miércoles, 30 de mayo de 2012

¿Dónde carajos está Umaña?


¿Dónde carajos está Umaña?
el doloroso cruce del divorcio

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi unos hijos, unas hijas, amigos y vecinos preguntando ¿dónde carajos está Umaña? Ya no regresa a casa, lleva dos semanas sin compartir a la mesa con los suyos. Él se fue, ha emprendido el doloroso cruce del divorcio.

El señor y la señora Umaña han decidido dar fin al pacto de amor que un día hicieron en el altar. Sus familiares y amigos se preguntan, ¿es acaso el divorcio legítimo ante los ojos de Dios? Las respuestas no se hacen esperar, unos dicen que sí, otros que no, otros que sí pero no y viceversa “y del mismo modo en sentido contrario”, y los Umaña confundidos, llenos de culpa pero decididos.

¿Es legítimo el divorcio ante los ojos de Dios?
En primer lugar, el pueblo de Israel bajo la ley mosaica tenía una puerta “casuística”. Es decir, en “caso de que ocurra una separación de esposos… así ha de proceder”. No es que Moisés mandó divorciarse o aprobó el divorcio, sino que procedía según el caso. En el Deuteronomio 24.1-4 Moisés supone de un hombre que se separa de su esposa por cualquier motivo, luego “re-hace” su vida conyugal y se separa igualmente de su segunda mujer. Éste no puede volver a la primera esposa en reconciliación matrimonial. Él la ha “envilecido”. Volver a la primera esposa luego de humillarla con repudio, es una abominación a Yavéh.

En segundo lugar, el profeta Jeremías (3.1) hace una pregunta retórica con respuesta obvia en un contexto de cultura patriarcal: si una esposa repudiada se va con otro hombre, luego regresa a su primer marido ¿este primer marido la aceptará de nuevo como su mujer? ¡No! Jeremías empieza a arrojar las primeras ‘luces’ respecto a la única puerta legítima al divorcio: la infidelidad.

Aún nos queda una pregunta sobre el tintero, ¿qué dice Jesús del divorcio?

Continuará…

viernes, 11 de mayo de 2012

¿A Dónde Van Los Desaparecidos?


¿A Dónde Van los Desaparecidos?
el doloroso cruce del divorcio

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi un hombre, la risa se dibujaba en su rostro al revés, la mirada triste, la esperanza extinta, la culpa latiendo en su corazón. Al otro lado de la acera con pisadas arrastradas, lágrimas lastimando su rostro, punzándole el corazón; va aquella que un día fue el amor más grande de su vida. Las pisadas de ambos les dirigen al juez para firmar su divorcio.

¿Qué pasó? ¿Por qué el amor se volvió tan frágil? ¿Y a dónde se fueron las palabras? ¿Cuáles palabras? Esas, las que usan los jóvenes cursi y enamorados. Esas que venden en las tiendas de afiches y tarjeticas con ositos volando, gaticos sonriendo y gaviotas besando la luna. Esas que escaparon en las noches de unos labios preferentes del beso más que del habla. Esas que prometieron y juraron una y otra vez “te amaré por siempre”. 

Y, ¿a dónde se fue el tacto? Sí, esas higiénicas yemas de pulgares paseándose en los pómulos sonrientes mientras los demás dedos sostenían la ternura de su mirada. Ese rose de cuerpos cuando cualquier mal chiste provocaba un empujón de caderas queriendo decir con eso “tan tonto pero te quiero”. Y, ¿a dónde se fueron las miradas? ¿Los silencios? ¿Los besos? ¿Cómo es posible que dos amantes se vuelvan “odiantes”? Y desde mi humilde escritorio alcanzo a escuchar la respuesta de algunos de mis lectores: -¡Eso es posible gracias al matrimonio!-

¡Qué ironía! Mientras muchos heterosexuales, con influencia expansiva, van concibiendo el matrimonio como el agravante del amor; los homosexuales dan la pelea jurídica por una puerta que le abra la sociedad para convenir sus amores en él.

