jueves, 7 de junio de 2018

DIOS ME HACE REÍR



Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended – ¡a reír!
F. Nietzsche

Muchas son las oportunidades en las que nos reímos y por muchas razones: por un chiste. Por algo gracioso que acontece. Por amor. Por enojo. Por ironía. Por complacencia. Por placer. Por burla…
En ocasiones la risa es la manera de estar más cerca del prójimo y, en algunos casos, más cerca de Dios.  Reír es un arte, especialmente cuando la causa irrumpe desde el cielo o en complicidad con él.

En tanto sigue estas humildes líneas, me encantaría que sostuviera en reflexión la siguiente pregunta: en algún momento de la vida, ¿Dios te ha hecho reír?

Las Escrituras contienen un testimonio verídico de cuando Dios hizo reír una pareja de adultos mayores. Muy mayores. Su bella historia se encuentra en el fascinante libro del Génesis 18.1-15.
En resumidas cuentas: el relato bíblico trata de cuando los esposos de avanzada edad, Abrahán con 100 años y Sara con 90, experimentaron -de manera sublime- una teofanía que les anunció la promesa de un hijo.
Cuando la esposa del patriarca escuchó semejante "disparate", rió para sus adentros, al parecer, porque la promesa le ayudó a reírse un poco de sí misma y de su esposo:
Por eso Sara se rió consigo misma, y dijo: «¿Después de haber envejecido voy a tener placer, si también mi señor ya está viejo?» (Gén. 18.11).
La risa de esta anciana me recuerda las palabras de Simon Critchley: “reírse de uno mismo es darse cuenta que uno es ridículo; este humor no es deprimente, al contrario, nos da un sentido de emancipación, consolación y elevación infantil.”[1]

Note pues la malicia indígena de Sara: el Señor le promete un hijo y ella inmediatamente se ríe porque va a volver hacer el amor con su esposo. Y si lo hace, vaya Dios a saber si va a sentir “las mismas cosquillas que sintió hace mucho más de 20.”

En el cap. 17 del Génesis entre los vv. 15-19, Dios habla con Abrahán a quien, entre otras cosas, le promete un hijo.
“Si no fuera porque esta es una promesa de Dios, hubiese sido un chiste cruel.”[2]
Cuando Abrahán escuchó la promesa,
se postró entonces sobre su rostro, y riéndose dijo en su corazón: «¿Acaso a un hombre de cien años le va a nacer un hijo? ¿Y acaso Sara, que tiene noventa años, va a concebir?» (Gén. 17.17).

En la vida llegué a creer que uno también se postraba ante Dios para reírse, y como si fuera poco, quizá con él. Intuyo la risa en esta experiencia como el recurso que encontró el patriarca, en ese instante, para estar más cerca de Dios.
Vaya cosa más bella: ¡Abrahán se postró delante de Dios para reírse!
Dios no reprende la risa de Abrahán, la comprende. La acepta. La recibe. Sospecho que hasta cómplice de ella se hizo.

Así, la risa viene siendo el hilo con el que el escritor bíblico teje esta cautivante narrativa. Inclusive se le otorga protagonismo cuando el Señor ordenó a Abrahán  llamar al niño “Risa” (Gén. 17.19). En hebreo, Isaac. Es como si le dijera: -Pues ombe, ya que esta promesa te causa tanta risa, llamarás al niño “Risa” pa’ que nunca deje de reírse.-
En efecto, 9 meses después de esta experiencia de Dios entre risas, nació el niño cuyo padre tenía 100 años de edad y su madre 90. Entonces exclama la madre recién parido su milagro: «Dios me ha hecho reír, y todo el que lo sepa se reirá conmigo» (Gén. 21.6).

La teóloga Elisa Estévez, en el año 2015 dio un seminario en Medellín titulado: “Experiencia de Dios en el libro de Génesis”, fue ahí cuando la escuché decir: “Dios hace reír al hombre para abrir brechas en sus conocimientos y para superar las maneras de entender las cosas. En consecuencia, reír viene a ser una expresión de sabiduría humana.

¿Recuerda que te pedí el favor de seguir reflexionando en si alguna vez Dios te hizo reír?
¡Dios me ha hecho reír también!
Me recuerdo con 4 años de edad cuando mi madre hastiada de existir sin vida agendó suicidarse. Sus desgracias, más el infierno que le ofreció mi padre sumergido en el alcohol, hundieron su alma hasta el fondo del pozo de la desesperación. En verdad, era más fácil que una anciana pariera un niño a que mi casa encontrara esperanza.
Pero aconteció lo inesperado: ¡la esperanza nos encontró! Me recuerdo inundado de risas por la salvación con la que el Señor nos visitó un 31 de diciembre en el año de 1982. Esa noche reímos con alegría, porque en lo que respecta nuestra salvación ¡nada es imposible para Dios!
«Dios me ha hecho reír, y todo el que lo sepa se reirá conmigo.»

