martes, 6 de junio de 2023

LA RELIGIÓN DEL AMOR

 




Si no tienes religión 

te ofrezco una: la verdad. 

M. Gandhi 

 


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi que la religión es buena.  

La palabra religión significa “conjunto de creencias, ritos, ceremonias, culto que un grupo de personas cree y practica como parte fundamental de su comunión con Dios o con el objeto de su adoración.” 

Si esto es religión, entonces la Biblia es un libro de religión.  

Prestando atención a libros como el Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; notarás que Dios mismo instruye a su pueblo en los ritos, en las ceremonias, en las fiestas sagradas y sus fechas correspondientes, en la construcción de una casa de oración; además les dice qué deben creer y cómo han de responder a esa fe.  

¡Esto es religión!  

Y Dios mismo la instituyó. 

 

En el NT vemos que la Iglesia cristiana nace en el acontecimiento del Espíritu Santo en una fecha especial para la religión judía: el Pentecostés. En las cartas pastorales de S. Pablo, vemos cómo este hombre marca las pautas para una vida cristiana agradable a Dios, establece los requisitos para los pastores, para los líderes de la iglesia y las formas de hacer el culto.  

Estas instrucciones de la piedad nos ubican en terreno religioso. 

Así entonces, debo decir que la religión cristiana es buena. Hay que conocerla. Hay que vivirla. Hay que compartirla y hay que invitar a otros a que la disfruten.  

Entre otras cosas, porque la religión cristiana es la religión del amor.  

 

La religión del amor es un conjunto de convicciones, ceremonias y de prácticas con las que permanecemos en Dios y Dios en nosotros.  
Cuando Dios nos ama, nos capacita para amar. 
Cuando Dios nos ama, nos da fuerzas y poder para amar. 
¿No tienes religión? Te ofrezco una: ¡el amor! 

Toda religión para poder ser religión contempla una divinidad. En la religión del amor tenemos un Dios, y este Dios es amor.  

Toda religión atribuye a su divinidad un contenido, unas doctrinas, unos mandamientos, unas promesas, etc. En la religión del amor creemos en lo que el Dios revelado en la Biblia, que es amor, dice. Ahí están nuestras convicciones.  

En la religión del amor tenemos unas ceremonias muy bellas, propias del amor que son: compartir lo que tenemos con quienes necesitan; perdonar a quienes nos ofenden; poner la otra mejilla; caminar la otra milla; orar por quienes nos maldicen; bendecir a quienes nos ultrajan y otros rituales parecidos.  

Quien no vive la religión del amor no conoce a Dios porque Dios es amor.  

 

Y, ¿qué es amor? Preguntarán algunos: pues, amor es tratar a los demás tal cual Dios nos trata a nosotros.  

 

Uno de los grandes ponentes de la religión del amor fue el apóstol S. Juan, quien en su primera carta escribió: “Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4.16). 

Permanecer es una palabra de significado extenso, de entre todo lo que pueda significar en español, me sedujo la traducción que dice “seguir existiendo”. 

“Existir en Dios” es una expresión que me fascina, porque la frase en sí misma me ubica, le da un lugar a mi existencia y ese lugar es Dios mismo.  

La expresión “existir en Dios” me orienta, me traza el camino y me señala la meta que debo alcanzar. 

“Existir en Dios” es la expresión que me condiciona, pues no me permite vivir a mi manera o a la manera de alguien más; me libera para vivir en su inmensidad.  

Vivir a mi manera es una prisión estrecha, asfixiante.  

Vivir a la manera de otros es como vivir encadenado a un poste. 

Existir en Dios es quedar libre para vivir como viven las golondrinas que vuelan, juegan y revolotean en los cielos.  

Existir en Dios es existir amado por él y amando como él. 

 

En la religión del amor, somos amados con un amor indescriptible, irrazonable, desmedido para luego exigirnos que amemos con ese mismo amor. Parafraseando a S. Agustín: “siendo amados sin medida, amamos desmedidamente”; porque cuando Dios nos ama, nos sana para poder amar. 

