jueves, 28 de junio de 2018

EL CANTO VACÍO


cuando en la Iglesia se canta, pero no se adora



Padre celestial: déjanos conocerte tal como eres, 
para que te podamos adorar tal como debemos.
A.W. Tozer


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una iglesia evangélica occidental fascinada con cantar. Una comunidad creyente que hizo -y está haciendo- del canto su máxima expresión de la fe: se canta en los cultos y en los actos evangelísticos. 
Se canta en los servicios de sanación y en los ayunos. 
Se canta en matrimonios y cumpleaños. 
Se canta en servicios funerarios y en hospitales. 
Se canta en reuniones de pastores y en seminarios especiales.
Y cuando no se sabe qué más hacer, como si fuera poco, programan conciertos para seguir cantando.

Pareciera ser que los evangélicos ya no sabemos hacer algo sin cantar.

La historia de salvación que narra la Sagrada Escritura se ha tejido también con hilos musicales; desde sus orígenes con Jubal el inventor de instrumentos melódicos y rítmicos en Génesis 4.21, hasta los cantos apocalípticos de Juan.[1] Inclusive la Biblia contiene un libro completo de canciones eróticas, el Cantar de los Cantares, y otro himnario, el libro de los Salmos. El evangelio cuenta con fascinación que Jesús también cantó, justo la noche en la que fue traicionado (Mateo 26.30).
La Escritura no sólo relata escenas donde la música es importante, además instruye al creyente a entonar alabanzas al Señor: “Hablen entre ustedes con salmos, himnos y cánticos espirituales; canten y alaben al Señor con el corazón” (Efesios 5.19).
Indudablemente cantar es bueno, ¡y agrada al Señor!

Hispanoamérica es musical. 
Latinoamérica es un Edén de melodías y ritmos, de prosas y poesías campesinas, urbanas, intelectuales. 
Latinoamérica canta desde las rancheras mexicanas, cruzando por el “sonido de las palmeras” de nuestro Caribe, hasta los versos vallenatos de Colombia. Las trovas llaneras de Venezuela, haciendo travesía por las zampoñas y los charangos de nuestros cantores andinos, hasta llegar a los tangos de Argentina. Y eso que no hay espacio ni tiempo -en este post- para contemplar la belleza del mambo, del bolero, del bambuco, del pasillo, de la samba, del calipso… entre muchos otros. 
La cultura musical latina “ha crecido y se ha desarrollado por la necesidad que tiene todo pueblo de celebrar su alegría, llorar sus penas, gritar su descontento, susurrar su amor o simplemente deleitarse con la armonía de los sonidos.”[2]

En Latinoamérica cantamos porque sí y porque no.
Cantamos porque amamos y porque odiamos.
Cantamos porque la felicidad y porque las desdichas.
Cantamos porque el sol y porque la lluvia.
Cantamos porque Dios y porque nosotros.
Cantamos porque siempre nacen y renacen razones para hacerlo.
Cantamos porque podemos.
Cantamos porque nos da la gana.

Muchas iglesias cristianas (reformadas, pentecostales, carismáticas del catolicismo y otras) se llenaron de cantos. Casi todos sus rituales incluyen la música como parte esencial de lo que hacen. Hasta donde alcanza mi saber, la Iglesia siempre ha cantado. Pero no se puede negar que en las últimas décadas (¿desde los años 80’?) la música, procesivamente, se ha hecho protagonista del culto cristiano.

El fenómeno de la Marcoswittización[3], entre los años 80 y la primera década del 2000, estimuló juventudes cristianas a prestarle más atención a la música de los cultos. Esto significó inversiones interesantes en instrumentos musicales básicos del rock: bateria, bajo eléctrico, guitarras acústica y eléctrica, sintetizadores. Inversiones también en tecnologías de sonido, luces, pantallas, acondicionamientos de los púlpitos, en fin. 
La Marcoswittización giró la atención de las grandes cruzadas evangelísticas y de los radio-telepredicadores hacia los conciertos multitudinarios y los CD de “adoración y alabanza” en vivo. Este movimiento industrial de la música evangélica pareció ser más efectivo, ya que los protagonistas del fenómeno no sólo cantaron, también predicaron mostrando imágenes de éxito, admiración y bienestar económico. Lo que resultó para miles cautivante y emulante.[4]
Y si antes de los años 80’ se cantaba, después sí que cierto.

