lunes, 15 de julio de 2019

CIELO ROTO: FRAGMENTO APOCALÍPTICO



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi un Cielo Roto vestido de harapos, unos concedidos por pequeños chacales: políticos-religiosos delirantes de poder y riquezas.
Ambiciones bestiales.
Avaricias babilónicas.

Sobre la gran montaña oriental del Cielo Roto vi una ramera sentada, vestida de púrpura con cintos blancos sobre la cintura y el cuello. “...la Prostituta empuñaba toda clase de cheques y de bonos y de acciones y de documentos comerciales...”[1] En el pecho un inmenso número cincuenta  en letra romana [aquí hay sabiduría]; bebiendo la vida, la tierra en copas de barro, mientras daba la espalda al Valle Partío en dos por el río que nace en las alturas de San Miguel.

En el Valle Partío había, aproximadamente, siete millares de anónimos. Entre ellos, opositores, inmigrantes, desplazados, marginados, pobres, viudas, huérfanos, enfermos, peregrinos de la fe.
Algunos de ellos portaban en sus frentes la marca de la ramera, el número cincuenta en letra romana.
Otros cargaban marcas de otras rameras como el número cien en escritura romana [aquí también hay sabiduría], número de color blanco sobre un hipócrita dulce azul.
Otra marca de ramera, que aún no se ha sentado en la gran montaña, quien apetece vorazmente la cima y la copa de barro, es la de una mano de dragón infernal acariciando con mentirosa ternura el corazón sobreviviente de un pecho patria agonizante.
Mas no todos portaban marca alguna de las diferentes rameras, las desesperadas por ocupar la cima de la gran montaña oriental del Cielo Roto; había muchos otros portando en sus existencias las marcas de la Cruz.

Millares anónimos.
Peregrinos sobre rodillas, porque de rodillas les tocó nacer.
Vi que clamaban a grandes voces, como el estruendo de los truenos de su Cielo Roto diciendo:
¡Basta ya ramera de tus hurtos e injusticias!
!Que cese ya la hemorragia de nuestras tierras!
¡Que se silencien las espadas y los disparos!
¡Que se apaguen sus cigarros!
¡No más muerte blanca en las narices de nuestros hijos!
¡No más hechicerías!
Esa maldita Babilonia se traga por la boca de su sombrero los recursos de la salud, infraestructura, deportes, educación, vivienda, del campo. ¡Nuestro bendito campo!
Pero la ramera de vestido rojo se burlaba de ellos sin dejar de darles la espalda.

Conmovido por lo que apreciaron mis ojos clamé al Dios del Cielo con estas palabras:
-¿Hasta cuándo Señor?
¿Cuándo vendrá a nosotros tu Reino?-

Vi entonces siete iglesias en diferentes lugares del Valle Partío por el río.
Detrás de mí oí una voz, una como el estruendo de muchas aguas que decía: -Escribe a los siete ángeles de las siete iglesias del Valle Partío y diles:
Yo conozco tus obras y tus trabajos.
Conozco tu corazón con todas sus profundidades.
Sé de tu esmero y deseo de ver el reino de Dios a plenitud en la tierra.
Pero tengo contra ti que has dejado el amor.
Tengo contra ti el repudio que profesas a unirte con las demás iglesias.
Arrepiéntete pues. Si no, vendré a ti y quitaré tu candelero de su lugar.
Al que venciere le daré ríos de agua viva para que broten desde su interior.
El que tenga oídos para oír, oiga lo que el Espíritu dice a la Iglesia.

Después de esto, un ángel me llevó a un pequeño monte y desde allí pude ver un río limpio.
A sus orillas habían plantados siete árboles frondosos. Frescos. Florecientes. Fascinantes.
De cada uno de ellos caían hojas al río.
El río en su trayecto transportaba las hojas por todo el Valle Partío, éstas llevaban sanidad a donde llegasen.
Giré a ver al ángel para preguntarle, -¿esto qué significa?-
Me dijo: -el río que has visto, brota del trono de Dios y de su Hijo Cristo. Es Vida divina.
Los siete árboles plantados a sus orillas son las siete iglesias del Valle Partío.
Las hojas son aquellas personas de las iglesias que recorren el Valle anunciando el Evangelio.-

Los siete árboles son resistencia a la corrupción, gestores y promotores de esperanza.
Son ejército de lucha y justicia contra la ramera babilónica.
Ellos no esperan subir la cima del poder, escalan a la cima del servicio.

