viernes, 22 de febrero de 2019

LA BRUJA DE ENDOR



La brujería es la salsa que vierten los idiotas sobre el fracaso para ocultar el sabor de su incompetencia.
George R. R. Martin


Mirando yo por entre las páginas de la Sagrada Escritura, vi un episodio extraordinario en el primer libro de Samuel capítulo 28 en donde el rey Saúl, monarca de Israel, consultó a una nigromante para que le invocara al espíritu del fallecido profeta Samuel, a fin de pedirle alguna instrucción en cuanto a proceder militarmente ante los adversarios de Israel.
Esta fue una decisión impulsada por la desesperación que inundó al corazón del rey cuando experimentó profundamente el abandono del Dios de Israel.
Lo extraordinario de este episodio bíblico se encuentra en el hecho de que, la pitonisa invocó al espíritu del profeta Samuel ¡y lo logró!

Mucho antes de que Saúl visitara sorprendentemente a la bruja de Endor, emprendió una campaña de “santa inquisición” en la que arremetió severamente contra todas las personas que practicaran o tuviesen vínculos directos con el ocultismo. Así, “Saúl había expulsado del país a todos los encantadores y adivinos” (1 Samuel 28.3).
Es una extrañeza que tiempo después de su campaña anti-ocultismo, fuera a solicitar ayuda a una nigromante.

Probablemente Saúl no persiguió a brujos, hechiceros y adivinos por una convicción sincera y radicalmente profunda en la Torá que le impulsara a tal cosa. Más bien, se sospecha que su proceder pretendió recuperar un poco su favorabilidad popular-religiosa ante la opinión pública.
Valga la pena recordar que la Torá dice: “Cuando hayan entrado ustedes en el país que el Señor su Dios les va a dar, no imiten las horribles costumbres de esas naciones. Que nadie de ustedes ofrezca en sacrificio a su hijo haciéndolo pasar por el fuego, ni practique la adivinación, ni pretenda predecir el futuro, ni se dedique a la hechicería ni a los encantamientos, ni consulte a los adivinos y a los que invocan a los espíritus, ni consulte a los muertos” (Deuteronomio 18.9-11).

Expulsar del país a los encantadores y adivinos no terminó con las batallas o causas de Saúl, tuvo que hacer frente a un adversario más aguerrido y fuerte: el ejército filisteo. La amenaza por parte de éstos últimos fue tan severa que el rey perdió su estabilidad emocional, su interior fue invadido por diversos miedos.

Desesperado quiso consultar a su dios Jehová por medio de sueños, y no obtuvo respuesta.
El ritual para consultar por sueños a Jehová consistía en hacer una petición. Luego, dormir dentro del santuario o cerca a un objeto considerado sagrado para, así, recibir un sueño de parte de Dios.[1]
Desorientado e invadido por los fantasmas del temor y la cobardía, paso seguido, Saúl consultó a Jehová por medio del urim y tumin, quien igual se quedó sin respuesta.
“Se ha especulado que -urim y tumin- podrían ser dos piedras que, según como cayeran al arrojarlas, serían interpretadas como un mensaje de Dios.”[2] El urim y tumin se usaron “antes de emprender una batalla, para descubrir al culpable de alguna falta, para garantizar la legitimidad del linaje sacerdotal.”[3] El caso fue que Dios guardó silencio ante la consulta que, por orden del rey, le hicieron echando suertes.
Finalmente, dentro de lo permitido en la religión judía, Saúl sintiéndose abrumado consultó también a los profetas de Israel. Ellos tampoco le dieron una respuesta satisfactoria de parte de Dios.

Presa el alma en desasosiegos, Saúl quiso buscar con afán una asesoría, una bendición que le salvara de sus implacables enemigos. El rey no estaba interesado en acercarse a Dios de manera genuina; sólo le importaba un beneficio que desde el cielo pudiese obtener.
Ante este interés, quien habita los cielos guardó silencio.
Silencio que el rey de Israel no estuvo dispuesto a soportar, así que jugó con doble moral. No le importó su contradicción política/religiosa: formó una división de investigadores privados, a quienes encomendó la misión de encontrar una adivina capaz de invocar espíritus de los difuntos.
El equipo que conformó el rey para esta tarea fue muy eficiente; no tuvieron necesidad -parece ser- de salir a investigar, algunos de entre ellos sabían de antemano que en Endor había una, y muy profesional. Saúl no hizo reparo alguno del por qué aún quedaban brujas en territorio israelita, ni reproches a sus hombres de confianza porque sabían dónde había más hechiceros y no se lo comunicaron. Al rey parecía sólo importarle un juicio del “más allá” para proceder “iluminado” frente a la amenaza de sus enemigos.

Este relato se nos cuenta con ciertas ironías:
  •  El Dios de Israel no quiso responder las consultas que el rey de su pueblo hizo. Fue un lenguaje contundente de rechazo. 
  •  Las brujas un día perseguidas por Saúl, después le resultarían necesidad urgente.
  •  Escoltas muy cercanos al rey conocían la ubicación de una bruja (o varias) que jamás persiguieron a pesar de la orden real (1 Samuel 28.7). Entre posibles razones, porque Endor era una aldea fronteriza entre Israel y el territorio filisteo. Quizá, cuando Saúl expulsó a los médiums, ella se retiró estratégicamente a la frontera, haciéndose extranjera, pero aún disponible[4] para los israelitas, en caso de que se presentara alguna eventual necesidad de sus servicios.

