando la ira se extienda por tu pecho, vigila que tu lengua no ladre malignamente.

Safo (siglo VII- VI a.C.)





Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi la capacidad destructiva, despiadada, inmisericorde y enfermiza que tiene el chisme. 

En la medida que el chisme avanza de boca en boca, de oído en oído, éste se agiganta cual Goliat temerario e intimidante; ante el fenómeno, la verdad que intenta enfrentarlo se fragiliza, se minimiza y se menosprecia.

De alguna manera, el vil encanto del chisme hechiza a los chismosos con un maleficio que les empaña la caridad humana, oscurece al corazón y les endurece, para ser cruel, el alma.


No todos los chismes son dañinos ni todos son falsos ni todos son verdaderos ni son del todo falsos ni del todo verdaderos. El chisme y el rumor necesitan de lo incierto, de la sospecha, de cierto margen de desconocimiento para poder ser atractivo, cautivante; de lo contrario perdería su fascinación y su fuerza para ir de boca en boca.


No todos los chismes se crean con la intención de destruir a alguien; hay chismes que surgen para aspirar a un bien, a un logro especial, a una conveniencia colectiva, entre otras. 

Aún así, no es justificable. 

Otros chismes llevan el determinante propósito de dañar, destruir la imagen de alguien.


Hay todo un abanico de posibilidades en el universo del chisme: “se encuentran chismes políticos, de farándula, económicos, institucionales, religiosos, culturales, intelectuales o literarios, entre otros. Así mismo, en relación con los propósitos que ellos encierran pueden tenerse: chismes difamatorios, propositivos, anecdóticos, positivos y negativos.” [1]


Digo esto, porque el chisme pareciera ser un motor social, aparentemente valioso. Llegó a decir Nicholson: “El chisme es bueno para la persona, la hace psicológicamente más positiva.” [2] Inclusive, se ha llegado a decir que el chisme es “una actividad social que se disfruta, que relaja y que permite la construcción de vínculos.”[3] De hecho poseen su propia “utilidad”: “Sirven para debilitar, romper o fortalecer relaciones.”[4]


La Biblia dice:

  • No andes difundiendo calumnias entre tu pueblo, ni expongas la vida de tu prójimo con falsos testimonios. Yo soy el Señor. 

No alimentes odios secretos contra tu hermano, sino reprende con franqueza a tu prójimo para que no sufras las consecuencias de su pecado (Levítico 19.16- 17).

  • El de labios mentirosos disimula su odio, y el que propaga calumnias es un necio (Proverbios 10.18).

  • El perverso provoca contiendas, y el chismoso divide a los buenos amigos (Proverbios 16:28).


Las palabras bíblicas que van contra el chisme y más me asombran están en la epístola de Santiago cap. 3.6, que dicen así: –También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida.– Sin perder el hilo, Santiago relacionó este poder destructor de la lengua con una sabiduría diabólica. Literalmente dijo: –... esa no es la sabiduría que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente humana y diabólica– (Santiago 3.14).

El Dr. Pablo Deiros comentando este capítulo 3 de Santiago escribió: 


¿Se ha preguntado alguna vez por qué cuando uno va al médico, una de las primeras cosas que éste hace para realizar su diagnóstico es pedirnos que le mostremos la lengua? Es que la lengua puede indicar cuál es el estado del organismo. Algo así es lo que hace Santiago en un sentido moral. Él llama la atención sobre el estado de la lengua como indicador del carácter del creyente, sea éste maestro o discípulo en la comunidad de fe. [5]


Nuestras lenguas evidencian el estado moral y espiritual en el que estamos. 


La lectura a las palabras de Santiago me animan a afirmar que, el chismoso recibe por obra del diablo un impulso capaz de destruir a su prójimo; adquiriendo una unción luciferina, una sabiduría, una fuerza y capacidad para atentar contra su hermano o hermana, hundiéndole la vida hasta los “sótanos del infierno”.


Todos en alguna medida y ocasión hemos sido chismosos o nos llegamos a encontrar perjudicados por chismes. No nos mintamos a nosotros mismos: el chisme es sabroso cuando se trata de otros, pero cuando uno es el perjudicado, el chisme es amargo.


