miércoles, 14 de febrero de 2018

LOS PRIMEROS AUXILIOS Y LA FE



La oración del justo puede mucho.
Santiago (Biblia).


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una práctica hermosa entre cristianos muy digna de reconocimiento, necesitada además de exponer a conocimiento público sus maravillosos beneficios: la unción y oración por los enfermos. Los creyentes que aún hacen ejercicio de esta virtud se fundamentan en la fascinante carta de Santiago capítulo 5.14-15 que dice:

¿Hay entre ustedes algún enfermo? Que se llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará de su lecho. Si acaso ha pecado, sus pecados le serán perdonados.

Un número significativo de cristianos latinoamericanos en la praxis de esta cita bíblica consiguen un frasquito con aceite -preferiblemente de olivas- a fin de untar un poco en la frente de los enfermos para luego orar con fe a favor de ellos. Por mí han orado así, y vaya usted a saber: ¡funciona! Como yo, existen decenas de personas que pueden dar testimonio de lo mismo. La piedad en este ritual pierde su propósito cuando, entre otras, se unge automóviles, motocicletas, aviones, una ciudad desde un helicóptero, prendas de vestir, billetes, en fin.

Hay una pregunta que puede conducirnos a reconciliaciones muy preciadas con la fe, la práctica de oración por los enfermos y la salud: ¿qué quiso decir -en realidad- Santiago cuando escribió: “unjan con aceite”?
“...unjan con aceite” es una frase por entenderse en la totalidad del contenido y de significados de la carta escrita por Santiago.

“La Carta de Santiago es un documento de género sapiencial-profético, escrito para comunidades que viven lejos de su tierra, su cultura. Se trata de comunidades compuestas por migrantes que viven en una sociedad hostil y a la vez seductora.”[1] Comunidades sufrientes, precisando vivir diosmente entre las calamidades que originó la hostilidad greco-romana contra los cristianos, judíos o no, porque éstos no rendían culto al César.[2]
Las crisis afectaron las finanzas de los errantes que tanto preocuparon a Santiago, quien a estos hermanos inmersos en sufrimientos animó, de manera sapiencial, a sostener su confianza en el Señor Jesucristo. Las limitaciones económicas fueron para aquel entonces lamentables. Lamentable también las múltiples enfermedades que llenaron de zozobras sus vidas, sus familias, su hermandad en Cristo.

¿Qué hacer -desde el destierro- cuando alguien se enferma?
Santiago animó a los miembros de las comunidades migrantes a llamar los ancianos de la iglesia cuando enfermaban para que les aplicaran aceite, oraran y así sanar. Con esta sabia exhortación, Santiago descarga sobre los hombros de las comunidades una responsabilidad terapéutica-orante muy preciosa, además efectiva: usar el aceite y la oración como recurso medicinal. En las Escrituras es muy evidente el uso del aceite como ungüento curativo que Santiago no ignora (Is. 1.6; Lc. 10.34; Ap. 3.18), en su razón de saber instruye las comunidades cristianas a ungir los enfermos porque conoce las propiedades medicinales del aceite. “Ungir a los enfermos” equivale a nuestra actualidad algo así como “primeros auxilios”. Santiago establece que los enfermos llamen a los ancianos de la iglesia para recibir de ellos alguna atención medicinal básica, luego ser acompañados en oración. Los recursos médicos se aplican en oración creyente, convencidos de la intervención divina a favor del enfermo. Es decir, la confianza reposa en el Señor; no en la medicina. La sanidad, esto es contundente, la da Dios.

Una añadidura sorprendente en esta oración terapéutica es el perdón de los pecados. Es decir, la aplicación de las medicinas básicas más la oración con fe no sólo alcanzaría para la sanidad de quien se enfermaba; también para que todos los pecados le fuesen perdonados. ¿Y esto cómo puede ser? Santiago mismo no deja de sorprender a sus lectores, “La oración del justo es muy poderosa y efectiva” (Santiago 5.16).

Si en algún momento llega usted a enfermar, no demore en llamar los ancianos de la iglesia para que, en tanto le aplican medicamentos oren a su favor; así sólo corre el buen riesgo de sanar y de que sus pecados le sean perdonados. Igualmente, cuando se entere que algún hermano en la fe enferma, ve y ora por él con fe en tanto sigue las recomendaciones médicas para que sane y los pecados le sean perdonados.
Recuerda: ¡la oración del justo puede mucho!