Una vez confirmada la ubicación de la médium, Saúl emprendió camino a casa de ella.
El tipo fue creativo para esta visita sorpresa: se disfrazó, quizá así pretendió evitar muchos “dolores de cabeza”.  Finalmente, llegó al consultorio de la nigromante e hizo su solicitud: - te ruego que me adivines la suerte, y que hagas venir el espíritu de quien yo te diga.-

Hasta esta escena del relato todo parece “normal”: un rey profesante de religión mosaica acudiendo en plena confusión mental, turbado el corazón y lleno de miedos a rituales de comunicación, propios de su fe, con Dios. A la luz de toda la narrativa sobre este monarca, el silencio divino no sorprende, pues el rey había sido rechazado por su Creador, y él tenía consciencia de todo esto (1 Samuel 15.26).
Que consulte a una adivina tampoco es “cosa del otro mundo”. Desde pasados milenarios el ser humano conserva una curiosidad, intriga y participaciones diversas con prácticas propias del ocultismo. Esto tampoco es sorprendente en la narrativa bíblica, pues se trata de un hombre que dejó de respetar al Dios de Israel y de tener comunión alguna con él.

¿Qué es lo sorprendente?
Que Saúl rogó a una nigromante que invocara al espíritu del fallecido profeta Samuel, y en efecto lo invocó y él apareció. ¡Esto sí es sorprendente!

La narrativa bíblica dice que Saúl “rogó” a la nigromante; otras traducciones dicen que “pidió el favor”; otras, que Saúl “dio la orden” para consultar al espíritu de Samuel. No es fácil determinar si el rey rogó a la nigromante o le pidió el favor o le ordenó hacer el ritual de invocación. Sin embargo, por las maneras en que el relato bíblico muestra la degradación de la persona y monarquía de Saúl, parece viable que la solicitud del rey a la bruja de Endor haya sido un ruego afanado;[5] algo así como, -¡ya, por favor!-

La prisa y la ansiedad señoreando el corazón del rey trajeron sospechas a la adivina, quien dijo: -Tú bien sabes que Saúl ha expulsado del país a los que invocan a los espíritus y a los adivinos. ¿Por qué me tiendes esta trampa? ¿Quieres que me maten?- El rey  le respondió: -Te juro por el Señor que no te pasará nada malo si me ayudas.- Evidentemente la mujer le creyó y se dispuso a realizar los rituales propios de invocación a los muertos.

Los rituales hechiceros de invocación a los muertos en los días del rey Saúl, se realizaron -más o menos- con estas prácticas:
  • Se realizaba en la noche.
  • El nigromante adivinaba el lugar para practicar el ritual, luego cavaban un hoyo en él con una herramienta que ellos hacían ver como supersticiosa.
  • Vertían pan, aceite y miel a la fosa cavada como una ofrenda a los muertos, vaciaban también sangre de animales, uno al que se le atribuían signos agoreros. La sangre era el conducto a través del cual el espíritu escuchaba la invocación de su nombre. Nigromante y cliente participaban de la ofrenda ingiriendo parte de los alimentos y de la sangre con los que realizaban el ritual, pensando que así establecían amistad con los espíritus al cenar “juntos”, quienes aceptando la ofrenda se unían a los vivos para contarles acerca del futuro o responderles sus consultas o favores.[6]
  • Se entonaba un canto, exclusivo del ritual y se invocaba el nombre del difunto. Luego del canto y la invocación, el médium proporcionaba la comunicación entre cliente y espíritu invocado. 
  • Concluido el ritual tapaban de el hueco cavado en tierra, porque se creía que así impedían que los espíritus escaparan desde mundo de los muertos hacia el mundo de los vivos.[7]
El cronista que escribe los relatos en el libro de Samuel, oculta ante sus preciados lectores los detalles del ritual realizado por la bruja de Endor, bástanos tener una idea ritualista de las invocaciones a los muertos en un contexto del cercano oriente.
El ritual realizado por la bruja de Endor fue eficiente, poderoso: invocó a Samuel y éste atendió al llamado.

Cuando la nigromante vio al anciano, reaccionó con un grito de pánico porque esa visión no sólo la hizo comprender quién era el anciano muerto al que perturbaron, además identificó a su disfrazado cliente, su archienemigo: -¡eres Saúl!-
Y sigue gritando la dama de Endor: -¿Por qué me has engañado?»-
En ese momento de invocación, la médium “recibió un conocimiento sobrehumano que le permitió reconocer a Saúl bajo su disfraz.”[8] No sólo identifica la persona disfrazada, también su engaño.
El rey apacigua a la mujer y le exige información.
Ella se “tranquiliza” y le cuenta: -Veo dioses que salen de la tierra.-

El término “dioses” que usó la mujer, en hebreo es “elohim” que significa, por lo regular, “dios” o “dioses”. “En este texto parece significar “un ser procedente del mundo de los dioses”.[9]
Valga la pena aclarar, en este significado de elohim, que las creencias cananeas aseguraban la divinidad de los muertos.

