lunes, 19 de octubre de 2020

TORMENTAS

TORMENTAS
cuando la mente se mueve como una centrifugadora


En la galardonada novela “El despertar de la señorita Prim” escrita por Natalia Sanmartin, aparece una muy llamativa conversación de la cual les comparto un diminuto segmento:

-Hábleme del fragor, señorita Prim. Nunca habría imaginado que una cabeza tan pulcra y delicada como la suya albergase una tormenta, créame.-

 Entonces ella respondió:

-Le advierto que no sé cómo explicarlo del todo– comenzó. -Digamos que hay días, aunque afortunadamente son pocos, en que tengo la sensación de que el interior de mi cabeza se mueve como una centrifugadora.-

 

Entre el vivirnos y desvivirnos también albergamos tormentas dentro de la cabeza.

La mente, como si fuese una centrifugadora, hace girar descontroladamente un montón de angustias; preocupaciones; miedos; incertidumbres; afanes; dudas; desencantos; emociones… y muchas cosas más, empujando despiadadamente al alma sobre incomprensibles remolinos de desesperación, de acoso por suplir lo necesario y lo innecesario; casi siempre, apremiado por alcanzar lo básico para sobrevivir.

 

Así, no nos va quedando tiempo de ser humanos.

Así, quedamos desvinculados de la trascendencia; de la dignificación existencial; del gozo; de la paz.

Así, se nos borra del camino el sentido para peregrinar la vida.

Así, nos vamos cansando de preguntar: -¿habrá un día en el que cesen estas tormentas?-

 

Las Sagradas Escrituras exponen diversas mentes que albergaron inmensas tormentas, quienes entre confesiones sinceras llegaron a decir:

·        ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? (Salmo 42.5).

·        …me hizo sacar del pozo de la desesperación… (Salmo 40.2).

Jesucristo también llegó a padecer violentas tormentas en su interior, y en un momento de insoportable angustia clamó: -Padre mío, si es posible, pasa de mí esta copa…- (Mateo 26.39).

 

Imagina lo tormentoso que es un alma abatida.

Imagina lo tormentoso que es un interior humano perturbado.

Imagina lo tormentoso que es sentir la mente atrapada dentro de un pozo de desesperación.

O no. No necesitas imaginarlo, porque precisamente tu cabeza por dentro, ahora mismo, se mueve como una centrifugadora.

 

Esta vorágine produce en el alma sed. Apetito. Ganas. Ansia.

Anhelo de oasis.

Añoranza de sosiego.

Calma. Deseo desesperado de calma.

Un querer: ser capaz de silenciar por un momento la mente.

Un ojalá. Sí, de ser arriesgado para decirle a la tempestad: -¡silencio!- Y que haga silencio.

 

Poetas de antaño, como Los Hijos de Coré, en medio de un tsunami allá, adentro del alma, llegaron a reclamarse a sí mismos: -¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?-

Esta pregunta retórica para dialogar consigo mismo, insinúa dulcemente la desesperación que les produjo existir con el alma en tempestad. Ante la desesperación, los poetas se animaron a esperar en Dios. Algo similar ocurría dos poemas atrás en el libro de los Salmos (Salmo 40), cuando el orante decía: -Pacientemente esperé en el Señor y él se inclinó a mí… me sacó del pozo de la desesperación…-

 

En Dios espera el cristiano.

Espera el diligente; el paciente; quien cree y quien ama.

Sin fe y sin amor es imposible esperar.

 

Esperar es la acción arriesgada con la que, por la fe y el amor, se mueve el esperante hacia lo esperado, porque la esperanza cristiana es activa, no pasiva; es operativa y no meramente contemplativa.[1]

Esperar en Dios nunca ha significado cruzarse de brazos, todo lo contrario, ha significado y significa desplazarse en dirección a lo que espera. Luchar por su esperanza. Esforzarse por ella sin caer en la tentación de desesperarse.

El esperante en Dios persiste en esperar. Y como una recompensa poética, en la belleza de haber esperado, pueda decir para maravilla de otros: -Pacientemente esperé en el Señor y él se inclinó a mí y escuchó mi clamor. Me sacó del pozo de la desesperación… puso mis pies sobre una roca y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca un cántico nuevo…- (Salmo 40).

Los poetas, Hijos de Coré, decían en el dulce reclamo a su propio ser: -Espera en Dios; porque aún he de alabarle…-

Esperar en Dios es el arte humano de confiarle plenamente la vida. No sólo cuando la cabeza alberga tormentas, también cuando alberga una calma o una calma peligrosa.

 

Ninguna tormenta es para siempre.

Ninguna calma es para siempre.