Las rameras que beben la vida, la tierra del Valle Partío no saben que sus días están contados.
Se acerca el día del Señor, día de sumo esplendor. Día en el que Dios pondrá cada cosa de nuevo en su lugar. Aquel día, los árboles del campo aplaudirán. Las cabras montés brincarán de alegrías. Los humildes cantarán:
Grandes y maravillosas son tus obras
Señor, Dios Todopoderoso.
Pues eres tú quien hace nuevas todas las cosas.
Y das galardón a cada hombre.
Recompensas la obra de cada mujer.
Pesas las almas en balanzas.
Y das tu favor a los salvados por el sacrificio de tu amado Hijo.

Luego escuché como a un coro sinfónico, oí al cielo, a la tierra, al mar y todo cuanto en ellos hay decir:
¡Venga a nosotros tu reino. Hágase siempre entre nosotros tu voluntad!

Amén.
¡Ven, Señor Jesús!
Que la gracia del Señor Jesucristo sea con todos. Amén.




©2019 Ed. Ramírez Suaza 




[1] Iván Carrasco M.  “Notas sobre la poesía apocalíptica hispanoamericana.” Revista Chilena de Literatura; Núm. 18 (1981): Noviembre. Universidad de Chile. Facultad de Filosofía y Humanidades. pp.141

viernes, 28 de junio de 2019

EL SÍNDROME DE PINOCHO: padeciendo mentiras


Cada vez que mentimos a alguien, le hacemos el cumplido de reconocer su superioridad.
Samuel Butler


Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi seres humanos aferrados a muchas mentiras pareciendo náufragos asidos a salvavidas de papel, hundiendo más pronto que tarde; aun así, se aferran a ellas, cualesquiera sean.

La oferta y demanda de mentiras en esta plaza global alcanza niveles de alerta roja: las dadas y recibidas en redes sociales; vendidas y compradas en centros comerciales. Las divertidas y apetecidas de la televisión y del cine. Las concedidas y aceptadas gratuitamente en relaciones interpersonales, sin omitir la conciencia de todas aquellas aprendidas y acostumbradas en familia.
Para asombro de muchos, “...se estima que cada día oímos o leemos más de 200 mentiras.”[1]
Sin mencionar todas las dichas y/o escritas por nosotros mismos.
Mentiras van. Mentiras vienen.

Miente la religión.
Miente el estado.
Miente la educación.
Miente la prensa.
Miente el internet.
Miente la política.
Miente la literatura.
Mienten algunas canciones.
Miente mi vecino, mi pariente, mi amigo y mi hermano. Como si fuera poco, ¡miento yo!
Inclusive, muchos preguntan: ¿Qué sería del mundo si no existieran las mentiras?

Esta sociedad evidencia una pérdida aberrante de incomodidad por la producción y el consumo de mentiras. En algunas ocasiones nos molesta ser engañados, pero no nos molesta mentir. Peor aún, “Tenemos la capacidad de mentir, no sólo a los demás sino también a nosotros mismos.”[2]

¿Qué es la mentira?
La mentira no se ciñe simplemente al hecho de decir cosas que no son verdad. También mentimos al ocultar información, o al decir algo que es verdad de manera tal que el interlocutor crea que es falso. Yendo más allá, podemos mentir sin utilizar las palabras, a través de una sonrisa falsa, al andar o adquirir posturas que aparentan confianza en uno mismo, mediante el uso de cosméticos que disfrazan nuestra apariencia real... Cualquier pequeño engaño intencionado puede considerarse una mentira.[3]

Mentir es un acto de infidelidad, menosprecio al otro y a uno mismo.
Mentir es un descaro, uno con el que aprendimos a vivir de maneras cómodas. Además, con el mismo desparpajo inducimos a las generaciones siguientes a toda una cultura y “arte” de mentira. Sin embargo, tiene que ser denunciada como una práctica diabólica, deshumanizante de la conciencia, las relaciones, los amores, la dignidad… Jesucristo dijo: -El diablo ha sido un asesino desde el principio. No se mantiene en la verdad, y nunca dice la verdad. Cuando dice mentiras, habla como lo que es; porque es mentiroso y es el padre de la mentira- (S. Juan 8.44).