-Los declaro marido y mujer, ¡puede besar la novia!- Así, más o menos, terminan las ceremonias religiosas de un casamiento. Aplausos, flores, brindis, congratulaciones, deseos, arroz… luna de miel. En otros casos luna, porque la miel la acabaron antes de tiempo. Y de regreso, emprenden un camino ajeno a toda su experiencia anterior. Claro está, si no ha vivido con alguna persona en una oportunidad pasada. Empiezan las mieles de la renta, impuestos, alimentación, salud, muebles, sueños, qué sé yo. Continúan las mieles del agotamiento, las primeras peleas y las segundas y las terceras. Aparecen las heridas, resentimientos, egoísmos, celos, no perdón. Y denme el permiso de guardar silencio frente a esos kilos de más en ella, la calvicie en él. No digamos nada de esa barriga sexy que mágicamente le aparece a él como maldición de cuento ni de esos diminutos caminos rayando la piel de ella como si fuera un pizarrón de libre expresión. Y el paraíso soñado quedó “des-paraisado”.

Se casaron con una cantidad de motivos todos bonitos pero, ¿legítimos? Entonces comienzan a refregarse en la cara la bella vida si no hubiese tan bruto, tan bruta como pa’ casarse. O en el peor de los casos, el matrimonio les produjo un milagro: ¡ahora pueden ver! Ahora pueden ver todo lo que la familia vio en él o en ella que ninguno quiso ver hasta después de la boda. Y miles de realidades más que pueden ser recogidas como pretextos para echar todo al carajo; o, ¿o? Sí, o motivos perfectos para volver el rostro a Dios y abandonar en sus manos de alfarero todos esos fragmentos de matrimonio.

continuará…

lunes, 23 de abril de 2012

La Bella y el Bestia


La Bella y el Bestia[1]
amores prohibidos

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi un joven de grata apariencia, de buena virtud cristiana. Entre los caminos de la vida y atajos de amores, él sintió suspirar toda su piel cuando bella dama cualquiera le hechizó la mirada. Ella bella sí, hasta religiosa, mas no en la misma tónica de virtud en él. En la encrucijada de sus amores, por uno que muere y otro mata, pretendió caminar en la fe al mismo tiempo en amores desiguales.

Estos caminos simultáneos para recorrer con sólo dos pies son peligrosos, además es un juego de ruleta rusa: mortal. Amar es complacencia. Quien ama, complace. ¿Cómo es posible complacer al Dios de la luz y al mismo tiempo complacer una bella en tinieblas? Aunque por experiencia milenaria hij@s de luz han tejido lazos de amor con hij@s de las tinieblas; jamás la luz y las tinieblas han logrado cohabitar. Esa soberbia pretensión de complacer a ambos es imposible. Uno de los dos, la Bella o el Bestia, tiene que renunciar a su condición. Por lo regular es el creyente quien renuncia a los estándares de santidad. El sólo aceptar una relación en yugo desigual ya da el primer paso hacia la oscuridad, está renunciando a la luz de Cristo. No sólo es un paso hacia la oscuridad, es también un desafío al señorío de Cristo, es rebeldía, un acto de soberbia, es pecado.

“Zapatero a su zapato”. Este es un refrán que encierra muchas verdades en ciertos contextos. Algunos famosos entregan su vida a Cristo, lo cual llena de alegría mi corazón como todas las conversiones sinceras, y al poco tiempo están predicando o conferenciando el evangelio, y los vuelven en las iglesias referencias de vida cristiana. Mencionando “el milagro pero no el santo”, un famoso colombiano convertido dijo en un congreso juvenil que una joven cristiana con un joven cristiano, solteros los dos, pueden ser yugo desigual. Aquí es donde se aplica perfectamente “zapatero a su zapato”. La Biblia no aprueba tal afirmación: No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? (2 Corintios 6.14). Note Ud., el problema está en que el otr@ es incrédul@. Que uno es de la luz y el otro de las tinieblas. Es imposible que dos de luz sean yugo desigual. Si entre Dios y Belial no hay armonía, tampoco la hay entre un creyente y un incrédulo (2 Cor. 6.15). Además, somos templos. Unos templos son de ídolos, otros son de Dios. No hay armonía entre tales.
Quienes hayan escuchado decir que dos creyentes (hombre y mujer), solteros, pueden estar en yugo desigual no es cierto.