Existimos entre compases amalgamados que van y vienen entre la calma y la tormenta.

Al llegar la tormenta, esperamos calma. Al llegar la calma, esperemos tormentas.

Bailando el vals de estas esperas, vamos confiando en Dios, porque aún hemos de alabarle.


©2020 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Juan L. Ruiz de la Peña. “Esperar en tiempos de desesperanza”. Revista de espiritualidad, 52 (1993), 85-104

martes, 7 de julio de 2020

TRAICIONES


Un traidor puede traicionarse a sí mismo y hacer involuntariamente un bien.

J.R.R. Tolkien 


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi por fin una de las cosas más sorprendentes de la existencia humana: un abanico de auto-traiciones muy amadas, por más odiosas que puedan ser; capacidades dolorosas de quebrantar la fidelidad que nos debemos, manifestando así una falta de respeto consigo mismo.

Muchas veces hemos sido nuestros propios Judas: vendemos nuestras preciosidades del alma por menos que veinte míseras monedas de plata.

Pocas veces somos atrevidos para hablarnos de esa capacidad innata de dar la espalda a quien se nos ocurra sin explicaciones, sin justificaciones justas, sin argumentos lógicos, sin humildad para reconocerlo.

Corazones bellacos, aun, para consigo mismo.

Me resulta insólito pensar que las capacidades de auto-traición parecen ser inherentes en el ser humano desde su nacimiento. Quien se auto-traiciona lo hace por confusión, porque se auto-engaña al encontrar en sus lógicas, razones para evadir la verdad que le duele o que le resulta desagradable o inaceptable. Ejemplo, cuando en la vida conyugal uno de ellos es infiel. Quien padece el engaño, justifica las ausencias del otro. Justifica sus desamores; se somete a vivir en las ascuas de la duda y se esfuerza por creer las excusas de quien engaña. No acepta la verdad porque es más doloroso. Se esfuerza por hacer del auto-engaño un mecanismo de defensa, pero es una defensa que hiere profundamente. Es un escudo con filo agudo, que sólo hiere para un sólo lado; para el lado de quien lo usa. De iguales modos o semejantes, nos auto-traicionamos la vocación; la misión existencial que discernimos para nosotros mismos; nuestros deleites sagrados; nuestro proyecto de vida; nuestros descansos y posibilidades de paz interior; nuestra fe.

Quien padece de estos infortunios debe aprender a tener autocompasión; a ser amable consigo mismo; a intentar comprenderse; a conocerse. Porque, entre otras, la auto-traición marchita al alma; amarga al corazón; llena de frío la existencia; desorienta los pasos; nubla el camino; borra la dulzura de los ojos y llena de hiel la boca.

Todo ser humano debe aprender a redescubrirse en la mirada de Jesús, como si sus ojos fueran el espejo a través del cual cada uno puede mirarse, contemplarse, conocerse, apreciarse.

En otros espejos, en otras miradas; la verdadera identidad se escapa, se esconde, se deforma.

En la mirada de Jesús, el ser humano es invitado a vivirse como criatura en las manos de Dios. Y en un instante revelador, “la humildad se le propone como epifanía de su auténtico ser, como experiencia de humanización, y al mismo tiempo, como ámbito de revelación del rostro de Dios.”[1]

En plena conciencia de quién es y de quién es Dios, amarse a sí mismo es inevitable.

Serse fiel es placer.

Autocompadecerse es camino.

Redescubrirse es vida.

Auto-perdonarse es aprendizaje.

Reorientarse es un don.

La fidelidad es creadora del ser y en su camaradería con la verdad es liberadora.

En la fidelidad de Dios, el ser humano se permite construir y ser construido como mejor persona; como mejor amigo de sí mismo, de su prójimo y de su Creador.

En la verdad de Dios, el ser humano se libera y es libre de los engaños, algunos con dulce apariencia que le enajenan con miedos, inseguridades, caprichos pasajeros y posibilidades continuas de auto-traición.

Recibir el don de la fidelidad y de la verdad, es volver a vivir.

Es vivir en aras de plenitud.

Profesarse fidelidad es equivalente a amarse libremente. Inclusive, amarse puede ser referente para poder amar a otros con libertad: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

La vida es bien vivida cuando se aprende a existir con respeto. Respeto a Dios. A sí mismo y a los semejantes. La vida es mal interpretada y mal vivida cuando se pierden todas las posibilidades y oportunidades de respetar su propio ser y el de los demás.  