A veces me pregunto, ¿desde cuándo y por qué llegamos a ser productores y receptores de tanta mentira? La Biblia responde a estas preguntas de maneras asombrosas, maravillantes para mi gusto. Creados el hombre y la mujer a imagen de Dios, les fue concedida la gracia de administrar este santuario llamado Tierra con un valor moral agregado: ¡la fruta prohibida!
A diferencia de todos los seres vivos, la relación perfecta y establecida por Dios mismo para con el ser humano fue moral. La humanidad tiene que obedecerlo (Génesis 2.16-17).

Según el libro sagrado del Génesis, alrededor de la fruta prohibida se tejió un diálogo peligroso entre la mujer de Adán y una Serpiente -metáfora del Satán[4]- y fue en ese instante cuando el ser humano empezó a mentir, a consumir mentiras (Génesis 3). En tanto conversaron, la mujer puso en boca de Dios palabras muy ajenas a Él: -No coman del fruto del árbol que está en medio del huerto, ni lo toquen. De lo contrario, morirán- (Génesis 3.3). Realmente estas fueron las palabras de Dios: -Puedes comer del fruto de todos los árboles del jardín, menos del árbol del bien y del mal. No comas del fruto de ese árbol, porque si lo comes, ciertamente morirás- (Génesis 2.16).

Mientras conversaban, la serpiente mintió al describir un carácter falso del Dios verdadero. La Serpiente presentó un dios egoísta, uno no de fiar. Ella comunicó, con su discurso, una difamación en este sentido: las “intenciones de Dios -con la fruta prohibida- fueron impedir la realización del hombre, frustrarlo, mantenerlo bajo su poder, impidiéndole conseguir algo que puede obtener: ser como Dios.”[5]
La mujer consumió todo este engaño y pecó.
Desde entonces, según la historia bíblica, el ser humano es mentiroso y consumidor de mentiras.

¿Por qué mentimos?
Cierto es que mentimos porque sí y porque no.
Mentimos porque nos viene en gana.
Mentimos por ventajosos y por cobardes.
Mentimos por conveniencias y por apariencias.
Mentimos por capricho y por vicio.
Mentimos por mentirosos.

El afamado escritor mexicano, Octavio Paz, dijo: “Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos… La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser.”[6]
Al parecer, “Todos tenemos una irresistible fascinación por la mentira y el engaño.”[7]

Con la mentira apareció también la prohibición y el reproche. Paradójicamente, el ser humano no acepta la mentira: “culturas antiguas como la Inca, instalada en el Perú, proscribieron la mentira explícitamente y consignaron tres principios morales como normas de convivencia social en la comunidad: “no seas perezoso” (Ama quella), “no seas mentiroso” (Ama llulla) y “no seas ladrón” (Ama sua).”[8]

La religión mosaica también levantó bandera contra la mentira, pero llama la atención que en los diez mandamientos concedidos a los israelitas por medio de Moisés, no se menciona una prohibición directa contra la mentira. Se prohibió el falso testimonio contra el prójimo, pero no mentir (Éxodo 20).
Para un judío devoto, los diez mandamientos no agotan la ley divina; para ellos toda la Torá es norma de vida piadosa. Dice la Torá en el libro Levítico 19.11: -No hurtes. No engañes. No se mientan el uno al otro.-

A la luz de la comprensión cristiana del misterio de Dios, la mentira tampoco tiene cabida en el ser humano restaurado. El libro de Apocalipsis 22.15 sentencia contra los mentirosos así de contundente: -Pero fuera (condenación eterna) se quedarán los pervertidos, los que practican la brujería, los que cometen inmoralidades sexuales, los asesinos, los que adoran ídolos y todos los que aman y practican la mentira.-

Dios nos invita a su verdad, pues ha creado al ser humano capaz de ella, ha puesto en su corazón el apetito por lo que es cierto y en sus esperanzas el  anhelo utópico por una verdad libre y liberadora.
Mentir no es de quienes andan en luz, en la iluminación que procede del Padre de las luces, en quien no hay sombras de variación; la verdad prevalece en sus mentes, en sus labios, en sus acciones así les cueste la vida, como lo hizo Jesús, encarnación absoluta de la verdad, quien es para nosotros, la Iglesia cristiana, Camino, Verdad y Vida.