La saturación musical en nuestros encuentros litúrgicos empieza a hastiarnos; igualmente la concepción moderna de la adoración como espectáculo. La industrialización de la liturgia comienza a ser discernida de manera real: una vulgar comercialización de la fe. Ya “Jesús” parece una marca muy bien posicionada en el mercado internacional. Mientras tanto, algunos nos preguntamos: -¿estamos adorando a Dios en Latinoamérica? 
¿Corresponden los espectáculos cristianos y la industrialización de la música cristiana a un conocimiento bíblico y personal del Dios revelado en Jesucristo?

Teniendo en cuenta que en muchos escenarios se está confundiendo adoración y alabanza con cantar, deseo hacer una confesión: nunca he escuchado más mentiras que cuando se canta en cultos evangélicos. Cuando cantamos frases como esta “te amo Dios”. ¿En serio estamos amando a Dios como él exige ser amado? 
Más mentiras: “Temprano yo te buscaré. De madrugada yo me acercaré a ti…” ¿Temprano? ¿De madrugada? 
Esta otra: “Hacemos hoy ante tu altar un compromiso de vivir en santidad…” ¡Sin comentario! 
“Te puedo sentir… sé que estás aquí. Te puedo sentir…” ¿Te puedo sentir? ¡Yo no siento nada! Yo canto ese coro así: “Nada que te puedo sentir, pero por la fe en tu Hijo Cristo sé que estás aquí.” 
Cuando cantamos “Vengo a adorarte. Vengo a postrarme. Vengo a decir que eres mi Dios…” Y volteo a mirar cuando entonamos “vengo a postrarme”, vaya sorpresa: se nos da por levantar las manos, pero no he presenciado la ocasión donde en verdad nos postremos.

Cantar a Dios lo que no se vive es “tomar su santo nombre en vano”. Dijo el predicador John Stott:
Toda vez que nuestra conducta es inconsecuente con nuestra creencia o nuestra práctica contradice lo que predicamos -cantamos-, tomamos el nombre de Dios en vano. Llamar a Dios “Señor” y no hacer lo que él manda, es tomar su nombre en vano. Llamar a Dios “Padre” y estar llenos de ansiedad y dudas, es negar su nombre. Tomar el nombre de Dios en vano es hablar –cantar- de un modo y actuar de otro. Esto se llama hipocresía.[5]

Otra lamentable realidad en algunos cultos, es que no sabemos lo que cantamos. Ejemplo, cuando cantamos peticiones como ésta: “renuévame, transfórmame, quebrántame…” Prácticamente le estamos pidiendo a Dios que nos haga añicos y con los mil pedazos que queden tirados en el piso nos haga de nuevo. Y cuando Dios lo empieza hacer, le rogamos que nos quite el dolor, el sufrimiento y las pruebas que nos quebrantan, transforman y renuevan.
Por favor, nunca olvide esto: Dios se toma en serio lo que cantamos.

“Adorar es doblegarse, levantar las manos, orar, cantar, recitar, predicar, llevar a cabo rituales alimenticios o de limpieza, obedecer, etc.,”[6] con alegría e integridad.
Adoración es “responder a todo lo que es Dios con todo lo que somos nosotros, responder a todo su ser con todo nuestro ser.”[7]
Adoración es la forma bíblica de amar y honrar a Dios.[8]
Para mí, “Adorar es postrarse con rostro en el suelo ante el Dios verdadero, maravillados genuinamente por ver con asombro sus obras; quién es él y cómo alcanza a su creación el proyecto de su amor. Quien se postra ante Dios reconoce que sólo él es digno de gloria, honra y poder en todos los aspectos de su vida, todo el tiempo. Haciendo esto siempre en comunidad.”[9]
La música es apenas una expresión artística de la adoración; no es adoración, como tampoco es la única forma de expresarla, es una entre otras.

Esta reflexión no sugiere exorcizar la música de los encuentros cristianos de culto, recomienda más bien no sustituir la adoración genuina por la música.
Los ancianos celestiales en las visiones apocalípticas de Juan de Patmos, arrojaron sus coronas y adoraron a Dios (Apocalipsis 4.10). Qué hermoso sería, en un culto de estos, arrojar nuestros instrumentos, egos, tecnologías, talentos, micrófonos, sonido a los pies del Cordero de Dios -ya que no tenemos coronas- para adorarlo en Espíritu y en verdad. Y si cantamos, que sea la expresión de una vida que todo el tiempo se ofrece al cielo, o se esfuerza, como existencia grata a los ojos del Creador, a quien corresponde toda honra y gloria en cada una de nuestras vidas y en la Iglesia, por siempre, Amén.