La nigromante siguió hablando con Saúl para comunicarle lo que vio: -Veo un anciano. Viene cubierto con un manto.- Saúl relacionó con inmediatez la descripción del elohim que vio la bruja con el profeta Samuel, y se postró ante él, aunque no lo vio.
Realmente estuvo postrado ante la bruja.

Una vez el rey está a los pies de la mujer, la voz de la médium se hizo voz de profeta por medio de la cual habló Samuel a Saúl: -¿Por qué me molestas? ¿Por qué me haces venir?-
Este testimonio de comunicación entre un muerto y un rey vivo abre un abanico de sospechas: ¿poseyó el espíritu de Samuel a la médium? ¿Fue una ventriloquía? O ella escuchó la voz de Samuel y con su voz canalizó el mensaje a Saúl.[10] No lo sabemos. Lo que sí podemos asegurar es que la comunicación entre un muerto perturbado y un vivo temeroso por medio de una nigromante fue real.

-¿Por qué me molestas?- Es la pregunta que le hizo Samuel a Saúl. -Es que estoy muy angustiado- respondió el rey. -Los filisteos me están atacando y Dios se ha apartado de mí. Ya no me responde, ni por medio de profetas ni en sueños. Por eso te he llamado, para que me aconsejes lo que debo hacer.- Samuel responde al rey con estas crudas palabras: -Pues si el Señor ya se ha apartado de ti, y es tu enemigo, ¿para qué me preguntas a mí?-
Estas palabras de Samuel lograron que Saúl comprendiera por fin que su peor enemigo no era el pueblo filisteo, era Dios.

Ahora, este mensaje por medio de una bruja, ¿revela la palabra verdadera del dios Jehová?
Si el ritual fue brujería, ¿cómo es posible que haya palabra de Dios en un rito nigromante?

continuará...

©2019 Ed. Ramírez Suaza 



[1] J. Walton, V. Matthews & M. Chavalas. Comentario del contexto cultural de la Biblia. AT. El Paso, TX: Mundo Hispano (2004): 349
[2] Pablo Andiñach. El libro del Éxodo. Salamanca: Sígueme (2006): 421
[3] José Luis Sicre. Primer libro de Samuel. Barcelona: Herder (1997): 181
[4] David Jobling. Berit Olam: 1 Samuel. Collegeville, MN: The Liturgical Press, (1998): 186.
[5] La palabra en hebreo es nä´, partícula volitiva, para expresar el deseo o añadirle énfasis. Suele traducirse por “te ruego”, “por favor”. L. Alonso Schökel. Diccionario bíblico hebreo-español. Madrid: Trotta (1994): 471
Esta palabra nä´, es una partícula deprecativa (dirigir un ruego o súplica ferviente), que a veces enfatiza una urgencia: ¡ya, por favor! Cuando se emplea abusivamente no puede traducirse. Paul Joüon & Takamitsu Muraoka. Gramática del hebreo bíblico. Estella: Verbo Divino (2009): 363
[6] Pamela Tamarkin Reis. “Eating The Blood: Saul And The Witch Of Endor”. Journal for the Study of the Old Testament. Volume: 22 issue: 73, page(s): 3-23. https://doi.org/10.1177/030908929702207301
[7]J. Walton. V. Matthews & M. Chavalas. Comentario del contexto cultural del AT. El Paso: Mundo Hispano (2004): 349
[8] N.T. Wright. La resurrección del Hijo de Dios. Estella (Navarra): Verbo Divino (2008): 137
[9] Ibid.
[10] J. Kabamba Kiboko. “Divination in 1 Samuel 28 and Beyond: An African Study in the Politics of Translation”. Electronic Theses and Dissertations (2010): 361. A Dissertation Presented to the Faculty of The University of Denver and the Iliff School of Theology Joint PhD Program. https://digitalcommons.du.edu/etd/846

viernes, 18 de enero de 2019

SOLEDAD


Existe la soledad que expresa el dolor de estar solo
y la soledad que expresa la gloria de estar a solas.
Paul Tillich

Soledad.
Ella tiene cara amable y maquiavélica.
Ella es dulce y cruel.
Ella es amada y odiada.
Indomable.

Quizá, y sólo quizá, hemos intentado controlarla a lo largo de nuestra existencia sin alcanzar algún beneficio común para nuestra humanidad.

La soledad nos sigue a cada paso que damos, en el asfalto y en la suciedad del aire que suele respirarse en las grandes ciudades; vagabundea en el sonido estridente de cláxones irritados, de gritos de ambulantes o de balbuceos irreconocibles, inclusive en el silencio de las palabras que no decimos; deambula a nuestro lado en el asiento contiguo del autobús o del metro; yace en las conversaciones intrascendentes, en lecturas forzadas o en las cuasi voces de los Rolling Stones o de Lady Gaga anquilosadas en los reproductores de MP3.[1]

La soledad nos acompaña.