©2019 Ed. Ramírez Suaza




[1] América Valenzuela. “¿Por qué decimos mentiras?” En línea: http://www.rtve.es/noticias/20120622/decimos-mentiras/539043.shtml
[2] Dan Ariely. Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos. libro en línea: https://www.academia.edu/35860568/Por_que_mentimos_._en_especial_-_Dan_Ariely, p. 250
[3] América Valenzuela entrevista a David Livingstone S. En línea: https://www.elmundo.es/elmundosalud/2005/10/21/neurociencia/1129916821.html
[4] Sobre la base de las referencias del Nuevo Testamento, la serpiente se identifica fácilmente como Satanás (Rom. 16:20; Ap. 12: 9; 20: 2).
[5]Santiago Guijarro & Miguel Salvador (ed.) Comentario al Antiguo Testamento I. Zaragoza: Verbo Divino (1997): 50
[6] Octavio Paz. “Máscaras mexicanas”. En línea: https://www.unive.it/media/allegato/download/Lingue/Materiale_didattico_Regazzoni/Lingue_lett_ispano_americane1/Octavio_Paz.pdf
[7] Gustavo A. Schwartz. “El poder transformador de la mentira”. en línea: https://cfm.ehu.es/schwartz/resources/Ensayos/El-poder-transformador-de-la-mentira.pdf
[8] Yáñez Canal, Humberto, y Fernando Robert Ferrel Ortega, y Andrea Liliana Ortiz González, y Gabriel Yáñez Canal. 2017. "Efectos de la mentira en las relaciones de pareja entre jóvenes universitarios heterosexuales". Psicología desde el Caribe 34 (1): 42-58

jueves, 16 de mayo de 2019

HASTÍO


Hay hombres que se apoyaron en sí mismos y triunfaron en todo;
otros lo sacrificaron todo;
pero fue el más grande de todos quien creyó en Dios.
S. Kierkegaard




Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi necesidad de hastío en la humanidad. Sí, hastío por las inclemencias políticas en este cono suramericano. Hastío por los nuevos sistemas de esclavitud que hoy llamamos “empleo”. Hastío por los cultos vacíos, por el consumismo incontrolable que nos engaña la ganas de felicidad. Hastío por la fragmentación familiar que, vertiginosamente en aumento, empuja nuestras sociedades al “vacío de la vida, la insignificancia de la vida y un aburrimiento absolutamente inimaginable”.[1]

Precisamos hastío por los pretextos baratos con los que huimos de nosotros mismos; nos descontentamos de nosotros mismos; nos enemistamos con nosotros mismos… al punto de auto-elaborarnos -por quirófanos u otros medios- en seres dignos de conmiseración. Bien escribió César Ramírez, “El hombre, el de siempre, libra permanentemente una guerra consigo mismo, solamente hay que saber estar del lado del ganador.”[2] Al parecer, nos es difícil “saber estar del lado ganador”.

Minelis Tamayo, poeta cubana, publicó unos versos que tituló “Hastiada”, he aquí un segmento:

…hastiada
de tantos recipientes intentando llenarse de productos ociosos
que ponen velo a la luz del alma.
Este mundo lleno de cadáveres
no sabe hacer otra cosa que entorpecer más
con banalidades su propia vida,
Entonces se respira una atmósfera pesada,
Se sienten como plomo la hipocresía, la maldad,
La injusticia, la avaricia...[3]

¡Ay del hombre que no se hastía!