Una vez amados, amamos sin fatiga, sin cansancio, sin desánimo, sin orgullos. 

Es que, en la religión del amor ser amado y amar es sabroso y posible.  

En la religión del amor cabemos todos. 



©2023 Ed. Ramírez Suaza

viernes, 28 de abril de 2023

FRAGANCIAS: ADORACIÓN & ERÓTICA

Fragmento homilético




Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi que uno de los fracasos que permitimos en las últimas décadas en el culto evangélico es la musicalización de la adoración. Aprendimos a relacionar la adoración con música tipo baladas de cortas letras que nos eleven emocionalmente hacia Dios. Si bien la música es una posibilidad artística, entre otras, para adorar a Dios, no es la única. A veces siento que nos dejamos vendar los ojos para no ver en las Escrituras todas las posibilidades que hay para adorar a Dios de maneras ricas, generosas, placenteras, bellas, evangelísticas, misioneras, transformadoras. 


Un testimonio evangélico y maravilloso es el relato de María, la de Betania. En aquel acontecimiento encontramos, entre otras, un placer exquisito. 

Juan 12: 1- 8 

 

Regularmente la palabra “placer” y vida cristiana no se la llevan como que bien. Por siglos, la vida cristiana se caracterizó por la esterilización de placer, de todo atisbo de disfrute existencial. La negación casi absoluta a los placeres de la vida fue sinónimo de santidad. En las Sagradas Escrituras contemplamos lo contrario: la vida santa se reconoce por el buen disfrute de los placeres.  

 

Conteniéndome con mucha debilidad para no desenfocarme, ya que el tema del placer a la luz de la Biblia me atrae demasiado, destaco algunas evidencias del disfrute de la vida y de la fe en este testimonio según el Evangelio de Juan. La primera entre ellas, “estaba cerca La Pascua”. Esta fue una fiesta sagrada, instituida por Dios mismo. Fue un festejo que dramatizaba significativamente el milagro más grande de salvación en la historia de Israel. El disfrute estaba en los detalles: había que hacerlo en familia, y si era una pequeña familia, entre vecinos. Había comida, copas de vino y relatos de salvación a luz de vela. Había memorias de la grandeza de su Dios. Se hacían oraciones de alabanza y gratitud. ¡Era todo un placer! 

 

En fin, según S. Juan evangelista, faltaba poco para esta fiesta cuando en Betania celebraban la visita de Jesús: Marta servía a la mesa como una Pascua anticipada al tiempo que Lázaro, su hermano, atendía a Jesús. Entre sorbos de vino, bocados de pan a la boca, risas, abrazos y memorias de la obra de Dios disfrutaban el momento, me imagino, y no es más que mi imaginación, hablaban de las maravillas de Dios, puntualmente de la resurrección de Lázaro.  

¡Esta visita fue todo un placer! 

 

Otro momento placentero fue la sorprendente aparición de María. Esta mujer sin palabras se acercó a Jesús, rompió un frasco de perfume muy caro y bañó con eso los polvorientos pies de Jesús.  

El placer está en varios detalles: 1. Que al romper el frasco, el olor del perfume empezó a ser perceptible al olfato de los comensales. Dice la Biblia que el olor del nardo llenó la casa. Esto es placer para el olfato. 2. Las caricias con las que la mujer frotaba los pies de Jesús. Este proceder de la dama es provocativo, sensual. Ahora, cuando empieza a usar su larga cabellera para envolver los pies de Cristo, hace de la escena algo más atrevido. “...el gesto de bañar los pies, que eran considerados símbolo erótico masculino, y el de secar el perfume con los cabellos, los cuales eran percibidos como símbolo erótico femenino, implican unas relaciones placenteras y sensuales.”1  

 