©2018 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Critchley en Milton Acosta. El humor en el AT. Lima: Puma (2009): 61
[2] Ibid

viernes, 2 de marzo de 2018

¿YO DIJE ESO?


En los últimos meses vengo experimentando algo novedoso para mí: el hecho de enterarme de las pocas ocasiones en las que soy citado; sea en homilías, trabajos universitarios, conversaciones, redes sociales, entre otras. Saberlo trae a mi corazón el encuentro de diversas emociones, como por ejemplo un esfuerzo -no sé si necesario- de recurrir a la humildad. Por otro lado, se enciende una llama de alegría que tiende a crecer con cierto sentimiento de complacencia. Y una auto-aprobación que estimula la vocación de seguir aportando a la construcción de pensamiento cristiano.

El hecho ahora es que me animo a compartir algunas de esas citas. (Y yo acabo de añadir otras que no han sido citadas… presentarle dos o tres me resultaría vergonzoso. Ud. sabrá disculparme). Espero traigan algún provecho a su vida también.
Con respeto, amor y gozo:

La Iglesia no es una vitrina que exhibe personas perfectas, es una luz sobre una montaña que ilumina el sendero que aún conserva las huellas de Jesús, a fin de caminar comunitariamente en pos de ellas.

No conviertan el evangelio en una plaza de mercado.

Me avergüenzan los ministros que se suben al púlpito con una galería de ignorancias e improvisaciones absurdas, sin sentido y sin relevancia para la salvación; llamando sus bobadas “palabra de Dios”.

Un púlpito ordinario, mal hablao, es una vergüenza para el evangelio.

Nada más digno de conmiseración a una iglesia que cuente con un púlpito pusilánime, ignorante y desinteresado en aprender.

La muerte es un héroe derrotado, ella misma está sentenciada a muerte y muy pronto tendrá que devolver a la vida cuanto ser humano esté es su oscura prisión.

No todos los placeres deben ser complacidos irracionalmente. Algunos deleitan al instante pero arruinan de por vida.

Hay silencios que resultan fascinantes: en una pieza musical, en una mirada de enamorados, en un beso bajo la lluvia, en una caricia de mejillas y en una profunda oración; pero cuando se trata de evadir una confesión es fatal.

Dios me bendice con amigos de todos los colores, tamaños y demencias.

¿Qué nos espera mañana? ¡Dios! ¡Dios nos espera! Sus brazos no se fatigan de invitarnos a él, a su maravilla, a su sorprendente futuro.

Temo… no al más grande temor, sino al día que este planeta no tenga quien lo llore.

El creyente también tiene dudas.

No crea que orar consiste en hablar mucho.

Quien no tiene oídos para oír, no tiene palabras para orar.

Cuando oramos, los débiles somos fuertes; los cobardes valientes; los derrotados más que vencedores; los pecadores perdonados; los pobres ricos; los ricos salvos; los que lloramos consolados; los necesitados provistos y mucho más.

Una vida sin travesías vive en la calma de lo aburrido; en la falsa paz del sin sentido. Una vida sin movimientos arriesgados carece de felicidad. Una existencia sin aventuras se marchita en alguna ignorancia y se ahoga en la incredulidad.

Caminar no es fácil. A un ser humano le cuesta hasta un año aprender a dar sus primeros pasos. Lo más difícil es caminar el resto de la vida.

Dios muchas veces nos llama a renunciar a nuestros sueños para abrazar los sueños de él.

El Dios que pone a prueba, es también el Dios que pone en conflicto interno al ser humano. Pide lo absurdo, lo ilógico, lo humanamente inaceptable.

¡Dios nunca pide imposibles! Pero lo que te pida, así suene absurdo, hazlo.

No es broma; pero conozco personas que quieren llegar al norte y toman la ruta del sur.

Es el amor el ingrediente secreto de las personas fascinantes.

Quién de Uds. alguna vez dijo: -Dios, ven a una cruz y sálvanos.- ¡Nadie en la historia -jamás- hizo semejante plegaria!

El día que el dinero no sirva pa’ nada -¡y cuán cerca está ese día!- ¿qué será de quienes han puesto en el dinero y las posesiones su empeño, su dedicación, su tiempo y su confianza?