El hastío nos debería ser tan humano como lo es divino.
Dios nos ha dejado ver su hastío: “Yo aborrezco sus fiestas solemnes. ¡No las soporto, ni me complacen sus reuniones! Cuando me ofrezcan sus ofrendas y holocaustos, no los recibiré… Alejen de mí la multitud de sus cantos. No quiero escuchar las melodías de sus liras. Prefiero que fluya la justicia como un río, y que el derecho mane como un impetuoso arroyo” (Amós 5.21-24).
“¿Para qué me sirven sus muchos sacrificios? Estoy harto de holocaustos… Cuando ustedes vienen a presentarse ante mí, ¿quién les pide que traigan esto? No me traigan más ofrendas inútiles… Mi alma aborrece sus lunas nuevas y sus fiestas solemnes; ¡son para mí una carga insoportable! (Isaías 1.11-17).
Estos oráculos evidencian el asco sentido por Dios cuando el hombre le ofrece un “culto vacío”.

Se llegó a intuir entre mortales que Dios era manipulable, en tanto se le ofrecieran rituales de culto sin compromiso alguno con la piedad. “Israel y Judá en muchos momentos de su historia llegaron a desobedecer a Dios en todo, menos en los sacrificios. Pensaron: “Dios con barriga llena, tendrá el corazón contento. Si culto es lo que quiere, culto le daremos.””[4]
El culto vacío consiste en ofrecer al Señor un buen culto sin justicia, misericordia y amor.

Dios no sólo ha sentido hastío, nos ha concedido el hastío como una hermosa gracia, a fin de evitarnos mayores desgracias de deshumanización.
De los hastíos posibles para el cristiano, subrayo en esta oportunidad el del sinsentido, entendiéndolo como el olvido de ser humano.

Dios nos creó humanos, y esta distinción honorífica fue gracias a que nos hizo a Su imagen y semejanza. Pero el sinsentido se nos ha convertido en una bola rodante de nieve que ha escapado por completo de nuestro control.
Sinsentido, ¿hacia dónde vamos?
La respuesta podría ser: sinsentido, “El hombre no tiene sino sus dos pies, su corazón y un camino que conduce a ninguna parte.”[5]
“Ninguna parte” es un destino peligroso para nosotros, seres imagen de Dios.
La vida nos la ha dado Dios para peregrinar siempre en dirección a él.

La vida cristiana es la gracia de vivir en recuperación de sentido existencial, razón por la cual todo ser humano está invitado a ella, a recobrar el ser, a la restauración de sus ideas, relaciones, esperanzas, fe y afectos. Y así, como el alfarero que hizo la vasija es quien puede restaurarla después de rota, Dios es el Alfarero del alma humana quien, además de amarla, ama sanarlas.

Cuando un alma humana queda presa del sinsentido -por cualquier razón-, las ganas de nada, el odio sin saber por qué ni a quién, la inmensa capacidad de aburrimiento y la penosa discapacidad para amar se hacen parásito en el corazón y lo enferman, le arrebatan la vida en vida. Lo asfixian. Entonces muere. Quizá esto ayude a explicar el por qué nos topamos en la ciudad, en los pueblos, en tantas partes con muertos que sonríen, viajan, festejan, postean, enriquecen, empobrecen… más, mucho más; intentando persuadirse y persuadirnos de que son seres vivos. Pero no.

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
Muertos son los que tienen muerta el alma
y aún viven todavía…
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo, muertos.[6]

El hastío que proviene de Dios es hastío por todo aquello que nos hace vivir en el mundo, muertos. Desgracia que en Aquel que es Camino, Verdad y Vida se supera: “Pero Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados” (Efesios 2.4-5).
Hay esperanza para quienes se hastían de vivir en el mundo, muertos.
En Jesucristo, la vida vuelve a florecer como lo que es: ¡vida!

¿Qué es vida?
El arte de existir diosmente.