Este placer no es vulgar, por favor, no se permita un desenfoque. En un mundo donde la erótica la percibimos con la cosmovisión del reggaeton, corremos el riesgo de vulgarizar, hasta de pornografizar el relato bíblico. María, la de Betania, no está seduciendo sexualmente a Jesús, ella acoge al Maestro como al amigo que es y le profetiza con su erótica y derroche de adoración lo que está por suceder: la cruz. Dice la teóloga Mercedes Navarro: “La acción de María es un verdadero derroche. No pertenece al nivel de las necesidades, sino que está en otro plano. Es un verdadero derroche de placer. Y puesto que provoca y comparte un placer muy intenso puede ser recuperada por Jesús como signo y evocación anticipada de un estado de gozo permanente, como es la Pascua definitiva, la Vida y su plenitud.”2 

 

Hablar de Jesús me ha significado correr altos riesgos. 

Hablar de Jesús con el evangelio al desnudo me ha dado miedo.  

La religiosidad, tanto la católico-romana como los evangelicalismos importados a América Latina, nos ha vendado los ojos, el gusto, el olfato, el corazón, el placer de contemplar a Jesús tal y como él es; si me lo permite, ¡al desnudo! La religiosidad nuestra le pone sábanas gruesas a experiencias de Dios que nos parecen inapropiadas para nuestra forma de concebir a Dios. Traemos a cuestas un -casi eterno- falso pudor que nos empaña la vista ante una gracia sorprendente. Y claro, todo aquello que arremete contra esta religiosidad, pidiendo a gritos la libertad que promete el Hijo de Dios, lo silenciamos, lo etiquetamos de “falsa doctrina” y le cortamos las alas, cueste lo que cueste, antes de que la verdad liberadora alce vuelo. Y así, nos volvimos idólatras de la religión.  

 

“La religión por amor a la religión es idolatría”.3 

Hay gente que ama más su iglesia que a Cristo. 

Aman más a su denominación que a Cristo. 

Aman más su doctrina que a Cristo. 

Creen más en su “coalición por el evangelio” que en Cristo.  

Aman más su reputación, reconocimientos y gloria que a Cristo. 

“La religión por amor a la religión es idolatría”. 

 

Pero la religión del amor es más grande. La religión de la adoración sincera, espontánea, auténtica, atrevida, particular, extravagante tiene un valor inmenso ante los ojos de Jesús. Él puede interpretar correctamente lo que hacemos. Él permite que incorporemos en la adoración los sentidos como el gusto (la  mesa), el olfato (el nardo), el tacto (los pies, el cabello, las manos), el cuerpo (la mujer se postró), la vista, el oído. Y sí, así algunos se escandalicen. Así algunos mal juzguen lo que hacemos, podemos adorar a Dios involucrando los sentidos, el cuerpo entero y lo más preciado que poseamos. 


©2023  Ed. Ramírez Suaza


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1. Navarro Puerto, Mercedes. María de Betania: La Pascua y el placer: María unge a Jesús en Betania (Jn 2,1-8) (Mujeres bíblicas) (Spanish Edition) (p. 20). Editorial San Pablo. Edición de Kindle. 

2. Navarro Puerto, Mercedes. María de Betania: La Pascua y el placer: María unge a Jesús en Betania (Jn 2,1-8) (Mujeres bíblicas) (Spanish Edition) (pp. 7-8). Editorial San Pablo. Edición de Kindle.”
3. Bruxy Cavey. El fin de la religión. Miami: First Edition (2020), p.17

viernes, 3 de febrero de 2023

VIRUS

 


Mantente a salvo, sé inteligente, sé solidario.

Tedros Adhanom Ghebreyesus




Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un virus de antaño resurgir de entre las entrañas oscuras del inframundo una y otra vez, con una capacidad de contagio peligrosa y casi que inadvertida. El virus hace notar sus propios síntomas en el alma: alimenta odios, acumula resentimientos y mantiene vigente su inventario de ofensas reales y, quizá también, de ofensas supuestas. El virus tiene nombre propio: resentimiento. 