©2018 Ed. Ramírez Suaza 

miércoles, 14 de febrero de 2018

LOS PRIMEROS AUXILIOS Y LA FE



La oración del justo puede mucho.
Santiago (Biblia).


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una práctica hermosa entre cristianos muy digna de reconocimiento, necesitada además de exponer a conocimiento público sus maravillosos beneficios: la unción y oración por los enfermos. Los creyentes que aún hacen ejercicio de esta virtud se fundamentan en la fascinante carta de Santiago capítulo 5.14-15 que dice:

¿Hay entre ustedes algún enfermo? Que se llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará de su lecho. Si acaso ha pecado, sus pecados le serán perdonados.

Un número significativo de cristianos latinoamericanos en la praxis de esta cita bíblica consiguen un frasquito con aceite -preferiblemente de olivas- a fin de untar un poco en la frente de los enfermos para luego orar con fe a favor de ellos. Por mí han orado así, y vaya usted a saber: ¡funciona! Como yo, existen decenas de personas que pueden dar testimonio de lo mismo. La piedad en este ritual pierde su propósito cuando, entre otras, se unge automóviles, motocicletas, aviones, una ciudad desde un helicóptero, prendas de vestir, billetes, en fin.

Hay una pregunta que puede conducirnos a reconciliaciones muy preciadas con la fe, la práctica de oración por los enfermos y la salud: ¿qué quiso decir -en realidad- Santiago cuando escribió: “unjan con aceite”?
“...unjan con aceite” es una frase por entenderse en la totalidad del contenido y de significados de la carta escrita por Santiago.

“La Carta de Santiago es un documento de género sapiencial-profético, escrito para comunidades que viven lejos de su tierra, su cultura. Se trata de comunidades compuestas por migrantes que viven en una sociedad hostil y a la vez seductora.”[1] Comunidades sufrientes, precisando vivir diosmente entre las calamidades que originó la hostilidad greco-romana contra los cristianos, judíos o no, porque éstos no rendían culto al César.[2]
Las crisis afectaron las finanzas de los errantes que tanto preocuparon a Santiago, quien a estos hermanos inmersos en sufrimientos animó, de manera sapiencial, a sostener su confianza en el Señor Jesucristo. Las limitaciones económicas fueron para aquel entonces lamentables. Lamentable también las múltiples enfermedades que llenaron de zozobras sus vidas, sus familias, su hermandad en Cristo.

¿Qué hacer -desde el destierro- cuando alguien se enferma?
Santiago animó a los miembros de las comunidades migrantes a llamar los ancianos de la iglesia cuando enfermaban para que les aplicaran aceite, oraran y así sanar. Con esta sabia exhortación, Santiago descarga sobre los hombros de las comunidades una responsabilidad terapéutica-orante muy preciosa, además efectiva: usar el aceite y la oración como recurso medicinal. En las Escrituras es muy evidente el uso del aceite como ungüento curativo que Santiago no ignora (Is. 1.6; Lc. 10.34; Ap. 3.18), en su razón de saber instruye las comunidades cristianas a ungir los enfermos porque conoce las propiedades medicinales del aceite. “Ungir a los enfermos” equivale a nuestra actualidad algo así como “primeros auxilios”. Santiago establece que los enfermos llamen a los ancianos de la iglesia para recibir de ellos alguna atención medicinal básica, luego ser acompañados en oración. Los recursos médicos se aplican en oración creyente, convencidos de la intervención divina a favor del enfermo. Es decir, la confianza reposa en el Señor; no en la medicina. La sanidad, esto es contundente, la da Dios.

Una añadidura sorprendente en esta oración terapéutica es el perdón de los pecados. Es decir, la aplicación de las medicinas básicas más la oración con fe no sólo alcanzaría para la sanidad de quien se enfermaba; también para que todos los pecados le fuesen perdonados. ¿Y esto cómo puede ser? Santiago mismo no deja de sorprender a sus lectores, “La oración del justo es muy poderosa y efectiva” (Santiago 5.16).

Si en algún momento llega usted a enfermar, no demore en llamar los ancianos de la iglesia para que, en tanto le aplican medicamentos oren a su favor; así sólo corre el buen riesgo de sanar y de que sus pecados le sean perdonados. Igualmente, cuando se entere que algún hermano en la fe enferma, ve y ora por él con fe en tanto sigue las recomendaciones médicas para que sane y los pecados le sean perdonados.
Recuerda: ¡la oración del justo puede mucho!