©2018 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Los himnos o cánticos del Apocalipsis son un excelente lugar para realizar un estudio teológico y litúrgico de la adoración cristiana. Ocurre que el libro no es sólo profético y epistolar, sino que “es todo un himnario”. Los siete escenarios litúrgicos con entonación de himnos: (1) Ap 4:8, 11, (2) Ap 5:9, 10, 12, 13, (3) Ap 7:10, 12, (4) Ap 11:15, 17, 18, (5) Ap 12:10-12; (6) Ap 15:3, 4, (7) Ap 19:1, 2, 6-8. Daniel Oscar Plenc. “Los himnos del Apocalipsis”. DavarLogos, ISSN 1666-7832, Vol. 12, Nº. 1, 2013, págs. 109-127
[2] Juan Pablo González Rodríguez. “Hacia el Estudio Musicológico de la Música Popular Latinoamericana.” Revista Musical Chilena, 1986, XL, 165, pp. 59 - 84
[3] Término acuñado por mí en el año 2005 para manifestar la preocupación de un movimiento musical “cristiano” que industrializó la adoración y la alabanza como parte del mundo del entretenimiento. También para invitar a diferentes pastores y estudiantes de teología a reflexionar en el fenómeno. Dicha manifestación e invitación aconteció en el Seminario bíblico de Colombia, dentro del aula de clase en el curso “Redacción y escritura”.
[4] Miguel Angel Mansilla Agüero. “Del valle de lágrimas al valle de Jauja: las promesas redentoras del neopentecostalismo en el más acá.”  Polis: Revista Latinoamericana, ISSN 0717-6554, ISSN-e 0718-6568, Nº. 14, 2006
[5] John Stott. Cristianismo Básico. Buenos Aires: Certeza, 1997, p.72
[6] John Piper. Sed de Dios. Barcelona: Andamio (2001): 80
[7] ​Andrés Birch. “La adoración y la alabanza según la Biblia”. https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/la-adoracion-y-la-alabanza-segun-la-biblia/
[8] Antonio García Moreno. “Adorar al Padre en Espíritu y en verdad”. Scripta theologica: revista de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, ISSN 0036-9764, Vol. 23, Fasc. 3, 1991, págs. 785-835
[9] Edison Ramírez Suaza. “EL DIOS QUE ADORAMOS: repensando la adoración y la alabanza en el libro de Apocalipsis”. Conferencias en el marco del congreso de adoradores en el Centro Evangélico de Arjona, Bolívar. Junio 29 a Julio 2 del 2018.

jueves, 7 de junio de 2018

DIOS ME HACE REÍR



Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended – ¡a reír!
F. Nietzsche

Muchas son las oportunidades en las que nos reímos y por muchas razones: por un chiste. Por algo gracioso que acontece. Por amor. Por enojo. Por ironía. Por complacencia. Por placer. Por burla…
En ocasiones la risa es la manera de estar más cerca del prójimo y, en algunos casos, más cerca de Dios.  Reír es un arte, especialmente cuando la causa irrumpe desde el cielo o en complicidad con él.

En tanto sigue estas humildes líneas, me encantaría que sostuviera en reflexión la siguiente pregunta: en algún momento de la vida, ¿Dios te ha hecho reír?

Las Escrituras contienen un testimonio verídico de cuando Dios hizo reír una pareja de adultos mayores. Muy mayores. Su bella historia se encuentra en el fascinante libro del Génesis 18.1-15.
En resumidas cuentas: el relato bíblico trata de cuando los esposos de avanzada edad, Abrahán con 100 años y Sara con 90, experimentaron -de manera sublime- una teofanía que les anunció la promesa de un hijo.
Cuando la esposa del patriarca escuchó semejante "disparate", rió para sus adentros, al parecer, porque la promesa le ayudó a reírse un poco de sí misma y de su esposo:
Por eso Sara se rió consigo misma, y dijo: «¿Después de haber envejecido voy a tener placer, si también mi señor ya está viejo?» (Gén. 18.11).
La risa de esta anciana me recuerda las palabras de Simon Critchley: “reírse de uno mismo es darse cuenta que uno es ridículo; este humor no es deprimente, al contrario, nos da un sentido de emancipación, consolación y elevación infantil.”[1]

Note pues la malicia indígena de Sara: el Señor le promete un hijo y ella inmediatamente se ríe porque va a volver hacer el amor con su esposo. Y si lo hace, vaya Dios a saber si va a sentir “las mismas cosquillas que sintió hace mucho más de 20.”

En el cap. 17 del Génesis entre los vv. 15-19, Dios habla con Abrahán a quien, entre otras cosas, le promete un hijo.
“Si no fuera porque esta es una promesa de Dios, hubiese sido un chiste cruel.”[2]
Cuando Abrahán escuchó la promesa,
se postró entonces sobre su rostro, y riéndose dijo en su corazón: «¿Acaso a un hombre de cien años le va a nacer un hijo? ¿Y acaso Sara, que tiene noventa años, va a concebir?» (Gén. 17.17).