Hay verdades que debemos tener siempre presente, como ésta por ejemplo: “quien te habla mal de otros, es capaz de hablarle a otros mal de ti.”


Lo mejor que podemos hacer ante el chisme es contener nuestros oídos y bocas; porque no sólo somos responsables de lo que decimos, también lo somos de lo que oímos.

No sólo es chismoso quien dice lo que debe callar, lo es quien escucha lo que debe evitar.

Ambas acciones nos seducen: hablar de otros y/o escuchar acerca de otros lo que no nos incumbe o consta. Con esta realidad quedamos delatados: tenemos una inclinación aberrante al chisme.


Nadie es capaz de superar el poder del chisme, nadie lo ha logrado en toda nuestra historia humana, no seremos nosotros quienes lo logremos. ¡Es imposible!

Lo que sí podemos hacer es autocontrolarnos la lengua y los oídos. 

Podemos evadir conversaciones que desembocan en murmuraciones, runrunes, comentarios malintencionados sobre otros y cosas semejantes a estas. 

Inclusive, en este proyecto de “higiene oral y auditivo” nos veremos en la necesidad de distanciarnos de personas con lenguas indomables. 


Nuestra meta y desafío es ser como Jesús.

Hablar como él habló y escuchar como él lo hizo.

Nada es mejor que esto.


©2022  Ed. Ramírez Suaza




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1  Nevis Balanta Castilla. “La seducción del chisme”. TECNURA 10. I SEMESTRE DE 2002. 91- 96

2  Nicholson, en Lourdes Pietrosemoli “El chisme y su función en la conversación”. Lengua y Habla, núm. 13, enero-diciembre, 2009, pp. 55-67

3  Ben-Ze'ev. de Sousa en Nicholson, en Lourdes Pietrosemoli “El chisme y su función en la conversación”. Lengua y Habla, núm. 13, enero-diciembre, 2009, pp. 55-67

4  Nevis Balanta Castilla. “La seducción del chisme”. TECNURA 10. I SEMESTRE DE 2002. 91- 96

5  Pablo Deiros. Comentario Bíblico Hispanoamericano: Santiago y Judas, Miami: Caribe (1992): 166

jueves, 26 de noviembre de 2020

ENCUÉNTRATE EN MÍ

un redescubrimiento de sí mismo en la mirada de Dios

 

Génesis 32.22- 32



Escuchando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, oí una y otra vez a gentes decir: -¡Voy hacer un viaje para encontrarme conmigo mismo!-

A decir verdad, buscarse a sí mismo me parece un ejercicio legítimo; ya que todos en algún momento de la vida nos hemos perdido.

En cuanto a la búsqueda de sí mismo, también cabe decir: es imposible que nosotros mismos nos encontremos. El verdadero hallazgo a nuestro ser acontece cuando es Dios quien nos encuentra.

Así, como aconteció en los relatos bíblicos del patriarca Jacob, un hombre quien se perdió así mismo en el vivir y desvivirse de su existencia, hasta que de maneras maravillantes y sorpresivas fue hallado por Dios.

El ciclo de Jacob en el Génesis comienza en el capítulo 25 con esta expresión particular del libro: ‘elleh toledot que traduce al español: “estos son los descendientes de…” y desde entonces la vida de Jacob se desarrolla entretejida con la de Dios para introducirnos a lo que la teóloga española, Elisa Estévez, llama: la pedagogía del sentido. Sentido al que renunció Jacob cuando encontró en el engaño y en el fraude el sobreponer sus intereses por encima del de los demás.

Encontró en el fraude y en el engaño las riendas con las cuales asumir su existencia.

El inicio de su vida quedó grabado con las huellas de rivalidad que tejió con su hermano Esaú desde que era un feto y que se volvió más tensa cuando engañó a su padre Isaac, aprovechando que éste estaba lleno de días e invidente, a fin de “robarse” la bendición que correspondía, de manera exquisita, a su hermano.

Bien dijo Esaú lamentando la trampa de Jacob: «Con razón se llama Jacob, pues me ha suplantado estas dos veces: se llevó mi primogenitura, y he aquí que ahora se ha llevado mi bendición» (27.36).