©2018 Ed. Ramírez Suaza 


[1] Elsa Tamez. Santiago, una carta circular para migrantes.  Anatéllei: se levanta, ISSN 1850-4671, Año 13, Nº. 26, 2011 p. 23-32
[2] Ibid

martes, 30 de enero de 2018

"NOS DAMOS EN LA JETA"



Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.
Gandhi


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al senador liberal de la república colombiana Horacio Serpa respondiendo a unos ciudadanos que lo increparon en medio de una protesta con estas palabras: -¡Me vuelven a gritar, vengo y nos damos en la jeta!-[1]

Bravuconadas como esta, y otras peores, son pan de cada día en la hermosa Colombia. Las agresiones en todas sus capacidades, manifestaciones y expresiones conviven entre -y en- nosotros. Quizá, porque traemos en la sangre una maldita predisposición a la violencia, a desajustar la armonía social, familiar, laboral, en fin; con agresiones físicas y/o verbales. Muchos aprendimos a solucionar diferencias, reclamos, injusticias y demás “dándonos en la jeta”.

Y es que, ¿a quién no le han llegado a dar en la jeta?
O, ¿quién no le ha dado a otro en la jeta?
Pocos, en verdad muy pocos, podrían decir que no le han dado en la jeta o no le ha dado en la jeta a alguien en toda su vida. ¡Ah! O coscorrones, como recién gobernó un vicepresidente de este mismo país.[2]

Nuestra existencia parece saturarse de violencia: violencia familiar. Violencia de género. Violencia sicológica. Violencia religiosa. Violencia política. Violencia lingüística. Violencia juvenil. Violencia del terrorismo. Violencia del estado. Violencia infantil. Violencia de la comunicación. Violencia nihilista. Violencia escolar. Violencia laboral. Violencia doméstica. Violencia histórica. Violencia de la injusticia. Violencia del poder. Violencia económica… ¡Qué versátil es ahora nuestra violencia!

Inevitablemente irrumpe la pregunta: ¿de dónde surge tanta violencia?
El Carpintero de Nazaret, Jesucristo, dio respuesta cierta a esta pregunta. Dijo él: -Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias- (Mateo 15.19).
Mejor dicho, el corazón humano es una máquina de violencia.
Afortunadamente, el corazón humano es rehabilitable.

En lugar de responder con violencia a cualquier experiencia hostil, el ser humano puede aprender a proceder jesusmente:
… ¡amen a sus enemigos! Hagan bien a quienes los odian. Bendigan a quienes los maldicen. Oren por aquellos que los lastiman. Si alguien te da una bofetada en una mejilla, ofrécele también la otra mejilla. Si alguien te exige el abrigo, ofrécele también la camisa (Lucas 6.27- 29 NTV).
Bueno, tenemos dos opciones: 1. nos “damos en la jeta” al estilo Serpa; 2. Amamos a los enemigos. Ponemos la otra mejilla, al estilo de Jesús.

Pienso, tal vez atrevidamente, que ha llegado la hora del hastío por la violencia. A las trompadas hemos logrado ríos de sangre, miles de noches en luto, centenares de huérfanos y viudas, apetitos de venganzas, dolor, tragedia, desgracia, ruinas, miedos, odios, tristezas, lágrimas negras…
La propuesta de Jesús ofrece una justicia trascendente, va más allá de lo esperado: el amor. Es que el amor tiene una metodología sublime: vence con bien al mal.

Esa preferencia por “darnos en la jeta” sin jeta nos va a dejar. Pero si abrazamos el amor que propone Jesús, lograremos vestir de esperanza y paz nuestra tierra.

©2018 Ed. Ramírez Suaza  






[1]http://www.semana.com/nacion/articulo/horacio-serpa-dice-vengo-y-nos-damos-en-la-jeta-a-protestantes-bucaramanga/555322
[2] http://www.eltiempo.com/cultura/gente/vargas-lleras-le-pega-un-coscorron-a-su-escolta-57165

martes, 9 de enero de 2018

LA IGLESIA PETER PAN


La falta de madurez es el mal de nuestra época, y
la incapacidad de madurar la enfermedad de nuestro tiempo.
 (K. Durckheim).



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi la iglesia Peter Pan. Francamente no estuve contemplando otra denominación emergente que surge a la par de muchas otras en el extenso abanico del evangelicalismo latinoamericano; vi más bien un conjunto de trastornos espirituales en la iglesia evangélica, la verdad, preocupantes. Una lectura amorosamente franca a dichos trastornos me permite advertir que dentro de la Iglesia venimos padeciendo “El complejo de Peter Pan”.
Por favor, no generalizo, sencillamente advierto que dentro de la Iglesia se padece este complejo.