Pablo tiene claro qué debe hacer un@ que está en yugo desigual: Queridos hermanos, nosotros tenemos esas promesas de Dios. Entonces purifiquémonos alejándonos de cualquier cosa que contamine nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Dediquemos nuestra vida por completo a Dios, mostrando el respeto que le tenemos (2 Cor. 7.1).

Fácil: termine esa relación. Pablo ve las relaciones de yugo desigual como amores que contaminan. Entonces no más bestias por más bellas que hayan: descontaminémonos.



[1] Hace años escuché un sermon televisivo de Dante Gebel a jóvenes bajo esta premisa, que en esta oportunidad recojo para esta reflexión.

lunes, 9 de abril de 2012

AVATARES III

Avatares III
pecado como cualquier otro

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una pregunta saltando como grillo nocturno de una mente a otra: ¿es la homosexualidad un pecado? Vi también respuestas. Unas vagas, otras irresponsables, algunas desacertadas, unas cuantas ciertas pero carentes de amor, un reguero de legalistas y homofóbicas, muchas ignorantes; innegablemente también vi muchas en el punto exacto.

Cuando esa pregunta tocó el cristal de mi ventana, entonces irrumpió otra pregunta inevitablemente antecediendo la primera: ¿qué es el pecado? La palabra pecado resulta chocante en los oídos de esta segunda modernidad, incómoda además. Para muchos, esa es una palabra que debe desaparecer de entre nuestros glosarios humanos. A pesar del abanico de reacciones que provoca esta palabra, debemos ver el pecado no como un concepto sino como una realidad. Pecado es no dar en el blanco, no dar la medida;[1] por otro lado también se puede entender como delito, es decir, un paso en falso que incluye cruzar un límite conocido o desviarse del camino correcto.[2]

En cada creación humana el Creador nos ha confiado una identidad sexual y una sexualidad, además trazó una meta delante de nosotros para vivir la identidad como la práctica de esa sexualidad. Desviarse, cruzar el límite, dar pasos en falso o no dar en el blanco fracasando en la identidad o en la práctica se está pecando. La homosexualidad no da la medida. En “Avatar II” mencioné algunos rechazos con los que vive un “avatar”, pero de todos ellos el más cruel es el propio, el no aceptarse como lo que es. Por consiguiente, las prácticas, las conductas “no dan en el blanco”; no fueron creados sexualmente para “redundar” en una genitalidad del mismo sexo sino para complementarse en la diferencia.

La homosexualidad también es el cruce de un límite. Dios es el creador del sexo, él como diseñador sabe cuál es la manera correcta de darle uso y ha puesto límites. Los límites no son cosa de religión, son expresiones de amor que nos definen y protegen. La Biblia dice, ‘No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es una abominación’ (Levítico 18.22). Luego Pablo describiendo a humanos que se hicieron vanos en sus razonamientos y de corazones necios, entenebrecidos dice, ‘Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros’ (Romanos 1.26, 27). También la homosexualidad es condenada por las Sagradas Escrituras: ‘¿O acaso no saben que los que hacen el mal no van a tener parte en el reino de Dios? No se engañen a ustedes mismos. En el reino de Dios no tendrán parte los que practiquen pecado sexual, ni los adoradores de ídolos, ni los que cometen adulterio, ni los hombres que se dejan usar para tener sexo con otros hombres, ni los hombres que tienen sexo con ellos. Tampoco los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los tramposos, ni los que maltratan a los demás con palabras’ (1 Corintios 6.9).

Lamentablemente vemos unos pecados peores que otros, pero tantos los maridos infieles como el homosexual, como el borracho y el ladrón están en el mismo grupo de pecadores sentenciados a no heredar el reino de Dios. Las religiones ponen más zoom a unos pecados que a otros, pero a la final todos los pecados son prácticas que provocan la ira de Dios, ninguno más que otro.