¿Qué es la soledad?
En unas realidades donde el lenguaje se diluye en comunicaciones subjetivas, se precisa cierta determinación para plantear -por no decir recuperar- el significado de las maravillas que conocemos como palabras. En este orden de ideas se puede afirmar que, soledad es “carencia de compañía.”[2] A veces ella es apetecida; similar a un exilio voluntario que sale al encuentro y al redescubrimiento de sí mismo, como por ejemplo Jesús nazareno cuando fue al desierto, entre otras, para estar solo y reconocerse en la definición de Dios Padre, quien recién había dicho: “este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia” (Mateo 3.13- 4.11).

Otras soledades son involuntarias, como lo es el abandono.
Los abandonos sufridos en las existencias latinoamericanas son dolorosos, preocupantes, inmensos… gestantes de unos peligros crueles que comprometen la integridad de quienes lo padecen. Y es, precisamente, en condiciones así que el corazón humano se convierte en una fuente de desolación y angustia,[3] en un “caldo de cultivo” donde cada quien alimenta lo que puede, lo que quiere o lo que no quiere.

“A quien está solo o es un solitario suele llamársele “alma en pena” …o bien, se dice que está desamparado, huérfano o abandonado. Y no es de extrañar, incluso, que a la soledad se le atribuya un rasgo patológico. Más que un estar, es un padecer del alma.”[4]

Un riesgo percibido a causa de estas soledades es que conduce al ser humano hacia los menosprecios por la vida personal, por la del prójimo y consecuentemente por la de Dios; “en los momentos de soledad constatamos cuán extraños somos unos a otros, cuán alejada está la vida de la vida.”[5]
Desde esta perspectiva, la soledad es tragedia.

En su expresión más pura del caos, la soledad es ausencia de Dios.  Los testigos de la ausencia de Dios son muchos, algunos conscientes de ello, otros no. Quienes tienen conciencia, o el sentimiento, de esta ausencia experimentan una angustia profunda que los hace exclamarla, lamentarla y reprocharla, algo así como: -Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos, y no vienes a salvarme? ¿Por qué no atiendes mi clamor? Dios mío, te llamo de día, y no me respondes; te llamo de noche, y no hallo reposo- (Salmo 22.1-2). O así: -Como ciervo que brama por las corrientes de agua, así mi alma clama por ti, mi Dios… pues a todas horas me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?» Pienso en esto, y se me parte el alma- (Salmo 42.1-4). 
¡Eso es!
Una soledad que parte el alma.

Estas sensaciones de abandono divino mantienen en muchos el deseo intacto por Dios; deseo que lo hace real, experiencia cristiana y cura para las soledades del alma viva.
El Dios revelado en la biblia oye, atiende, se acerca, escucha, cura el ser. No es indiferente a la soledad humana, de hecho, la identifica y auxilia (Génesis 1-2).
Él disfruta la “soledad que es a solas”, pues en ella su misterio divino se hace palpable a quien le busca con anhelo puro, es más, le brinda esta vivificante promesa: -Búsquenme a mí, el Señor, y vivirán- (Amós 5.6).

Las experiencias de abandono que generan crueles soledades, encuentran cura en el amor de los demás. La experiencia a “solas con Dios” capacita al humano para darse en compañía amorosa a sus prójimos. La cura para la soledad de muchos está en ti. Está en mí.
Estar a solas “nos derrite esa espesa capa de pudor que nos aísla a los unos de los otros; a solas con Dios nos encontramos; y al encontrarnos encontramos en nosotros a todos nuestros hermanos en soledad.[6] Encuentros de esta hermosa naturaleza, conducen a encuentros curativos de otras soledades.

©2019 Ed. Ramírez Suaza 


[1] Miguel Arturo Mejía-Martínez. “Fanny Rabel. Pintar la soledad.” La Colmena, no. 88, 2015, pp. 93-99. Editorial Universidad Autónoma del Estado de México.
[2] Sin referencia de autor. “Apuntes sobre la soledad no querida”.
http://www.caritasvitoria.org/datos/documentos/Apuntes%20sobre%20la%20soledad%20no%20querida.pdf
[3] Frank Furedi. “La soledad.” [en línea]: http://triangulando.net/la-soledad/
[4] Javier Rico Moreno. 2014. "Hacia una historia de la soledad". Historia y Grafía (42) enero- junio: 35-63
[5] Juan Antonio Marcos. “Más allá de Lutero. (Paul Tillich, un protestante consciente)”. Revista de espiritualidad, ISSN 0034-8147, Nº. 304, 2017. p. 369-393
[6] Waldo Ross. "La soledad en la ontología de Miguel de Unamuno." Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno [En línea], 24 (1976): 53-60. Web. 17 ene. 2019, p.58


miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL PESEBRE APOCALÍPTICO





Mirando yo por entre la celosía de mi casa, pude contemplar varios pesebres exhibidos en algunos parques de pueblos como el de donde vivo, el de los vecinos; una que otra caseta comunal, centros comerciales y algo más. Mirarlos con detenimiento -creo- me ayudan a comprender un poco mejor la idiosincrasia de mis paisanos. Varios me resultan inauditos: las ovejas más grandes que sus pastores. Los caminos transitados por camellos a la vez por camionetas blindadas y transeúntes muy modernos, otros muy ficticios como ciertos superhéroes de Marvel o personajes que nada tienen que ver en realidad con la navidad bíblica como Santa junto a sus fantásticos renos. Qué tal estos: pesebres con helipuertos, Belenes con edificios rascacielos. Y claro, estos anacronismos reflejan cierta ignorancia y/o un sabotaje a las conmemoraciones de los acontecimientos más significativos en la historia de salvación.