En el año 1904 apareció en el escenario de la literatura una novela que llegó a ser extraordinariamente exitosa: Peter Pan, escrita por James Mathew Barrie. Estudios Universal, Columbia Pictures y otras industrias del cine “nos hicieron el favor” de llevarla a la pantalla gigante. El el año 1983 el Dr. Dan Kiley, psicologo clínico, escribió otro éxito, no una novela sino un análisis del personaje novelesco y algunas conductas reales, además coincidentes en ciertas personas. Su obra titula “El complejo de Peter Pan”. El subtítulo de este libro es: las personas que nunca crecieron.[1]

El complejo de Peter Pan básicamente consiste en el conjunto de trastornos que padece una persona no sabiendo o no queriendo aceptar las responsabilidades propias de la vida adulta; envejeciendo con mentalidad adolescente. Inmaduros. Egoístas. Narcisistas. Dependiendo todo el tiempo de otros, regularmente de la mamá. Incapaces de compromiso. Moralmente irresponsables, por mencionar algunos síntomas.

De entre lo dicho para describir e identificar los síntomas del “complejo de Peter Pan” tomo tres para esta reflexión, los cuales, tristemente he venido evidenciando en la iglesia evangélica como una de las actuales tragedias que vivimos eclesialmente: inmadurez, egoísmo y desamor.

            Inmadurez
“Peter Pan es el símbolo de un fenómeno que no ha dejado de crecer en los últimos cien años: la obstinada voluntad de seguir siendo niño.”[2] Esta obstinada voluntad ha permeado la iglesia del Señor, pues la inmadurez baila en nuestras narices en tanto nos olvidamos de la responsabilidad de crecer comunitariamente.
“Peter Pan ha sido el arquetipo del infantilismo que inunda el mundo moderno”[3],  lamentablemente también la iglesia moderna.
Las divisiones internas, la idolatrización de los pastores farándula, la mala interpretación de los textos bíblicos que hablan de los dones espirituales y el abuso de los mismos, la insistencia en prácticas de inmoralidad sexual, las contenciones doctrinales, la sustitución de las Escrituras por las “revelaciones” subjetivas de muchos, el olvido de la adoración y el abrazo al espectáculo, la ausencia del amor al estilo de Jesús nos delata como inmaduros en la fe. Somos -una parte significativa- iglesia Peter Pan.

S. Pablo pastoreó una iglesia inmadura (Peter Pan), a ellos les dijo:
Yo, hermanos, no pude dirigirme a ustedes como a espirituales, sino como a inmaduros, apenas niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán inmaduros? (1 Corintios 3.1-3 NVI).

La recomendación para superar esta tragedia es ¡madure! A la misma iglesia Peter Pan en Corinto, S. Pablo exhorta con estas dulces palabras: Hermanos, no sean niños en su modo de pensar (1 Cor. 14.20). En palabras nuestras: ¡madure por Dios bendito!
Una persona madura es aquella que tiene cuatro éxitos: 1. Disfruta de una relación positiva consigo mismo, 2. Conserva y cultiva una relación positiva con los demás, 3. Trabaja y promueve una relación positiva con la creación de Dios y 4. Se identifica con Cristo y en esa identidad se proyecta en la vida.
¡Maduremos!

Egoísmo
Las iglesias que padecen el complejo de Peter Pan tienen “un grandioso sentido de su autoimportancia (por ejemplo, exagera sus logros y capacidades, espera ser reconocido como superior sin causa alguna). Están preocupadas por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios. Exigen admiración excesiva. Explotan sus relaciones interpersonales, sacando provecho de los demás...”[4] Son presumidas: se aprecian como “la coca-cola del desierto”.

El pastor S. Pablo queriendo prevenir este síntoma propio de las iglesias Peter Pan, les dijo a los hermanos en Filipos:
No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos.  Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás (Filipenses 2.3-4).

En la mente de Jesús es inconcebible una iglesia egoísta. Dio la vida en la cruz para hacer posible y real un pueblo santo, sencillo, humilde, lleno de misericordia, bondad, compasión y justicia. Las plataformas de presunción y poder las aborreció con toda el alma, siempre nos mostró un camino más excelente: -el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor...- (Mateo 20.26).
Que dentro de nuestras iglesias se evidencie el egoísmo, es un fracaso vergonzoso de nuestra parte, pues Cristo y egoísmo son incompatibles.