©2018 Ed. Ramírez Suaza 


[1] Elsa Tamez. Santiago, una carta circular para migrantes.  Anatéllei: se levanta, ISSN 1850-4671, Año 13, Nº. 26, 2011 p. 23-32
[2] Ibid

martes, 30 de enero de 2018

"NOS DAMOS EN LA JETA"



Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.
Gandhi


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi al senador liberal de la república colombiana Horacio Serpa respondiendo a unos ciudadanos que lo increparon en medio de una protesta con estas palabras: -¡Me vuelven a gritar, vengo y nos damos en la jeta!-[1]

Bravuconadas como esta, y otras peores, son pan de cada día en la hermosa Colombia. Las agresiones en todas sus capacidades, manifestaciones y expresiones conviven entre -y en- nosotros. Quizá, porque traemos en la sangre una maldita predisposición a la violencia, a desajustar la armonía social, familiar, laboral, en fin; con agresiones físicas y/o verbales. Muchos aprendimos a solucionar diferencias, reclamos, injusticias y demás “dándonos en la jeta”.

Y es que, ¿a quién no le han llegado a dar en la jeta?
O, ¿quién no le ha dado a otro en la jeta?
Pocos, en verdad muy pocos, podrían decir que no le han dado en la jeta o no le ha dado en la jeta a alguien en toda su vida. ¡Ah! O coscorrones, como recién gobernó un vicepresidente de este mismo país.[2]

Nuestra existencia parece saturarse de violencia: violencia familiar. Violencia de género. Violencia sicológica. Violencia religiosa. Violencia política. Violencia lingüística. Violencia juvenil. Violencia del terrorismo. Violencia del estado. Violencia infantil. Violencia de la comunicación. Violencia nihilista. Violencia escolar. Violencia laboral. Violencia doméstica. Violencia histórica. Violencia de la injusticia. Violencia del poder. Violencia económica… ¡Qué versátil es ahora nuestra violencia!

Inevitablemente irrumpe la pregunta: ¿de dónde surge tanta violencia?
El Carpintero de Nazaret, Jesucristo, dio respuesta cierta a esta pregunta. Dijo él: -Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias- (Mateo 15.19).
Mejor dicho, el corazón humano es una máquina de violencia.
Afortunadamente, el corazón humano es rehabilitable.

En lugar de responder con violencia a cualquier experiencia hostil, el ser humano puede aprender a proceder jesusmente:
… ¡amen a sus enemigos! Hagan bien a quienes los odian. Bendigan a quienes los maldicen. Oren por aquellos que los lastiman. Si alguien te da una bofetada en una mejilla, ofrécele también la otra mejilla. Si alguien te exige el abrigo, ofrécele también la camisa (Lucas 6.27- 29 NTV).
Bueno, tenemos dos opciones: 1. nos “damos en la jeta” al estilo Serpa; 2. Amamos a los enemigos. Ponemos la otra mejilla, al estilo de Jesús.

Pienso, tal vez atrevidamente, que ha llegado la hora del hastío por la violencia. A las trompadas hemos logrado ríos de sangre, miles de noches en luto, centenares de huérfanos y viudas, apetitos de venganzas, dolor, tragedia, desgracia, ruinas, miedos, odios, tristezas, lágrimas negras…
La propuesta de Jesús ofrece una justicia trascendente, va más allá de lo esperado: el amor. Es que el amor tiene una metodología sublime: vence con bien al mal.

Esa preferencia por “darnos en la jeta” sin jeta nos va a dejar. Pero si abrazamos el amor que propone Jesús, lograremos vestir de esperanza y paz nuestra tierra.

©2018 Ed. Ramírez Suaza  






[1]http://www.semana.com/nacion/articulo/horacio-serpa-dice-vengo-y-nos-damos-en-la-jeta-a-protestantes-bucaramanga/555322
[2] http://www.eltiempo.com/cultura/gente/vargas-lleras-le-pega-un-coscorron-a-su-escolta-57165

martes, 9 de enero de 2018

LA IGLESIA PETER PAN


La falta de madurez es el mal de nuestra época, y
la incapacidad de madurar la enfermedad de nuestro tiempo.
 (K. Durckheim).



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi la iglesia Peter Pan. Francamente no estuve contemplando otra denominación emergente que surge a la par de muchas otras en el extenso abanico del evangelicalismo latinoamericano; vi más bien un conjunto de trastornos espirituales en la iglesia evangélica, la verdad, preocupantes. Una lectura amorosamente franca a dichos trastornos me permite advertir que dentro de la Iglesia venimos padeciendo “El complejo de Peter Pan”.
Por favor, no generalizo, sencillamente advierto que dentro de la Iglesia se padece este complejo.