©2019 Ed. Ramírez Suaza







[1] Zygmunt Bauman en http://www.publico.es/culturas/suecia-caida-libre-hacia-aburrimiento.html
[2] César Ramírez. El retorno al ser: una propuesta frente al sinsentido. Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana (2014): 66
[3] Minelis Tamayo. “Hastiada” en  Gramma, ISSN 1850-0153, Vol. 25, Nº. 53, 2014, págs. 111-111
[4] Milton Acosta Benítez. “Si tuviera hambre no te lo diría.” en línea: http://pidolapalabra1.blogspot.com/2015/02/si-tuviera-hambre-no-te-lo-diria.html
[5] Gonzalo Arango en Ramírez. El retorno. p. 41
[6] Antonio Muñoz Feijoo. “Un pensamiento en tres estrofas”. en Carlos N. Ceruti (Dir.). “Junta Provincial de Estudios Históricos de Santa Fe”. Argentina, Nº LXXI. (2014): 16


viernes, 12 de abril de 2019

CAMELLOS POR EL OJO DE UNA AGUJA


Ellos (los infieles) no entrarán en el Paraíso
hasta que entre un camello por el ojo de una aguja.
El Corán (sura 7, 40)



Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa, vi una fila de camellos pretendiendo entrar a un lugar glorioso cuya puerta es el ojo de una aguja. Literal.

El camello de turno, aún viendo la imposibilidad de la hazaña, con vergonzosa terquedad intentaba introducir su cabeza por el diminuto agujero. Cada camello decía para sí: -si logro embutir mi cabeza por el ojo de la aguja, cruzo el resto del cuerpo.-
Siendo la fila muy larga, a alguien se le ocurrió la brillante idea de darle una aguja a cada camello, a fin de no prolongar a eternidad la espera de turnos en la fila.

Había espectadores que daban ánimo e ideas para que algún camello lograra cruzar a través del ojo de una aguja, algunos decían: -baña tu cuerpo en aceite de olivas, la lubricación puede ayudar.- Otros aseguraban que el jabón haría liso el cuerpo y así, tal vez, alguno logre cruzar por el ojo de una aguja. Otros sugirieron saliva de alguna madre en ayunas, ¡eso es bendito!
Al fin y al cabo, ninguna recomendación o idea por buena que pareciera ser, funcionó.

S. Lucas en el capítulo 18, los versos 18-30, plasmó el testimonio de un encuentro fascinante entre un hombre rico y Jesús. El diálogo entre estos hombres fue corto, pero fascinante y revelador. El rico le preguntó al Carpintero de Nazaret: -Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?-  El hombre era un zalamero extraordinario, pero el Señor cuestionó su halago: ¿me estás diciendo “maestro bueno”? ¿Sabías que sólo “maestro bueno” es Dios? Con esta reacción peculiar Jesús no negó que él es Dios, más bien le ayudó a comprender la magnitud de sus palabras, así no fueran sentidas: -si me dices “maestro bueno” y “bueno” sólo es Dios, ¿estás afirmando que soy Dios?-

Por otro lado, Jesús ya respondió a la pregunta inicial: ¿qué puedo hacer para heredar la vida eterna? “Bueno sólo es Dios.” Mejor dicho, nadie es lo suficientemente bueno como para ser salvo. Nadie es capaz de serlo. Sin embargo, el Maestro bueno le recitó algunos mandamientos, quizá aquellos con los cuales el rico se sentía seguro: -No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre.- A lo que respondió el rico, quien fue también religiosamente presumido: -Todo esto lo he cumplido desde mi juventud.-
Pero a este hombre le faltaba “una cosa” para satisfacer básicamente la ley mosaica: abandonar su avaricia. Entonces Jesús le dijo: -vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después de eso, ven y sígueme.-
Estas palabras de Jesús fueron un “baldao de agua fría” para el rico.
¿Vender todo?
¿Darlo a los pobres?
Pero ahí no termina el “baldao de agua fría”. Jesús le dijo también, -después, ven y sígueme.-
Cuando aquel hombre oyó esto, se puso muy triste, porque era muy rico.

No se puede descartar la posibilidad de que el rico tomó conciencia de su mentira: él nunca cumplió la ley desde su juventud. Su amor al dinero lo llevó a quebrantar los dos mandamientos más importantes: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.
El pecado que identificó Jesús en este hombre no fueron las riquezas, fue el amor desmedido a todas ellas. Es imposible amar a Dios y a las riquezas de manera simultánea.