Esta trampa colosal obligó a Jacob a emprender una huída.

Sí, huir de su hermano; de su casa y -¡quién lo creyera!- de sí mismo.

No sólo Esaú llegó a lamentar con profundo dolor los engaños de su hermano; Labán, quien sería su suegro, también experimentó en carne propia las trampas de Jacob, pues con mañas y astucia se hizo rico despojando a su suegro de animales, quien tampoco jugó limpio con él.

Bien podríamos afirmar que esta vez fue una relación de trampas entre tramposos.

Así se fue consolidando la vida de Jacob, desvinculado por completo de la honestidad y la honradez.

La noche o la oscuridad ha desempeñado un papel importante en la vida de este hombre: pues en la oscuridad de los ojos de su padre robó la bendición de su hermano. En la noche, amando a Raquel, le fue dada como esposa a su cuñada Lea. Apareció en el camino de Jacob uno de su propia calaña, uno que también aprovechó la oscuridad para engañarlo.

Como también aconteció en la oscuridad de la noche que Dios lo encontró.

Faltando todo por decir respecto a su vida, ocupémonos de aquella noche maravillosa, aquella bendita oscuridad en la que Jacob se pudo ver, al fin, en la mirada de Dios.

El día de aquella noche fue para Jacob como algo fatídico; presentía lo peor para sí. Su peregrinaje en dirección a casa le obligaba a encontrarse con su hermano Esaú.

Angustiado.

Preocupado e invadido de temores, empezó astutamente a mandar regalos a su hermano en grupitos de animales: camellos, vacas, ovejas; en fin. Jacob esperaba que cada presente lo sensibilizara un poco.

El colmo en aquel día fue cuando, para librar su pellejo, envió a sus mujeres y a sus once hijos delante de él, esperando el mismo efecto en su hermano: compasión.

Al caer la tarde y llegar la noche, Jacob se quedó sólo, luchando, hasta que dio con un contrincante: Dios mismo.

Regularmente nos cuesta entender la lucha de Jacob contra Dios, como si este hombre hubiese podido agarrarse de Dios, de su mano o pie y no soltarlo.

La pregunta que nos interrumpe el relato puede ser la siguiente: -¿cómo puede un hombre agarrar a Dios y no soltarlo?- Oseas 12. vv. 4 el final y vv. 5 nos ofrecen un comentario bíblico al respecto. Dice así: Jacob, “cuando fue adulto luchó con Dios. Luchó con el Ángel y le venció, lloró y le imploró. En Betel lo encontró y allí habló con él.”

La oscuridad y la soledad de aquella noche propiciaron un encuentro especial entre Jacob y Dios, porque dicho encuentro se tejió con los hilos de la oración y de la intercesión.

Fue una vigilia en la que el patriarca se humilló de corazón, y con plegarias viscerales clamaba: -¡Bendíceme! ¡Bendíceme!-

Fue intensa la noche.

Fue intenso su clamor.

El texto sagrado dice que Dios mismo le pedía que dejara de hacerlo; que ya era suficiente clamor; pero el patriarca con más sinceridad, una de la cual no tenía idea de que la poseía, oraba con más fervor: -¡Bendíceme! ¡Bendíceme!-

Ante visceral insistencia, Dios lo bendijo dislocándole el fémur. Esta es una manera extraordinaria de decir que Dios cambió su manera de caminar. También fue bendecido con un nuevo nombre: Israel.

Jacob estuvo perdido, se buscó a sí mismo en Dios.

Se rindió.

Dejó de luchar con mañas y engaños para empezar a luchar con plegarias, súplicas, oraciones viscerales que no se apoyaban en su propia astucia, sino que se apoyaban en la bondad del Dios de sus ancestros.

Un día Jacob fue capaz de robarse una bendición; en el cap. 27.35 le dijo Isaac a Esaú: -Ha venido astutamente tu hermano y se ha robado la bendición.- Pero esta vez, no fue capaz de robar una bendición más; se agotó su astucia, Dios lo llevó al fin de su propio engaño; tuvo que reconocerse incapaz de seguir robando; entonces se dio cuenta que podía luchar con Dios en oración.