En el año 1904 apareció en el escenario de la literatura una novela que llegó a ser extraordinariamente exitosa: Peter Pan, escrita por James Mathew Barrie. Estudios Universal, Columbia Pictures y otras industrias del cine “nos hicieron el favor” de llevarla a la pantalla gigante. El el año 1983 el Dr. Dan Kiley, psicologo clínico, escribió otro éxito, no una novela sino un análisis del personaje novelesco y algunas conductas reales, además coincidentes en ciertas personas. Su obra titula “El complejo de Peter Pan”. El subtítulo de este libro es: las personas que nunca crecieron.[1]

El complejo de Peter Pan básicamente consiste en el conjunto de trastornos que padece una persona no sabiendo o no queriendo aceptar las responsabilidades propias de la vida adulta; envejeciendo con mentalidad adolescente. Inmaduros. Egoístas. Narcisistas. Dependiendo todo el tiempo de otros, regularmente de la mamá. Incapaces de compromiso. Moralmente irresponsables, por mencionar algunos síntomas.

De entre lo dicho para describir e identificar los síntomas del “complejo de Peter Pan” tomo tres para esta reflexión, los cuales, tristemente he venido evidenciando en la iglesia evangélica como una de las actuales tragedias que vivimos eclesialmente: inmadurez, egoísmo y desamor.

            Inmadurez
“Peter Pan es el símbolo de un fenómeno que no ha dejado de crecer en los últimos cien años: la obstinada voluntad de seguir siendo niño.”[2] Esta obstinada voluntad ha permeado la iglesia del Señor, pues la inmadurez baila en nuestras narices en tanto nos olvidamos de la responsabilidad de crecer comunitariamente.
“Peter Pan ha sido el arquetipo del infantilismo que inunda el mundo moderno”[3],  lamentablemente también la iglesia moderna.
Las divisiones internas, la idolatrización de los pastores farándula, la mala interpretación de los textos bíblicos que hablan de los dones espirituales y el abuso de los mismos, la insistencia en prácticas de inmoralidad sexual, las contenciones doctrinales, la sustitución de las Escrituras por las “revelaciones” subjetivas de muchos, el olvido de la adoración y el abrazo al espectáculo, la ausencia del amor al estilo de Jesús nos delata como inmaduros en la fe. Somos -una parte significativa- iglesia Peter Pan.

S. Pablo pastoreó una iglesia inmadura (Peter Pan), a ellos les dijo:
Yo, hermanos, no pude dirigirme a ustedes como a espirituales, sino como a inmaduros, apenas niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán inmaduros? (1 Corintios 3.1-3 NVI).

La recomendación para superar esta tragedia es ¡madure! A la misma iglesia Peter Pan en Corinto, S. Pablo exhorta con estas dulces palabras: Hermanos, no sean niños en su modo de pensar (1 Cor. 14.20). En palabras nuestras: ¡madure por Dios bendito!
Una persona madura es aquella que tiene cuatro éxitos: 1. Disfruta de una relación positiva consigo mismo, 2. Conserva y cultiva una relación positiva con los demás, 3. Trabaja y promueve una relación positiva con la creación de Dios y 4. Se identifica con Cristo y en esa identidad se proyecta en la vida.
¡Maduremos!

Egoísmo
Las iglesias que padecen el complejo de Peter Pan tienen “un grandioso sentido de su autoimportancia (por ejemplo, exagera sus logros y capacidades, espera ser reconocido como superior sin causa alguna). Están preocupadas por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios. Exigen admiración excesiva. Explotan sus relaciones interpersonales, sacando provecho de los demás...”[4] Son presumidas: se aprecian como “la coca-cola del desierto”.

El pastor S. Pablo queriendo prevenir este síntoma propio de las iglesias Peter Pan, les dijo a los hermanos en Filipos:
No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos.  Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás (Filipenses 2.3-4).

En la mente de Jesús es inconcebible una iglesia egoísta. Dio la vida en la cruz para hacer posible y real un pueblo santo, sencillo, humilde, lleno de misericordia, bondad, compasión y justicia. Las plataformas de presunción y poder las aborreció con toda el alma, siempre nos mostró un camino más excelente: -el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor...- (Mateo 20.26).
Que dentro de nuestras iglesias se evidencie el egoísmo, es un fracaso vergonzoso de nuestra parte, pues Cristo y egoísmo son incompatibles.