Otros pesebres se esfuerzan por ser fiel a la tradición cristiana, al relato bíblico. Estos últimos logran cierto embeleso en mí: las dulces montañas que imaginamos de Belén. La pequeña planicie donde suponemos a los pastores cuidando sus rebaños en las frías noches. Los caminos. Los caseríos. El establo donde nació Jesús. Algo de fauna y flora. Ahora trata de imaginar este mismo pesebre con un dragón rojo de diez cuernos, siete cabezas, cada una de ellas portando una corona, además furioso, buscando con frenesí a la mujer que ha dado a luz y al niño nacido para devorarlos. Sí. Todos los pesebres deberían incluir un dragón rojo de siete cabezas como el personaje antagónico de la narrativa navideña.

En el libro de Apocalipsis -capítulo doce- Juan de Patmos relató con admirable creatividad y comprensión profunda del misterio divino en la persona de Jesucristo, su entender navideño en un lenguaje apocalíptico que, entre otras cosas, se caracteriza por comunicarse a través de un “elaborado sistema de símbolos secretos y figuras de discurso para expresar ciertas ideas.”[1] La navidad contada desde Apocalipsis no sólo es una maravillosa narrativa, es una profecía que mira ciertos acontecimientos del pasado clave para entender sus realidades presentes, y se expresa en orientación a la esperanza con unos significados contundentes para las actualidades de sus primeros lectores, igual que para lectores contemporáneos.

Juan dio testimonio de su visión navideña: que una extraordinaria mujer vestida de sol, caminando sobre la luna llena y coronada de brillantes estrellas se encontraba en trabajos de parto. Sorpresivamente, apareció en los cielos un temible dragón rojo con siete cabezas, diez cuernos y cada cabeza portando una corona. Esta bestia buscó con desespero a la mujer iluminada para asesinarla antes del alumbramiento, pero por una intervención providencial la mujer pudo concebir de manera segura y satisfactoria. Además, el cielo protegió al niño guardándolo en su seno.

La madre vestida de luz huyó al desierto en tanto el dragón los buscaba en los cielos. La bestia, en lugar de encontrar a la mujer y su bebé, fue sorprendida por un ejército de ángeles que lucharon contra ella fervientemente hasta derrotarla. Vencido y furibundo, el dragón vomitó un río impetuoso para arrasar a la mujer, pero la tierra abrió una inmensa boca para tragarse al río maligno, protegiendo así a la iluminada dama. Con la tierra tomando partido, el dragón enfureció mucho más y decidió agredir con toda su fuerza a los demás hijos de Dios.
¡Qué belleza de narrativa!

Juan de Patmos -autor del Apocalipsis- fue un extraordinario contador de historias. Tuvo la maravillosa habilidad de hilar historia, profecía, teología y mito en una narrativa contenedora de una pluralidad de significados para el mismo símbolo.[2] Un contenido profundo y exquisito para lectores de este texto donde se ha dibujado una lucha del bien (mujer iluminada, ángeles, Dios y tierra) contra el mal y el maligno (dragón). Del capítulo doce versículo 5, se desprende la posibilidad hermenéutica de un acercamiento que “descubre” los elementos navideños en el relato: “La mujer dio a luz un hijo varón, el cual gobernará a todas las naciones con cetro de hierro. Pero su hijo le fue arrebatado para Dios y su trono.”
Algunos personajes del relato quedaron muy bien identificados en el drama: el dragón es Satán. El niño nacido es el Mesías. Los demás descendientes de la mujer son la comunidad del Mesías. Pero, ¿quién es la mujer?
Esta mujer apocalíptica está llena de significado.
La mujer vestida de luz es la nueva Eva. Juan de Patmos recoge elementos de los relatos de Génesis capítulo tres para re-escribir el inicio de una nueva humanidad creada en el Mesías.[3] En tanto la primera Eva fue engañada, tentada por la serpiente (el Satán), quien aceptando su mentirosa oferta trajo de nuevo el caos y la oscuridad que en el Génesis capítulo uno Dios había derrotado. La nueva Eva lucha por huir del dragón. Escapa de él buscando un lugar seguro para dar a luz un nuevo ser humano. Esta nueva Eva no se deja engañar. Huye. Triunfa.