La tristeza del hombre rico inspiró a Jesús para comunicar una verdad absoluta por medio de un refrán que apela a la exageración: -¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.-
El proverbio rabínico reza así: “más fácil pasa un elefante por el ojo de una aguja”.[1]

Algunas personas han pretendido alterar la verdad absoluta que Jesús comunicó a través del exagerado refrán, argumentando que la palabra traducida al español como “camello” es incorrecta, porque el término griego, según ellos, es kámilos, que significa “nudo o amarra con cuerda gruesa”.[2] Este argumento no desvirtúa por completo lo que Jesús quiso comunicar; pretender atravesar el ojo de una aguja con una cuerda gruesa también es imposible. Pero pierde el impacto que provoca la exageración al imaginar un camello pasar por un orificio tan pequeño como el de una aguja de coser. Esta exageración es un instrumento en la comunicación que hace más claro y contundente el mensaje de Cristo.

Los evangelistas Mateo y Marcos también incluyeron este proverbio al testimoniar el mismo acontecimiento, y ambos, igual que Lucas, no usaron la palabra kámilos, ellos escribieron kámelos, cuyo significado es “camello”.[3] No se puede pasar por alto, entre otras cosas, que los manuscritos más antiguos de estos tres evangelios, por ende más confiables, dicen kámelos (camello).[4]
Las palabras griegas kámilos y kámelos tienen mucha similitud en la forma de escribirse y pronunciarse, pero la diferencia de significados es abismal.
Existe también una “fantasiosa afirmación que Jerusalén tenía una pequeña puerta llamada “Ojo de aguja” por la que los camellos podrían pasar…”[5] Gordon Fee dijo: “Nunca existió tal entrada en Jerusalén en ninguna época de su historia.”[6]
Interpretaciones de esta naturaleza ‘achican el camello y amplían el ojo de la aguja’.[7]

“Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.” La hipérbole del proverbio no deja lugar a dudas: heredar el reino de los cielos pretendiendo ser bueno a la luz de la ley mosaica es imposible. No es difícil. ¡Es imposible!
Los que oyeron esto dijeron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse?- Y Jesús les respondió: -Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.-

La diversidad que hoy inunda las nuevas modernidades nos presenta un abanico de sabidurías religiosas, orientales, filosóficas, morales, éticas, intelectuales, revolucionarias, individuales e individualistas como ofertas alternativas para “ser buenos”. Tan buenos, que podemos entrar “al cielo” sin necesidad de Jesucristo.

La religión en América Latina cuenta con unas ofertas extraordinarias que dicen garantizar el paso de un camello por el ojo de una aguja. Movimientos que le enseñan a ser bueno, tan bueno, que pueda cruzar un camello por el ojo de una aguja. Algo así como lo describió S. Pablo: -Es verdad que tales cosas pueden parecer sabias, porque exigen cierta religiosidad y humildad y duro trato del cuerpo, pero son cosas que no honran a nadie, pues sólo sirven para satisfacer los deseos puramente humanos- (Colosenses 2.23).
Por lindo, bueno, piadoso que parezca, ninguna religión puede garantizar que un camello pase por el ojo de una aguja. ‘Achican el camello y amplían el ojo de la aguja’.

Quizá esta sea la razón por la cual
Fluctuamos entre castigarnos y premiarnos porque nos engañamos pensando que podemos salvarnos a nosotros mismos. Desarrollamos un falso sentido de seguridad, a partir de nuestras buenas obras y la escrupulosa observancia de los mandamientos de Moisés… Cuando aceptamos, en cambio, nuestra falta de poder y nuestra dependencia para alcanzar la salvación, cuando reconocemos que somos mendigos a las puertas de la misericordia de Dios, entonces Dios puede hacer algo hermoso en nosotros.[8]

No podemos “atravesar el ojo de la aguja” porque todos somos pecadores.
Por cuanto todos pecamos, quedamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3.23). Ese es nuestro problema: ¡el pecado! Esta desgracia afecta a ricos, pobres, clase media. A niños, a jóvenes, a los adultos, a los ancianos. La misma biblia lo dice: no hay bueno entre toda la humanidad, no hay tan siquiera uno (Romanos 3.10). No lo hay. Y Ud. no será el primero.