Desamor
La incapacidad de amar es un síntoma más del complejo Peter Pan. La no expresión adecuada y oportuna de afectos delata sus ausencias. Es decir, no expresa amor porque no tiene. Las personas que padecen el complejo de Peter Pan no quieren al otro, “sencillamente, aprendieron a servirse del otro, a cautivarlo y manipularlo en favor de su  satisfacción y autoexaltación personal.”[5]

La iglesia cristiana es la comunidad del amor. Lo es porque ha recibido y recibe a diario el extraordinario amor de Dios, también porque del amor recibido da a los demás. Pareciera ser que el fluir del amor en la Iglesia se estanca en el milagro de recibirlo a diario, de allí el amor no transita al siguiente paso, apenas lógico: compartirlo a otros. Peter Pan quiere ser amado, pero no quiere amar. Un síndrome muy evidente dentro de la iglesia actual.

El apóstol S. Juan nos regaló exhortaciones muy oportunas, además de contundentes, para salir del laberinto oscuro al que conduce el desamor. Una de ellas:
En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Así también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos… Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3.16, 18).

Decía S. Agustín: “La verdadera medida del amor es amar sin medida”. Una insignia real de lo que significa ser iglesia.

La iglesia cristiana es una obra en construcción, a pesar de los muchos años de historia aún no ha sido realizada a plena satisfacción; Dios tiene trabajo por hacer en ella y a través de ella. El hecho de que hoy no sea perfecta no le da derecho a nadie de juzgarla, descalificarla, desacreditarla, desvirtuarla, condenarla… en fin. Lo que sí podemos hacer es orar intensamente a su favor. Debemos involucrarnos comprometidamente con sus procesos de crecimiento y madurez. Empujar con empeño incesante en abrir y mover los brazos eclesiásticos al ritmo del amor cristiano. Lo que sí podemos hacer es dejar de pensar y actuar como niños -Peter Pan-, para empezar a pensar y actuar como Jesús.


©2018 Ed. Ramírez Suaza 





[1] Polaino-Lorente, Aquilino. El complejo de Peter Pan y el problema del infantilismo, en Aranguren, Javier (ed.). La libertad sentimental. Cuadernos de Anuario Filosófico. Serie Universitaria, nº 73, p. 111-138 (1999)
Torres Vilar, Natalia. 2011. "El miedo a crecer: El síndrome de Peter Pan a través del cine". Persona (14): 187-199
[2]  Francesco M. Cataluccio. El drama de la inmadurez. CLIJ: Cuadernos de literatura infantil y juvenil, ISSN 0214-4123, Año nº 17, Nº 176, 2004 (Ejemplar dedicado a: J.M. Barrie), págs. 30-35
[3] Ibid
[4] Aquilino, Op. Cit
[5] Ibid

miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL DIOS TRAGAMONEDAS

No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.

Jesucristo

 

Todo por un muñeco de peluche | Impacto!

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi personas jugando en máquinas tragamonedas; de aquellas que en su parte superior contienen, como vitrina, peluches amontonados, además muy apetecidos por la población infantil. La máquina exige un depósito de dos monedas de $500 m/c, que al recibirlas se activa sólo una oportunidad de agarrar un peluche con una palanca y un botón como comandos del juego. Si el jugador logra tomar uno de ellos, debe girar la pequeña grúa que está dentro de la vitrina hacia el orificio de la victoria. Vaya infortunio el de muchos, ¡nunca han podido sacar un bendito peluche! La máquina esa se les tragó las monedas. Es más, me enteré -no hace mucho- que todas ellas están diseñadas para tragar monedas.

Esta experiencia es la misma para muchos “creyentes”, yo les diría crédulos, quienes con anhelos sinceros han pretendido acudir a Dios a través de telepredicadores o radiopredicadores; inclusive a iglesias neo-pentecostales, con las ilusiones de que se les supla alguna necesidad, se les ayude en medio de una crisis específica y en su desesperación o afán han depositado sus “monedas” en las cuentas bancarias que el “predicador” les ha indicado. Lo han hecho así porque se les ha prometido que, una vez depositado el dinero todas las necesidades serán satisfechas. La crisis le será solucionada. La enfermedad sanada; todo esto milagrosamente gracias a las monedas -y no poquitas- que se les deposita. Pero resulta que el dios del telepredicador se les ha tragado las monedas: consignaron y la enfermedad continúa. La crisis se hizo más intensa. La necesidad no fue suplida. Los apuros no desaparecieron.

¡Dios se les tragó la moneda!

Luego nos vamos dando cuenta que ese “evangelio” está amañado precisamente para eso, ¡para tragar monedas!