La mujer vestida de luz es signo del pueblo de Dios. En orientación hacia el futuro que Dios depara para sus santos, Juan de Patmos describe a la Iglesia en una metáfora femenina, radiante como el sol, coronada de doce estrellas,[4] caminando sobre luna llena, porque así la concibe, de manera ideal: santa, llena de luz, perseguida, atribulada pero protegida por el que habita los cielos. Esta mujer es la asamblea eclesial, la comunidad mesiánica.[5]

La mujer vestida de luz es personificación de la Jerusalén celestial.[6] Esta ciudad hermosa, iluminada en símbolo femenino contrasta en el Apocalipsis con la mujer más ramera de todas; madre de las abominaciones de la tierra que personifica a Babilonia. Ciudad gestante y paridora del mal (Ap. 17.5).

Sin duda alguna, la mujer vestida de luz es también una sutil referencia a María, madre de Jesús,[7] quien privilegiada entre todas las mujeres fue instrumento en las manos de Dios para él mismo humanizarse y emprender un camino humano hacia la cruz, hacia la resurrección, hacia la glorificación y hacia nuestra humanización.

Las exageraciones de este relato apocalíptico abren nuestros ojos a un panorama mucho más trascendente de la navidad. De lo esperanzador que es: Dios principia en Belén una nueva creación. De lo luchadora que es la navidad: hay que resistir al mal, al maligno en todas sus presentaciones. De lo comunitaria que es: la fe en Jesucristo, nacido en Belén, crucificado en Jerusalén y exaltado en los cielos; se vive, se disfruta, se persiste, se aprende y fortalece en la Iglesia, comunidad del Mesías.

Juan de Patmos narró apocalípticamente esta historia, llena de significados, para orientarnos hacia la trascendencia cristiana. Hacia las utopías de nuestra fe. Hacia el futuro de Dios. Una orientación basada en la historia, peregrina en el presente. Fiel y verdadera en el futuro.
Así es la navidad mirada con fe y esperanza.

Les deseo, apocalípticamente, felices fiestas.

©2018 Ed. Ramírez Suaza 



[1] Carlos Villanueva. “Características de la literatura apocalíptica.” Revista Bíblica. Año 54 – 1992. Págs. 193-217 201
[2] Juan Stam. Apocalipsis. Tomo III. Buenos Aires: Kairós (2009): 30
[3] Xavier Pikaza. Apocalipsis. Estella: Verbo Divino (1999): 141
Enzo Bianchi. El Apocalipsis: un comentario exegético-espiritual. Salamanca: Sígueme (2009):170
[4] Signo de las doce tribus de Israel y de los doce apóstoles.
[5] Ugo Vanni. Apocalipsis. Estella: Verbo Divino (1998): 113, 118
George E. Ladd. El Apocalipsis de Juan: un comentario. Miami: Caribe (1978): 148
[6] Bianchi. El Apocalipsis. p. 170
[7] Stam. Apocalipsis. p. 33

miércoles, 22 de agosto de 2018

UNA VOZ ERÓTICA EN EL DESIERTO




Todo tu cuerpo tiene copa o dulzura destinada a mí.
Pablo Neruda






Muchas voces.
Una de las características sobresalientes en nuestra realidad occidental es que hablamos muchos y mucho. El arte de escuchar empática y atentamente se nos ha venido degradando en el transcurso de los últimos años, al parecer, porque la tendencia actual consiste en pronunciarnos cuanto más podamos a través de todos los recursos conocidos. Tantas voces aturden al mundo, lo confunden –inclusive lo desorientan- por las “verdades” que cada una de ellas presume, pregona, defiende… en fin.

Un tema protagónico en las modernidades actuales de occidente es el sexo. Es más, se ha hecho una obsesión de la que mucho se opina, se comunica, se promueve, y al parecer, por lo menos en comparación con las demás voces de nuestros mundos, la voz bíblica no es sobresaliente.
La voz bíblica respecto a la erótica humana tiene todo por decir, pero resulta siendo como “una voz que clama en el desierto”. Con esta metáfora, por favor, no imagine una voz perdida en el baldío gritando a nadie lo muy importante por decir. Más bien, imagine una voz fresca, medicinal para el alma en medio de muchas voces áridas.

Esta “voz que clama en el desierto” se encuentra en un libro hermoso, distinguido además por ser el más erótico de toda la Biblia: ¡el cantar de los cantares! Para mí, Cantares es la hermosa artesanía que conjuga en las lindezas del poema y la canción al amor. No sólo esto, también lo intuyo muy interesado en recuperar la pasión marital perdida en el jardín de Dios: el Edén. Sus estrofas dibujan con bella imaginación de lo que debió ser la vida pasional de Adán y Eva en el paraíso. Bien es sabido entre los lectores de las Sagradas Escrituras, que los amantes del Edén fueron expulsados del sagrado huerto por su pecado, pero el Santo Cantar abre de nuevo las puertas al jardín donde es posible recuperar el diseño divino de la erótica conyugal.

Por estas puertas abiertas del Cantares estamos convidados a entrar, y una vez adentro de sus páginas contemplar con maravilla una sexualidad sublime. En esta ocasión, entre estos breves párrafos, será una visita apresurada para mirar, “a vuelo de pájaro”, algunas fascinaciones de las artesanas estrofas del Santo Cantar.
Perdona que en estos breves párrafos no recopile la valiosa información de autor, época, destinatarios, interpretaciones, contextos literario y teológico, entre otros. Pues apremia arrojar sobre letras una voz erótica que clame en las arideces de las pasiones sexuales del siglo presente.