©2020 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Elisa Estévez L. “Para tu libertad bastan mis alas: encuentro de Jacob con la divinidad.” Aletheia. He visto al que me ve. EVD, Estella, (2006): 92- 125


jueves, 16 de abril de 2020

SILENCIO


Quien posee de verdad la Palabra de Jesús
es capaz de captar también la elocuencia de su silencio y dejarse invadir por él.
Carlos Eymar


Paisajes hermoso Que nos Regala nuestro PADRE Gudelia santanaEscuchando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, escuché el silencio de Dios.
Armónico
Sublime
Sincero
Desesperante
Profundo
Elocuente


En el principio Dios comenzó a manifestarse en su creación a través de la palabra, y fue con ella que derrotó al primer caos, la oscuridad y al vacío que sufrían los cielos y la tierra (Génesis 1).
Muy después, el ser humano comenzó a discernir que Dios mismo se identifica en la Palabra; y dicha comprensión la logró plasmar, sujeto al soplo del Espíritu, en estas líneas poéticas:

En el principio ya existía el Verbo,
y el Verbo estaba con Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba con Dios en el principio.
Por medio de él todas las cosas fueron creadas;
sin él, nada de lo creado llegó a existir (Juan 1.1- 3).

Dios que es la Palabra, nos dio las palabras.
Él que es la Palabra, usó palabras para dialogarnos y en esta iniciativa nos ha hecho cercanos. Amados. Importantes. Responsables de escucha.
Hemos sido creados también para escuchar los lenguajes del silencio; con mayor atención al Dios del silencio. Porque “el silencio es una forma de hablar que para ser entendida exige una actitud silenciosa” (S. Ignacio de Antioquía). Así como la música se compone de sonidos y silencios, el diálogo con Dios se posibilita entre palabras y silencios. Esto es arte y estética de la oración.

Pese a que la realidad es un lugar donde vienen aconteciendo muchos ruidos; el lugar menos silencioso es el corazón humano. El bullicio interno fragmenta las almas, corroe la vida y asfixia esa capacidad -casi divina- de maravillarnos ante lo bello, sublime y placentero que es escuchar el silencio de Aquel quien es la Palabra.

Pareciera ser que uno de los más lamentables padecimientos hoy entre los mortales es la discapacidad auditiva. Aprendimos a negarle escucha a quienes la necesitan, a quien nos la pide con dulce insistencia: “quien tenga oídos para oír, que oiga”. Inclusive nos negamos la escucha a nosotros mismos. Bien nos caería que el Maestro de Galilea nos sorprendiera con esta exhortación: “el que tenga oídos para oír, que se oiga”.
Nos está costando escuchar las palabras; más aún, nos resulta como un imposible escuchar el silencio.

Dios ha querido callar muchas veces y ¡lo ha hecho! Quizá hoy lo esté haciendo otra vez. Si ha querido callar por estos días, bien podríamos también callar y tejer con silencios una experiencia de Dios genuina, profunda y trascendente. Ahora bien, si no somos capaces de unirnos al silencio de Dios y al Dios del silencio; podemos abrirnos al lamento, lo cual es perfectamente legítimo, uniéndonos a los poetas bíblicos con palabras sentidas y nacientes de la hondura del alma afligida como estas:

●¿Por qué, Señor, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia?- Salmo 10.1
● Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamento. Dios mío, clamo de día y no me respondes; clamo de noche y no hallo reposo. Pero tú eres santo, tú eres rey, ¡tú eres la alabanza de Israel!- Salmo 22
●Escucha, Señor, mi oración; llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro cuando me encuentro angustiado. Inclina a mí tu oído; respóndeme pronto cuando te llame.- Salmo 102.1-2

El lamento es el apetito inmenso por escuchar a Dios, por sentir que en verdad sus plegarias han sido escuchadas y su voz atendida con diligencia; es el grito que pide confirmación al cielo de que sus oraciones sí llegaron hasta el corazón del Padre.
Insisto: nuestros diálogos con Dios se tejen con hilos de silencio y palabras.
Dios sabe escucharnos las palabras y los silencios. Nos corresponde aprender a escuchar su Palabra y sus silencios. Bien llegó a decir S. Kierkergaard: Dios -ya calle o ya hable, siempre es el mismo Padre; el mismo corazón paterno, cuando nos guía con su voz o nos eleva con su silencio”.

©2020 Ed. Ramírez Suaza 


martes, 11 de febrero de 2020

¡VANIDAD DE VANIDADES! Y ANTÍDOTO



La vanidad es arquitecta de apariencias e impulsora de villanías.