Hay buenas noticias: Dios abrió una puerta del perdón y triunfo desde la cruz de Cristo y encargó el ministerio de esa cruz, el ministerio de la reconciliación, a la Iglesia. Jesús no vino a condenar al mundo[3] ni estableció una Iglesia para que lo hiciera, él vino a reconciliarnos con el Padre, y trazó nuestro propósito: reconciliar los hombres con Dios por el Evangelio. La Iglesia de Cristo debe dejar sus homofobias y clasificación de pecados. Si somos pacientes con el avaro, el adúltero y el ladrón, ¿por qué no también ser paciente con quien lucha con conductas homosexuales? No digo que seamos tolerantes, digo que acompañemos en el caminar de la fe a todos, y por la Palabra ser transformados hasta llegar a la medida, la estatura de Cristo.

¡Dios no es homofóbico! Dios es amor. Él ama sin condiciones, sin reservas, sin acepción de personas. Lo mejor que puede hacer un@ que practique la homosexualidad es arrojarse a los brazos de Jesús como lo hemos hecho cientos de pecadores para ser perdonados, transformados y moldeados poco a poco hasta ser un fiel reflejo del Dios único y verdadero revelado en Jesucristo.


[1] Gr. Hamartia en John Stott. La Nueva Humanidad, p. 70
[2] Gr. Paraptoma. Ibid
[3] Juan 3.17

lunes, 19 de marzo de 2012

AVATARES II

AVATARES
una comunidad incluida en el amor de Dios

Mirando yo por la celosía de la ventana de mi casa seguí viendo avatares. Esa, de mal gusto, equivocación de encerrar almas de una sexualidad en cuerpos que no corresponden. Los vi cargados, algunos con cierta vergüenza, otros disimulando las culpas que le aturden por dentro, otros desencantados de la vida tratando de entender ¿por qué a mí? Otros los vi rechazados, burlados, menospreciados. Y lo que me parece peor: sintiendo que están excluidos del amor de Dios.

En los últimos años, hablar de las reales causas de la homosexualidad parece tabú. Frente al tema el silencio es la pauta dominante. Pocas personas practicantes de la homosexualidad o inclinados a ella abren el corazón en sinceridad permitiendo ver con claridad el evento (o los eventos) que veló su verdadera identidad sexual. La homosexualidad, como toda conducta, es aprendida y en la mayoría de los casos es inducida. No debemos ni podemos juzgar al homosexual, no debemos hacer de sus afrentas nuestros chistes ni de su persona nuestro repudio.

En pleno siglo XXI la homofobia sigue haciendo sus espectaculares estragos, y con dolor reconozco que muchas veces desde los escenarios religiosos, incluyo entre ellos significativa parte de la Iglesia Cristiana Evangélica. En una actualidad presumida de “tolerancia”, de “diversidad sexual” y libertades de expresiones, las gentes contradicen con sus actos lo que afirma con sus aparentes convicciones. La verdad, no son tolerantes: son indiferentes. La actualidad (movimientos de liberación sexual) no promueve la “diversidad”, promueve las preferencias “homo”. Ni hay libertad de expresión; las expresiones aceptadas son aquellas que “bailan al son que toca” quien tenga el poder. El engaño vela la identidad de muchos y nos atrevemos a llamarnos libres.

La opinión de las sociedades es diversa cuando de conductas homosexuales se trata. Algunos rechazan la conducta, otros la persona, otros a ambos y los peores: no reconocen la diferencia. Como el rechazo, otra parte de las sociedades es indiferente al asunto, y se atribuyen virtud de tolerantes. Y otros, son practicantes y/o promotores de estas polémicas prácticas sexuales. Estas tres reacciones de las sociedades resultan dañinas para las personas confundidas con su identidad sexual. No es sano ser repudiado por los semejantes ni sano es que mi proceder de vida resulte indiferente a otros que desempeñan papeles vitales en el desarrollo de comunidad. Tampoco es sano que otros promuevan una conducta que supuestamente es innata en algunos seres humanos.