En el Santo Cantar toda la erótica reposa sobre el fundamento del amor como el misterio que sus personajes no definen; ellos prefieren dar un salto abismal hacia la vivencia, disfrute y encanto de ese amor indefinido. Como una vez llegó a decir el pastor brasilero Caio Fabio: los amantes del Cantares “no filosofan ni conceptúan el amor. Sólo se dejan dominar por él, permitiéndose ser embriagados por su fragancia y entregándose a su magia.”

Atreverse a dar un salto abismal hacia el misterio del amor, no es la opción más apreciada por las gentes drogadas de brutal consumismo, a quienes tranquilamente podemos catalogar de homo consumens, cuya característica principal es la de adquirir algo o alguien, usarlo y descartarlo rápidamente con el fin de hacer lugar a nuevas adquisiciones de “algos” o “alguien”. 

El amor es la alternativa perfecta para quien ve en sí y en el otro una persona, no un objeto sexual. Para quien se arriesga existencialmente a un compromiso heterosexual de lealtades, pasiones, contemplaciones mutuas al desnudo de un par de almas libres sobre un lecho sagrado en el santo matrimonio. A estos bien podríamos nombrar homo humanatus (hombre humanizado). 
El amor dibujado en las estrofas del Cantares es puramente humano:  -fuerte es el amor como la muerte… las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos.- (8.6-7).

Amar es el privilegio divino concedido a la humanidad. Por ser divino, al posar en nuestras manos resulta siendo complejo y sencillo a la vez, sumamente delicado cuando se nos concede un poco de privilegio más: la erótica. El amor sensual en los maravillosos poemas del Cantares hace su entrada triunfal con el deseo, como por ejemplo esta expresión de anhelo femenino en la primera estrofa de los Cantares: -¡Ah, si me dieras uno de tus besos!- (1.2). Ella insiste: -¡Llévame contigo, démonos prisa! ¡Llévame, rey mío, a tu alcoba!- (1.4). Una declaración más embriagada de deseo: -Yo soy de mi amado y él me busca con pasión- (7.11).

Como el deseo, la autoestima y el elogio resultan indispensables en una sana erótica, pues nadie puede amar bien si está mal consigo mismo. La mujer del Cantares disfruta de un equilibrado concepto de sí misma, quizá esta sea la razón por la que grita a los cuatro vientos: -Mujeres de Jerusalén, soy morena, pero hermosa… No se fijen en que soy morena, ni en que el sol me ha quemado la piel- (1.5-6). La amante protagonista en este poema cantado se siente segura y en armonía con el color de su piel, así haya personas que difieran de su certeza. Ella no sólo es una morena hermosa, es también “la flor de los llanos de Sarón, la rosa de los valles” (2.1). Con esta metáfora, la amante de manera sencilla, modesta y coqueta se autodescribe sin exageraciones ni simplezas; lo hace con encanto, sinceridad y moderación.

El poema sagrado también delata a sus protagonistas como unos amantes expresivos, de manera especial, cuando descubren y re-descubren las bellezas que sus ojos aprecian en el otro. Canta el apasionado hombre: -¡Qué hermosa eres, amor mío, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son dos palomas!- Ella no puede contenerse ante este piropo seductor, entonces exclama: -¡Qué hermoso eres, amor mío, qué hermoso eres!- (1.15-16). Ellos pueden, además de desnudar el alma, desnudar sus cuerpos y extasiarse en la contemplación mutua así: sin ropa. Sin velos. Sin máscaras.

Cuando ella lo contempla, elogia todo su cuerpo, su sabor y olor; hasta confesar que todo él es una delicia (5.10-16). Espectadores de esta magia, no es descabellado recordar que “Por el cuerpo, el amor es erotismo. Y así se comunica con las fuerzas más vastas y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo -la llama doble- se alimentan del fuego original: la sexualidad” (Octavio Paz). La contemplación del hombre a su esposa, evidencia que todo su deleite se hace pleno en ella: la bebe, la disfruta, la satisface, la posee, la contiene, la libera, la ama, la elogia, la dignifica… Él articula su amor en un lenguaje sexual y lo explica con la imaginación metafórica en su expresión más pura.

La erótica bíblica destaca con alegría el deseo sexual recíproco que se profesan los amantes que se han unido en el vínculo del sagrado matrimonio. Resalta que sus protagonistas disfruten de la sana autoestima y se embelesen en la contemplación mutua de sus almas y cuerpos.  

“A vuelo de pájaro” por los poemas del Cantares, se evidencia igualmente cómo la erótica bíblica mira con ojos de complicidad el sentido de pertenencia. Es decir, cuando los amantes se reconocen a sí mismos como propiedad del otro y dueño respetuoso y delicado del otro, según el caso: -Mi amado es mío, y yo soy suya- (2.16). En el matrimonio uno es del otro, como el otro es de uno. Hermoso es cuando en ese sentido de pertenencia se hace vida la fidelidad. Dice el amante del Cantares: -Ya he entrado en mi jardín, hermanita, novia mía. Ya he tomado mi mirra y mis perfumes, ya he probado la miel de mi panal, ya he bebido mi vino y mi leche- (5.1). Note que toda la erótica de ella le pertenece a él: mi mirra. Mis perfumes. Mi miel. Mi panal. Mi vino. Mi leche. Aromas y sabores que describen lo placentero que es el encuentro sexual que ambos disfrutan con frenesí.