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi la fuerza magnética y deshumanizante de la vanidad. Vi personas malgastando la vida al perseguir, como si fuese vocación, las cosas que por oferta de estas nuevas modernidades les hacen sentir un prestigio social.
La esencia de la nueva oferta vanidosa consiste en esclavizar al ser humano al consumismo y en efecto dominó, a una desesperación sentimental por exhibir lo adquirido: ropa, tecnología, bienes, autos, amores, cuerpos… No se consigue, al parecer, resistir la tentación de presumir lo que logra, buscándose a sí mismo en los demás. Así, la persona disfraza su verdadero ser con esfuerzos desmedidos de querer parecer y proyectarse desde lo que no es,[1] porque “El vanidoso quiere ser alabado, aplaudido y admirado y siempre lo anda buscando.”[2]
Sin un amasijo de adulaciones siente desvanecerse en el sinsentido propio de su vana vida.

La vanidad es un abismo contra el alma, quien en ella cae nunca toca fondo.
Es un constante caer y caer y nunca dejar de caer, porque la vanidad es también un vacío.[3]
Es fácil llegar a ser vanidoso, inclusive sin darse cuenta, pues cada día hay que enfrentarse a una gigantesca industria de vanidad y a unos espíritus hinchados por ella misma, cuyas seducciones pueden ser irresistibles, aunque una mirada franca las reconocería como tiranas. Ella nos declaró la guerra y no sólo ha alcanzado significativos triunfos en nuestro ser, ha logrado endiosarse en estratégicos escenarios humanos como son la belleza; el trabajo; la religión; la política; las riquezas y otros.

Nos queda la responsabilidad de demoler la vanidad, antes de que ella lo continúe haciendo con nosotros. La vanidad del corazón propio. Porque la vanidad al timón de la vida es peligrosa: “destruye a quien la padece y a quienes padecen al vanidoso.”[4]

Dios se ha pronunciado contra nuestras vanidades y no cesa de hacernos el reclamo: -Hijos de hombres, ¿Hasta cuándo amarán la vanidad y buscarán la mentira? - (Salmo 4.2).
El reproche divino exige un cese de apetitos desmedidos por la vanidad y la mentira. Éstas conforman un matrimonio indisoluble, porque la vanidad siempre necesita de mentiras para poder sostenerse y cautivar el corazón humano con engaños que provocan ilusión, pero finalmente sólo pueden dar desencanto.

La contrapropuesta a un sistema envolvente de vanidad es la humildad. Ella es la alternativa para una vida que aprende a amar la belleza de la sencillez, no porque disfrute de cierta simpleza existencial; por el contrario, es una capacidad infatigable de maravillarse ante el don y el dador de la vida. Quien aprende a existir en la ruta de la sencillez, al alcanzar un logro; al adquirir algún bien; al encontrar un bonito amor; al practicar la piedad, no sufre de desesperación sentimental por exhibir todo esto con insaciables apetitos de adulaciones; simplemente los disfruta con profundas gratitudes ante Aquel quien es dador de toda buena dádiva.

La necesidad urgente de aprender a ser humildes, de maneras genuinas, nos apremia. De igual manera, precisamos distinguir la humildad de las falsas humildades, porque “La humildad no consiste en adornarse con plumas ajenas, ni tampoco en situarse, en la escalera, peldaños más debajo de lo que nos corresponde.”[5] El humilde tiene una mirada justa de sí mismo, se piensa con cordura, es paciente y comprensivo con sus propias limitaciones, cultiva el arte de ser buen amigo de sí mismo y luego, trata con la misma bondad a los demás. El arte de la humildad abraza la verdad con la mirada y con dignidad lo mirado. Es decir, aprende a reconocer su bajeza sin menospreciarse y a reconocer sus grandezas sin ostentarse. La verdad no lo acompleja ni lo hace vanidoso; simplemente lo hace libre y humano.

La humildad es oración para quienes la anhelamos, y lo hacemos con fe porque sabemos que recibiremos la gracia de ser humildes. Como bien lo llegó a decir C.S. Lewis:
…seremos humildes, deliciosamente humildes, y sentiremos el alivio infinito de habernos librado de una vez por todas de la insensatez tonta en cuanto a nuestra propia dignidad que nos convierte para toda la vida en seres desasosegados e infelices. Dios está tratando de hacernos humildes para que tal momento sea posible, de despojarnos del tonto y feo disfraz con el que nos hemos vestido y con el cual nos hemos pavoneado, como los pequeños idiotas que somos.[6]

La vanidad exhibe un ser fabricado con fantasías y falsedades. La vanidad cava un vacío sin fondo y arroja sus víctimas en él. Dios nos construye con humildad, con el privilegio de existir genuinamente en la veracidad que sólo se encuentra en la mirada del Creador. Existir a la luz de esta verdad, es un deleite sagrado y un anticipo glorioso de una humanidad restaurada.