En la vida llegué a creer que uno también se postraba ante Dios para reírse, y como si fuera poco, quizá con él. Intuyo la risa en esta experiencia como el recurso que encontró el patriarca, en ese instante, para estar más cerca de Dios.
Vaya cosa más bella: ¡Abrahán se postró delante de Dios para reírse!
Dios no reprende la risa de Abrahán, la comprende. La acepta. La recibe. Sospecho que hasta cómplice de ella se hizo.

Así, la risa viene siendo el hilo con el que el escritor bíblico teje esta cautivante narrativa. Inclusive se le otorga protagonismo cuando el Señor ordenó a Abrahán  llamar al niño “Risa” (Gén. 17.19). En hebreo, Isaac. Es como si le dijera: -Pues ombe, ya que esta promesa te causa tanta risa, llamarás al niño “Risa” pa’ que nunca deje de reírse.-
En efecto, 9 meses después de esta experiencia de Dios entre risas, nació el niño cuyo padre tenía 100 años de edad y su madre 90. Entonces exclama la madre recién parido su milagro: «Dios me ha hecho reír, y todo el que lo sepa se reirá conmigo» (Gén. 21.6).

La teóloga Elisa Estévez, en el año 2015 dio un seminario en Medellín titulado: “Experiencia de Dios en el libro de Génesis”, fue ahí cuando la escuché decir: “Dios hace reír al hombre para abrir brechas en sus conocimientos y para superar las maneras de entender las cosas. En consecuencia, reír viene a ser una expresión de sabiduría humana.”

¿Recuerda que te pedí el favor de seguir reflexionando en si alguna vez Dios te hizo reír?
¡Dios me ha hecho reír también!
Me recuerdo con 4 años de edad cuando mi madre hastiada de existir sin vida agendó suicidarse. Sus desgracias, más el infierno que le ofreció mi padre sumergido en el alcohol, hundieron su alma hasta el fondo del pozo de la desesperación. En verdad, era más fácil que una anciana pariera un niño a que mi casa encontrara esperanza.
Pero aconteció lo inesperado: ¡la esperanza nos encontró! Me recuerdo inundado de risas por la salvación con la que el Señor nos visitó un 31 de diciembre en el año de 1982. Esa noche reímos con alegría, porque en lo que respecta nuestra salvación ¡nada es imposible para Dios!
«Dios me ha hecho reír, y todo el que lo sepa se reirá conmigo.»

©2018 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Critchley en Milton Acosta. El humor en el AT. Lima: Puma (2009): 61
[2] Ibid

viernes, 2 de marzo de 2018

¿YO DIJE ESO?


En los últimos meses vengo experimentando algo novedoso para mí: el hecho de enterarme de las pocas ocasiones en las que soy citado; sea en homilías, trabajos universitarios, conversaciones, redes sociales, entre otras. Saberlo trae a mi corazón el encuentro de diversas emociones, como por ejemplo un esfuerzo -no sé si necesario- de recurrir a la humildad. Por otro lado, se enciende una llama de alegría que tiende a crecer con cierto sentimiento de complacencia. Y una auto-aprobación que estimula la vocación de seguir aportando a la construcción de pensamiento cristiano.

El hecho ahora es que me animo a compartir algunas de esas citas. (Y yo acabo de añadir otras que no han sido citadas… presentarle dos o tres me resultaría vergonzoso. Ud. sabrá disculparme). Espero traigan algún provecho a su vida también.
Con respeto, amor y gozo:

La Iglesia no es una vitrina que exhibe personas perfectas, es una luz sobre una montaña que ilumina el sendero que aún conserva las huellas de Jesús, a fin de caminar comunitariamente en pos de ellas.

No conviertan el evangelio en una plaza de mercado.

Me avergüenzan los ministros que se suben al púlpito con una galería de ignorancias e improvisaciones absurdas, sin sentido y sin relevancia para la salvación; llamando sus bobadas “palabra de Dios”.

Un púlpito ordinario, mal hablao, es una vergüenza para el evangelio.

Nada más digno de conmiseración a una iglesia que cuente con un púlpito pusilánime, ignorante y desinteresado en aprender.

La muerte es un héroe derrotado, ella misma está sentenciada a muerte y muy pronto tendrá que devolver a la vida cuanto ser humano esté es su oscura prisión.

No todos los placeres deben ser complacidos irracionalmente. Algunos deleitan al instante pero arruinan de por vida.