Hay una verdad que las masas crédulas necesitan abrazar con fe: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo no cobra por sanar, proveer, bendecir, ayudar, restaurar, salvar… en fin; su gozo está en suplir a todas nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria de manera gratuita. Pero muchas personas con astucia oscura y avaricia han visto en la ignorancia, afán, desespero, credulidad de las gentes una oportunidad de estafarlos en nombre de Dios. Para los comerciantes de la fe, la religión es un negocio. ¡Y qué negocio!

En el Evangelio según S. Juan 2.13-22, el autor comparte el testimonio histórico del afamado episodio “la purificación del templo”. La narrativa inicia diciendo que, “estaba cerca la Pascua, cuando Jesús fue a Jerusalén”. Estas palabras introductorias al acontecimiento ameritan una especial atención, pues en las celebraciones pascuales se conmemoraba con festejos, alegrías y memorias la libertad otorgada por Dios a todos ellos cuando fueron esclavos de Egipto. Era una fiesta, la primera de las más importantes en la fe judía, porque en la Pascua de su historia fueron libres. Vaya ironía: Jesús fue a Jerusalén a celebrar una fiesta en memorias de la libertad y se encontró con un templo que oprimía a sus hermanos haciendo de la fe un festín comercial. El Señor, no tolerante con semejante despropósito, hizo un azote con cuerdas que encontró en el sagrado recinto usándolo para expulsar a los comerciantes del templo, sacar los animales, esparcir por todo el piso las monedas de los cambistas y volcar las mesas mientras les decía: -¡No conviertan la casa de mi Padre en un mercado!-

¡Eso es! No conviertan el evangelio en una plaza de mercado.

Aún no alcanzo a comprender por qué multitudes prefieren pagar en lugar de orar. Dejarse estafar en lugar de hacer peticiones y acciones de gracias al Señor Jesús. Poner las manos sobre el televisor para “recibir la unción” en lugar de poner su confianza alegre en Cristo. Consignar a quien hace del evangelio un negocio en lugar de tener fe en la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta.

Apreciado lector, jamás olvide que una de las cualidades más sublimes del evangelio de Jesucristo es la gratuidad. Cuando desespere, no corra a echar su platica en las cuentas de los diversos “evangelios tragamonedas”; mejor “entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio” (Mateo 6, 6). 

No pague; crea a Dios.

No les consigne; ore.

No “pacte”; pida.

No participe de la comercialización del evangelio; viva el evangelio de Cristo.

Si va a pagar, que sea el arriendo de un hotel modesto para un anciano que habita la calle.

Si va a consignar, que sea a la cuenta de una obra misionera.

Si va a “pactar” que sea compartir el pan con el hambriento y el abrigo con el desnudo.

Si va a comercializar, que sea para el disfrute de la vida, pero jamás con el evangelio.

Si vas a ofrendar en la Iglesia, que sea con alegría y generosidad; con el corazón motivado por el amor, la gratitud, la fidelidad que alienta a los hijos de Dios en afectos entrañables por Su obra y Sus siervos humildes en la tierra.

A quienes así proceden, S. Pablo dejó eternalizadas estas benditas palabras: “Por lo tanto, mi Dios les dará a ustedes todo lo que les falte, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús” (Filipenses 4, 19).

 

©2017 Ed. Ramírez Suaza 

martes, 8 de agosto de 2017

Reputaciones en tela de juicio



Cuida tu reputación, no por vanidad, sino para no dañar tu obra y por amor a la verdad.
Henri-Frédéric Amiel




Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi la Iglesia cristiana como la comunidad incomprendida en el mundo con su reputación pendiendo de un hilo ante muchas personas en algunos lugares del mundo. Esto es realidad, gracias a los muchos escándalos que eclipsan rostros de la Iglesia y de Cristo. Otras muchas personas se empeñan en valerse de estos desatinos que salen a la luz pública para difamar, desacreditar a la Iglesia.

Espectadores, testigos, escuchas de los escándalos de esta naturaleza parecieran ser incapaces de distinguir entre los que son Iglesia de quienes no lo son; les cuesta diferenciar pentecostales unitarios, testigos de Jehová, neopentecostales, movimiento MIRA, creciendo en gracia, reformados, independientes… en fin, apreciándolos como si fueran iguales. Quizá por confusiones como ésta, cuando se hace noticia un escándalo de algún afamado pastor o líder religioso, muchas comunidades sufren la desacreditación de su fe como consecuencia de pecados ajenos.