©2020 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Aponte Rojas y Luis Alexánder.  "Identidad colombiana en Fernando González Ochoa." Franciscanum. Revista de las ciencias del espíritu LII, no. 154 (2010): 178
[2] C.S. Lewis. Cristianismo …y nada más. (Miami: Caribe, 1977): 126
[3] La palabra vanidad en griego es κενοδοξία (kenodoxía), traduce al español: engaño, vanidad, vacío. G. Kittel, G. Friedich y G. Bromiley (eds.). Compendio del diccionario teológico del NT. (Michigan: Desafío, 2003): 420
[4] Paco Sánchez. “Los empleados de la vanidad”. Nuestro tiempo, Nº. 703 (2019): 112
[5] María del Carmen García Estradé. “La humildad, camino de perfección y cimiento del castillo interior”. en línea: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5179464
[6] C.S. Lewis. Cristianismo …y nada más. (Miami: Caribe, 1977): 128

jueves, 26 de septiembre de 2019

LA ZARZA: una parábola política





En cierta ocasión los árboles de un bosque quisieron tener rey, y le pidieron al olivo que fuera su rey. Pero el olivo les dijo que no, pues para ser rey de los árboles tendría que dejar de dar aceite, el cual sirve para honrar tanto a los hombres como a Dios. Entonces los árboles le pidieron a la higuera que fuera su rey. Pero la higuera les dijo que no, pues para ser rey de los árboles tendría que dejar de dar sus dulces y sabrosos higos. Entonces los árboles le pidieron a la vid que fuera su rey. Pero la vid les dijo que no, pues para ser rey de los árboles tendría que dejar de dar su vino, el cual sirve para alegrar tanto a los hombres como a Dios. Por fin, los árboles le pidieron a un espino que fuera su rey. Y el espino les dijo que, si de veras querían que él fuera su rey, todos tendrían que ponerse bajo su sombra; pero si no querían que él fuera su rey, saldría de él un fuego que destruiría los cedros del Líbano.
(Jueces 9.8-15 DHH).

Dios nos cuenta historias
Uno de los recursos más destacados de la Biblia para narrar es la parábola. Pero, ¿qué es exactamente una parábola? Es una narración breve, a menudo expresada en un lenguaje poético, que introduce la intriga mediante elementos insólitos y a veces escandalosos. Juega con la realidad al presentar escenas que culminan en un desenlace extravagante.

El libro de los Jueces es un texto de singular fascinación. En él se recoge la voz de Dios en tiempos caóticos, anárquicos y oscuros. Durante este período, a los gobernantes del pueblo israelita se les llamaba "jueces", pero no eran solo magistrados civiles que administraban justicia y dirimían disputas. Primordialmente, eran libertadores investidos con el poder del Espíritu de Dios para salvar y guiar al pueblo en momentos de opresión y decadencia espiritual.

Entre los grandes protagonistas del libro de los Jueces destaca Gedeón. Dios lo llamó para que le sirviera no solo como juez, sino también como guerrero libertador de su pueblo. En efecto, Gedeón se convirtió en el "Simón Bolívar" de su época y de su nación.

Este hombre engendró setenta hijos. Además, en una de sus muchas aventuras extramaritales, concibió un hijo más, a quien llamó Abimelec (que significa: "mi padre es rey"). Tras la muerte de Gedeón, el poder debía recaer en los herederos. La gobernabilidad de la nación tendría que pasar, potencialmente, de una a setenta y una manos.
¡Demasiados caciques para tan pocos indios!

Un día, el hijo no reconocido apareció reclamando sus derechos de poder. Pero su demanda tenía un valor agregado: no quería una porción pequeña del poder. No deseaba ser el número setenta y uno; quería ser el único gobernante. Propuso, astutamente, la unidad nacional bajo un solo líder. Su familia materna lo respaldó, financiando una pandilla de mercenarios y vagabundos que actuaron como su escolta personal y sus asesinos a sueldo. Sin escrúpulos, Abimelec ordenó matar a todos sus setenta hermanos. Sesenta y nueve fueron asesinados el mismo día, en el mismo lugar. Solo Yotán, el hermano menor, logró escapar.

Una vez superados los obstáculos para ser el único juez de Israel, Abimelec convocó la ceremonia en la que sería investido como el único heredero "al trono". Fue entonces cuando Yotán, desde la cima de una pequeña montaña, interrumpió la coronación, recitando a viva voz la Parábola de la Zarza.

La Parábola de Yotán
La parábola de Yotán trata de un bosque cuyos árboles, en busca de un gobernante, acudieron a uno de los ejemplares más respetados de su territorio: el olivo. Los olivares eran la base de la economía palestina en aquellos días. No en vano fue su primera opción: —Puesto que nos generas tanta prosperidad y el comercio contigo es significativo por el aceite que ofreces al mundo, querido Olivo, ¡ven, reina sobre nosotros!