Hay silencios que resultan fascinantes: en una pieza musical, en una mirada de enamorados, en un beso bajo la lluvia, en una caricia de mejillas y en una profunda oración; pero cuando se trata de evadir una confesión es fatal.

Dios me bendice con amigos de todos los colores, tamaños y demencias.

¿Qué nos espera mañana? ¡Dios! ¡Dios nos espera! Sus brazos no se fatigan de invitarnos a él, a su maravilla, a su sorprendente futuro.

Temo… no al más grande temor, sino al día que este planeta no tenga quien lo llore.

El creyente también tiene dudas.

No crea que orar consiste en hablar mucho.

Quien no tiene oídos para oír, no tiene palabras para orar.

Cuando oramos, los débiles somos fuertes; los cobardes valientes; los derrotados más que vencedores; los pecadores perdonados; los pobres ricos; los ricos salvos; los que lloramos consolados; los necesitados provistos y mucho más.

Una vida sin travesías vive en la calma de lo aburrido; en la falsa paz del sin sentido. Una vida sin movimientos arriesgados carece de felicidad. Una existencia sin aventuras se marchita en alguna ignorancia y se ahoga en la incredulidad.

Caminar no es fácil. A un ser humano le cuesta hasta un año aprender a dar sus primeros pasos. Lo más difícil es caminar el resto de la vida.

Dios muchas veces nos llama a renunciar a nuestros sueños para abrazar los sueños de él.

El Dios que pone a prueba, es también el Dios que pone en conflicto interno al ser humano. Pide lo absurdo, lo ilógico, lo humanamente inaceptable.

¡Dios nunca pide imposibles! Pero lo que te pida, así suene absurdo, hazlo.

No es broma; pero conozco personas que quieren llegar al norte y toman la ruta del sur.

Es el amor el ingrediente secreto de las personas fascinantes.

Quién de Uds. alguna vez dijo: -Dios, ven a una cruz y sálvanos.- ¡Nadie en la historia -jamás- hizo semejante plegaria!

El día que el dinero no sirva pa’ nada -¡y cuán cerca está ese día!- ¿qué será de quienes han puesto en el dinero y las posesiones su empeño, su dedicación, su tiempo y su confianza?


©2018 Ed. Ramírez Suaza 

miércoles, 14 de febrero de 2018

LOS PRIMEROS AUXILIOS Y LA FE



La oración del justo puede mucho.
Santiago (Biblia).


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una práctica hermosa entre cristianos muy digna de reconocimiento, necesitada además de exponer a conocimiento público sus maravillosos beneficios: la unción y oración por los enfermos. Los creyentes que aún hacen ejercicio de esta virtud se fundamentan en la fascinante carta de Santiago capítulo 5.14-15 que dice:

¿Hay entre ustedes algún enfermo? Que se llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará de su lecho. Si acaso ha pecado, sus pecados le serán perdonados.

Un número significativo de cristianos latinoamericanos en la praxis de esta cita bíblica consiguen un frasquito con aceite -preferiblemente de olivas- a fin de untar un poco en la frente de los enfermos para luego orar con fe a favor de ellos. Por mí han orado así, y vaya usted a saber: ¡funciona! Como yo, existen decenas de personas que pueden dar testimonio de lo mismo. La piedad en este ritual pierde su propósito cuando, entre otras, se unge automóviles, motocicletas, aviones, una ciudad desde un helicóptero, prendas de vestir, billetes, en fin.

Hay una pregunta que puede conducirnos a reconciliaciones muy preciadas con la fe, la práctica de oración por los enfermos y la salud: ¿qué quiso decir -en realidad- Santiago cuando escribió: “unjan con aceite”?
“...unjan con aceite” es una frase por entenderse en la totalidad del contenido y de significados de la carta escrita por Santiago.

“La Carta de Santiago es un documento de género sapiencial-profético, escrito para comunidades que viven lejos de su tierra, su cultura. Se trata de comunidades compuestas por migrantes que viven en una sociedad hostil y a la vez seductora.”[1] Comunidades sufrientes, precisando vivir diosmente entre las calamidades que originó la hostilidad greco-romana contra los cristianos, judíos o no, porque éstos no rendían culto al César.[2]
Las crisis afectaron las finanzas de los errantes que tanto preocuparon a Santiago, quien a estos hermanos inmersos en sufrimientos animó, de manera sapiencial, a sostener su confianza en el Señor Jesucristo. Las limitaciones económicas fueron para aquel entonces lamentables. Lamentable también las múltiples enfermedades que llenaron de zozobras sus vidas, sus familias, su hermandad en Cristo.