Desamor
La incapacidad de amar es un síntoma más del complejo Peter Pan. La no expresión adecuada y oportuna de afectos delata sus ausencias. Es decir, no expresa amor porque no tiene. Las personas que padecen el complejo de Peter Pan no quieren al otro, “sencillamente, aprendieron a servirse del otro, a cautivarlo y manipularlo en favor de su  satisfacción y autoexaltación personal.”[5]

La iglesia cristiana es la comunidad del amor. Lo es porque ha recibido y recibe a diario el extraordinario amor de Dios, también porque del amor recibido da a los demás. Pareciera ser que el fluir del amor en la Iglesia se estanca en el milagro de recibirlo a diario, de allí el amor no transita al siguiente paso, apenas lógico: compartirlo a otros. Peter Pan quiere ser amado, pero no quiere amar. Un síndrome muy evidente dentro de la iglesia actual.

El apóstol S. Juan nos regaló exhortaciones muy oportunas, además de contundentes, para salir del laberinto oscuro al que conduce el desamor. Una de ellas:
En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Así también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos… Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3.16, 18).

Decía S. Agustín: “La verdadera medida del amor es amar sin medida”. Una insignia real de lo que significa ser iglesia.

La iglesia cristiana es una obra en construcción, a pesar de los muchos años de historia aún no ha sido realizada a plena satisfacción; Dios tiene trabajo por hacer en ella y a través de ella. El hecho de que hoy no sea perfecta no le da derecho a nadie de juzgarla, descalificarla, desacreditarla, desvirtuarla, condenarla… en fin. Lo que sí podemos hacer es orar intensamente a su favor. Debemos involucrarnos comprometidamente con sus procesos de crecimiento y madurez. Empujar con empeño incesante en abrir y mover los brazos eclesiásticos al ritmo del amor cristiano. Lo que sí podemos hacer es dejar de pensar y actuar como niños -Peter Pan-, para empezar a pensar y actuar como Jesús.


©2018 Ed. Ramírez Suaza 





[1] Polaino-Lorente, Aquilino. El complejo de Peter Pan y el problema del infantilismo, en Aranguren, Javier (ed.). La libertad sentimental. Cuadernos de Anuario Filosófico. Serie Universitaria, nº 73, p. 111-138 (1999)
Torres Vilar, Natalia. 2011. "El miedo a crecer: El síndrome de Peter Pan a través del cine". Persona (14): 187-199
[2]  Francesco M. Cataluccio. El drama de la inmadurez. CLIJ: Cuadernos de literatura infantil y juvenil, ISSN 0214-4123, Año nº 17, Nº 176, 2004 (Ejemplar dedicado a: J.M. Barrie), págs. 30-35
[3] Ibid
[4] Aquilino, Op. Cit
[5] Ibid

miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL DIOS TRAGAMONEDAS

No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.

Jesucristo

 

Todo por un muñeco de peluche | Impacto!

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi personas jugando en máquinas tragamonedas; de aquellas que en su parte superior contienen, como vitrina, peluches amontonados, además muy apetecidos por la población infantil. La máquina exige un depósito de dos monedas de $500 m/c, que al recibirlas se activa sólo una oportunidad de agarrar un peluche con una palanca y un botón como comandos del juego. Si el jugador logra tomar uno de ellos, debe girar la pequeña grúa que está dentro de la vitrina hacia el orificio de la victoria. Vaya infortunio el de muchos, ¡nunca han podido sacar un bendito peluche! La máquina esa se les tragó las monedas. Es más, me enteré -no hace mucho- que todas ellas están diseñadas para tragar monedas.

Esta experiencia es la misma para muchos “creyentes”, yo les diría crédulos, quienes con anhelos sinceros han pretendido acudir a Dios a través de telepredicadores o radiopredicadores; inclusive a iglesias neo-pentecostales, con las ilusiones de que se les supla alguna necesidad, se les ayude en medio de una crisis específica y en su desesperación o afán han depositado sus “monedas” en las cuentas bancarias que el “predicador” les ha indicado. Lo han hecho así porque se les ha prometido que, una vez depositado el dinero todas las necesidades serán satisfechas. La crisis le será solucionada. La enfermedad sanada; todo esto milagrosamente gracias a las monedas -y no poquitas- que se les deposita. Pero resulta que el dios del telepredicador se les ha tragado las monedas: consignaron y la enfermedad continúa. La crisis se hizo más intensa. La necesidad no fue suplida. Los apuros no desaparecieron.

¡Dios se les tragó la moneda!

Luego nos vamos dando cuenta que ese “evangelio” está amañado precisamente para eso, ¡para tragar monedas!