En aquella oscuridad sus ojos empezaron a verse con claridad, en la medida que su Dios, el de Betel, iba siendo invocado. Su invidencia, en relación con su propio ser, fue siendo curada.

Dios se manifestó a él.

En aquella manifestación pudo conocer dos personas: se descubrió a sí mismo en Dios y vio a Dios.

Transcurrida una noche de intercesión, de lucha con Dios; comenzó el amanecer, la luz del día y la luz de Dios que generaron cambios profundos y sustanciales en aquel patriarca, y su petición fue respondida. Jacob rogó toda la noche para ser bendecido, y Dios lo bendijo con una herida y una nueva identidad. La herida transformó por completo su manera de caminar, y el nombre le resignificó la vida; en aquel momento Jacob sintió que una identidad falsa, embustera que le acompañó todos los años vividos hasta ese entonces; se diluía entre las sombras que empezaban a ser derrotadas por la luz de un nuevo día y la verdad le empezaba a liberar de todos sus fantasmas, temores, demonios, embustes y fracasos. Se encontró en Dios, allí se descubrió y encontró un nuevo significado para su existir: ¡Israel! Un luchador. Un valiente que se atrevió a enfrentar a Dios y triunfó.

Por primera vez Jacob se pudo contemplar a sí mismo como cuando alguien se contempla en un espejo, sólo que este hombre se contempló en la mirada de Dios. Y en ella, él no era un embustero, tramposo, ventajoso, embaucador. No señores; era un vencedor.

Nunca podremos vernos a nosotros mismos en alta definición, hasta que no nos descubramos en la dulce mirada de Jesús.

Cuando Jesús luchó igual que Jacob, con ruegos y llantos en un cuadrilátero frente al Padre, salió de allí con un triunfo de otro color: derrotado. Jesús se encontró en el huerto Getsemaní a punto de ser entregado para ir a la cruz. Muchas fueron las sensaciones que invadieron su vida y le hicieron pensar que podía existir en la mente del Padre celestial un “plan B”: -Padre, si es posible pasa de mí esta copa-. Este ruego lo hizo durante tres horas. Según Lucas, Jesús rogó, lloró, sudó gotas de sangre pidiendo que pasara de él ese cáliz. Pero no funcionó: Dios le dio el cáliz que Jesús quería evitar.

A veces salimos de la presencia de Dios triunfantes, le ganamos. Aunque en realidad él gana siempre. O salimos como Jesús, con una derrota tan clara como el cristal. Pero al final, Jacob y Jesús triunfaron a la manera de Dios. Jacob salió herido, cojo, pero bendecido. Jesús salió como el Señor de señores; así lo confirma la resurrección.

Es que, no hay mejor victoria que salir de su presencia derrotados.

Además, con un tesoro invaluable: nos re-descubrimos hallados, encontrados, contenidos en Dios.

Cada que me siento extraviado, en Cristo estoy; en él me encuentro.

Si alguna vez te llegas a extraviar, recuerda: te encuentras en Dios.


©2020 Ed. Ramírez Suaza  

 



[1] Paráfrasis de un poema de Teresa de Jesús titulado: “Búscame en ti”.

lunes, 19 de octubre de 2020

TORMENTAS

TORMENTAS
cuando la mente se mueve como una centrifugadora


En la galardonada novela “El despertar de la señorita Prim” escrita por Natalia Sanmartin, aparece una muy llamativa conversación de la cual les comparto un diminuto segmento:

-Hábleme del fragor, señorita Prim. Nunca habría imaginado que una cabeza tan pulcra y delicada como la suya albergase una tormenta, créame.-

 Entonces ella respondió:

-Le advierto que no sé cómo explicarlo del todo– comenzó. -Digamos que hay días, aunque afortunadamente son pocos, en que tengo la sensación de que el interior de mi cabeza se mueve como una centrifugadora.-

 

Entre el vivirnos y desvivirnos también albergamos tormentas dentro de la cabeza.