Suficiente, me parece, que es con lidiar siendo un “avatar”. El auto-rechazo es insoportable a demás de los otros rechazos con los que batalla un “avatar”. No me refiero a los rechazos de los demás, sino de los propios. El/la homosexual además de ser rechazado, es rechazador también. La primera persona rechazada del/la homosexual es él/ella mism@: no acepta, según el caso, su realidad sexual (hombre o mujer), la menosprecia rechazando su cuerpo al pensar que su alma es prisionera de esta celda incoherente. Las personas en conductas homosexuales también rechazan a otros en las mismas condiciones ya sea por su status social, por su apariencia física, a veces por la expresión homosexual a la que se matricula, entre otras.  A pesar de ese abanico de rechazos, hay uno que no rechaza su persona: su Creador. Aunque la gente ve las conductas, Dios ve los motivos. Dios no hace nuevos ajustes a su norma, pero sí trata con amor a quien en sus brazos se arroja. No hay que esperar a cambiar para arrojarse en las manos de la gracia, así como no hay que esperar el alivio para ir al médico. Precisamente se va al médico en condición de enfermo, igualmente se va a Dios en condición de pecador. Él hará el resto.

 Continuará…

viernes, 24 de febrero de 2012

AVATARES

AVATARES
la equivocación de dios

Mirando yo por la celosía de la ventana de mi casa vi. ¡Y qué vi! Vi una entrevista hecha a Ricardo Arjona, afirmando que Dios se equivoca, es más, diario.[1] ¿Se equivoca Dios? Si hay un dios que se equivoca, ¿cuál es? Si no es dios, ¿será entonces la naturaleza? Vi a dios equivocarse, vi a la naturaleza cometer errores: vi avatares.

“Avatar” es de esas palabras que gozan de una riqueza valiosa en significados, por esta vez deseo entender el término como lo propuso James Cameron en el 2009 en su película de ciencia ficción. En medio de necesidades o ambiciones energéticas, una comisión norteamericana de científicos, ejecutivos y militares viajan a la luna del planeta Polifermo: Pandora. Ahí abunda el unobtainium, que supone la solución a los problemas energéticos de la tierra. En Pandora habitan unos humanoides identificados como los "na'vi", un gran obstáculo para que dicha comisión americana logre sus objetivos. En un esfuerzo por tener contacto con ellos, los terrestres crean el proyecto "Avatar". Consiste en transportar la mente de los científicos a cuerpos artificiales "na'vi". Y se desempaca entonces toda una aventura extraordinaria.


Por favor sostenga en su mente lo que es en esta oportunidad un avatar: la mente de un humano transportada en el cuerpo de un "na'vi". Por mi ventana vi avatares paseándose por las calles de mi tierra entre tristezas maquilladas con risas, alegrías de silicona, rostros transpirando botox; de alma jorobada, arrugada. ¿Cómo así que avatares? Me pareció oír su pregunta. Sí, avatares: mujeres encerradas dentro de cuerpos masculinos y hombres encerrados en cuerpos femeninos. Alguien con mucho poder universal se la ha pasado en las últimas décadas haciendo bromas muy pesadas: avatares. Algunos culpan a dios, otros lo atribuyen a la naturaleza, otros no entienden el origen o causa de esta incoherencia antropológica. ¿Cómo es posible que ocurran en pleno siglo XXI estos errores de fábrica? Pues pareciera cuestión de sentido común, además muy simple: almas masculinas en sus cuerpos correspondientes, igualmente en los casos femeninos.


Mas esta dualidad humana tiene sus raíces en quimeras filosóficas (platónicas); no es posible desintegrar la esencia humana en dos partes (cuerpo, alma) o tres (cuerpo, alma, espíritu). Los seres humanos somos cuerpo, alma y espíritu; no tenemos cuerpo, alma, espíritu. Insisto: somos. Así nos creó Dios. Nuestro ser es indisoluble, integral. Los cuerpos humanos no son prisiones de infortunadas almas purgando qué cosa en esta vida. Los cuerpos humanos son templos sagrados creados para glorificar a su Creador. 