Hay una verdad que las masas crédulas necesitan abrazar con fe: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo no cobra por sanar, proveer, bendecir, ayudar, restaurar, salvar… en fin; su gozo está en suplir a todas nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria de manera gratuita. Pero muchas personas con astucia oscura y avaricia han visto en la ignorancia, afán, desespero, credulidad de las gentes una oportunidad de estafarlos en nombre de Dios. Para los comerciantes de la fe, la religión es un negocio. ¡Y qué negocio!

En el Evangelio según S. Juan 2.13-22, el autor comparte el testimonio histórico del afamado episodio “la purificación del templo”. La narrativa inicia diciendo que, “estaba cerca la Pascua, cuando Jesús fue a Jerusalén”. Estas palabras introductorias al acontecimiento ameritan una especial atención, pues en las celebraciones pascuales se conmemoraba con festejos, alegrías y memorias la libertad otorgada por Dios a todos ellos cuando fueron esclavos de Egipto. Era una fiesta, la primera de las más importantes en la fe judía, porque en la Pascua de su historia fueron libres. Vaya ironía: Jesús fue a Jerusalén a celebrar una fiesta en memorias de la libertad y se encontró con un templo que oprimía a sus hermanos haciendo de la fe un festín comercial. El Señor, no tolerante con semejante despropósito, hizo un azote con cuerdas que encontró en el sagrado recinto usándolo para expulsar a los comerciantes del templo, sacar los animales, esparcir por todo el piso las monedas de los cambistas y volcar las mesas mientras les decía: -¡No conviertan la casa de mi Padre en un mercado!-

¡Eso es! No conviertan el evangelio en una plaza de mercado.

Aún no alcanzo a comprender por qué multitudes prefieren pagar en lugar de orar. Dejarse estafar en lugar de hacer peticiones y acciones de gracias al Señor Jesús. Poner las manos sobre el televisor para “recibir la unción” en lugar de poner su confianza alegre en Cristo. Consignar a quien hace del evangelio un negocio en lugar de tener fe en la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta.

Apreciado lector, jamás olvide que una de las cualidades más sublimes del evangelio de Jesucristo es la gratuidad. Cuando desespere, no corra a echar su platica en las cuentas de los diversos “evangelios tragamonedas”; mejor “entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio” (Mateo 6, 6). 

No pague; crea a Dios.

No les consigne; ore.

No “pacte”; pida.

No participe de la comercialización del evangelio; viva el evangelio de Cristo.

Si va a pagar, que sea el arriendo de un hotel modesto para un anciano que habita la calle.

Si va a consignar, que sea a la cuenta de una obra misionera.

Si va a “pactar” que sea compartir el pan con el hambriento y el abrigo con el desnudo.

Si va a comercializar, que sea para el disfrute de la vida, pero jamás con el evangelio.

Si vas a ofrendar en la Iglesia, que sea con alegría y generosidad; con el corazón motivado por el amor, la gratitud, la fidelidad que alienta a los hijos de Dios en afectos entrañables por Su obra y Sus siervos humildes en la tierra.

A quienes así proceden, S. Pablo dejó eternalizadas estas benditas palabras: “Por lo tanto, mi Dios les dará a ustedes todo lo que les falte, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús” (Filipenses 4, 19).

 

©2017 Ed. Ramírez Suaza 

martes, 8 de agosto de 2017

Reputaciones en tela de juicio



Cuida tu reputación, no por vanidad, sino para no dañar tu obra y por amor a la verdad.
Henri-Frédéric Amiel




Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi la Iglesia cristiana como la comunidad incomprendida en el mundo con su reputación pendiendo de un hilo ante muchas personas en algunos lugares del mundo. Esto es realidad, gracias a los muchos escándalos que eclipsan rostros de la Iglesia y de Cristo. Otras muchas personas se empeñan en valerse de estos desatinos que salen a la luz pública para difamar, desacreditar a la Iglesia.

Espectadores, testigos, escuchas de los escándalos de esta naturaleza parecieran ser incapaces de distinguir entre los que son Iglesia de quienes no lo son; les cuesta diferenciar pentecostales unitarios, testigos de Jehová, neopentecostales, movimiento MIRA, creciendo en gracia, reformados, independientes… en fin, apreciándolos como si fueran iguales. Quizá por confusiones como ésta, cuando se hace noticia un escándalo de algún afamado pastor o líder religioso, muchas comunidades sufren la desacreditación de su fe como consecuencia de pecados ajenos.