Cuando leía Romanos 3.23, cerraba mis ojos para no leer los vv. 25-27. Pero un día Dios me los abrió, porque me quedaba ahí, estancado en que soy un destituido de la gloria de Dios. Pero leí los versos siguientes:
Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera el instrumento del perdón. Este perdón se alcanza por la fe. Así quería Dios mostrar cómo nos hace justos: perdonando los pecados que habíamos cometido antes, porque él es paciente. Él quería mostrar en el tiempo presente cómo nos hace justos; pues así como él es justo, hace justos a los que creen en Jesús. ¿Dónde, pues, queda el orgullo del hombre ante Dios? ¡Queda eliminado! ¿Por qué razón? No por haber cumplido la ley, sino por haber creído [DHH].

Cuando me rendí de la sabiduría pecaminosa que pretendió por mucho tiempo hacerme salvo por méritos, pareciendo el camello que quiere cruzar por el ojo de una aguja, Jesucristo abrió sus brazos para mí, tocó mi necio corazón y me abrió las puertas de su gloria de par en par. Me hizo justo, ¡perdonando mis pecados! Este es el regalo más bello, más grande, más sublime de toda mi historia: Dios perdonó todos mis pecados.

El primer canto evangélico que aprendí, experimenté y entoné con la hondura de mis afectos, gratitud y gozo, reza así:
Me hirió el pecado fui a Jesús, mostrele mi dolor;
Perdido errante vi su luz, bendíjome en su amor.
En la cruz, en la cruz, do primero vi la luz,
Y las manchas de mi alma él lavó.
Fue allí por fe do vi a Jesús,
Y siempre feliz con Él seré.
Sobre una cruz, mi buen Señor, su sangre derramó,
Por este pobre pecador, a quien así salvó.

Pasé de ser un camello tratando de cruzar por el ojo de una aguja, a ser un pecador perdonado, salvado y amado por Jesús. Mi Señor. Mi Salvador. Mi Dios.

Cuando Dios vio que los camellos, aún atendiendo todas las sugerencias para cruzar por el ojo de una aguja, no lograban entrar al reino de Dios, en lugar de una aguja estableció una cruz y puso en ella a su Hijo Cristo, para así salvarnos, para que ahora sí podamos heredar el reino de Dios.
¡Lo imposible para los humanos; es posible para Dios!

©2019 Ed. Ramírez Suaza



[1] “Por los escritos rabínicos conocemos la imagen del elefante que pasa a través del ojo de una aguja (bBer 55b; bBM 38b), Y la imagen del ojo de una aguja como la apertura más pequeña (MidrCant 5, 2; PesR 15).” “…el dicho rabínico sobre un elefante que pasa por el ojo de una aguja (Str-B 1,828) es del siglo IV, y quizá dependa del dicho de Jesús que se recoge en este pasaje evangélico. Joseph A. Fitzmyer. El evangelio según S. Lucas IV. Madrid: Cristiandad (2005): 31
H. Balz & G. Schneider. Diccionario exegético del Nuevo Testamento. Vol. I. Salamanca: Sígueme (2005): 2188- 2189
[2] Florencio I. Sebastián Yarza. Diccionario Griego-Español. Barcelona: Ramón Sopena (1998): 714
[3] Balz & Schneider. Diccionario, 2188- 2189
[4] Para confirmar información: Samuel Pérez Millos. Comentario exegético al texto griego del Nuevo Testamento: Mateo. Barcelona: CLIE (2009): 1309- 1310. Joel Marcus. El evangelio según Marcos (Mc. 8-16). Salamanca: Sígueme (2011): 840
El término kámilos es una palabra tardía. Francois Bovon. Evangelio según S. Lucas. Vol. III. Salamanca: Sígueme (2004): 292
[5] Joel Marcus. El evangelio según Marcos (Mc. 8-16). Salamanca: Sígueme (2011): 840
[6] Gordon Fee & Douglas Stuart. La lectura eficaz de la Biblia. Miami: Vida (1985): 19
[7] Joel Marcus. El evangelio según Marcos (Mc. 8-16). Salamanca: Sígueme (2011): 840
[8] Brennan Manning. El evangelio de los andrajosos. Florida: Casa creación (2015): 85

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...