La homosexualidad es una conducta tan antigua como la misma alborada de la existencia humana[2] Solo que desde tiempos remotos la homosexualidad se entendía como lo que es, una conducta. En la Grecia antigua la homosexualidad masculina como práctica era aceptada, inclusive bien vista; pero jamás aprobaron que alguien adoptara el rol femenino, la identidad de mujer. Porque era considerada un ser inferior, hecha a un lado igual que sus derechos negados.[3] Bajo estas condiciones ningún hombre estaba interesado en ser o adoptar rol de mujer. Mas finalizando el siglo XX y ahora en el siglo XXI, la homosexualidad ha mutado en muchos conceptos y casos de la práctica a la identidad: se es homosexual.


Uno de los argumentos usados frecuentemente en algunos de la comunidad gay es que sus cuerpos no corresponden a su mente (alma). Es decir, almas masculinas encerradas en cuerpos femeninos o almas femeninas en cuerpos masculinos.
A la final estos avatares terminan siendo caricaturas del género que presumen ser. Un hombre afeminado no logra, jamás, reflejar la belleza de la femineidad; la vulgariza, la burla, la  caricaturiza.[4] Igualmente sucede cuando una mujer pretende y presume ser masculina. Así entonces, un rostro de la homosexualidad hace burla espectacular de los sexos, haciendo de la vida la pasarela tolerante de una "moda" propia de esta segunda modernidad. 


Los dioses inventados en toda la historia nunca han hecho algo bien, sus pisadas solo han dejado huellas de fracasos, errores, garrafales desaciertos. A alguno de ellos, o en su defecto a ellos, se les atribuye su extraordinaria guasa de encerrar almas en los cuerpos que no corresponden. Sinceramente, hay un sólo Dios. Él hace todo "bueno en gran manera". No es homofóbico, por el contrario, su corazón palpita amando toda la humanidad a pesar de sus desaciertos en la vida.


continuará...


[2] Miguel Rueda & Sandra Villalobos. Conceptualización Histórica de la Diversidad Sexual y su Influencia en el Desarrollo de la Identidad Sexual no Heterosexual; en Homosexualidad. Fernando Sánchez, ed. Giro Editores Ltda. 2006, p.19
[3] VALDÉS G.,  Alberto. Historia y Presente de la Homosexualidad. AKAL. Madrid. 1981, p. 19
[4] Este acertado concepto lo debo al rev. Ricardo Castañeda (pastor Iglesia Presbiteriana Cumberland, Medellín), quién en un diálogo evaluativo de una propuesta de escribir un libro al respecto lo expresó.

martes, 31 de enero de 2012

El Funeral De los Vivos II

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi ‘la tragedia indescriptible’. Esa que experimentan centenares de personas a diario al despreciar la voluntad de Dios y, muriendo mueren sin esperanza, sin Dios, sin perdón. Después de un involuntario parpadeo alcanzo a ver el otro lado de la moneda: ‘la esperanza indescriptible’.

La ventana de mi casa enfoca por estos días aquel recuerdo de cuando me veo en la solidaria necesidad de acompañar unos amigos o hermanos en la fe en los servicios funerales de un ser querido. Allí, el dolor se ha encargado de inundar en llantos aquella galería de ojos andinos que danzan el amargo vals del luto. Los pañuelos se hacen odiosos amantes de esas narices que no dejan ver más allá del féretro. Aroma de café, de aromática en agua, de cigarrillos baratos, de unos cuantos tragos de vino, mentiras, de aguardiente marcan el compás un, dos, tres de aquella pieza silenciosa de la vida. Hipnotizado yo entre este arco iris aromático, alguien rompe el “hechizo” con una fatal pregunta: -¿cierto que mi  mamá está en el cielo?-