Con el fenómeno actual de las redes sociales, escándalos morales se viralizan precipitadamente llegando a muchas personas y haciendo muchos daños. Me resulta lamentable que algunos profesantes de la fe cristiana participen de esas divulgaciones nocivas para el evangelio. Ombe, que la desacreditación venga de afuera es común y se puede lidiar con eso, pero que se desate desde dentro de la Iglesia es preocupante y causa de tristezas. No lo digo porque sutilmente me interese promover la hipocresía entre cristianos; cobijar con santurronería nuestros desaciertos morales contradice el evangelio, como también contradice nuestra fe la divulgación irracional y carente de virtud de aquellas noticias –ciertas o no- que eclipsan el rostro de Cristo y de la Iglesia.

Estas personas necesitan saber que la Iglesia “es la familia, única y multiétnica, que el Dios creador prometió a Abraham. Nació por medio de Jesús, el Mesías de Israel; recibió su energía del Espíritu de Dios; y ha sido llamada a llevar las transformadoras noticias de la justicia rescatadora de Dios a toda la creación.”[1] Jesús, el Hijo de Dios tiene un objetivo principal con ella, y es “la edificación de un pueblo espiritual que sea la casa de Dios en la tierra.”[2] La Iglesia es la comunidad a través de la cual Dios se hace realidad en el mundo. Aun así, es vulnerable al ingreso de personas inescrupulosas que pervierten el evangelio, hacen de la fe una plaza de mercado y de la ética cristiana un chiste de mal gusto; son “lobos disfrazados de ovejas”. Desde muy temprana la historia del cristianismo, la comunidad creyente ha tenido que deslindarse de quienes son falsos hermanos, falsos pastores, profetas, apóstoles, maestros; hasta de falsos cristos (2 Timoteo 3).

La Iglesia es de Cristo. Cristo la dignifica. Cristo la purifica. Cristo la sostiene a pesar de nosotros mismos.

Hay una metáfora muy bella que encontró S. Pablo para describir la Iglesia: un cuerpo (1 Cor. 12, 12-26). Comprender las implicaciones de la metáfora impide que entre nosotros mismos nos “pisemos la manguera”. Un cuerpo con buena autoestima no se agrede así mismo, no atenta contra sí mismo; al contrario, se cuida, sustenta, alimenta. Cuando algo en el cuerpo no va bien, el resto se afecta y comienza luchar por tratar de estar mejor. Así los miembros de la Iglesia debemos cuidar los unos de los otros. Sé que es más fácil criticar que cuidar, pero es mejor cuidar que criticar; y podemos cuidar orando, exhortándonos con la verdad del evangelio entre nosotros mismos, ayudándonos en nuestras flaquezas con acompañamiento y fe. Unidos, porque unidos es la única forma de ser Iglesia al estilo de Jesús. ¿A caso olvidamos su oración?

Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.  Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí (Jn. 17, 21-23 DHH).

Es muy cierto que por más que luchamos y anhelamos ser santos, nuestras vidas moralmente no son inmaculadas, como le he dicho a algunos amigos cuando vienen a la congregación donde soy pastor:

-esta es una comunidad cristiana donde todos los miembros somos pecadores en proceso de cristianización; y quien encabeza la lista de personas urgentes por esa rehabilitación humana, ¡yo! 
Me encantaría decir que gozamos de una moral sobrenaturalmente santa, pero con cierto alivio me complazco en decir: ¡no somos sobrenaturalmente santos! Somos unos peregrinos que vamos un paso a la vez en dirección a Dios por medio de Cristo con la guía del Espíritu Santo. Somos peregrinos frágiles, de barro –no de acero-, con fe y con dudas, con aciertos y pecados, con dichas y tristezas, con amor y otras veces sin él. De lo que sí estamos seguros es que vamos por el camino correcto en la dirección que nos ofrecen las Sagradas Escrituras.

Muchos somos los pecadores que acudimos a la Iglesia cada semana para saciar el alma con el bendito evangelio de Jesucristo que nos ofrece perdón, vida eterna, sanidad, restauración y propósitos a nuestras humanidades fracturadas por el pecado. La Iglesia no es una vitrina que exhibe personas perfectas, es una luz sobre una montaña que ilumina el sendero que aún conserva las huellas de Jesús, a fin de caminar comunitariamente en pos de ellas.
Mientras peregrinas en, y con la iglesia, dale de tu parte la mejor reputación.


©2017 Ed. Ramírez Suaza



[1] N.T. Wright. Simplemente cristiano. (Miami: Vida, 2012): 227
[2] Kevin J. Vanhoozer. El drama de la doctrina. (Salamanca: Sígueme, 2010): 81

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