La mente, como si fuese una centrifugadora, hace girar descontroladamente un montón de angustias; preocupaciones; miedos; incertidumbres; afanes; dudas; desencantos; emociones… y muchas cosas más, empujando despiadadamente al alma sobre incomprensibles remolinos de desesperación, de acoso por suplir lo necesario y lo innecesario; casi siempre, apremiado por alcanzar lo básico para sobrevivir.

 

Así, no nos va quedando tiempo de ser humanos.

Así, quedamos desvinculados de la trascendencia; de la dignificación existencial; del gozo; de la paz.

Así, se nos borra del camino el sentido para peregrinar la vida.

Así, nos vamos cansando de preguntar: -¿habrá un día en el que cesen estas tormentas?-

 

Las Sagradas Escrituras exponen diversas mentes que albergaron inmensas tormentas, quienes entre confesiones sinceras llegaron a decir:

·        ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? (Salmo 42.5).

·        …me hizo sacar del pozo de la desesperación… (Salmo 40.2).

Jesucristo también llegó a padecer violentas tormentas en su interior, y en un momento de insoportable angustia clamó: -Padre mío, si es posible, pasa de mí esta copa…- (Mateo 26.39).

 

Imagina lo tormentoso que es un alma abatida.

Imagina lo tormentoso que es un interior humano perturbado.

Imagina lo tormentoso que es sentir la mente atrapada dentro de un pozo de desesperación.

O no. No necesitas imaginarlo, porque precisamente tu cabeza por dentro, ahora mismo, se mueve como una centrifugadora.

 

Esta vorágine produce en el alma sed. Apetito. Ganas. Ansia.

Anhelo de oasis.

Añoranza de sosiego.

Calma. Deseo desesperado de calma.

Un querer: ser capaz de silenciar por un momento la mente.

Un ojalá. Sí, de ser arriesgado para decirle a la tempestad: -¡silencio!- Y que haga silencio.

 

Poetas de antaño, como Los Hijos de Coré, en medio de un tsunami allá, adentro del alma, llegaron a reclamarse a sí mismos: -¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?-

Esta pregunta retórica para dialogar consigo mismo, insinúa dulcemente la desesperación que les produjo existir con el alma en tempestad. Ante la desesperación, los poetas se animaron a esperar en Dios. Algo similar ocurría dos poemas atrás en el libro de los Salmos (Salmo 40), cuando el orante decía: -Pacientemente esperé en el Señor y él se inclinó a mí… me sacó del pozo de la desesperación…-

 

En Dios espera el cristiano.

Espera el diligente; el paciente; quien cree y quien ama.

Sin fe y sin amor es imposible esperar.

 

Esperar es la acción arriesgada con la que, por la fe y el amor, se mueve el esperante hacia lo esperado, porque la esperanza cristiana es activa, no pasiva; es operativa y no meramente contemplativa.[1]

Esperar en Dios nunca ha significado cruzarse de brazos, todo lo contrario, ha significado y significa desplazarse en dirección a lo que espera. Luchar por su esperanza. Esforzarse por ella sin caer en la tentación de desesperarse.

El esperante en Dios persiste en esperar. Y como una recompensa poética, en la belleza de haber esperado, pueda decir para maravilla de otros: -Pacientemente esperé en el Señor y él se inclinó a mí y escuchó mi clamor. Me sacó del pozo de la desesperación… puso mis pies sobre una roca y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca un cántico nuevo…- (Salmo 40).

Los poetas, Hijos de Coré, decían en el dulce reclamo a su propio ser: -Espera en Dios; porque aún he de alabarle…-

Esperar en Dios es el arte humano de confiarle plenamente la vida. No sólo cuando la cabeza alberga tormentas, también cuando alberga una calma o una calma peligrosa.

 

Ninguna tormenta es para siempre.

Ninguna calma es para siempre.

Existimos entre compases amalgamados que van y vienen entre la calma y la tormenta.

Al llegar la tormenta, esperamos calma. Al llegar la calma, esperemos tormentas.

Bailando el vals de estas esperas, vamos confiando en Dios, porque aún hemos de alabarle.


©2020 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Juan L. Ruiz de la Peña. “Esperar en tiempos de desesperanza”. Revista de espiritualidad, 52 (1993), 85-104

martes, 7 de julio de 2020

TRAICIONES


Un traidor puede traicionarse a sí mismo y hacer involuntariamente un bien.