Con el fenómeno actual de las redes sociales, escándalos morales se viralizan precipitadamente llegando a muchas personas y haciendo muchos daños. Me resulta lamentable que algunos profesantes de la fe cristiana participen de esas divulgaciones nocivas para el evangelio. Ombe, que la desacreditación venga de afuera es común y se puede lidiar con eso, pero que se desate desde dentro de la Iglesia es preocupante y causa de tristezas. No lo digo porque sutilmente me interese promover la hipocresía entre cristianos; cobijar con santurronería nuestros desaciertos morales contradice el evangelio, como también contradice nuestra fe la divulgación irracional y carente de virtud de aquellas noticias –ciertas o no- que eclipsan el rostro de Cristo y de la Iglesia.

Estas personas necesitan saber que la Iglesia “es la familia, única y multiétnica, que el Dios creador prometió a Abraham. Nació por medio de Jesús, el Mesías de Israel; recibió su energía del Espíritu de Dios; y ha sido llamada a llevar las transformadoras noticias de la justicia rescatadora de Dios a toda la creación.”[1] Jesús, el Hijo de Dios tiene un objetivo principal con ella, y es “la edificación de un pueblo espiritual que sea la casa de Dios en la tierra.”[2] La Iglesia es la comunidad a través de la cual Dios se hace realidad en el mundo. Aun así, es vulnerable al ingreso de personas inescrupulosas que pervierten el evangelio, hacen de la fe una plaza de mercado y de la ética cristiana un chiste de mal gusto; son “lobos disfrazados de ovejas”. Desde muy temprana la historia del cristianismo, la comunidad creyente ha tenido que deslindarse de quienes son falsos hermanos, falsos pastores, profetas, apóstoles, maestros; hasta de falsos cristos (2 Timoteo 3).

La Iglesia es de Cristo. Cristo la dignifica. Cristo la purifica. Cristo la sostiene a pesar de nosotros mismos.

Hay una metáfora muy bella que encontró S. Pablo para describir la Iglesia: un cuerpo (1 Cor. 12, 12-26). Comprender las implicaciones de la metáfora impide que entre nosotros mismos nos “pisemos la manguera”. Un cuerpo con buena autoestima no se agrede así mismo, no atenta contra sí mismo; al contrario, se cuida, sustenta, alimenta. Cuando algo en el cuerpo no va bien, el resto se afecta y comienza luchar por tratar de estar mejor. Así los miembros de la Iglesia debemos cuidar los unos de los otros. Sé que es más fácil criticar que cuidar, pero es mejor cuidar que criticar; y podemos cuidar orando, exhortándonos con la verdad del evangelio entre nosotros mismos, ayudándonos en nuestras flaquezas con acompañamiento y fe. Unidos, porque unidos es la única forma de ser Iglesia al estilo de Jesús. ¿A caso olvidamos su oración?

Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.  Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí (Jn. 17, 21-23 DHH).

Es muy cierto que por más que luchamos y anhelamos ser santos, nuestras vidas moralmente no son inmaculadas, como le he dicho a algunos amigos cuando vienen a la congregación donde soy pastor:

-esta es una comunidad cristiana donde todos los miembros somos pecadores en proceso de cristianización; y quien encabeza la lista de personas urgentes por esa rehabilitación humana, ¡yo! 
Me encantaría decir que gozamos de una moral sobrenaturalmente santa, pero con cierto alivio me complazco en decir: ¡no somos sobrenaturalmente santos! Somos unos peregrinos que vamos un paso a la vez en dirección a Dios por medio de Cristo con la guía del Espíritu Santo. Somos peregrinos frágiles, de barro –no de acero-, con fe y con dudas, con aciertos y pecados, con dichas y tristezas, con amor y otras veces sin él. De lo que sí estamos seguros es que vamos por el camino correcto en la dirección que nos ofrecen las Sagradas Escrituras.

Muchos somos los pecadores que acudimos a la Iglesia cada semana para saciar el alma con el bendito evangelio de Jesucristo que nos ofrece perdón, vida eterna, sanidad, restauración y propósitos a nuestras humanidades fracturadas por el pecado. La Iglesia no es una vitrina que exhibe personas perfectas, es una luz sobre una montaña que ilumina el sendero que aún conserva las huellas de Jesús, a fin de caminar comunitariamente en pos de ellas.
Mientras peregrinas en, y con la iglesia, dale de tu parte la mejor reputación.


©2017 Ed. Ramírez Suaza



[1] N.T. Wright. Simplemente cristiano. (Miami: Vida, 2012): 227
[2] Kevin J. Vanhoozer. El drama de la doctrina. (Salamanca: Sígueme, 2010): 81

martes, 30 de mayo de 2017

Jesús de Nazaret, ¿era cristiano?




Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, buscaba algo especial para prestarle atención reflexiva en mi mente, luego, quizá, en mis líneas. De repente una pregunta apareció revoloteando entre mis pensamientos, no sé si exagero al decir que aturdiendo mis adentros: Jesús de Nazaret, ¿era cristiano?

No es la primera vez que escucho esta pregunta, pero sí es la primera vez que la hago con tono muy serio, como exigiéndome innegociablemente alguna respuesta.
La primera contestación que obtuve de mí mismo fue un silencio mental acompañado de una risa involuntaria, como si me juzgara de ser tontamente atrevido.
Pasaron algunos segundos…
…reaccioné: me dije en un tono autoritario, como si la risa me hubiese molestado: -¡es muy en serio!-
Dejé de reírme.

Supongamos que sí (recuerda que ya no me estoy riendo); sería ¿metodista? ¿Católico-romano? ¿Pentecostal? ¿Bautista? ¿Cuadrangular? ¿Luterano? ¿Reformado? ¿Wesleyano? ¿Ortodoxo? ¿Presbiteriano? ¿Copto? ¿Independiente?...

Pienso en ello y estoy seguro de dos cosas: la primera, que ninguna de esas denominaciones soportaría a Jesús de Nazaret: lo imagino volcando mesas, sillas, púlpitos y cantando “cuántos pares son tres moscas” en algunas de ellas; “irreverente”, para nada tradicional, para nada “prudente” al atreverse a abrazar prostitutas, sentarse a la mesa con corruptos para invitarlos al reino de Dios, de vez en cuando bailando en las plazas, abrazando leprosos, sentando en primera fila del templo a los andrajosos, bendiciendo niños; dándole bienvenidas a los pródigos, perdonando lo imperdonable.
Imagina el resto.
Siendo cierto que cada denominación hace brillar algún aspecto, atributo, verdad de Dios; también es muy cierto que eclipsa otro aspecto –u otros- de su gloria. Ninguna denominación es perfectamente cristiana, así lo presuma, ¿será por eso que se nos pide a todos los cristianos unidad? Es que unidos sí lograríamos mostrar al mundo un fiel reflejo de Jesús, el Hijo de Dios.

Segunda, Jesús no soportaría ser “matriculado” a la exclusividad de alguna denominación; él sueña con redimir totalmente la creación, alcanzarla con el evangelio; no con patrocinar “pequeñas” industrias de la fe o en su defecto comunidades cristianas aisladas de las demás.

Jesús de Nazaret fue un judío (descendiente de Judá) criado en los valores y fe de su pueblo; instruido en el respeto al Dios Jehová. Su Biblia fue la Torá y el resto del Antiguo Testamento su fascinación, su identidad. Cuando un niño, un joven leía las Escrituras (Antiguo Testamento) deleitaba su alma en las historias, las oraciones, los milagros de Dios… en fin; en cambio Jesús cuando leía las Escrituras se veía en ellas. En cada sección de las Escrituras -Torá, Profetas, Escritos- se encontraba así mismo, comprendiéndose ontológicamente en ellas.
Religiosamente hablando, Jesús fue más que un judío: fue –y es- Dios.

¿Fue entonces cristiano? En principio, Jesús hizo discípulos; a ellos les encargó la tarea de ir por todo el mundo para hacer más discípulos. ¡Y la hicieron!
La unidad de esos nuevos discípulos forman la Iglesia. La unidad que los convoca a cantar la historia de Dios, a reflexionar las Escrituras en clave de cruz, a celebrar el acontecimiento divino: Jesús; desde Belén hasta la ascensión. La unidad que los hace privilegiadamente pueblo de Dios, comisionado para ser sal y luz al mundo. Y casi que infinitamente, mucho más.

La Iglesia es un fenómeno extraordinario que provoca el Espíritu Santo en el Pentecostés. A partir de entonces Dios mismo origina la Iglesia, una comunidad de personas de todos los pueblos, razas, culturas y color que integran el nuevo pueblo de Dios.
Me encanta cómo comprende Kevin Vanhoozer la Iglesia de Cristo. Dice él: “Una obra de arte es una pieza notable de habilidad y trabajo, la mejor obra de alguien. La Iglesia es la mejor obra de tres personas: Padre, Hijo y Espíritu. Es una obra de arte trinitaria, una pieza notable de habilidad creativa: En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús en orden a las buenas obras (Ef. 2, 10).”