Pero el olivo, aunque era ideal y apto para gobernar, no quiso reinar en el bosque. En consecuencia, los árboles acudieron a la higuera, cuyos frutos eran la base del mercado de exportación. Los higos eran muy codiciados; la cuantiosa y costosa demanda comercial auguraba prosperidad al bosque. Pero la higuera tampoco quiso gobernar.

Los árboles fueron entonces en busca de la vid. Aunque no es un árbol, es una planta muy significativa a nivel mundial, pues su fruto es ideal para producir vino, otro elemento de consumo cotidiano y muy apreciado. Infortunadamente, la vid tampoco quiso gobernar.

Los árboles del bosque sintieron que habían agotado sus posibilidades de encontrar un buen gobernante. Rendidos, fueron a buscar la planta menos indicada para gobernarles: la zarza.

En Palestina, la zarza es considerada maleza, un matorral sin utilidad. Sus ramas no sirven, no da fruto alguno y, en temporadas de calor, al ser una planta seca, es la causa de incendios forestales. Cuando los árboles del bosque le pidieron que fuera su gobernante, la zarza, sin pensarlo dos veces, aceptó la oferta "democrática".
¡Qué ironía! ¡Qué tragedia!

Ironía
Esta parábola fabulesca de Yotán contiene una alta dosis de ironía. Los árboles valiosos y capaces de gobernar, aquellos que podían ofrecer prosperidad al bosque, rechazaron el cargo. En cambio, la peor planta del bosque, la que solo puede ofrecer destrucción y miseria, aceptó con gusto.

El primer candidato, el señor Olivo, era ideal, pero el argumento de su rechazo es muy significativo: —¿Voy a dejar de producir mi aceite, con el que se honra a Dios y a los hombres, para ir a mecer y a hacerme grande entre los árboles?

La segunda candidata, doña Higuera, rechazó la oferta por la siguiente razón: —¿Y debo abandonar la dulzura de mis frutos, para ir a mecer y a hacerme grande entre los árboles?

La tercera candidata fue doña Vid, quien respondió: —¿Y voy a dejar de producir mi vino, que es la alegría de Dios y de los hombres, solo para ir a mecer y a hacerme grande entre los árboles?

El olivo, la higuera y la vid valoraron demasiado su vocación de servicio a Dios y a los hombres como para abandonarla en pos de ser gobernantes. La zarza, sin nada bueno que ofrecer ni a Dios, ni a los hombres, ni al bosque, aceptó ser el "alcalde" de todo el parque.
¡Qué ironía! 
¿No le parece?

            Tragedia
La parábola de Yotán termina en un incendio. La zarza, pequeña, sin ramas verdes y compuesta de secos chamizos, dijo a los demás: —Vengan y busquen refugio bajo mi sombra. Pero si no me obedecen, saldrá fuego de mí y quemará los cedros del Líbano.
¿Refugio bajo la sombra de una zarza? La tragedia del bosque fue darle poder. La zarza se destruye y destruye a su comunidad.

Conclusión
Por estos días, los pueblos latinoamericanos "buscan" —o, mejor dicho, somos los buscados— candidatos que puedan representar dignamente los intereses de la gente humilde, necesitada y migrante ante las instituciones que, en teoría, deberían ofrecer soluciones.

La ambición de muchos candidatos dificulta percibir sus verdaderas intenciones al pretender el poder político. Huelen a zarza. Nuestra desgracia es que hemos sido gobernados por políticos-zarza. Cierto es que no logro dilucidar con contundencia si es la zarza la que se impone en el poder o si somos electores insensatos que otorgamos a los zarzales el poder de gobernarnos.

Es irónico —y causa indignación— ver que las personas aptas y capacitadas para liderar a veces no quieren hacerlo o no son elegidas. En su lugar, como si fuera una maldición eterna, las zarzas siguen siendo las elegidas para nuestros municipios, departamentos y países. Esto desemboca en tragedias reiterativas: el desfalco de fondos públicos; "Zaqueos" administrando tesorerías municipales; jueces castigando a inocentes y dando privilegios a malhechores. También las muertes y esos malditos que han hecho de la salud pública su "gallina de los huevos de oro" y de la educación una mendiga más de nuestro país. Son zarzas capaces de darle más riqueza al rico y pobreza a los pobres. Zarzales capaces de quemar los cedros del Líbano, y para muestra un botón: nuestra Amazonía.