J.R.R. Tolkien 


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi por fin una de las cosas más sorprendentes de la existencia humana: un abanico de auto-traiciones muy amadas, por más odiosas que puedan ser; capacidades dolorosas de quebrantar la fidelidad que nos debemos, manifestando así una falta de respeto consigo mismo.

Muchas veces hemos sido nuestros propios Judas: vendemos nuestras preciosidades del alma por menos que veinte míseras monedas de plata.

Pocas veces somos atrevidos para hablarnos de esa capacidad innata de dar la espalda a quien se nos ocurra sin explicaciones, sin justificaciones justas, sin argumentos lógicos, sin humildad para reconocerlo.

Corazones bellacos, aun, para consigo mismo.

Me resulta insólito pensar que las capacidades de auto-traición parecen ser inherentes en el ser humano desde su nacimiento. Quien se auto-traiciona lo hace por confusión, porque se auto-engaña al encontrar en sus lógicas, razones para evadir la verdad que le duele o que le resulta desagradable o inaceptable. Ejemplo, cuando en la vida conyugal uno de ellos es infiel. Quien padece el engaño, justifica las ausencias del otro. Justifica sus desamores; se somete a vivir en las ascuas de la duda y se esfuerza por creer las excusas de quien engaña. No acepta la verdad porque es más doloroso. Se esfuerza por hacer del auto-engaño un mecanismo de defensa, pero es una defensa que hiere profundamente. Es un escudo con filo agudo, que sólo hiere para un sólo lado; para el lado de quien lo usa. De iguales modos o semejantes, nos auto-traicionamos la vocación; la misión existencial que discernimos para nosotros mismos; nuestros deleites sagrados; nuestro proyecto de vida; nuestros descansos y posibilidades de paz interior; nuestra fe.

Quien padece de estos infortunios debe aprender a tener autocompasión; a ser amable consigo mismo; a intentar comprenderse; a conocerse. Porque, entre otras, la auto-traición marchita al alma; amarga al corazón; llena de frío la existencia; desorienta los pasos; nubla el camino; borra la dulzura de los ojos y llena de hiel la boca.

Todo ser humano debe aprender a redescubrirse en la mirada de Jesús, como si sus ojos fueran el espejo a través del cual cada uno puede mirarse, contemplarse, conocerse, apreciarse.

En otros espejos, en otras miradas; la verdadera identidad se escapa, se esconde, se deforma.

En la mirada de Jesús, el ser humano es invitado a vivirse como criatura en las manos de Dios. Y en un instante revelador, “la humildad se le propone como epifanía de su auténtico ser, como experiencia de humanización, y al mismo tiempo, como ámbito de revelación del rostro de Dios.”[1]

En plena conciencia de quién es y de quién es Dios, amarse a sí mismo es inevitable.

Serse fiel es placer.

Autocompadecerse es camino.

Redescubrirse es vida.

Auto-perdonarse es aprendizaje.

Reorientarse es un don.

La fidelidad es creadora del ser y en su camaradería con la verdad es liberadora.

En la fidelidad de Dios, el ser humano se permite construir y ser construido como mejor persona; como mejor amigo de sí mismo, de su prójimo y de su Creador.

En la verdad de Dios, el ser humano se libera y es libre de los engaños, algunos con dulce apariencia que le enajenan con miedos, inseguridades, caprichos pasajeros y posibilidades continuas de auto-traición.

Recibir el don de la fidelidad y de la verdad, es volver a vivir.

Es vivir en aras de plenitud.

Profesarse fidelidad es equivalente a amarse libremente. Inclusive, amarse puede ser referente para poder amar a otros con libertad: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

La vida es bien vivida cuando se aprende a existir con respeto. Respeto a Dios. A sí mismo y a los semejantes. La vida es mal interpretada y mal vivida cuando se pierden todas las posibilidades y oportunidades de respetar su propio ser y el de los demás.  


©2020 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Elisa Estévez L. “Para tu libertad bastan mis alas: encuentro de Jacob con la divinidad.” Aletheia. He visto al que me ve. EVD, Estella, (2006): 92- 125


EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...