Desde el capítulo 4.12, el poeta elabora un escenario extraordinario para la erótica de sus personajes: un jardín. Los amantes del Edén se disfrutan sexualmente en los sabores de todas las frutas exquisitas y se funden en un solo ser entre las más cautivantes aromas silvestres. Pareciera que este amor los transporta hasta el huerto de Dios, donde pueden estar y ser desnudos sin vergüenza alguna (Génesis 2.25), como seguros de la fidelidad correspondida: ella es un jardín donde no hay lugar para terceros. La puerta de entrada a su erótica, a los olores y sabores de su cuerpo sólo la conoce su cónyuge; nadie más puede llegar hasta esa intimidad. Otro texto bíblico lo diría así: “Calma tu sed con el agua que brota de tu propio pozo. No derrames el agua de tu manantial; no la desperdicies derramándola por la calle. Pozo y agua son tuyos, y de nadie más; ¡no los compartas con extraños! ¡Bendita sea tu propia fuente! ¡Goza con la compañera de tu juventud, delicada y amorosa cervatilla! ¡Que nunca te falten sus caricias! ¡Que siempre te envuelva con su amor!” (Proverbios 5.15-19). Adquiriendo la conciencia de que “soy suyo y ella es mía”, no quedan espacios ni oportunidades para la infidelidad, pues la erótica bíblica exige, reclama lealtades inquebrantables.

La erótica bíblica es bella, poética, canto de cantos; pero nunca vulgar. La belleza de ella no es cosificada para exhibir a las lujurias que andan dispuestas por ahí a ver qué degradar. Ni las bellezas en él son asuntos públicos. ¡De ninguna manera! La erótica bíblica encuentra su desembocadura en la alcoba que sólo pertenece a ellos dos: -¡Llévame pronto contigo! ¡Llévame, oh rey, a tus habitaciones!- (1.4). Lo que acontezca dentro de esa alcoba queda a la imaginación cómplice del lector y a los secretos de los amantes. Lo mismo sucede con la cama, confidente de la erótica conyugal: -Nuestra cama es de frondas…- (1.16). Esta afirmación en su contexto poético, significa, según Jesús Luzarraga, esto: “El lecho común es el marco que los mantiene unidos, y expresa la común propiedad de su mutuo amor”. O mucho más atrevido lo dice la apasionada amante del Cantares en el capítulo 8.2: -podría llevarte a la casa de mi madre, te haría entrar en ella, y tú serías mi maestro. Yo te daría a beber del mejor vino y del jugo de mis granadas.- No estaba bien visto que unos amantes se besaran en público, ella entonces fantasea anhelando entrar a la casa de su madre a su amado para robarle un beso y sorprenderlo con una erótica que los deleitaría hasta la saciedad.

Faltando todo por descubrir entre los ritmos y rimas del Cantares, con lo poco que se pudo subrayar en esta oportunidad, arrojo esta propuesta para concluir como una “voz que clama en el desierto”: ¿y si erotizamos la erótica?

No es oculto a ninguna vista que la erótica de nuestra sociedad ha sido vulgarizada, vuelta utensilio, comercializada, despojada de su dignidad, belleza y pureza. Nada de malo hay en desear lo deseable. Nada de reprochable hay en el auto-elogio como manifestación de una sana auto-estima y base para amar, valorar y contemplar a quien se ama. Una erótica que pretenda existir sin amor propio de parte de sus protagonistas, jamás se amarán, por el contrario, se utilizarán, se harán daño y mucho más; pero jamás deleitarse como los amantes del Edén.

Y si erotizamos la erótica con el elogio respetuoso, dignificante, íntimo de los cónyuges que aún se atreven a pactar delante de Dios amor eterno; quienes enamorados de la desnudez almática como de la desnudez corporal, se embriagan de placeres incomparables entre aromas silvestres y sabores cómplices de las sensualidades más celestes vistas aquí en la tierra.

Y si erotizamos la erótica con una conciencia de amor conyugal que se hace dueño de su ser amado, al mismo tiempo propiedad de esa persona. La sugerencia consiste en dejar de prostituir, así sea a menor escala, la erótica humana con esas tendencias del homo consumens; para comenzar a abrazar las hermosuras de la fidelidad.

Finalmente, eroticemos la erótica humana despojándonos de toda vulgarización de la misma. Las bellezas eróticas del ser humano no son para divulgarlas sobre vitrinas virtuales o reales ni para comercializar en ninguna de sus posibilidades; son para atesorar en la intimidad que construye vida sobre los fundamentos de Dios.



©2018 Ed. Ramírez Suaza 

EL SANTO CACHÓN

Mirando yo por entre la celosía de la ventana de mi casa vi que el diablo no tiene cuernos; en cambio, Dios sí. ¿Quién lo diría? ¡Dios tiene...