Jesús de Nazaret no hace parte de los miembros de esta hermosa obra de arte; él es el Artista. Él es el Señor de la Iglesia. Él es Dios, el Dios de los cristianos.

Él no es cristiano. Él es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

©2017 Ed. Ramírez Suaza


jueves, 4 de mayo de 2017

PAÑUELOS EN EL CIELO



Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Jesús de Nazaret



Pañuelos en el Cielo
cuando Dios mismo seque toda lágrima

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un joven venezolano quien desnudo con una biblia en la mano rogaba - ¡No más! - a las autoridades militares de su país. La prostituida policía en lugar de cumplir su papel -proteger la ciudadanía- lo agreden. Alcanzo a ver su llanto impotente;[1] sólo quiere que cese la tragedia en su amada Venezuela.

En el rostro de ese joven quedan expuestos los miles de rostros que lloran las tragedias sociopolíticas de sus pueblos, las injusticias, los abusos del poder, la muerte, la violencia…
Lloran porque no saben qué más hacer. Lloran porque se saben impotentes frente al monstruo corrupto, dictatorial de sus “gobernantes”. Llantos por el hambre. Llantos por la calamidad. Llantos por los desastres.

A veces me pregunto, ¿se han derramado más lágrimas que sangre en el mundo?
Todos los seres humanos lloramos, pero no todos los llantos son a causa del sufrimiento; aunque no es descabellado intuir que las aflicciones de la vida sean la causa principal. Vea usted, el dolor no hace acepción de personas: visita al pobre y al rico. Sorprende al fuerte y al débil. Abraza al grande y al pequeño. En diferentes medidas, desde diferentes frentes existenciales, sufrir es inevitable.

Tan inevitable y real que hasta Dios mismo sufrió. El profeta Isaías en su oráculo del siervo sufriente con mágica poesía así lo describe: “…el hombre más sufrido, el más experimentado en sufrimiento” (Is. 53.3). Jesús en la cruz; siervo sufriente de Dios.
Maravilla mi alma el retrato paradójico plasmado por Juan de Patmos en el libro de Apocalipsis de éste mismo siervo sufriente: un Cordero degollado, al mismo tiempo majestuoso.  Uno que sufrió nuestras tragedias, experimentó nuestro dolor, peregrinó a nuestro lado y, a diferencia de nosotros, ¡venció! 
Lo fascinante aquí es que su victoria nos da esperanza.

¡Esperanza!
¿Esperanza?

Mira la manera tan bella en que Jürgen Moltmann la define: “mirada y orientación hacia adelante, y es también, por ello mismo, apertura y transformación del presente.”
El siervo sufriente anunciado por Isaías, plasmado por Juan de Patmos como el Cordero degollado y majestuoso nos da esta esperanza.

¡Quién creyera! 
El Apocalipsis bíblico lo escribió Juan de Patmos para dar esperanza, entre otras, a una comunidad sufriente a finales de siglo I de nuestra era. En medio de muchos llantos a causa de diversas tragedias, la esperanza brilla entre las páginas del Apocalipsis bíblico para que su lector y oyentes orienten la mirada hacia el futuro que Dios aproxima a ellos y consecuentemente disfruten la apertura y transformación del presente.

La inmensidad del futuro glorioso que Dios acerca al encuentro de nuestro presente es asombrosa. Para estas líneas, me siento como sacando con jeringa agua del océano Atlántico, al mencionar con certera ilusión esta esperanza:
no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Ap. 7.16-17).
“Ellos”, quienes en medio de los sufrires decidieron seguir y amar a Cristo sin volver atrás.
Sé que muchas son las aflicciones aquí. Sé que muchas son las lágrimas aquí. Sé que el dolor es grande aquí. Pero todo esto lo soportamos con esperanza, mirando al mañana que se nos avecina: ¡el mañana de Dios!

Por la ventana de mi casa no sólo alcanzo a ver al joven desnudo con su biblia en la mano gritando - ¡No más! - Veo a Dios saliendo al encuentro de las naciones con pañuelos en su mano para sanarlas (Ap. 22.2), secando las lágrimas de sus ojos, gritando también: ¡No más! ¡No más llantos! ¡No más muerte! ¡No más dolor! Porque Él hará nuevas todas las cosas.

¡Estas palabras son fieles y verdaderas! (Ap. 21.5).
Tan ciertas como el agua sacia mi sed.
Tan puras como el beso de mis hijos en cada amanecer.
Tan veraces como mi Dios.

©2017 Ed. Ramírez Suaza 




[1] https://www.youtube.com/watch?v=15Vgm5mAAqc

EL SANTO CACHÓN

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