Pero sobre el horizonte atisba la esperanza de un gobierno celestial, uno que es la oración matutina en boca y corazón de miles de creyentes en el mundo entero: "Padre nuestro que estás en los cielos... venga a nosotros tu reino".


©2019 Ed. Ramírez Suaza 




[1]  Roberto J. Walton. “The Parables According to Paul Ricoeur and Michel Henry”. Cuestiones Teológicas. Vol. 39 | No. 92 | Julio-Diciembre • 2012 | pp. 259-282

jueves, 25 de julio de 2019

SATISFACCIONES: cuando sólo Dios basta



¡Fuimos creados para contemplar y disfrutar de Dios!
Cualquier cosa inferior a esto significa idolatría.
J. Piper.

El Salmo 16 es un poema particular. Hermoso. Complejo:

vv. 1-2
Cuídame, oh Dios, porque en ti confío. Yo declaro, Señor, que tú eres mi dueño; que sin ti no tengo ningún bien.
 vv. 3-8
 Poderosos son los dioses del país, según todos los que en ellos se complacen.
¡Pero grandes dolores esperan a sus seguidores! ¡Jamás derramaré ante ellos ofrendas de sangre, ni mis labios pronunciarán sus nombres! Tú, Señor, eres mi copa y mi herencia; tú eres quien me sostiene. Por suerte recibí una bella herencia; hermosa es la heredad que me asignaste. Por eso te bendigo, Señor, pues siempre me aconsejas, y aun de noche me reprendes. Todo el tiempo pienso en ti, Señor; contigo a mi derecha, jamás caeré.
vv. 9-11
Gran regocijo hay en mi corazón y en mi alma; todo mi ser siente una gran confianza, porque no me abandonarás en el sepulcro, ¡no dejarás que sufra corrupción quien te es fiel. Tú me enseñas el camino de la vida; con tu presencia me llenas de alegría; ¡estando a tu lado seré siempre dichoso!

Me resultan maravillantes muchas oraciones grabadas en las páginas sagradas de la Biblia por la belleza de su poesía, por la hermosa arquitectura elevada con palabras celestes, trascendentales, relevantes y más asombroso aún, vigentes.

La vida nos regala muchas experiencias, todas ellas muy valiosas, como por ejemplo la sensación de estar en peligro. Que la vida nos privilegie con estas realidades, hace de la existencia un don invaluable. Más invaluable aún, encontrar en la Biblia una oración poética que delata la confianza de una persona quien, viviendo en medio de peligros, oró confiado y satisfecho a su Creador.

Acompáñame a resaltar algunas bellezas que alcanzo a identificar en esta oración poética:
Los vv. 1-2, igual que los vv. 9-11 cuentan con unas palabras clave para mi comprensión: confianza y placer. Note que el vv. 1 dice: “en ti confío”. El vv. 2 dice: “sin ti no tengo ningún bien”. La palabra que tenemos en español como “bien” -en hebreo (tobáh)- significa “bienestar, dicha, placer”. 
Los vv. 9-11 repiten el fenómeno: el vv. 9 dice: “todo mi ser siente una gran confianza”.
Encontramos también las palabras “alegría” y “regocijo” en los vv. 9-11, que podemos relacionar con la dicha, el placer del vv. 2.
Subrayo esta combinación de confianza y dicha a fin de señalar la satisfacción de un orante confiado en el Dios de los cielos.

En el centro del poema (vv. 3-8) hay una comparación desventajosa de complacencia.
Dicen los vv. 3-4 que los idólatras se complacen en sus dioses, pero desconocen las desgracias que les vendrán. La dicha de los idólatras es de sabor amargo. En contraste, quienes confían en el Dios de Israel se sacian en él, pueden decir algo así como: “tenemos a Dios” (tú eres la herencia que me ha tocado). Dios se dona a quienes en él confían.
Mientras a los idólatras les espera “grandes dolores”; a quienes confían en el Dios Jehová les espera consejo, instrucción y compañía (tú a mi derecha). 

Esta oración poética se presenta ante mis ojos en forma de un sándwich literario:
1-2: Confianza y deleite en Dios.
3-8: Contraste entre los idólatras y creyentes.
9-11: Confianza y deleite en Dios.

Muchas son las especulaciones que hacen los comentaristas al querer entender la situación por la que atravesó el salmista y oró con estas exquisitas palabras. Por ser especulaciones de comentaristas, silenciaré al respecto. Lo que sí logro intuir y decir, es que el salmista experimentaba una situación de severos peligros, lo cual es evidente en su poema. En él  se explicita su necesidad de protección divina, y por eso no desistió en escribir una oración que expresara confianza en el Señor y satisfacción en él.  