¿Qué hacer -desde el destierro- cuando alguien se enferma?
Santiago animó a los miembros de las comunidades migrantes a llamar los ancianos de la iglesia cuando enfermaban para que les aplicaran aceite, oraran y así sanar. Con esta sabia exhortación, Santiago descarga sobre los hombros de las comunidades una responsabilidad terapéutica-orante muy preciosa, además efectiva: usar el aceite y la oración como recurso medicinal. En las Escrituras es muy evidente el uso del aceite como ungüento curativo que Santiago no ignora (Is. 1.6; Lc. 10.34; Ap. 3.18), en su razón de saber instruye las comunidades cristianas a ungir los enfermos porque conoce las propiedades medicinales del aceite. “Ungir a los enfermos” equivale a nuestra actualidad algo así como “primeros auxilios”. Santiago establece que los enfermos llamen a los ancianos de la iglesia para recibir de ellos alguna atención medicinal básica, luego ser acompañados en oración. Los recursos médicos se aplican en oración creyente, convencidos de la intervención divina a favor del enfermo. Es decir, la confianza reposa en el Señor; no en la medicina. La sanidad, esto es contundente, la da Dios.

Una añadidura sorprendente en esta oración terapéutica es el perdón de los pecados. Es decir, la aplicación de las medicinas básicas más la oración con fe no sólo alcanzaría para la sanidad de quien se enfermaba; también para que todos los pecados le fuesen perdonados. ¿Y esto cómo puede ser? Santiago mismo no deja de sorprender a sus lectores, “La oración del justo es muy poderosa y efectiva” (Santiago 5.16).

Si en algún momento llega usted a enfermar, no demore en llamar los ancianos de la iglesia para que, en tanto le aplican medicamentos oren a su favor; así sólo corre el buen riesgo de sanar y de que sus pecados le sean perdonados. Igualmente, cuando se entere que algún hermano en la fe enferma, ve y ora por él con fe en tanto sigue las recomendaciones médicas para que sane y los pecados le sean perdonados.
Recuerda: ¡la oración del justo puede mucho!


©2018 Ed. Ramírez Suaza 


[1] Elsa Tamez. Santiago, una carta circular para migrantes.  Anatéllei: se levanta, ISSN 1850-4671, Año 13, Nº. 26, 2011 p. 23-32
[2] Ibid

martes, 30 de enero de 2018

"NOS DAMOS EN LA JETA"



Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.
Gandhi


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al senador liberal de la república colombiana Horacio Serpa respondiendo a unos ciudadanos que lo increparon en medio de una protesta con estas palabras: -¡Me vuelven a gritar, vengo y nos damos en la jeta!-[1]

Bravuconadas como esta, y otras peores, son pan de cada día en la hermosa Colombia. Las agresiones en todas sus capacidades, manifestaciones y expresiones conviven entre -y en- nosotros. Quizá, porque traemos en la sangre una maldita predisposición a la violencia, a desajustar la armonía social, familiar, laboral, en fin; con agresiones físicas y/o verbales. Muchos aprendimos a solucionar diferencias, reclamos, injusticias y demás “dándonos en la jeta”.

Y es que, ¿a quién no le han llegado a dar en la jeta?
O, ¿quién no le ha dado a otro en la jeta?
Pocos, en verdad muy pocos, podrían decir que no le han dado en la jeta o no le ha dado en la jeta a alguien en toda su vida. ¡Ah! O coscorrones, como recién gobernó un vicepresidente de este mismo país.[2]

Nuestra existencia parece saturarse de violencia: violencia familiar. Violencia de género. Violencia sicológica. Violencia religiosa. Violencia política. Violencia lingüística. Violencia juvenil. Violencia del terrorismo. Violencia del estado. Violencia infantil. Violencia de la comunicación. Violencia nihilista. Violencia escolar. Violencia laboral. Violencia doméstica. Violencia histórica. Violencia de la injusticia. Violencia del poder. Violencia económica… ¡Qué versátil es ahora nuestra violencia!

Inevitablemente irrumpe la pregunta: ¿de dónde surge tanta violencia?
El Carpintero de Nazaret, Jesucristo, dio respuesta cierta a esta pregunta. Dijo él: -Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias- (Mateo 15.19).
Mejor dicho, el corazón humano es una máquina de violencia.
Afortunadamente, el corazón humano es rehabilitable.