A esta patología en el corazón, que se siente en forma de enojo o molestia hacia alguien o hacia algo, no le basta con estar enfermo, siente -de alguna manera- la necesidad innecesaria de encontrar para su resentimiento cómplices, adeptos; ¡y los encuentra! Somos la raza que sabe odiar, que sabe menospreciar al otro, que sabe resentir, y como si fuera poco, con ganas de resentir a los demás. La verdad hay que decirla: el resentimiento es viral. Algunos portadores de este virus tienen la capacidad de contagiar a otros y hacerlos sentir ofendidos por ofensas ajenas, enojados por razones impropias que pueden asumir un malestar; inclusive pueden expresar sus experiencias de dolor exagerando lo sucedido, amañando algunos detalles que beneficien su versión de los hechos. Claro está, no se debe, no se puede justificar al ofensor cuando en verdad ha ofendido; como tampoco es justo para consigo mismo atesorar dolor y odio, aunque sienta tener razones para hacerlo.


Estar resentido es igual que estar sediento. Sediento de venganza. Decía F. Nietzshe: el resentido: “no es ni franco, ni ingenuo, ni honesto y derecho consigo mismo. Su alma mira de reojo; su espíritu ama los escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio.”[1] Quien padece de esta patología, adquiere una capacidad indomable de destrucción: destruye reputaciones, familias, amistades, comunidades… sin importarle un comino las consecuencias inevitables de sus acciones. Quien así vive, vive la vida olvidando que el cambio es posible.[2] El ser humano tiene la capacidad de rehabilitarse, de generar un cambio en sus emociones y en sus acciones. Tiene la maravillosa capacidad de darle caducidad a todo aquello que ya no desea más en su vida. Mejor dicho: tiene la capacidad de aprender a amar.


El amor es el antídoto para este virus. Como en una de las posibilidades de la inmunología, los virus son contrarrestados por otros microorganismos repelentes al que está enfermando. En coincidencia con este principio inmunológico, así dice la Biblia: “No alimentes odios secretos contra tu hermano, sino reprende con franqueza a tu prójimo para que no sufras las consecuencias de su pecado. No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el SEÑOR” (Levítico 19:17-18).


El amor es antídoto para muchos padeceres en el alma. 

“El amor es salud.”[3] 

Un logro hermoso, significativo en la función inmunológica que tiene el amor frente a muchos males del alma es el perdón. ¡El amor perdona! Y perdonando, el ser humano se fortalece ante la destrucción que le provoca el estar resentido. Inmunizar el corazón ante el resentimiento no es fácil, ya lo decía B. Franklin que “Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo”.[4] Pero el hecho de que no sea fácil no significa que sea imposible; tampoco es el hecho de que por ser difícil rendirse antes del intento. Los resentimientos son como muertos que se resisten a ser sepultados. “Cuando cubrimos la tumba con una piedra, significa que no queremos que el muerto regrese. La pesada lápida le dice al muerto: –¡Quédate donde estás!–”.[5] Sepultar un resentimiento y que se quede ahí, en la oscuridad y luego en casi un olvido, requiere de una lápida muy grande y lo único más grande que todo mal es el amor.

©2023  Ed. Ramírez Suaza


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1. Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral, Tr. Andrés Sánchez Pascual. Madrid: 3ª edición, 2011.

2.  Miguel Ángel Conesa. Hacia el sentido: metáforas, reflexiones y pinceladas educativas (Bilbao: Mensajero, 2017): 94

3.  GÓMEZ NAVARRO, E., Si perdonas, vivirás. Parábolas para una vida más sana, Burgos: Grupo Editorial Fonte, 2017, 219 pp. en Juan Sánchez. “RECENSIONES”. REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 76 (2017), 600-601 
4.  B. Franklin en Juan Sánchez. “RECENSIONES”. REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 76 (2017), 600-601
5. Milán Kundera. La insoportable levedad del ser (Barcelona: Tusquets, 1989): 131

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...