La confianza que el poeta depositó en Dios le concedió la libertad y el lenguaje para pedir al Señor Dios su protección. El orante enfrentó una amenaza desconocida para todos nosotros, pero su refugio lo expuso por completo, quizá para encontrar en generaciones posteriores cómplices de tan hermosa oración: “Cuídame, oh Dios, porque en ti confío.”

De las traducciones al español que conozco del vv. 2 de este Salmo 16, comparto la de H.J. Kraus, dice así: Yo 'dije' a Yahvé: «Tú eres mi Señor, mi dicha está sólo en ti».
Muy contundente fue la confianza que tuvo el orante en Dios. Nótelo: «Tú eres mi Señor, mi dicha está sólo en ti». Esta declaración es hermosa. Literalmente dijo: “Eres mi Adonai”. Es decir, “mi amo”, “mi dueño”. Este poeta se presentó ante Dios como uno que le pertenece, se reconoció como propiedad de él y en razón de su reconocimiento oró.
Es como si dijera: “soy de Dios, entonces sólo en mi dueño puedo confiar. ¡Él me protege!

El poeta en tanto escribía esta oración miró a su alrededor y encontró a muchas personas confiando en otros dioses. Dioses que nada son. Dioses sin vida.  Creados; no creadores. Y se dio cuenta de la tragedia que vivieron los idólatras: confianza en quien no existe. En la intrascendencia de una imagen. Una confianza en la representación del vacío. La imagen existe, ¡claro! Pero la persona que representa o se idealiza en ella no existe. ¡Nunca ha existido!
Los idólatras dieron ofrendas a una imagen que nada puede recibir, y al ser intrascendente, su ofrenda fue a dar al vacío. Su ofrenda en últimas se entregó a la nada.
Igual la pronunciación de sus nombres. ¿A quién invocaron? ¡A un imaginario!
Sus oraciones las escuchó nadie. La nada.
Ante esta tragedia espiritual, el poeta dijo: -a la nada y al nadie no le rendiré culto. Los dioses falsos no me satisfacen.-

El poema recoge -en el vv. 5- dos metáforas muy bellas: 1. la copa, 2. la herencia.
¿Fue Dios su copa? ¿Fue Dios su heredad? ¿Qué quiso decir el poeta con estas metáforas?
Decía S. Agustín: “Beban otros los placeres de otras fuentes. Yo bebo en la copa del Señor.”
El Salmista presentó a Dios como fuente incesante de satisfacción: “Yo bebo en la copa del Señor.”

Además de “copa”, expresó que el Señor fue su “herencia”. El orante presentó a Dios como “el que se autodona”. Dios mismo se nos concede como dádiva. La herencia dada por Dios al salmista fue Dios mismo. Cito otra vez a S. Agustín: “Todo lo que tú podrías darme si no fueras Tú, sería para mí una nadería.” He aquí la voz de otro hombre a quien sólo Dios basta.

Cuando somos de Dios, Dios se hace nuestro.

Los dioses paganos son nada. Nadie. En cambio, el Dios de este salmista aconseja, reprende y acompaña. Experiencias propias de la liturgia del entonces. En la exposición comunitaria de la Torá, el salmista fue aconsejado, reprendido y asistido.
El culto verdadero nos salva de la nadería y nos garantiza la experiencia de Dios necesaria para continuar la vida satisfecha en él.
La esperanza hace germinar en el ser del creyente mayores satisfacciones en Dios, porque él “¡no dejará que sufra corrupción quien le es fiel.”
A este poeta no le dio miedo la muerte, por el contrario, tuvo la fortuna de estar convencido de que ni siquiera la muerte le podía separar del amor de Dios y de los planes perfectos del Altísimo.
El orante -por la fuerza del Espíritu- intuyó lo sublime: tiene que haber eternidad para los justos.
Esto no era claro antes de la manifestación humana de Dios en Cristo. Era muy confuso. Aun así, el poeta se atrevió a dar un atisbo de la eternidad con esta oración: -¡no dejarás que sufra corrupción quien te es fiel. Tú me enseñas el camino de la vida.-

Jesús encarnó a plenitud el salmo 16. Fue su libreto existencial. Cada sílaba de esta oración la llevó en su ADN. De manera más especial, la parte final del poema: su resurrección hizo realidad la parte que dice: -¡no dejarás que sufra corrupción quien te es fiel. Tú me enseñas el camino de la vida.-
Que Cristo haya hecho vida este salmo, nos garantiza que lo hará vida en nosotros también.
Yo también -en Cristo- puedo decir: -¡no dejarás que sufra corrupción quien te es fiel. Tú me enseñas el camino de la vida.-

©2019 Ed. Ramírez Suaza 

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...