En lugar de responder con violencia a cualquier experiencia hostil, el ser humano puede aprender a proceder jesusmente:
… ¡amen a sus enemigos! Hagan bien a quienes los odian. Bendigan a quienes los maldicen. Oren por aquellos que los lastiman. Si alguien te da una bofetada en una mejilla, ofrécele también la otra mejilla. Si alguien te exige el abrigo, ofrécele también la camisa (Lucas 6.27- 29 NTV).
Bueno, tenemos dos opciones: 1. nos “damos en la jeta” al estilo Serpa; 2. Amamos a los enemigos. Ponemos la otra mejilla, al estilo de Jesús.

Pienso, tal vez atrevidamente, que ha llegado la hora del hastío por la violencia. A las trompadas hemos logrado ríos de sangre, miles de noches en luto, centenares de huérfanos y viudas, apetitos de venganzas, dolor, tragedia, desgracia, ruinas, miedos, odios, tristezas, lágrimas negras…
La propuesta de Jesús ofrece una justicia trascendente, va más allá de lo esperado: el amor. Es que el amor tiene una metodología sublime: vence con bien al mal.

Esa preferencia por “darnos en la jeta” sin jeta nos va a dejar. Pero si abrazamos el amor que propone Jesús, lograremos vestir de esperanza y paz nuestra tierra.

©2018 Ed. Ramírez Suaza  






[1]http://www.semana.com/nacion/articulo/horacio-serpa-dice-vengo-y-nos-damos-en-la-jeta-a-protestantes-bucaramanga/555322
[2] http://www.eltiempo.com/cultura/gente/vargas-lleras-le-pega-un-coscorron-a-su-escolta-57165

martes, 9 de enero de 2018

LA IGLESIA PETER PAN


La falta de madurez es el mal de nuestra época, y
la incapacidad de madurar la enfermedad de nuestro tiempo.
 (K. Durckheim).



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi la iglesia Peter Pan. Francamente no estuve contemplando otra denominación emergente que surge a la par de muchas otras en el extenso abanico del evangelicalismo latinoamericano; vi más bien un conjunto de trastornos espirituales en la iglesia evangélica, la verdad, preocupantes. Una lectura amorosamente franca a dichos trastornos me permite advertir que dentro de la Iglesia venimos padeciendo “El complejo de Peter Pan”.
Por favor, no generalizo, sencillamente advierto que dentro de la Iglesia se padece este complejo.

En el año 1904 apareció en el escenario de la literatura una novela que llegó a ser extraordinariamente exitosa: Peter Pan, escrita por James Mathew Barrie. Estudios Universal, Columbia Pictures y otras industrias del cine “nos hicieron el favor” de llevarla a la pantalla gigante. El el año 1983 el Dr. Dan Kiley, psicologo clínico, escribió otro éxito, no una novela sino un análisis del personaje novelesco y algunas conductas reales, además coincidentes en ciertas personas. Su obra titula “El complejo de Peter Pan”. El subtítulo de este libro es: las personas que nunca crecieron.[1]

El complejo de Peter Pan básicamente consiste en el conjunto de trastornos que padece una persona no sabiendo o no queriendo aceptar las responsabilidades propias de la vida adulta; envejeciendo con mentalidad adolescente. Inmaduros. Egoístas. Narcisistas. Dependiendo todo el tiempo de otros, regularmente de la mamá. Incapaces de compromiso. Moralmente irresponsables, por mencionar algunos síntomas.

De entre lo dicho para describir e identificar los síntomas del “complejo de Peter Pan” tomo tres para esta reflexión, los cuales, tristemente he venido evidenciando en la iglesia evangélica como una de las actuales tragedias que vivimos eclesialmente: inmadurez, egoísmo y desamor.

            Inmadurez
“Peter Pan es el símbolo de un fenómeno que no ha dejado de crecer en los últimos cien años: la obstinada voluntad de seguir siendo niño.”[2] Esta obstinada voluntad ha permeado la iglesia del Señor, pues la inmadurez baila en nuestras narices en tanto nos olvidamos de la responsabilidad de crecer comunitariamente.
“Peter Pan ha sido el arquetipo del infantilismo que inunda el mundo moderno”[3],  lamentablemente también la iglesia moderna.
Las divisiones internas, la idolatrización de los pastores farándula, la mala interpretación de los textos bíblicos que hablan de los dones espirituales y el abuso de los mismos, la insistencia en prácticas de inmoralidad sexual, las contenciones doctrinales, la sustitución de las Escrituras por las “revelaciones” subjetivas de muchos, el olvido de la adoración y el abrazo al espectáculo, la ausencia del amor al estilo de Jesús nos delata como inmaduros en la fe. Somos -una parte significativa- iglesia Peter Pan.

S. Pablo pastoreó una iglesia inmadura (Peter Pan), a ellos les dijo:
Yo, hermanos, no pude dirigirme a ustedes como a espirituales, sino como a inmaduros, apenas niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán inmaduros? (1 Corintios 3.1-3 NVI).