Decir que sí, es la salida más fácil e hipócrita a la mano. Decir que no, es la salida quizá más cruel que pueda yo dar. Guardar silencio me resulta mediocre. Así que, suspirando con la empatía más sincera, dibujando mi comprensión de dolor con una sonrisa floja entre mis labios, digo en voz baja: -¡duerme!- Miro fijamente sus ojos, y ahora sonrío en complicidad con la esperanza cristiana. Con toda la incapacidad para silenciarme continúo, -la muerte “puede arrebatárnoslo todo, pero es incapaz de conseguir que Dios deje de ser Dios, nuestro salvador y redentor y, como tal, nuestra esperanza”-.[1]

En la Biblia la esperanza es posible en esta corta frase: “Porque si creemos que Jesús…”[2] La esperanza no sólo es posible en el corazón humano como aquella fuerza que nos hace aguantar el tiempo de espera, perforar las tenaces resistencias y superar las decepciones que se repiten;[3] es aquella realidad futura tan anhelada. Es cierto que millares han muerto, muchos de ellos durmieron en Jesús. Estos últimos son quienes tienen esperanza, como la deben tener sus seres amados. Jesús dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.[4] Que ¿cómo así? Sí amig@ mí@, “en la muerte no podrá ocurrimos en ningún caso que dejemos de estar bajo el señorío de Dios, de ser su propiedad y objeto de su amor.”[5] Debemos preguntarnos entonces, ¿qué es la muerte junto a Dios? Luego de responderse, pregúntese ¿qué y quiénes somos, así sea muertos, junto a Dios? Antes de responderse, elabore sus palabras a la luz de 1 Tesalonicenses 4.13-18

Está cerca un día, ¡un día glorioso! en el que Jesús vendrá de nuevo a habitar nuestro mundo. Una serie de eventos casi simultáneos por la inmediatez del uno al otro, serán los encargados de anunciar la venida del Señor. Entre ellos, los muertos en Cristo resucitarán primero. El erudito bíblico N.T. Wright es convincente al mostrar al apóstol Pablo hablando de una resurrección diferente a la que negaron los paganos o la que anunciaron los fariseos. Diferente a aquella concebida en el contexto judío. “La resurrección es algo nuevo, algo de lo que los muertos no disfrutan en el momento presente; será vida después de "la vida después de la muerte".”[6] Se cumplirán entonces con perfecta precisión las palabras de Jesús: “¡...vivirá…!”

En esta experiencia futura, que alimenta nuestro presente en esperanza, no seremos despertados a la vida después de la muerte para ser abandonados a nuestra suerte: estaremos por siempre con el Señor.[7] “Algún día estaremos con la Persona para la que fuimos hechos, viviendo en el lugar para el que fuimos creados. El gozo será el aire que respiraremos. Estaremos agradecidos por la gracia perseverante de Jesús…”[8] Mejor dicho, ¡estaremos por siempre con el Señor!

Ésta vez no me sentía en el funeral de un muerto, bajo la lupa de la esperanza puedo decir que estuve en el funeral de un vivo. Aunque la muerte procura enceguecernos con el dolor causado, pretendiendo desesperanzar nuestras palpitaciones; no puedo deshacerme de la esperanza gloriosa que tenemos quienes creemos que Jesús murió y resucitó, quienes además rendimos toda nuestra confianza en él para ser salvos. La muerte puede darnos un golpe que nos haga dormir, pero no será fatal. ¡Viviremos!

La próxima vez que asista a un funeral, recuerda nuestra esperanza indescriptible.








[1] BARTH, Karl. Instantes. Santander (Esp.): Sal Terrae. 2005, p.131
[2] 1 Tesalonicenses 4.14  LBA
[3] CAMPS, Victoria & ÁLVAREZ B. Alfonso. Esperanza Cristiana y Utopías. Cantabria: Sal Terrae. 2001, p.32
[4] Juan 11.25  RV
[5] BARTH, op. cit
[6] WRIGHT, N. T. La Resurrección del Hijo de Dios. Pamplona: Verbo Divino. 2003, p. 277
[7] 1 Tesalonicenses 4.17
[8] TAYLOR, Justin & PIPER, John. (ed.) Cómo Perseverar Hasta el Final. Michigan: PortaVoz. 2009, p.94

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...