La recomendación para superar esta tragedia es ¡madure! A la misma iglesia Peter Pan en Corinto, S. Pablo exhorta con estas dulces palabras: Hermanos, no sean niños en su modo de pensar (1 Cor. 14.20). En palabras nuestras: ¡madure por Dios bendito!
Una persona madura es aquella que tiene cuatro éxitos: 1. Disfruta de una relación positiva consigo mismo, 2. Conserva y cultiva una relación positiva con los demás, 3. Trabaja y promueve una relación positiva con la creación de Dios y 4. Se identifica con Cristo y en esa identidad se proyecta en la vida.
¡Maduremos!

Egoísmo
Las iglesias que padecen el complejo de Peter Pan tienen “un grandioso sentido de su autoimportancia (por ejemplo, exagera sus logros y capacidades, espera ser reconocido como superior sin causa alguna). Están preocupadas por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios. Exigen admiración excesiva. Explotan sus relaciones interpersonales, sacando provecho de los demás...”[4] Son presumidas: se aprecian como “la coca-cola del desierto”.

El pastor S. Pablo queriendo prevenir este síntoma propio de las iglesias Peter Pan, les dijo a los hermanos en Filipos:
No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos.  Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás (Filipenses 2.3-4).

En la mente de Jesús es inconcebible una iglesia egoísta. Dio la vida en la cruz para hacer posible y real un pueblo santo, sencillo, humilde, lleno de misericordia, bondad, compasión y justicia. Las plataformas de presunción y poder las aborreció con toda el alma, siempre nos mostró un camino más excelente: -el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor...- (Mateo 20.26).
Que dentro de nuestras iglesias se evidencie el egoísmo, es un fracaso vergonzoso de nuestra parte, pues Cristo y egoísmo son incompatibles.

Desamor
La incapacidad de amar es un síntoma más del complejo Peter Pan. La no expresión adecuada y oportuna de afectos delata sus ausencias. Es decir, no expresa amor porque no tiene. Las personas que padecen el complejo de Peter Pan no quieren al otro, “sencillamente, aprendieron a servirse del otro, a cautivarlo y manipularlo en favor de su  satisfacción y autoexaltación personal.”[5]

La iglesia cristiana es la comunidad del amor. Lo es porque ha recibido y recibe a diario el extraordinario amor de Dios, también porque del amor recibido da a los demás. Pareciera ser que el fluir del amor en la Iglesia se estanca en el milagro de recibirlo a diario, de allí el amor no transita al siguiente paso, apenas lógico: compartirlo a otros. Peter Pan quiere ser amado, pero no quiere amar. Un síndrome muy evidente dentro de la iglesia actual.

El apóstol S. Juan nos regaló exhortaciones muy oportunas, además de contundentes, para salir del laberinto oscuro al que conduce el desamor. Una de ellas:
En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Así también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos… Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3.16, 18).

Decía S. Agustín: “La verdadera medida del amor es amar sin medida”. Una insignia real de lo que significa ser iglesia.

La iglesia cristiana es una obra en construcción, a pesar de los muchos años de historia aún no ha sido realizada a plena satisfacción; Dios tiene trabajo por hacer en ella y a través de ella. El hecho de que hoy no sea perfecta no le da derecho a nadie de juzgarla, descalificarla, desacreditarla, desvirtuarla, condenarla… en fin. Lo que sí podemos hacer es orar intensamente a su favor. Debemos involucrarnos comprometidamente con sus procesos de crecimiento y madurez. Empujar con empeño incesante en abrir y mover los brazos eclesiásticos al ritmo del amor cristiano. Lo que sí podemos hacer es dejar de pensar y actuar como niños -Peter Pan-, para empezar a pensar y actuar como Jesús.


©2018 Ed. Ramírez Suaza 





[1] Polaino-Lorente, Aquilino. El complejo de Peter Pan y el problema del infantilismo, en Aranguren, Javier (ed.). La libertad sentimental. Cuadernos de Anuario Filosófico. Serie Universitaria, nº 73, p. 111-138 (1999)
Torres Vilar, Natalia. 2011. "El miedo a crecer: El síndrome de Peter Pan a través del cine". Persona (14): 187-199
[2]  Francesco M. Cataluccio. El drama de la inmadurez. CLIJ: Cuadernos de literatura infantil y juvenil, ISSN 0214-4123, Año nº 17, Nº 176, 2004 (Ejemplar dedicado a: J.M. Barrie), págs. 30-35
[3] Ibid
[4] Aquilino, Op. Cit
[5] Ibid

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...